Bueno, lo prometido es deuda, aquí está el segundo capítulo. !Que lo disfrutéis!

Disclaimer: Himaruya y eso


-Qué relajante es escuchar el murmullo del agua…-pensó Vash, mientras esperaba sentado, con sus piernas recolgando, en la fuente del pueblo. Un pequeño pueblecito en las montañas de los Alpes, sin comunicación apenas con el mundo exterior, como si fuera un universo aparte. Aquellas montañas nevadas, que en invierno era un paraíso blanco, las laderas rebosantes de verdor en la época del verano, eso, era lo único que conocía Vash. Este, acarició la superficie del agua cristalina, comprobando lo fría que estaba. En ese momento, una voz lo sacó de sus pensamientos.

- ¡Holaaaaa!

La voz venía de un niño pequeño de uno años, que corría como un loco hacia donde estaba él.

-¡Cuidado, no corras tanto que-….

Y lo que Vash se estaba imaginando que pasaría, sucedió.

¡Buaaaaaaa!

Se había tropezado y caído de morros contra el suelo empedrado. Vash, alarmado, fue hacia allí. Se arrodilló y vio por si era una herida grande.

Tranquilo Rodie, no es más que un rasguño, ¿ves?

Venga, que te ayudo a levantarte –le ofrece la mano-

Roderich asintió, tomándole la mano, aun con lagrimillas en los ojos. Suspiró y se las secó con la manga de la camisa.

– Ya me siento mejor

Pues adelante, que hoy me ha mandado mi padre a sacar a las cabras a pastar.

Caminando por las empinadas y antiguas calles del pequeño pueblecito llegaron a una cabaña de madera típica de la región alpina. Al lado había un enorme establo repleto de cabras y algún que otro caballo. Detrás de la casa estaba situado un enorme granero con las reservas de comida para el duro invierno. Vash arrejuntó a todas las cabras, como había aprendido a hacer desde pequeño. Silbó fuertemente, y un imponente pastor alemán salió de la cabaña hacia donde estaban ellos.

-¿Qué tal, Sonne? Dijo mientras le acariciaba la cabeza.

-Es como un peluche enorme- Soltó Roderich, abrazando al animal, hundiendo la cabeza en el dorado pelaje del perro. Ante esto, Sonne le empezó a lamer el pelo. Cuando Roderich se apartó, Vash no pudo evitar soltar una risa.

- Mírate, ¡cómo te ha dejado el pelo!

Estaba totalmente alborotado, como si se acabara de levantar, con rulitos en direcciones aleatorias y algunos que le caían como si tuviera un moño.

Roderich se miró en el abrevadero y al verse, se quedó unos momentos callado, y de pronto rompió a reír. Su risa se contagió aún más al otro, que ya de por sí no podía parar de reír.

-Venga, vamos, que se nos va a hacer tarde,Roddie- dijo Vash, aún recuperándose del ataque de risa.

Condujeron a todo el rebaño por el pueblo, las personas no se extrañaban en nada por ello, ya que era lo normal. Había señoras que les saludaban mientras regaban las flores de su balcón, se conocían todos allí. Una vez llegaron a las afueras del pueblo, siguieron por un camino de tierra, charlando, pero atentos a que ninguna cabra se descarriara. A veces, hasta alguno de los dos se subía encima de Sonne, como si fuera un caballito. Sonne era lo suficientemente grande y dócil como para cargar a uno de los niños sin dificultad alguna. Finalmente, llegaron a una pradera de un verde intenso, desde la cual se veía todo el paisaje alpino. Vash abrió la puerta de la valla que separaba el prado del camino. Las cabras fueron pasando, y en unos momentos, ya todas estaban pastando. Roderich se bajó de Sonne y se tumbó sobre la hierba.

Vash se tumbó a su lado, mirando al cielo. No se preocupó por las cabras, ya se encargaría Sonne de ello. Sólo si se iba alguna, la buscaba y ya está, no solían ir muy lejos.

¡Mira, mira! Esa nube parece un dragón enorme -dijo Roderich con entusiasmo, señalando el firmamento-

A mi me parece más un pájaro- contradijo Vash- Esa otra parece…una silla

¡Oh oh! ¡Me toca, me toca! Aquella es…!una palmera!

¿Palmera? ¿Qué es eso?

Oh, pues es una especie de árbol, así muy alto y con hojas enoormes.-dijo, gesticulando y dibujando en el aire la silueta de la palmera.- Viven en sitios con más calor que aquí. Las vi en una de las postales que enviaron a mi padre.

Aaah.-Dijo Vash, no muy convencido- ¿Sabes qué? Me encantaría explorar y saber que hay más allá de las montañas. ¿ A ti no?

No sé, me da miedo por si hay cosas malas ahí fuera. Además, soy débil.

Puede que haya cosas buenas y cosas malas, no se sabe, por eso quiero descubrir. Eres débil porque todavía somos unos niños, pero cuando crezcas ya verás, seremos super poderosos. ¿ No te suena bien? "Vash y Roddie, exploradores cazatesoros"

- Supongo…-suelta una risita-

Roderich levantó la cabeza y escrutó el rebaño.

- Vash, creo que una de las cabras se ha perdido.

- ¿Cuál?

- Esa pequeñita que solo tiene un cuerno. Iré yo a por ella, no habrá ido muy lejos.

- ¿De veras quieres ir tú? No es que seas el más adecuado para…Además está atardeciendo.

- Déjame ir a por ella, ¡te mostraré que no soy un miedica!

- Vale, entonces yo me quedare aquí esperando y cuidando el rebaño.- Dijo a regañadientes, no estaba demasiado convencido de si sería lo más adecuado, pero a Roderich le hacía ilusión, así que le dejó hacer.

Roderich buscó señas de por donde podría haber ido, y encontró huellas de cabra que se dirigían al bosque. Le daba un poco de miedo, pero debía demostrarle a Vash que no era un gallina. Se adentró en la arboleda, buscando señales de donde podría estar aquella escapista cabra. Los pocos rayos de sol que quedaban atravesaban las hojas de los árboles, dejándolo todo en mezcla de penumbra y atardecer. Roderich siguió buscando, pero todos los árboles parecían iguales, y temía estar andando en círculos. El ulular de un búho lo sobresaltó, haciéndole caer en la cuenta de lo tarde que era. Decidió salir de allí cuanto antes, y contarle a Vash lo sucedido. Ya era noche cerrada, y por más que iba en línea recta, seguía habiendo más y más árboles.

Quizás estoy yendo en dirección equivocada y realmente lo que estoy haciendo es adentrarme aún más en el bosque –pensó con horror-.

Dando tumbos, encontró un claro , iluminado por la luz de la luna llena. De repente, vió algo extraño en el suelo. Se acercó, temeroso. Vio que era un cuerpo de un animal devorado, del que apenas quedaban los huesos y algún que otro tejido. El cráneo del animal se asemejaba al de un posible tipo de hervíboro, con un solo cuerno. Roderich dio un paso atrás, y se dio cuenta de lo sucedido. Iba a irse para encontrar una salida a ese bosque que tenía por laberinto, cuando varios pares de ojos lo rodearon, y varias filas de dientes afilados como cuchillos de carnicero se empezaban a acercar a él, peligrosamente. El niño se quedó paralizado, de terror. Estaba atrapado. Un aullido se pronunció en la lejanía.


Los números pares tienen la extraña capacidad de visualizar el pasado, como máquinas del tiempo intermitentes...

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