!Hola a todos! ¿Qué qué hago subiendo esto un miércoles y una semana después de cuando debería haberlo subido? Pues dadle las gracias a mi maravilloso ordenador que le da por crashearse y pedir actualizaciones en el poco momento que tengo para poder subir los capítulos...En fin. Ahora sí, para los que no entendieron esa pequeña frasecilla al final del capítulo 2 o directamente, a qué venía ese, sin tener apenas conexión con el otro,...bueno. Ahora lo entenderán. No os hago perder más tiempo y... espero que lo disfrutéis.

Disclaimer: Hetalia no me pertenece, bla bla bla. Lo único que me pertenece aquí es el personaje de Klaus y poco más.


Vash se puso en camino junto a Sonne, ya que veía que su amigo estaba tardando en volver, y se había hecho de noche. Seguramente sus padres estarían preocupados por él, no había ni cenado. Pero no podía dejar a Roderich a su suerte, pues era bastante probable que se hubiera perdido. Investigó por los alrededores del prado: el barranco, las grutas, el pedregal….nada. Lo último que faltaba por mirar era…el bosque. Con determinación, se adentró allí.

Roderich dió un paso atrás, a medida que los lobos avanzaban lentamente hacia él. No sabía qué hacer: si huía, le persegurían y le atraparían. Si se quedaba más rato ahí, seguro que no sobreviviría. Caminó lentamente, sin darse la vuelta y cogió un palo grande que había en el suelo. El lobo que tenía justo enfente erizó el pelaje y le mostró los dientes al ver el palo. Todos empezaron a gruñir y uno de ellos le atacó por detrás, atrapándolo entre sus zarpas.

Sonne iba olisqueando el suelo, pero no encontraba rastro alguno.

-¡Roddie! ¡Roddie! –Gritó, pero la única respuesta que recibió fue la de las hojas de los árboles meciéndose en el viento, el ulular de los búhos y lechuzas y el crujir de las ramitas que él mismo pisaba. Entonces, Sonne echó a correr. Había captado una débil señal de olor humano que se dirigía al corazón del bosque.

Roderich rápidamente, le clavó el palo en el ojo al lobo, cegándolo, éste dió dentelladas en el aire y aulló de dolor. Este se zafó de el lobo y corrió a subirse a un árbol, mientras los demás miembros de la manada lo perseguían. Roderich se aferró al tronco y empezó a trepar, se estuvo a punto de resbalar un par de veces, pero al final consiguió alcanzar una de las ramas bajas, que era bastante gruesa. Los lobos estaban rascando el tronco, tratando de subir, sin éxito. El lobo que se había quedado ciego de un ojo, se separó de la manada, y regresó al bosque, solo. Roderich sintió entonces un gran dolor en su brazo que no había notado entonces. Se sujetó la parte dolorida, no se atrevía a mirar. Entonces, con el brazo bueno, agarró las piñas que daba el árbol y se las empezó a lanzar a los lobos, con furia. Esto no hizo más que empeorar las cosas, pues estos empezaron a golpear el árbol fuertemente.

Roderich se agarró al tronco principal del árbol, estaba muy asustado y conmocionado, el brazo estaba sangrando peligrosamente, pero no podía bajar a buscar ayuda si tenía una manada de lobos esperándole abajo, así que improvisó arrancándose un trozo de tela de su camisa y se la ató entorno a la herida, haciendo un torniquete. Entonces escuchó un sonido proveniente de los límites del claro. Más lobos no, por favor…-pensó Roderich, desesperado, con lagrimillas en sus ojos-.

Vash siguió a duras penas a Sonne, que había salido corriendo. Los árboles se hacían interminables, parecían todos iguales. Pero a diferencia de Roderich, él si sabía el camino de vuelta; se sabía aquella zona como la palma de su mano. Finalmente, Sonne y Vash atravesaron unos matorrales y llegaron a un claro. No se podían imaginar lo que encontrarían allí. Un cádaver de un animal y un gran número de lobos rascando, golpeando y arañando un mismo árbol. Cuando lo vieron salir, los lobos rápidamente abandonaron el árbol y fueron a por Vash, pues lo veían presa más fácil que al que estaba encaramado al árbol. Sonne, como buen perro guardián que es, se interpuso entre los lobos y Vash. Éste, le mostró los dientes y erizó el pelo, haciéndose más grande intimidando a los lobos, que, con el rabo entre las patas, se alejaron, rindiéndose. No merecía ahora la pena enfrentarse a aquel perro por tan poca recompensa.

-¡Roddie! ¡Roddie! –lo llamó, desesperado-

-Aquí….-sonó una débil voz proveniente de las copas de los árboles.

Vash siguió la voz hasta que lo vio. Roderich estaba agarrado a una de las ramas más altas del árbol, temblando de miedo.

-Ven, baja. Ya ha pasado el peligro.

Roderich se sujetó al tronco del árbol y bajó lentamente, pisando seguro. Cuando llegó abajo, corrió y abrazó a Sonne y a Vash, balbuceando y lloriqueando.

-Gra…biall…los lob…asus…bra..cab…cad...es…

-No te entiendo nada, Roderich- dijo Vash, dándole unas palmaditas en la espalda- Ya pasó, venga cuéntame. -¿Porqué quisiste ir tú solo?

-Yo quería demostrar que no soy un cobarde…

-No necesitas demostrármelo, ¿no ves que te acabas de enfrentar a una gran manada de lobos? ¿Qué hubiera pasado si te hubieras peleado con ellos en lugar de correr y ponerte a salvo?

-Hu-hubiera muerto…

-Exacto. Ser un poco cobarde no es malo. Te mantiene a salvo.

Roderich le contó a duras penas el resto de lo sucedido y se señaló la herida.

-¿Te han hecho eso? Tenemos que llevarte inmediatamente al pueblo. –dijo separándose un poquito y observando el brazo vendado. Vamos, ya está. Marchémonos. Sé el camino de vuelta.

Los dos niños y el perro salieron del claro, camino del pueblo.

-Pium! Pah! Señor general, nos están abatiendo!- Decía el pequeño Roderich con voz de falsete-

-¡No puede ser! ¡Tenemos que contraatacar! ¡Ejército al ataque! –

Cogió uno de sus soldaditos de plomo, pintado de vivos colores, similar a los de los uniformes que se utilizaban en las guerras napoleónicas. Contaba con una pequeña bayoneta ajustada a su medida.

Empezó a entrechocar las bayonetas de los soldaditos, como si fueran espadas, y entonces, dando un codazo, Roderich tiró de la mesa otro soldadito que no había visto. Se escuchó un golpe. Roderich fue a mirar. Descubrió que el pobre soldado se había roto al caer, pues la cabeza de este estaba rodando unos metros más allá. Recogió el muñeco, se lo llevó y salió corriendo por la puerta de su habitación. Corriendo por los pasillos, llegó al sótano de la casa, de la que venían voces que mantenían una acalorada charla. Al abrir la puerta, llegó al sitio que quería llegar. El estudio-laboratorio de su padre. Era una habitación inmensa, llena de tubos de ensayo, cachivaches que echaban vapor, montones de papeles tirados por el suelo, las encimeras llenas de objetos extraños, tuercas, tornillos, piezas de todas formas y colores. Una luz mortecina iluminaba a las dos personas de la sala. Uno, estaba sentado en una silla giratoria, y parloteaba rápidamente, con un agudo y estridente tono de voz. Tenía el pelo castaño y el mismo rizo característico de Roderich, que se paraba en punta. Llevaba una larga bata blanca que le llegaba por los pies, y las gafas se le caían continuamente. El otro sujeto estaba parado de pie, hablando, pero de forma más relajada. Tenía la cara fina, el pelo sedoso y castaño, y un pequeño bigote adornaba su rostro. Sus ojos eran profundos, serios, pero llenos de creatividad y alegría. Roderich se acercó al nervioso y parloteador personaje, haciendo aspavientos con los brazos para llamar su atención.

-Y entonces como te contaba…!oh! Rod, ¿qué haces aquí?

-Papi, papi, ¡ayúdame! Mira lo que le ha pasado al pobre Klaus, ¿lo puedes arreglar? –dijo, enseñándole el decapitado soldadito-

- A ver, déjame que lo vea…-dijo poniendo a Roderich en su regazo, luego tomó el soldadito entre sus manos y lo examinó- Mm…estás de suerte, parece que se puede arreglar fácilmente.

El hombre se dio la vuelta en la silla giratoria y, cogiendo los materiales necesarios, comenzó a repararlo.

El hombre del bigote se acercó a Roderich y soltó:

-Eh, Karl, ¿y este niño tan mono quién es? Nunca me dijiste que tenías un hijo..

-M-me llamo Ro-roderich –dijo el pequeño, con timidez.

-Yo soy Nick, encantado. –dijo, tendiéndole la mano y sonriendo- Soy un amigo de tu padre, hace mucho tiempo que no lo veía.

-Ha venido desde Estados Unidos y todo –intervino el padre-

-¡Halaa! ¡Desde tan lejos! ¿Eres estadounidense?

-No, pero vivo allí.

El niño se le quedó mirando al adulto con chiribitas en los ojos, haciendo volar su imaginación y su curiosidad, preguntándole qué maravillas había al otro lado del mar.

Entonces, el padre se dirigió a Roderich:

-Mira Roderich, ¡ha quedado como nuevo! Además…me he tomado la libertad de agregar un par de cosillas. Mira, ¿Ves esa manija en la espalda del soldadito? Ponlo en la mesa y gira la manija.

Roderich hizo lo que le pidió su padre. No podía creerlo, tenía que ser por arte de magia, su muñeco…..estaba caminando por primera vez. El soldadito se movía de forma rítmica, imitando la marcha al paso de los ejércitos reales. A la vez que sus piernas, el juguete giraba la cabeza a ambos lados. Entonces Roderich le preguntó a su padre cómo podría hacer para parar el artefacto. Este no respondió, sino que le indicó que no lo tocara. El muñeco acabó por pararse cuando la manija que lo activaba se detuvo.

Papá, ¡me encanta! ¡Gracias!

Perdón por interrumpir el momento, -intervino Nick- pero, ¿Le pasa algo a Roderich? Lo digo por la venda del brazo…-preguntó de una forma más descarada de lo normal-

No es nada, sólo un desafortunado accidente que sufrió hace unos días, pero se recupera bien.-le respondió el padre- Venga, ahora deja a los mayores hablar -le dijo a Roderich- El niño se bajó del regazo de su padre y empezó a curiosear por ahí, mientras que los dos amigos continuaban su conversación. Roderich encontró entonces una pequeña cajita con un gran botón rojo, seguramente alguno de los inventos de su padre.

Esos del gobierno americano son unos ineptos -oyó Roderich- Mira que rechazar mi invento…

"¿Nick también es un inventor?" Se preguntó Roderich "Entonces es normal que se lleve bien con Papi" El niño sostuvo la caja entre sus manos, ansiando saber qué habría dentro. Pulsó el botón y de la caja salió un pequeño brazo mecánico que presionó otra vez el botón, desactivándose a sí misma. Entonces, el pequeño soltó una carcajada ante la simpleza e inutilidad de la máquina.


Vamos a ver, al terminar quiero dejar una cosa clara: El padre de Rod NO ES Estados Unidos. Esto lo aclaro porque a pesar de indicar que tiene el pelo castaño y que no se llama Alfred, una de mis "beta readers" (creo que se dice así, es alguien que lo ha leído antes de de que esto fuera publicado) cometió ese error. Pienso que podría haberse confundido por la personalidad, no lo sé, pero no está de más avisarlo. Y no, no intentéis conectarle con otro personaje de Hetalia, porque no es, me lo he inventado yo. En cuanto a Nick...buf, medio medio, porque es un personaje histórico (Os reto a que intentéis adivinar quién es en los comentarios, a ver si alguien acierta. La única pista que puedo decir es que "Nick" no es más que una interpretación de su nombre real.) Ante esto, voy a dejarlo tan sólo como una interpretación de cómo podría haber sido esta persona.

Si tenéis curiosidad por lo del título, buscadlo en google "La Máquina del Mundo". No tiene nada que ver con la historia, pero es muy interesante. Además, como el capítulo de hoy tiene que ver con inventos y máquinas raras...pues eso.

Muchas Gracias a los reviewers, que me dan su apoyo cada vez que subo (En serio, os merecéis más que una chapa por eso, sois geniales) , a esa gentecilla que me ayuda de vez en cuando, y sobretodo a ti, lector, por leer esta historia. Espero que os haya gustado y !Hasta la semana que viene! (Probablemente)