The lady in red

La noche y su manto de oscuridad cubría cada rincón capitalino entre los enormes edificios y las casas tradicionales. El clima era cálido, con una suave brisa refrescando a las personas que transitaban por las amplias y siempre iluminadas calles de Tokyo.

Acompañado por las estrellas, Levi caminaba sin prisa junto a sus amigos Erwin y Hange entre la agitada vida nocturna de la ciudad. Habían terminado ya su jornada como profesores en la Universidad Estatal y ahora se dirigían a un club privado para distraerse y festejar el ascenso de la castaña a Jefa de Departamento de la Facultad de Química y Ciencias Biológicas.

Particularmente, el azabache no era muy fanático de esos lugares alocados y con música a alto volumen que amedrentaban sin piedad sus oídos. Siempre prefería quedarse en casa o pasear en lugares poco concurridos, pero en este caso aceptó casi a regañadientes la invitación de su amiga, solo porque era una ocasión especial y no quería que le insistiera cientos de veces.

Aunque estuvo a un paso de retractarse cuando le contó algo respecto a la temática de la noche.

—¿Antifaces? —se mostró ligeramente incrédulo.

Hange asintió enérgicamente.

—¿No pudiste haber elegido un día en el que fuéramos como personas normales?

—Oh, vamos. Será más divertido así. Además, ya está hecha la reservación, así que ni se te ocurra decir que no.

Conociéndola como la conocía, no era novedad que saliera con alguna ocurrencia de ese tipo, así que no tuvo más remedio que resignarse y prometer que a la próxima averiguaría bien los detalles antes de aceptar cualquier invitación.

Pasaron algunos minutos cuando finalmente arribaron al lugar. Un hombre en la entrada pidió sus nombres y Hange se los dio. Al comprobar que estaban en la lista, los dejó ingresar, no sin antes asegurarse que cumplieran con la condición de las máscaras.

—Qué fastidio —bufó el pelinegro una vez dentro, a lo que sus amigos solo negaron con la cabeza.

Se dirigieron a una mesa exclusiva para ellos al costado izquierdo y se sentaron. Un mesero tomó sus órdenes y se retiró, volviendo luego de un corto instante con las bebidas en una bandeja y dejándolas al frente de cada uno.

—El cronograma de hoy es muy variado. Muero porque empiece de una vez —habló Hange.

—No entiendo a qué se debe tanta emoción —dijo Levi mientras tomaba un poco de su brandy.

—Solo espera a que lo veas.

Poco tiempo después se anunció el inicio del programa. Con las luces apagadas y solo con algunas velas alumbrando las mesas, los espectadores enfocaron su atención en la pequeña tarima de adelante y en los artistas que allí se iban presentando. Estos, ya sea en solitario o en grupo, interpretaron una serie de géneros musicales, desde jazz, blues, hasta baladas románticas y balada rock.

Si bien los shows fueron entretenidos y multifacéticos, a Levi no le llamaron enteramente la atención. Su mente viajaba por un centenar de pensamientos, unos triviales y otros más importantes, que incluso no reparó en los chillidos de Hange a su lado.

No fue sino hasta unos instantes después que volvió a poner los pies en la tierra cuando se anunció la presentación de una bailarina.

Esta hizo acto de presencia en el centro de la tarima y, poco después, bajo el silencio expectante de los presentes, la música empezó a sonar. Un corto solo de guitarra y percusión dio paso a la canción A mi manera, y con ella la bailarina inició su rutina.

Al igual que todos en el salón, cubría su rostro con un antifaz rojo que hacía juego con su vestido entallado del mismo tono, adornado con volantes en la falda y en las mangas. Su cabello estaba recogido en un moño con vinchas en forma de rosas, complementando su atuendo con pulseras, aretes largos y zapatos de taco alto negros, los mismos que repiqueteaban alegres al son de la melodía.

Aquel ritmo, tan vivo y armonioso, era algo completamente nuevo para Levi. Había visto tantas presentaciones de distintos géneros en sus viajes por otros países, pero ninguno lo había atrapado como en ese momento donde simplemente se perdió en la gracia, elegancia y maravilloso desenvolvimiento de aquella figura que representaba muy bien el estilo flamenco.

Haciendo giros y elevando sus manos en gestos limpios, la chica comenzó a aplaudir y bajó del escenario, motivando a que los espectadores la acompañaran. Continuó con su asombroso baile caminando en medio de las mesas, sacó un par de abanicos y le dio un plus a todo el show hasta regresar al punto inicial y finalizar con una pose sublime y elegante.

Todo el lugar estalló en aplausos y vítores que duraron varios segundos. La bailarina agradeció con una pequeña reverencia y se retiró.

—Wow. Eso fue absolutamente increíble —comentó Erwin.

—Más que increíble, ¡fue espectacular! —exclamó Hange—. Creo que hasta me dieron ganas de aprender a bailar —tomó su copa de tequila y la meneó un poco antes de llevársela a la boca—. ¿Qué te pareció, querido amigo? —se dirigió al azabache.

"Extraordinario", fue la primera palabra que se le vino a la cabeza, pero como no era de los que se expresaban tan abiertamente, formuló otra respuesta.

—Estuvo bastante bien. No lo voy a negar —se encogió de hombros.

—¿Eso es todo?

—¿Qué más quieres que diga?

—Solo hago alusión a que tus palabras no concuerdan con tus gestos.

—¿Cuáles gestos?

—Ay, Levicito mío —sonrió la castaña—. No te hagas el desentendido. Fuiste de los que más aplaudió la presentación. Y eso de por sí ya es una hazaña ya que son contadas las veces que lo haces.

El ojizarco chasqueó la lengua. Era increíble cuán bien lo conocía, cuán fácil podía leerlo hasta en los más mínimos detalles que para cualquiera pasarían desapercibidos.

Sí, muy a su pesar le daba la razón, pero ¿admitirlo en voz alta? Jamás.

—Necesito ir al baño —se puso de pie y comenzó a andar al tiempo que subía al escenario una nueva artista. Prefería un rato a solas antes de que Hange lo molestara toda la noche.

—Ve con cuidado y no vayas a perderte pensando en la bailarina.

Y si a eso se sumaba Erwin, había mayor probabilidad de hacer su vida imposible.

Escuchó sus risitas por un momento hasta desaparecer por el pasillo. Las luces blancas y carmesí iluminaron su camino mientras la música al otro lado comenzaba a retumbar.

Entró a los baños, se detuvo frente a los lavamanos y se sacó el antifaz. La calma del lugar era justo lo que anhelaba, sin tanto lío ni cuchicheos insoportables provenientes de cada rincón de la sala principal.

Entre aquella paz, y sin poder evitarlo, trajo a su memoria el fresco recuerdo de lo que acababa de presenciar. La imagen era tan clara y majestuosa que su cabeza no se cansaba de reproducirla una y otra vez.

¿Y cómo no aclamarla si había sido una de las cosas más hermosas que había visto en su vida? Un estilo diferente, cautivador, cargado de energía y sentimiento…

Sacudió la cabeza y se mojó la cara. Era muy extraño que pensara de esa forma.

Secó las gotitas de agua con una toalla que siempre andaba a llevar en su bolsillo y volvió a mirar el negro antifaz.

—Tsk. Malditos protocolos.

Soltó un suspiro, la tomó, se la puso de nuevo y salió. Caminó tranquilamente, esperando que sus dos amigos no volvieran a topar el tema. Estaba por girar a la derecha cuando una voz hizo eco muy cerca.

—¿Qué? ¿Entonces no vas a venir? —hizo una pausa larga—. Ah, así es como son las cosas, ¿no? Muy bien, mejor olvídalo. Ve y disfruta de tu estúpida fiesta. No te necesito —colgó el teléfono y bufó—. Maldito miserable. Puedes irte al quinto infierno también. No me importa…

—Qué duras y fuertes palabras para ser de una dama.

La joven se sobresaltó y volteó a ver a su izquierda, encontrándose al azabache a un par de metros de distancia.

—¿Me estabas espiando?

—¿Yo? Para nada —movió la cabeza en negativo—. Solo pasaba por casualidad y escuché la discusión. ¿Está todo bien?

Ella lo miró con algo de desconfianza. Si lo hubiese encontrado antes, seguramente lo habría mandado a volar sin delicadeza alguna, pero en ese instante no tenía ánimos para nada.

—No —soltó finalmente y apoyó su espalda en la pared del pasillo.

Levi la observó disimuladamente de pies a cabeza. La verdad, nunca se imaginó que tendría la oportunidad de conversar con ella después de su show memorable.

¿Acaso era suerte o los astros se alinearon para cumplir un deseo que ni sabía que había pedido?

Sea lo que fuere, agradecía internamente por ello.

—Todos tenemos nuestros días malos.

—Pero los míos creo que han ido de mal en peor. Si no fuera por el baile yo… no sé qué sería de mi vida —apretó los puños y al celular en uno de ellos contra su regazo—. Él…

—¿Él?

—Es un desgraciado. Ni siquiera sé por qué salimos si solo pasa metido en sus cosas. Y para colmo no le gusta lo que hago.

Esto último lo dijo en un tono muy triste y apagado, aspecto que Levi no pasó desapercibido.

—Pues déjame decirte algo. Si esa persona no aprecia tus dones artísticos, entonces es un idiota. Quizá el más grande de la historia.

Había sonado muy solemne y seguro, algo muy peculiar si se lo preguntaban.

La muchacha volvió a mirarlo, recordó sus palabras (en especial la última frase) y soltó una diminuta risita.

—Sí. Tienes razón —sonrió.

Fue un gesto sencillo, pero para el ojiazul fue algo especial. Durante la presentación la había visto seria, totalmente concentrada en la ejecución de los pasos, pero ahora estaba descubriendo una faceta suya distinta.

Si antes era hermosa, sonriendo deslumbraba más. Definitivamente era mucho mejor verla así que abatida.

—Bueno —ella llevó sus manos a su cabeza y deshizo el peinado, dejando caer su cabello por debajo de los hombros—, ahora me siento mejor. No imaginé que hablar con un extraño me elevaría el ánimo.

—Para que veas que siempre va a haber alguien que te escuche. Solo es cuestión de encontrarlo.

—Eso sonó muy filosófico y… —dejó la frase a medias, ya que un celular comenzó a timbrar.

Levi sacó el dispositivo y miró el remitente. El fastidio se hizo presente en su ceño fruncido.

—¿Qué quieres? —contestó.

—Al parecer te tomaste muy en serio el hecho de perderte.

—Estoy en camino —no esperó a que la castaña terminara de hablar y cerró la llamada—. Me disculpo por eso —se dirigió a la joven.

—No te preocupes —agitó la mano en el aire—. De hecho, yo también debo irme. Me espera un largo camino de regreso a casa.

—Y a mí una larga noche con los ruidosos de mis amigos.

Ese comentario le provocó otra risita a la bailarina, y aunque no había sido su intención, le gusto de sobremanera.

—En fin. Ha sido un gusto conversar contigo —pasó por su lado, pero antes de tomar el pasillo de la izquierda se detuvo y giró un poco su cabeza—. Recuerda que, si amas lo que haces, cualquier comentario malintencionado no te afectará, en especial cuando hay personas que lo aprecian y valoran de verdad. Como yo.

Dicho esto, retomó su andar hasta desaparecer de la vista de la chica, quien todavía no salía del asombro por tan acertadas y, sobre todo, motivadoras palabras.

—Oh —caminó de prisa hasta la esquina donde lo vio por última vez, pero el tumulto de gente le impidió encontrarlo. Suspiró y se levantó el antifaz, dejándolo sobre su cabeza—. Olvidé preguntarle su nombre… y agradecerle.

Lamentó un poco este hecho, pero de todas formas se sentía contenta con el retorno de su buen humor.

Y con ello nació la determinación para tomar ciertas decisiones y poner los puntos sobre las íes, todo en pro de lo que realmente importaba.

De vuelta en la sala, Levi se sentó en su silla y, como esperaba, fue recibido con la pregunta de Hange que quería saber por qué había demorado tanto. Por supuesto, inventó una historia, ya que si decía la verdad corría el riesgo de no salir vivo de un seguro y para nada agradable interrogatorio.

La noche siguió con una serie de shows más hasta que, para su sorpresa, el reloj marcó la una de la mañana. Sinceramente no había sentido el tiempo pasar, e incluso no se sintió irritado por la música a alto volumen ni por los comentarios de Hange, ligeramente mareada por el alcohol.

Sí, en un principio no estuvo seguro de si disfrutaría de aquella salida, pero ahora esa perspectiva había cambiado, todo gracias a una sola persona.

Y aunque no pudo verle el rostro ni saber su nombre, eso no le impedía decir que había valido enteramente la pena.

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Un nuevo período dio inicio en la Universidad de Tokyo.

Como todos los semestres, nuevos estudiantes ingresaban a estudiar la carrera de sus sueños, mientras otros avanzaban de nivel a paso firme, acercándose poco a poco a su proceso último de profesionalización.

Y entre ellos se encontraba Mikasa Ackerman, quien había llegado ya al cuarto semestre en Biotecnología sin inconveniente alguno. Su rendimiento era uno de los más brillantes y limpios, lo que la colocaba dentro de las grandes promesas para el futuro.

Pero aún y con todas sus aptitudes, no era de las personas que tenían muchas amistades. Hablaba, sí, con sus compañeros de vez en cuando tanto en el final de la jornada como en los cambios de hora, pero ellos eran solo eso: compañeros. Y tampoco es que fuera un aspecto que le importara mucho.

—¿Cómo has empezado este nuevo ciclo? —le preguntó en una ocasión Armin, su único amigo desde la infancia, quien estudiaba Literatura. Ambos estaban en la cafetería principal, disfrutando de su hora de descanso.

—No tengo quejas. Es más, creo que ahora viene lo más interesante de la carrera —comió un pedazo de fruta—. ¿Y tú?

—De maravilla. Me encanta conocer a autores de distintos movimientos y leer muchos libros. Espero próximamente escribir el mío.

—Tu entusiasmo me lo dice todo. Y supongo que ya tienes elegido un club también.

—En efecto. No debe ser difícil imaginar de qué se trata —tomó un poco de su jugo de naranja—. Oh. Hablando de eso, ¿ya decidiste a cuál entrar?

Mikasa, quien estaba mezclando cereal con yogurt, alzó a mirarlo.

—No hay ninguno en el que me sienta a gusto.

—¿Ni las artes corporales?

—¿Para que restrinjan todo de lo que soy capaz? No señor —movió firmemente la cabeza—. Creo que cumpliré con el requisito de actividades extracurriculares el siguiente semestre. No tengo por qué apresurarme.

Armin sonrió en un gesto compresivo. La verdad, no le sorprendió lo dicho por la azabache, ya que ella se caracterizaba por su estilo libre, siempre a la vanguardia y dispuesta a experimentar con cosas nuevas.

He ahí que siempre existían roces entre su perspectiva propia y la tradición de la universidad.

—Bueno, si no te agrada ninguno, tampoco puedes forzarte.

—Tú lo has dicho —miró el reloj de su muñeca—. Ups, debo irme. Mi siguiente clase está por comenzar.

—¿De qué trata?

—Biología Molecular Aplicada. Nada del otro mundo —terminó sus alimentos y se puso de pie—. Nos vemos luego —se despidió y apuró el paso rumbo a su aula en el quinto piso de la facultad.

Durante el trayecto, pudo vislumbrar al profesor tomando el ascensor, por lo que se decidió rápidamente a subir corriendo las escaleras sin detenerse.

Y es que, conociendo lo severamente estricto que era Levi Ackerman con la puntualidad y muchos otros aspectos, no estaba para darse el lujo de que la regañara.

—Uff… —llegó al piso correspondiente y caminó al curso—. Buen ejercicio de piernas.

Entró y casi en avalancha llegó la gran mayoría de sus compañeros, justo antes de que Levi cerrara la puerta.

Con un escueto "Buenos días" saludó a sus alumnos y enseguida comenzó la clase, no sin antes retirar los deberes asignados el día anterior.

Como sucedía cada semestre, un nuevo grupo de estudiantes llegaba a sus manos. Quizá muchos que lo conocían por primera vez le tenían cierto recelo, e incluso se preguntaban cómo es que era maestro con su carácter. Era una cuestión interesante ya que, en sus planes iniciales, ese no era su propósito, pero por distintas razones ingresó al ámbito educacional y con el tiempo llegó a gustarle. Compartir el conocimiento a las nuevas generaciones era algo muy satisfactorio, y asimismo le daba la oportunidad de descubrir sus diferentes y peculiares formas de ver las cosas.

Sí, las experiencias eran enriquecedoras y a veces graciosas, pero una en particular logró captar su atención, tal vez más de lo que hubiese imaginado.

Honestamente, no era de aquellos que analizaban minuciosamente a cada persona que conocía. Lo consideraba algo innecesario y una pérdida de tiempo, pero al conocer a Mikasa fue diferente. Había algo en algunos de sus gestos que le resultaban extrañamente familiares, como si ya los hubiese visto antes, aunque no recordaba en dónde.

Y eso no era todo. Otro aspecto de ella que le intrigaba era que siempre, ni bien sonaba la campana de fin de clases, salía disparada a quién sabe dónde, sin reparar cuando alguien se despedía a sus espaldas.

—Seguramente trabaja en algún lugar —fue la conclusión a la que llegó.

Pero luego se dio cuenta de que le estaba dando demasiadas alas al asunto. Se rió de sí mismo por andar con los pensamientos sobre una mocosa y por estar, muy probablemente, poniendo ideas donde no cabían.

Con ello en mente, dejó el tema de lado y lo enterró para siempre… o al menos eso fue lo que creyó.

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—¿Qué?

Luego de haber almorzado un viernes de mayo, estaba haciendo la planificación de las clases y revisando informes de laboratorio cuando Hange se apareció en su oficina y, con una sonrisa que no pronostica nada bueno, le pidió un favor.

—¿Me podrías acompañar a la joyería? —volvió a repetir.

—¿Y desde cuándo tú frecuentas esos lugares? —regresó su vista a las hojas.

—Digamos que es algo reciente.

—Hmp —mostró una casi imperceptible sonrisa y se sacó sus lentes de lectura para mirarla—. ¿Eso no tiene algo que ver con…? Déjame recordarlo… ¿Berner?

—¡Shh! —exclamó la castaña—. No hables muy fuerte. Recuerda que las paredes tienen oídos.

—Pues yo no le veo nada de malo.

—Lo sé, pero… —jugueteó un rato con sus dedos en un gesto nervioso, algo inusual para el azabache—. Aún es un poco pronto —suspiró—. ¿Me vas a acompañar?

—¿Por qué no se lo pides a Erwin?

—Está en una reunión con el Consejo de Facultad y va a demorar mucho. Por eso te lo estoy pidiendo. Anda, di que sí por favor —juntó sus manos en señal de súplica.

Levi la miró por un momento y luego giró en su silla para observar el cielo a través de la ventana.

—No vas a descansar hasta que acepte, ¿verdad?

—Se ve que me conoces muy bien.

—De acuerdo. Si no hay más alternativa…

—¡Ay! ¡Gracias, gracias, gracias! —pegó pequeños saltitos de felicidad—. Eres el mejor amigo del mundo —sonrió abiertamente.

—Sí, sí, como digas —guardó sus lentes en el estuche—. Pero me debes una.

—Cuando quieras te lo pago.

A las cinco de la tarde salieron de sus facultades y se encontraron en la puerta principal de la universidad. Tomaron la ruta hacia el este y caminaron un largo tramo hasta llegar a una de las zonas más comerciales en el centro de la ciudad. Hange le indicó la joyería y ambos entraron. Era un paraíso de piedras preciosas resplandeciendo en cada uno de los miles de collares, aretes, pulseras y anillos que se exhibían en los mostradores y anaqueles.

—Esto es…

—¡Una maravilla! —chilló la castaña—. Ven por aquí. Veamos algunos modelos.

Levi se dejó arrastrar por ella sin proponérselo. Todavía estaba desconcertado por tanto brillo proveniente de todos los ángulos del local.

Sinceramente eso, a su parecer, tenía pinta del botín de un rey muy lejano.

Una asistente se ofreció a ayudarlos y mostró diferentes tipos de joyas con incrustaciones variadas y formas elegantes. Cada cosa que Hange analizaba se la pasaba a Levi para que le diera su opinión. Él así lo hizo numerosas veces, pero luego se hartó por su indecisión recurrente y decidió salir del lugar para tomar algo de aire fresco.

—Elije algo acorde a tu personalidad —fue lo último que dijo antes de atravesar las puertas de vidrio.

No supo si ella hizo alguna objeción, pero eso era lo de menos. Habían pasado más de una hora observando y ya era el colmo que ninguna joya la convenciera.

—Todo por tratar de sorprender a Berner…

Dejó caer su espalda en la pared al costado derecho de la tienda y aspiró profundamente varias veces. A pesar de ser las seis y media, la afluencia de personas en los alrededores era escasa, algo bastante inusual ya que esa era la hora pico.

Levantó su vista hacia el cielo, mirando las nubes que flotaban en aquel azul que poco a poco se teñía de colores naranjas. Fue bastante relajante estar así, pero en un corto lapso de tiempo, como si todo el ruido proveniente de los autos y personas se hubiera desvanecido, escuchó ligeramente una melodía provenir de algún lado. En un inicio no prestó mayor atención, pero cuando bajó la mirada hacia un auto que estaba estacionado al frente, notó el reflejo de una figura dando giros. Frunció un poco el ceño, y pronto reparó en que aquella música que estaba escuchando tenía su origen en el local de a lado. Por mera inercia dio un par de pasos al frente, siguiendo todavía el reflejo, y luego giró sobre sus talones.

Pero lo que encontró, lo dejó completamente atónito.

Al otro lado del cristal, sobre una superficie levemente elevada y ajena a cualquier cosa que pasara en el exterior, estaba la misma bailarina que alguna vez se presentó en el club hace seis meses, en esta ocasión, vestida con una falda negra con corte en la pierna izquierda y volantes, y una ajustada blusa escote navío color rojo. Estaba ejecutando una rutina un tanto diferente, pero que seguía el mismo estilo musical al ritmo de la canción Volaré.

Por segunda vez, Levi sintió su corazón agitarse y detenerse súbitamente al presenciar tan enérgicos y alegres movimientos. Sin embargo, esa no era la razón exacta por la cual estaba impactado, en estado total de shock.

—Mikasa…

¿Entonces la chica detrás del antifaz era ella? Quizá por el cabello podría estar confundiéndolas, pero los movimientos impecables y esa seriedad al momento de bailar… ¡eran exactamente iguales!

Ahora todo cobraba sentido. Por eso es que cuando la veía le recordaba a alguien, aunque el recuerdo siempre se escapaba de sus manos. Y no era sino hasta ese momento que pudo, finalmente, atar los cabos sueltos.

Se quedó allí, observándola, sin percatarse que estaba en medio de la acera obstruyendo el paso a los demás transeúntes. No supo cuánto tiempo permaneció así, pero si no hubiese aparecido Hange haciendo escándalo, seguramente no habría reaccionado.

—¡Por fin me decidí por un collar! —exclamó muy feliz—. Tienes que verlo. ¡Es algo realmente lindo y combina con mi…! —se detuvo un instante—. ¿Levi? ¿Estás bien?

El aludido, volviendo en sí, sacudió fuertemente la cabeza.

—Sí. No es nada —respondió y vio que ella se acercaba para ver lo que él estaba viendo—. Mejor vámonos.

—Pero…

—Ya te lo dije. Olvídate de eso —comenzó a caminar.

Hange, todavía curiosa, se asomó al local y no encontró nada. Alzó la cabeza, pero antes de poder leer algo, Levi regresó y se la llevó a rastras.

—¡Oye! Puedo caminar por mi cuenta, ¿lo sabías?

—Pues verte ahí parada me dice lo contrario.

—Está bien, está bien. Lo manejaré.

Él la soltó, y aprovechando un despiste, la castaña volteó a ver disimuladamente hacia el letrero.

"Academia de Baile Yuna", repitió en su mente.

Se sintió muy tentada a seguir insistiendo con preguntas, ya que no se tragó en lo absoluto esa frase de "No es nada". Pero prefirió dejarlo para otro día donde él estuviera más tranquilo y no la asesinara en el proceso.

Llegaron a una intersección, se despidieron (ella agradeciéndole una vez más por haberla acompañado) y cada uno se dirigió a su casa.

Por alguna razón, el trayecto le resultó más corto de lo normal al azabache. Y es que estaba tan metido en sus pensamientos que por poco pasa de largo su residencia. Ese nuevo y completamente inesperado descubrimiento lo tenía con la cabeza echa un lío sin saber muy bien por qué.

Por unos instantes lo negaba, pero luego algún detalle aparecía y le comprobaba lo que había visto. No había más motivo para dudas: ambas eran la misma persona.

Y con eso en mente llegó al día siguiente.

Una jornada más de trabajo como era habitual, solo que para él había perdido un poco ese sentido. Impartió las clases a los cursos superiores de Biotecnología, tuvo una reunión antes del almuerzo, y después del mismo donde conversó con algunos colegas, se dirigió al último curso.

Su semblante se mantuvo serio y tranquilo a pesar de que cierta persona se encontraba ahí. Se centró totalmente en la materia, dejando el tema de lado hasta que, dos horas después, la clase terminó.

Tal cual era su costumbre, Mikasa guardó sus cosas a una velocidad sorprendente y se levantó de su mesa. Estaba a punto de cruzar la puerta cuando…

—Mikasa.

La voz de Levi la detuvo y, extrañada, volteó a ver.

—¿Sí?

Los demás estudiantes continuaron saliendo hasta que en la estancia solo quedaron los dos.

—Quiero hablar de un asunto contigo.

—¿Pasó algo? ¿Me falta algún trabajo por entregar?

—No. De hecho, todos tus reportes están al día.

—Menos mal —suspiró aliviada—. ¿Entonces? —miró su reloj.

—Bueno. Puede que parezca algo repentino, pero he notado que…

—¿Es algo importante? —lo interrumpió sin ser descortés—. Si no es así, es mejor que me vaya. Tengo cosas que hacer —dio media vuelta.

—Precisamente de eso quería hablar —sus palabras la dejaron quieta en su sitio—. ¿Por qué sales tan apresurada siempre al final de la jornada?

La ojigris frunció el ceño. Creyó haber escuchado mal.

—¿Disculpe? —giró lentamente.

—Lo que escuchaste. ¿A qué se debe que, si bien suena el timbre, sales corriendo?

No usó ningún tono de reproche. Más bien era como si fuera una pregunta aleatoria.

—No creo que eso sea de su incumbencia.

—¿De verdad lo piensas?

Verlo así, tan inmutable, estaba haciendo que Mikasa perdiera poco a poco la paciencia.

—No tengo por qué rendirle cuentas de lo que haga o deje de hacer —puso las manos sobre su cintura.

—Puede ser —se encogió de hombros—. Si no quieres hablar, está bien. No te robaré más de tu tiempo.

—Me alegra escuchar eso.

—Pero antes de que te vayas —habló una vez más—, déjame decirte algo —dio dos pasos hacia adelante, quedando a unos pocos centímetros de ella—. Deberías pertenecer al club de baile.

—¿Ah? —Mikasa lo miró desconcertada.

—Tienes el don. Y de seguro brillarías en los campeonatos interuniversitarios —le dio un ligero golpecito en la frente con los dedos—. Así como en el Daiki´s Nightclub con tu estilo flamenco.

La azabache abrió los ojos como platos, perpleja por lo que había escuchado.

¿Cómo sabía él que no formaba parte del club de baile? ¿Cómo era que conocía sobre su hobby cuando a nadie le había mencionado al respecto?

Quiso preguntar, pero el shock del momento bloqueó cualquier intento de palabra.

Levi se alejó de ella, fue por su maleta y salió del aula. No fue sino hasta que, torpemente, la azabache logró reaccionar luego de algunos segundos.

—E-Es… Espere —logró articular y corrió hacia la salida—. Sensei… —miró cómo cada vez se iba alejando por el pasillo.

Estuvo a un paso de ir tras él, pero el celular en el bolsillo de su chaqueta sonó. Lo sacó rápidamente y contestó.

—¿Hola?

—¿Mikasa? ¿Ya estás viniendo? Ilse quiere que llegues pronto porque va a hacer un anuncio importante —habló del otro lado Mina.

—Eh… sí. Estoy en eso. Nos vemos —colgó, sin dejar de ver la dirección en la que Levi se había ido. Fue entonces que, efímeramente, recordó cierto detalle—. Se me hace que he visto ese andar en algún lado…

Trató de rebuscar en su memoria, pero al percatarse de la hora prefirió dejarlo para después y se apresuró a ir a la Academia.

Solo esperaba no llegar tarde a la convocatoria.

Por otro lado, ya en su oficina, Levi reparó en lo que había hecho. ¿Cómo se le ocurrió preguntárselo directamente? ¿Qué tenía en mente para hacer algo así? Era obvio que no ganaba nada con eso, pero a pesar de todo, se dejó llevar por un loco impulso, algo bastante extraño en él.

Bueno, lo hecho, hecho estaba, por más descabellado que fuera. Pero una cosa era segura: la admiración por su estudiante había crecido.

Sí, su estudiante, Mikasa. La chica del vestido rojo.