El pequeño Roddy, seguido de su amigo Vash estaban a punto de hacer una "misión de reconocimiento".

Resulta que últimamente se le está prohibida la entrada al sótano, donde se encuentra el laboratorio de su padre. Nunca se le había denegado la entrada, simplemente advertido de no tocar nada. Esto no hizo más que alimentar la gran imaginación del pequeño sobre que era lo que se escondía ahí dentro.

Aprovecharon mientras Klaus tomaba su zumo de manzana de las seis (pues era un hombre de rutinas fijas) , sentado en la pequeña mesita de té del jardín.

Las pisadas de ambos niños hacían crujir la madera del suelo, provocando que miraran en varias direcciones a pesar de que sabían que nadie iba a acercarse en un buen rato.

Roderich abrió la puerta con un suave giro de muñeca, deslizándose al interior de la estancia, seguido de Vash.

Miraron alrededor, todo parecía igual: matraces en las estanterías llenas de extraños y misteriosos líquidos, la mesa repleta de tornillos, tuercas, baterías, cables…En un caos que Roderich sólo podía comparar con un nido de serpientes. Por supuesto, había papeles con garabatos por toda la estancia, tanto en las encimeras, como la mesa y el suelo. En un rincón se encontraba una basura, llena de corazones de manzana, lo que indicaba la gran afición, -o quizás obsesión desde el punto de vista del niño- del inventor por las manzanas. Los papeles eran prácticamente ininteligibles para cualquiera de los dos, tanto por la caligrafía como por las extrañas palabras y números que contenían.

Vash por su parte, parecía más interesado en observar los tarros que contenían anfibios y reptiles en su interior, llenos de formol. Estos tarros y matraces se encontraban en una vitrina, a la cual sólo se podía acceder con una llave que únicamente el científico poseía.

Sin embargo, el laboratorio no parecía distinto de otras veces en las que Roddy había estado. ¿Porqué se le prohibía la entrada entonces? Al fijarse mejor, el pequeño pianista se percató de que en la pared había otra puerta, una que no habían visto nunca. A ambos lados de dicha puerta se encontraban dos cabinas de cristal, con un panel de control, lleno de botones.

Roderich se metió en una de ellas, preguntándose que sería aquel artefacto. En cada una de las cabinas parecía haber sitio para una sola persona, por lo que Vash decidió investigar la otra por su cuenta.

Una vez dentro, las puertas se cerraron automáticamente, dejando encerrados a ambos niños.

Entonces el terror les inundó. Golpearon la cápsula transparente desesperadamente para poder salir. En cuestión de unos minutos, una luz verde se iluminó en la cabina de Roderich, liberándole. El pequeño pianista buscaba desesperadamente una manera de sacar a su amigo de allí, mirando entre los papeles, algo que indicase cómo sacarle, ya que por el contrario, Vash no había salido.

Roderich empezó a llorar. No encontró ninguna manera de poder sacarle. Había el panel de control de su cabina…pero a saber qué botón era el correcto.

Pocos minutos después apareció Klaus, guiado de la mano de su hijo. Estaba bastante alarmado, mientras que Roderich estaba llorando a mares, frotándose los ojos con la otra mano.

Klaus tomó de la mesa lo que parecía una vara metálica, con agujeros. La introdujo a media altura en una abertura que había en una de las juntas cercanas a la cápsula de Vash.

El científico giró la vara que hacía las veces un par de veces, la sacó e introdujo un par de veces más sin sacarla totalmente, tornándola en varias direcciones, parecido a la cerradura de una caja fuerte.

Finalmente, fue capaz de abrir la cápsula manualmente, liberando al pequeño Vash. Este, normalmente siendo el más valiente y encarado de los dos, salió corriendo, entre lágrimas. Ahora las tornas cambiaron, ahora era Roderich quien tenía que abrazarle para calmarle y decirle que todo estaba bien.

Klaus sin embargo no parecía tan contento. Aquella era una de las pocas veces que podía vérsele enfadado.

-¡Roddy! ¿Por qué has entrado a sabiendas de que no podías entrar?

Le reprendió, mirando a los ojos del muchacho. Este se encogió, escuchándole.

-¡Es muy peligroso, mira lo que ha pasado! ¿Y si no llego a estar yo aquí y el pobre Vash se quedase encerrado sabe Dios cuánto tiempo? ¿Qué hubiera pasado?

Roderich se limitó a mirar al suelo, aguantando la regañina. Unas pequeñas lágrimas salieron de sus ojos, sintiendo inmensa culpa al imaginarse a su querido amigo encerrado allí para siempre, sin poder decir nada, con hambre, frío…Por su inconsciencia.

-Yo… yo… N-no volveré a hacerlo jamás…

Roddy era incapaz de hablar, sus lágrimas cubrían su cara, y sus gemidos ahogaban su voz.

Entonces, su padre lo tomó en sus brazos, tarareando una vieja canción, que desde que era pequeño siempre tranquilizaba a Roderich cuando estaba triste.

Vash cerró los ojos, escuchando la canción atentamente. Percibía un gran sentimiento, el cual no sabía describir. Sus notas eran hipnóticas, haciendo que el pequeño músico lentamente se relajara, acurrucándose.

-Nunca más toquéis esas cápsulas. Vash, ¿me harías el favor de recordárselo? No quiero que os hagáis daño. Sé que eres responsable, mi pequeño Roddy es muy olvidadizo.

Aseguró con una suave sonrisa tras dejar a Roderich en el suelo de nuevo.

-¿Podemos ir a jugar al campo de Edelweiss? -Preguntó de repente el pequeño, con ojos brillantes. Vash esbozó una pequeña sonrisa, era lo que realmente le apetecía hacer ahora.

-Tened cuidado y sed buenos chicos. Murmuró el doctor, dándole un beso en el pelo, viendo cómo ambos se marchaban tomándose de la mano, felices.

Nick se acercó, escuchando el revuelo.

-¿Qué ha pasado? -Preguntó tras mirar alrededor, y no ver nada raro entre el natural caos que solía ser el laboratorio.

-Parece que nuestro sistema de seguridad funciona a las mil maravillas, mi querido amigo. Solo que… debería implementar la posibilidad de apertura automática. Simplemente no preví a niños husmeando por aquí .

Añadió entre risas, sosteniendo uno de los bocetos prototipo de su proyecto conjunto, listo para continuar.