Capítulo 3

—¿Ves? No ha sido para tanto —comentó Nara con voz cantarina. Suspiré, agarrando la bolsa con más fuerza—. Todos se han tragado tu historia. Aunque hayas eludido algunos detalles, claro.

—Si les dijera lo que pasó en realidad, me tratarían como la loca del pueblo —rodé los ojos—. Aunque me sorprende que tú me creyeras con tanta facilidad cuando te lo conté.

—Bueno, al principio me pareció descabellado, no lo voy a negar —rió—. Pero, teniendo en cuenta lo que se rumorea por el pueblo acerca de las desapariciones que ha habido a lo largo de los años en esa puerta, no me pareció tan imposible de creer. Ese sitio me da escalofríos cada vez que vamos de excursión al bosque —se frotó los brazos con cara de susto al recordarlo.

Nara me había contado hace tiempo sobre los casos de gente desaparecida. Rondaron por la carretera que lleva a la puerta que separa el Reino de los Espíritus del nuestro. Muy pocos volvieron y los que no lo hicieron, se desconoce lo que les pasó. Aunque yo me hiciera una idea... La mayoría eran turistas o extranjeros. La gente del pueblo tan solo se acercaba por allí para depositar altares y rezar a las afueras del bosque, no mucho más.

—Es una suerte que tus padres y tú lograrais volver.

—Sí, y no fue un camino de rosas el proceso —comenté, pensando en mis días de trabajo en la casa de baños. Sin duda, era un mundo mucho más peligroso y complejo que el mío, pero de alguna forma, albergaba cierto encanto. Aún recordaba el mar infinito, la casa de Zeniba en el Fondo de Pantano, las colinas, el pueblo, incluso la misma casa de baños cuando te acostumbrabas parecía algo digno de admirar.

Palpé con la mano mi cabello anudado en una cola de caballo. Al sentir el tacto de la goma que lo ataba, me sentí tranquila al instante, pese a que no estuviese nerviosa. Tenía la sensación que gracias a ese regalo que me dieron, a día de hoy soy capaz de recordar todo lo sucedido allí. Otra cosa por la que estaba inmensamente agradecida.

—Venga, alégrate. Mañana vamos a celebrar por adelantado el sobresaliente que seguro vas a obtener por el trabajo —palmeó mi espalda con diversión.

—No creo que ese boceto merezca tanta adulación, pero te lo agradezco.

—¡Qué modesta! Bueno, si no quieres celebrar el tuyo, entonces será el mío —dijo con confianza. Intenté no reír, pero no resultó. —. ¡Eh! Ni se te ocurra reírte. ¿No me crees? Con este seguro que el señor Nakamura no se lo piensa dos veces antes de ponerme el 10 —gesticuló con las manos, simulando mostrarse ofendida.

—Nunca se me ocurriría hacer tal cosa —disfracé mi ironía.

—Más te vale —me señaló acusadoramente con el dedo—. Bien, como triunfaremos y arrasaremos en clase de arte la semana que viene, propongo que lo celebremos mañana en la cafetería de mi barrio.

—Me parece bien —alzó el puño en victoria, dando un salto. Ya tenía excusa para espiar a su vecino Hiro, el cual trabajaba allí. Rodé los ojos ante el pensamiento.

«Pobre chico...» —pensé al ver lo energética que era mi amiga en comparación a él, que parecía ser tan calmado como el agua de un estanque.

Caminamos una al lado de la otra hasta llegar a mi casa, donde ella se despidió y giró en una de las calles para dirigirse a la suya. Abrí la puerta de casa y me recibió el silencio. Suponía que papá aún no había llegado de trabajar y que mamá estaría haciendo algún recado. Subí a mi habitación y dejé la mochila en el suelo junto al escritorio. Saqué todos los cuadernos y adelanté la tarea que habían mandado. Cuanto antes la terminara, antes podría ponerme con lo que de verdad me interesaba.

—¿Chihiro? —oí la voz de mi madre en la parte de abajo—. ¿Estás en casa? —me desplacé dando una suave patada a la pared con mis dos piernas, haciendo que la silla con ruedas se colocara al lado del marco de mi puerta.

—¡Sí!

—Papá no tardará mucho en llegar. ¿Quieres bajar y ayudarme con la cena?

—¡Vale! —dejé el asiento en su sitio y me fui escaleras abajo. Después de un rato mi padre llegó y nos echó una mano con lo que quedaba por hacer. Cuando terminamos de cenar volví a mi cuarto y cerré la puerta. No quería molestar ni que me perturbaran cuando trabajaba.

Encendí la luz del escritorio y saqué todas las hojas que tenía en mi cajón. Las ordené para después echarles un vistazo por encima. Sonreí al apreciar que el proceso estaba resultando mejor de lo que esperaba.

En una nueva hoja me dispuse a plasmar la siguiente escena que venía después de la que había dibujado la semana anterior. Primero empezaría por el boceto, luego con lápiz azul definiría y le daría forma para luego añadrile el toque de color y sombra.

Parecía fácil, pero no lo era tanto.

A mi mente acudieron las ideas como si fueran flashes. O más bien, recuerdos. Era uno de los momentos que más me gustaba y por ende, uno de los más tristes a medida que pasaron los años.

Empecé a trazar las líneas. Incluso para mí, era difícil de creer que después de siete años pudiera acordarme de cada detalle como si hubiese pasado el día anterior. De los colores de los setos, las flores, el huerto, la tarjeta, mi ropa, su uniforme, su rostro, su sonrisa, sus ojos...

Para mi suerte o desgracia, también me acordaba de las conversaciones.

"Ten, lo necesitarás para volver a casa."

"Chihiro... ¡Es mi nombre!»

«Yo hace mucho que no recuerdo el mío... Pero, lo más curioso es que yo recuerde el tuyo.»

Apreté con más fuerza el lápiz en mis manos. Otro recuerdo más se cruzó en mi hilo de pensamientos.

"Yo ya no puedo seguir. Vuelve por el mismo camino por el que viniste, Chihiro, pero sobretodo, no mires atrás hasta que hayas cruzado el túnel."

"¿Nos volveremos a ver?"

"Sí, seguro."

"¿Me lo prometes?"

"Lo prometo. Ahora vete y no mires hacia atrás."

Aún podía sentir como su mano se deslizó de la mía, alejándose mutuamente poco a poco. Una gota cayó sobre la imagen, dejándola empapada y haciendo que se echara el dibujo a perder. No me había dado cuenta de que estaba llorando.

Apreté los dientes, sollozando sin querer. Agarré el papel y lo arrugué, lo hice añicos y lo tiré a la basura de un solo lanzamiento con rabia.

—No es justo... —posé mi cabeza en la mesa, temblando ligeramente. Apreté el puño. ¿Por qué tenía que ser tan cruel? Esa era una mentira. ¿Hacía falta prometer cosas que no iban a pasar nunca?

Mi respiración empezó a agitarse. De pronto el aire se escapaba de mis pulmones. Intenté calmarme, pero el agobio se apoderó de mí, cegándome completamente. La habitación daba vueltas a mi alrededor.

Quería salir de allí. Necesitaba salir.

Me levanté deprisa mareándome más. Apoyé las manos en la madera de la mesa y cerré los ojos por un momento. Agarré la chaqueta que había dejado en el respaldo, me la puse y salí intentando hacer el menor ruido posible. Bajé las escaleras hasta llegar a la puerta principal. Me coloqué los zapatos a la vez que me fundía en la oscuridad mientras salía al exterior de la casa. Fijé mi vista en el pequeño y modesto jardín hecho por mamá. Al lado estaba mi bicicleta. No pensé mucho cuando la agarré y salí a la calle montada en ella.

No sentí descanso hasta que la velocidad hizo que el viento impactara en mi rostro, en una brisa refrescante y aliviadora para mí. Pedaleé por un buen rato, siguiendo esa sensación que no quería que abandonara mi cuerpo.

El viento se fue haciendo menos constante, como si algo impidiera su paso. Entonces, me di cuenta de hacia dónde me estaba dirigiendo. Frené en seco.

La estatua me miró, como lo hizo la primera vez. También todas aquellas veces que fui, buscando algo que nunca encontré. Siempre me daba la sensación de que se reía de mí.

Miré hacia arriba, escudriñé el letrero, la piedra antigua. Más abajo, se encontraba el túnel. Si a la luz del día daba miedo, de noche mejor ni hablar de ello. Pero yo ya no era esa niña miedosa que no quiso entrar por voluntad propia. El viento se metía en su interior, rozando mi cabello, atrayéndome hacia su oscuridad.

Eso solo ocurrió una vez. Cuando estuve con mis padres.

Di un paso hacia delante, sintiendo mi corazón ir más rápido con cada latido. ¿Podría ser...?

Otro paso más, ya estaba cerca del borde.

Al tercero, ya estaba dentro.

Ni siquiera miré atrás, no me importó dejar mi bicicleta en medio del camino. Lo único que me importaba era lo que había del otro lado.

Caminé hasta llegar a la estación. El tren sonaba a lo lejos. Al salir, la torre del reloj sonó, como si me estuviese anunciando, dándome la bienvenida. El prado crujió con el viento que me siguió. A lo lejos pude ver las casas del pueblo abandonado.

Corrí hasta el pequeño río, cruzando con más habilidad que la última vez. Una vez aterricé en los escalones, paré.

Nunca podía pasar de ahí...

Respiré hondo, apreté los puños y puse el pie en el primer escalón de piedra, esperando que me rechazara.

Mi zapato aterrizó suave sobre la superficie. Asombrada, quedé mirándolo embobada. Sonreí al entender lo que estaba pasando. Me estaba facilitando la entrada.

Subí a prisa. Llegué a la zona de los tradicionales restaurantes. La luces de los farolillos empezaban a encenderse uno por uno. Ya estaban en marcha. Corrí calle arriba, siguiendo la dirección que me dictaban mis recuerdos.

En menos de lo que esperaba, me vi en medio del puente, observando la gran casa como si se tratase de un sueño.

«Volví a casa » —pensé con ilusión. La ilusión que nunca pensé volver a sentir.