Secuestrada

—¿Naraku? —murmuró dudosa y con el temor presente. —¿Qué quieres de mí?—formuló nuevamente con el ceño fruncido, se sentía débil, de eso estaba más que segura. Desgraciadamente no traía su arco ni flechas, es decir, estaba totalmente indefensa. Corrió como niña pequeña hacía Inuyasha sin pensar en su propia seguridad, se sentía estúpida.

El hombre que yacía en la oscuridad con reflejante sonrisa se agudizó la garganta y con pasos lentos se dejó envolver por la luz que invadía aquel terreno.

—Hacía tiempo… desde que te vi junto a aquel patético hanyou no dude en que en verdad eras la reencarnación de Kikyo, quizás por eso Inuyasha permitió que estuvieras a su lado —formuló con suavidad mientras sonreía fríamente, Kagome al escuchar aquella frase desgarradora sintió como su pecho se partían en dos, sintió como las lágrimas amenazaban por salir nuevamente, pero no, debía ser fuerte, no debía permitir que aquel hombre la viera derramar una sola lágrima. —Pero bueno, ese no es el punto mi querida Kagome, vamos al grano —volvió a decir, Kagome mantenía su ceño fruncido dando a conocer que estaba dispuesta a dar la pelea. No se daría por vencida tan fácilmente, incluso si se trataba del mismísimo Naraku. —Tú posees algo que Kikyo nunca más podrá poseer, creo que lo sabes, ¿no? —Sonrió Naraku esperando la respuesta de la azabache quien le miraba con profundo odio y la verdad, le encantaba. Que esa pequeña humana le odiara con todas sus fuerzas.

Kagome respiró profundo y con sus ojos centrados en los oscuros de este con sequedad respondió.

—No, no lo sé —formuló fuertemente para que su respuesta llegara más que clara a los oídos de este, Naraku sonrió aún más enseñando su sonrisa demoníaca que le caracterizaba.

—Mi queridísima Kagome, tú posees lo que cualquier inmortal no le teme, lo que cualquier alma perdida sueña y lo que cualquier cadáver envidia —dijo él extendiendo su mano derecha con elegancia, mientras que le regalaba una de sus miradas más atemorizantes. —Vida. —Volvió a formular ahora sin sonrisa, avanzando hacia la chica arrinconando su esbelto cuerpo contra él árbol más cercano.

—¿Qu-Qué quieres decir con eso? —murmuró la azabache con temor y confusión, a pocos centímetros de los ojos oscuros de Naraku quien con peligrosa seriedad le miraba.

Extendió aún más su sonrisa y con brutalidad jaló la delicada muñeca de la morena hacia él, dándole la señal de despedida a sus amigos.

La azabache con obvio temor temía lo peor, sus manos con temblores intentaron buscar la salida de aquel árbol que la había encerrado a sí misma, abrió sus ojos abruptamente al sentir las ásperas manos de Naraku quien tomó con rudeza su muñeca y la jalaba hacia él, una mueca de dolor nació de Kagome que con fuerza intentaba separarse de este sin lograr éxito alguno.

¿Esta era la despedida?

¿Acaso no vería más a sus amigos?

¿Esta vez Inuyasha no aparecería siendo él su único héroe?

Una sonrisa melancólica nació de la azabache y con su mirada baja con rudeza abofeteó a Naraku quien borró automáticamente su sonrisa. No dejaría que se saliera con la suya, ella también podía defenderse ¡Basta de depender de Inuyasha! Era suficiente.

—¡Ni siquiera pienses que yo iré contigo Naraku! —Exclamó Kagome retrocediendo sin saber qué hacer, su cuerpo no reaccionaba ante aquella situación, solo jalaba con fuerza su muñeca que seguía esclavizada entre la áspera mano de este ¡Demonios! Si tan solo tuviera un poco más de fuerza, con facilidad podría deshacerse de ese molesto agarre.

Naraku mirándola fijamente a los ojos la abofeteó aún más fuerte dejando que cayera al césped brutalmente, ella con una mano en su mejilla afectada solo le entregaba una mirada llena de odio.

—Ninguna sucia humana se ha atrevido tocar uno solo de mis cabellos, y las estúpidas que lo intentaron simplemente no han vivido para contarlo —murmuró mientras jalaba del cabello de Kagome hasta levantarla nuevamente.

—Por suerte mi querida sacerdotisa tú eres diferente —sonrió burlesco Naraku mientras hacía un campo de fuerza y volaba por los aires con la azabache en brazos.

—Despídete de tus sueños, humana —terminó de formular dejándola inconsciente con un leve golpe en el cuello de la chica.

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El peli plata caminaba algo triste pero a la vez seguro y pleno, al fin había podido conseguir hablar de manera correcta y hacer lo correcto de una vez por todas.

Tocó sus labios y negó con demasía ante esto, solo quería borrar eso que no fue capaz de evitar, necesitaba ver esos hermosos ojos chocolates. Levantó su vista y sonrió al notar la cabaña cerca, corrió pero su olfato algo le dijo que no estaba bien.

Es imposible, pensó pues antes de salir se aseguró de que todos estuvieran profundamente dormidos, entró rápidamente.

Con cautela observó por el umbral de la puerta con sus ojos ambarinos felices, buscando a la chica que debía estar recostada en su saco, una oreja se movió con confusión y con sus ojos confundidos entró a la cabaña rascándose la cabeza.

—¿Kagome? —murmuró viendo un bulto dentro de aquel saco, demonios, como odiaba cuando dormía así, cuando ocultaba su inocente rostro por esas feas y extrañas telas de quien sabe que, no eran de demonios, de eso estaba más que seguro. Con pasos pequeños avanzó hacia aquel saco, pudo distinguir que todos dormían y sonriente se agachó quedando a centímetros de aquel saco vacío. Lo palpó y sintió cómo se hundía rápidamente, su corazón aceleró y con brutalidad abrió todo el saco dejando al descubierto la nada, tragó saliva y con sus ojos perdidos llenos de temor rasgó con brutalidad aquel saco de dormir, con su mirada acelerada busco por todos los rincones, pero nada, salió rápidamente de la cabaña y buscó por los alrededores, nada.

—Debí seguir mi olfato, maldición. —Se reprendió a sí mismo con furia. —Espero y no sea lo que estoy pensando —murmuró el ambarino con preocupación.

Aspiró hasta que sus pulmones ya no daban más, no… no podía ser, seguramente Kagome habría ido al ¿bosque?

¡Maldición! Frunció el ceño, corriendo más rápido que nunca.

Avanzó aún más adentro y sintió rastros de sal, continuó su búsqueda hasta llegar a un lago donde yacía una rama quebrada, trago saliva junto a su mirada ambarina llena de preocupación.

Con su mirada baja palpó la roca en la cual persistía la mayoría del rastro de sal de la azabache… pero, ¿dónde estaba? Debía encontrarla y explicar lo que verdaderamente había sucedido, sí, eso debía hacer, corrió hacia fuera de aquel terreno hasta que por el pasar de un gran árbol sintió un aroma muy familiar para él.

Abrió sus ojos de par en par y balbuceando palpó aquella corteza que estaba impregnado el aroma de Kagome… y el de Naraku.

—¡¿K-Kagome?! —exclamó Inuyasha con sus manos temblorosas mientras corrió a olfatear aquel césped, efectivamente también se encontraba el aroma del miserable de Naraku.

Con sus puños fuertemente presionados soltó un grito lleno de furia contenida, golpeando sin compasión a la tierra con su puño derecho, descargando su ira e impotencia.

—¡MALDICIÓN! ¡MALDICIÓN! ¡MALDICIÓN! ¡MALDICIÓN! —Exclamó el peli plata colérico.

—Ese maldito tiene a Kagome… ¡Ese maldito tiene a Kagome! —soltó el ambarino mientras presionaba sus colmillos con extrema fuerza, poniéndose de pie olfateando y corriendo a cualquier parte perdiendo el control de sí mismo por un par de segundos.

Pero de pronto al correr desesperadamente reconoció aquel olfato repugnante, miró hacia el cielo y rápidamente se encontró con uno de los insectos de Naraku, que no dudó en seguir con su mirada llena de furia.

—Resiste Kagome, resiste, voy en camino…— Pronunció Inuyasha mientras seguía el insecto con sus piernas a más no poder y con sus puños enrojecidos debido a los golpes impregnados de ira.

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En la cabaña, Sango abría lentamente sus ojos haciendo un lado sus cabellos castaños, con un gran bostezo buscó al monje que dormía en una de las esquinas más cercanas a esta.

—Buenos días Sango —sonrió el azulino mientras le miraba con ternura.

—Buenos días su excelencia —formuló la exterminadora de cabellos castaños regalándole una sonrisa.

—¿Kagome sigue dormida? Es raro verla dormir tanto, generalmente es la primera que despierta — formuló Sango extrañada mirando al fondo de la habitación.

—La señorita Kagome no está Sango, hace unos minutos Inuyasha fue en busca de ella —formuló el monje observando el saco de dormir.

—Piensa lo mismo que yo, ¿verdad? —formuló la castaña observando con tristeza el bosque.

—si Sango, Inuyasha fue a ver a Kikyo y Kagome lo siguió —Dijo Miroku también en aquel tono preocupado.

—¡Qué ese idiota nunca aprenderá que le hace daño a Kagome! —exclamó Shippo con el ceño fruncido mientras se subía a la cabeza de Miroku.

—¿Qué Inuyasha no entiende que si sigue así terminará perdiéndola? —formuló Sango sin quitar la vista de aquel bosque.

—Él no entiende, confunde sus sentimientos, deberá decidirse rápido ya que Kagome no soportara tanto sufrimiento —Formuló Miroku en tono preocupante. —Pero bueno ya llegarán Sangito —dijo sonriente el azulino aproximando peligrosamente su mano "maldita" al trasero de Sango, mano que ella lamentablemente pero excelente para él no vio venir.

Se alarmó la castaña al sentir aquella mano pervertida en su propiedad, con rudeza junto sus dientes y gritó a los cuatro vientos. —¡Y usted perderá su cabeza si sigue así de pervertido y mujeriego!—exclamó abofeteando al monje quien solo sonrió como todas las veces dejándose caer contra la pared con la mano marcada en su cachete.

—Pero Sangito, ¿cuándo será el día que puedas comprender a este pobre monje? —Formuló Miroku en un hilo de voz mientras se sobaba con su mano la gran bofetada de Sango.

—¡Oh, por supuesto monje Miroku, yo lo entiendo! —formuló la exterminadora con un evidente sarcasmo mientras que su sonrisa tiritona volvía a sus labios.

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Con una gran sonrisa se paseaba Naraku por sus inmensos pasillos elegantes, la azabache yacía encerrada en una habitación de cuatro llaves, vacía y oscura, elevó su mano derecha hacia el cielo moviendo suavemente su mano, a los pocos segundos de esto de los aires apareció Kohaku con sus ojos apagados y Kanna con su espejo en mano.

—Necesito que vigilen a esa niña, solo yo puedo salir y entrar de aquella habitación —ordenó Naraku con ojos siniestros, Kohaku asintió caminando lentamente al lado de Kanna hacia la habitación, cada uno se posicionó en cada lado de aquella inmensa puerta hecha de piedras, inmóviles observando a la nada quedaron como si de estatuas se tratase.

Kagome con un inmenso dolor de cuello despertó y con sus ojos chocolates llenos de temor palpó el suelo, no veía nada, se sentía ciega, no pasaron siquiera quince segundos antes de que el frío la inundara, con sus manos temblorosas se abrazaba así misma observando hacia el oscuro techo. Naraku la había atrapado, sus ojos se humedecieron llenos de temor y con su corazón agitado comenzó a gritar desesperada hacia la nada.

—¡Ayuda! ¡Déjenme salir! Por favor… —exclamó Kagome arrodillándose observando aquella oscuridad que la rodeaba, mientras que las lágrimas resbalaban por su rostro. Tenía sus labios temblorosos y morados debido a aquel frío que hacía.

—Si tan sólo no hubiera salido de la cabaña, si tan sólo no fuera tan estúpida ¡Si tan solo no me hubiera enamorado de ti! —Grito la sacerdotisa dándose por vencida, rodeada de lágrimas y oscuridad sollozando y odiándose a sí misma ¡Demonios! ¡Sabía que no debía ir! ¡Lo sabía! ¿¡Por qué!? ¿¡Por qué?! Gritaba hacia sus adentros mientras que fuertes gemidos escapaban de sus labios.

—Inuyasha, te estoy esperando…—dijo para sí la azabache sonriendo melancólicamente recordando la mirada del ambarino que la había hechizado —Pero…algo me dice que no vendrás —susurró apoyándose fuertemente en la pared arrodillada en el frío suelo hecho de piedras.

Claro… ¿Por qué estaría buscándome? imposible… debe estar con Kikyo, de eso estoy segura.

¿Por qué me he arriesgado tanto?

¿Por qué?

—Porque lo amo —respondió ella misma con sus ojos apagados respirando lentamente permitiendo que su cuerpo enfriara.

—Imposible que regrese… imposible que me encuentre —sonrió tristemente mientras cerraba sus ojos. —Al fin y al cabo Inuyasha no tenía culpa de nada, fui yo la que intervino en un su camino con Kikyo —pero rayos, ¿qué culpa tenía ella de ser la milagrosa reencarnación de su ex, volver en el tiempo y de casualidad encontrarse con él? Sin duda la mala suerte le abundaba, estaba perdidamente enamorada y nada podía hacer al respecto.

—Imposible que me ame —terminó de decir la azabache.

¿Tanto trabajo me había costado darme cuenta que él era un amor imposible para mí?

¿Acaso en estas circunstancias debía estar para abrir de una buena vez los ojos?

Creo que sí, pero algo positivo había encontrado en todo esto… por fin había logrado abrir los ojos y darse por vencida de una buena vez. —Yo no nací para ser la acompañante eterna de él, nací para la búsqueda de fragmentos. —Pensó.

—Erróneo…—susurró el viento mientras la envolvía.

¿Qué era lo sucedía? Aquella voz celestial le susurraba al oído, voz que jamás había salido de su interior… ¿O sí?

—Tu verdadero propósito está a pasos cercanos —susurró nuevamente el viento en su oído.

Kagome abrió sus ojos de par en par, aquello ya no había sido su imaginación.

—¿Q-quién eres? —Preguntó rápidamente levantándose mirando hacia el techo donde se encontraba una luz girando de manera lenta.

—Aún no es el momento Kagome, pero pronto lo descubrirás —Volvió a susurrar mientras inundaba aquella fría habitación en una colorida y alejando rápidamente el frío, por un calor acogedor.

—¡Sa-sálvame! ¡Ayúdame! ¡Sácame de aquí, por favor! —Exclamó Kagome con sus ojos llorosos observando a aquella luz como su única escapatoria posible.

—Lo siento, pero… yo no puedo cambiar el pasado… pero tú sí puedes cambiar el futuro —Terminó de susurrar mientras se desvanecía nuevamente en la oscuridad.

—¡Espera! ¡No te vayas por favor! ¡Te lo ruego! —Exclamó la azabache con su corazón acelerado, no… no podía ser, su única posible salvación se había perdido en la oscuridad, se arrodilló dudosa mirando hacia donde aquella extraña luz había aparecido y desvanecido ¿Qué había sido todo eso? ¿Qué había querido decir? No lo sabía.

De pronto se escucharon pasos elegantes, y una siniestra voz se escuchó fuera de la habitación, Kagome alarmada comenzó a buscar algo donde poder esconderse, pero esa habitación de cuatro paredes vacía se encontraba.

—Abre —ordenó Naraku y luego de dos segundos aquella inmensa puerta se abrió crujiendo dejando cegada la vista de Kagome.

De aquella luz una figura se formó de aquel personaje despreciable y digno de temor, entró lentamente con pasos lentos y sonrisa resplandeciente, unos ojos propios de un asesino demente.

Se cerró la puerta con suavidad quedándose Kagome nuevamente en la oscuridad, aunque ahora ya no sola, pero, tampoco con la mejor persona de acompañante.

—Yo tengo… un plan especial… —se escuchó de pronto la voz de Naraku haciendo temblar a la azabache quien palpaba el suelo por alguna milagrosa escapatoria. —Para ti —terminó de decir aquel hombre despreciable acercándose más y más hacia la morena.

—¡¿Por qué yo?! —Gritó Kagome desesperada, retrocediendo rápidamente hasta que chocó bruscamente con la pared, y se horrorizó, al sentir que aquel personaje estaba ya al frente de ella y sin escapatoria.

Naraku sonreía triunfal, se agachó y quedó a centímetros de la chica, tomó su mentón y la observó más de unos cinco eternos y temerosos segundos, sonriendo con sus ojos asesinos fijamente en aquellos chocolates temerosos.

—La pregunta correcta sería ¿por qué tú no? — mencionó burlesco manteniendo firme su mano en el mentón de la chica observando esos ojos llenos de odio y temor.

—Sí, sí, ódiame mil y un veces más, esa mirada es la que necesito —susurró Naraku, sonriendo al mismo tiempo que le acariciaba el mentón.

Fue lo último que pudo escuchar la sacerdotisa, cuando sintió un dolor punzante en su cuello que la dejó paralizada, sintió un veneno doloroso, aún más que las mismas armas blancas de su época, era doloroso, más doloroso de lo que se imaginó.

Naraku salió, saboreando sus labios dejando a la chica inconsciente, nuevamente.


Y hasta aquí llegamos, con Naraku y su complejo de vampiro :u

Bueno, nos leemos.