Disclaimer: Nada me pertenece; hago esto solo por diversión. La historia le pertenece K. Montclair y los personajes son de Mizuki e Igarashi, con excepción de algunos nombres que yo agregué por motivos de adaptación.

**ADVERTENCIA** Contenido para adultos - Contiene referencias a abusos y a una violación previa que pueden resultar perturbadoras para algunos lectores.

En este capítulo hay referencias a la desnudez y erotismo entre los personajes, se aconseja discreción.

Capítulo Veintiocho

Candy paseaba por el gran salón con Iain, Dorothy, Meg y Saorise. Todos los demás habían sido enviados por delante a la capilla. Candy se recordó a sí misma que hoy era el día de su boda y que, al final del día, sería verdaderamente la esposa de Anthony. Lo amaba con todo su corazón y esperaba que tal vez con el tiempo, él aprendería a amarla.

La noche anterior, había considerado la posibilidad de tener los hijos de Anthony, pero no quería emocionarse demasiado ya que el sanador de la fortaleza Whyte le había advertido a Dorothy que podría haber sido dañada por Leagan y que quizá sería incapaz de sostener la semilla de un hombre. Probablemente debería haber discutido esto con Anthony, pero como había dicho Dorothy, nadie sabía la verdad excepto Dios.

Se negó a pensar en algo negativo hoy. Mirando a todas las personas que amaba a su alrededor, se dio cuenta de lo afortunada que era de haber encontrado a los Andley. Iain le hizo un verdadero favor ese día cuando envió la misiva al Laird Andley. Candy agradecía diariamente a Dios por sus bendiciones.

Stear asomó la cabeza por la puerta y dijo:

—Estamos listos para usted, milady.

Candy sonrió y se dirigió a la puerta. Esperaba que Anthony pensara que era tan encantadora como se sentía con sus mejores galas. Mientras salía, notó que el pequeño Ewan sostenía con orgullo las riendas de dos caballos blancos. La cola de uno estaba tejida con cintas rosas y la otra con cintas verdes. Ewan se inclinó ante Candice y dijo:

—¡Un regalo para ti de parte de mi laird, milady! —Le tendió las riendas del caballo con las cintas verdes a Candy y le tendió las riendas del caballo con las cintas rosas a Meg. Meg comenzó a saltar arriba y abajo, pero Saorise la reprendió rápidamente. Corrió al frente de su caballo y le dio un rápido abrazo alrededor del cuello. Luego, Iain ayudó a Meg a montar su caballo y Stear sentó a Candy en el de ella.

Las galas de color rosa de Meg eran angelicales, Dorothy se había superado a sí misma con su costura. El cielo era azul, había una brisa ligera y el aire era cálido para el otoño en Escocia. Ewan condujo a Meg y Candy por el patio hasta la capilla, seguidos por Iain, Dorothy y Saorise. Los simpatizantes los recibieron en el patio, vitoreando a medida que avanzaban.

Candy se alegró de ver la cantidad de gente que gritaba sus felicitaciones y cumplidos. Cuando llegaron a la capilla, Stear la ayudó a desmontar y esperó mientras Dorothy y Saorise encontraban sus asientos. Le siguieron Meg, Candy y Iain. Candy se quedó atrás y esperó a que sus ojos se acostumbraran a la luz. Cuando lo hicieron, su mirada encontró inmediatamente a Anthony al frente del altar.

A Candy se le cortó la respiración por lo magnífico que estaba su prometido con su atuendo. Anthony vestía una camisa de lino blanca y lucía con orgullo su kilt verde y su plaid rojo, sujeto con un broche enjoyado en el hombro. Incapaz de apartar la mirada de él, Candice se estremeció al verlo.


Anthony escuchó unos pequeños jadeos tan pronto como Candy entró en la capilla. Volvió la cabeza para mirarla. Sus miradas se encontraron y él se quedó sin aliento al contemplar a su hermosa futura esposa. Ella se volvió hacia un lado y él notó que sus cabellos dorados caían en cascada por su espalda entretejidos con flores diminutas. Las perlas que él le había dado cubrían su cuello. Su vestido verde combinaba perfectamente con sus ojos y cuando ella le sonrió, tuvo que obligarse a sí mismo a no reaccionar. La tela se ceñía a sus curvas mientras se aproximaba a él, con un porte regio acorde con su alta cuna. Llevaba el ramo de flores secas que le había regalado la madre de Ewan y calzaba las zapatillas de cuentas que le habían regalado. Al notar la expresión de estupefacción de Archie, Anthony le dio un codazo, con la esperanza de sacudirlo y obligarlo a cerrar la boca.

Meg dio brinquitos arrojando pétalos de flores al tiempo que avanzaba por el centro del pasillo. Anthony sabía que él también debería estar observando a Meg, pero no podía apartar los ojos de Candy cuando ella se acercó a él del brazo de Iain. Cuando llegaron al frente, Iain besó la mejilla de Candy y dio un paso atrás. Candice colocó su pequeña mano en la grande de Anthony y él se sintió honrado por el gesto de confianza. Las manos de Candy temblaban, pero cuando levantó la mirada hacia él, no había miedo en sus ojos, solo emoción. El corazón de Anthony se derritió.

Se volvieron juntos hacia un radiante Padre Cliamon. La pareja dijo sus votos mientras las lágrimas brotaban de las mejillas de Dorothy. Cuando Anthony se inclinó para besar a su novia, los vítores estallaron fuera de la capilla.

A la hora de salir de la capilla, la pareja se volvió y sonrió cuando Meg corrió frente a ellos para poder arrojar más pétalos. Avanzaron, eran la visión de una pareja feliz con sus amplias sonrisas, saludando a todos los presentes. Una vez afuera, el pequeño Ewan le pasó a Anthony las riendas de Aedus.

—¡Aquí está, mi Laird! —Ewan sonrió mientras hacía su parte, claramente orgulloso de haber sido elegido como parte de la procesión.

Anthony montó su caballo y colocó a Candy frente a él.

—¡Finalmente, eres mía! —gruñó en su cuello. Candy procedió a darle un beso mientras la multitud rugía a su alrededor.

Normalmente, habrían cabalgado alrededor del patio e incluso fuera de las puertas. Pero con Duncan posiblemente todavía en libertad, Anthony había decidido no arriesgarse. Hicieron cabriolas dentro del patio durante un rato, luego se dirigieron al gran salón para la fiesta.

Desmontando en los escalones del gran salón. Anthony se volvió hacia Candy y dijo:

—Lo siento, cariño, esto llevará un tiempo, pero debe hacerse. Puedes apoyarte en mí si lo necesitas.

Cogiéndola de la mano, la guio escaleras arriba hasta la fortaleza. En la parte superior, giró, esperando en silencio mientras sus guardias formaban columnas frente a ellos. Una vez que estuvieron en formación, toda la multitud se calló.


Candy estaba perpleja, pero dejó que Anthony la cogiera y levantara sus manos entrelazadas por encima de sus cabezas. Observando a la multitud, dijo:

—Contemplad a mi esposa, Lady Candice. Tratadla como me tratáis a mí.

Dejando caer sus manos a su costado, se pusieron de pie mientras Stear y Archie avanzaban, se arrodillaban ante ella y colocaban sus espadas en el suelo apuntando en su dirección. Después se inclinaron ante ella y se alejaron, mientras el siguiente par de guardias se adelantaba y repetía el proceso. Candy miró a Anthony confundida.

Inclinándose, Anthony susurró:

—Mis hombres deben jurar honrarte y protegerte como lo hacen conmigo. Tu eres mi esposa. Es un requisito de todos mis guardias.

Dado que había muchos guardias, Candice finalmente se apoyó en su esposo, pero logró sonreír y asentir con la cabeza para cada miembro del clan. Cuando los últimos guardias se pusieron de pie, toda el área estalló en vítores. Anthony hizo una reverencia a sus hombres y se volvió para guiar a su esposa hacia el gran salón.

Una vez dentro, se pararon en el estrado y Saorise pidió que comenzara el banquete. La gente llenó el salón, ansiosa por participar en la gran fiesta. Cuando llegaron Stear y Archie, la familia intercambió abrazos y buenos deseos.

Archie levantó su jarra de cerveza y anunció:

—¡Por muchos años de felicidad! —El bullicio en el salón era ensordecedor.

Anthony se inclinó y le susurró al oído a Candy:

—¿Estás feliz, milady?

—¡Oh, sí, Anthony, nunca he sido más feliz! —Ella sonrió mirando los ojos azules de Anthony.

—Y creo que nunca has estado más encantadora, milady. —Dijo Anthony, mientras le pasaba la mano por la cadera.

Candy se sonrojó y susurró:

—Eres muy guapo, esposo mío.

Meg se abrió paso hacia la mesa y rápidamente abrazó a su hermano y a Candy.

—Bésala, Anthony. Se supone que debes besar a tu esposa.

Sin necesidad de más insistencia, Anthony rápidamente besó a Candy como le dijeron, haciendo reír a su hermana pequeña.

—¡Me encantan las bodas! —declaró la niña.

Saorise los condujo a sus asientos mientras se servía la comida. Barras de pan integral, faisán, cerdo asado, cordero, pescado y zanjas de varios guisos y empanadas de carne adornaban cada mesa. También habían horneado manzanas, calabazas, peras a la canela y nabos.

—Saorise, la comida es maravillosa —dijo Candy mientras se deleitaba con las manzanas asadas.

—¿Cuándo llegarán las tartas, Saorise? ¡Quiero una tarta de manzana y también una tarta de arándanos! —exclamó Meg.

—Tenemos mucho tiempo para ello, florecilla —dijo Anthony—. ¿Te dije lo hermosa que te ves con tu vestido rosa? —Anthony se inclinó y la levantó de la silla. La dejó en el suelo y dijo—: ¡Déjame mirarlo de nuevo! —Él la hizo girar en el vestido hasta que estuvo mareada y riéndose. Rápidamente se olvidó de los pasteles. Ewan se acercó corriendo y dieron vueltas juntos.

Saorise suspiró y sacudió la cabeza.

—No hace falta mucho para distraerla, ¿verdad, Anthony?

Anthony se río y dijo:

—Es bueno escuchar su risa otra vez. ¿No hay ningún muchacho aquí que llame tu atención, Saorise?

—No, Anthony, estoy demasiado ocupada con mi propia familia, como sabes —respondió ella rápidamente.

—Bueno, aquí hay muchas muchachas que están llamando mi atención —dijo Archie con nostalgia—. No puedo esperar a que comience el baile.

Poco tiempo después, con el salón despejado de mesas, comenzó el baile. Candy bailó con Anthony, Stear, Archie, Iain e incluso algunos hombres que no conocía. Después de un rato, Anthony la levantó del suelo, encontró una silla y la acomodó en su regazo.

—No quiero que te canses demasiado, cariño, especialmente con tu brazo —susurró—. Todavía nos esperan muchas cosas.

Candy apoyó la cabeza en su hombro.

—Oh, Anthony, estoy bien y mi brazo también lo está, aunque se siente un poquito pesado cuando estoy bailando. ¡Pero me divertí tanto! No he bailado en mucho tiempo, pero creo que ya he tenido suficiente.

—Esas palabras son música para mis oídos, milady. ¿Ya estás lista para partir hacia nuestra cámara? —Arqueó una ceja hacia ella.

Mientras hablaba, Dorothy apareció a su lado.

—Mi señor, ¿puedo acompañar a Candy arriba y ayudarla a prepararse?

Anthony suspiró.

—Sí, puedes, Dorothy. Yo subiré en breve. —Le dio a Candy un rápido beso en la mejilla y la bajó de su regazo. Con suerte, Dorothy podría ofrecerle algún consejo a Candy. Se rio entre dientes, dándose cuenta de que tal vez debería haber hablado con Dorothy él mismo, incluso él se sentía aprensivo. No quería cometer ningún error esta noche, era importante para él que Candy tuviera buenos recuerdos de su noche de bodas. Moderar su deseo por su pequeña esposa no sería fácil.


Candy y Dorothy subieron los escalones hacia la cámara. El rostro de Candy se puso rojo brillante cuando escuchó todos los comentarios groseros que se hicieron. Se giró un poco y notó que Anthony había apostado guardias al pie de las escaleras. Con un suspiro de alivio, se recordó a sí misma que superaría esta noche. Dame fuerzas, Señor. Ayúdame, mamá.

Después de que Dorothy se fue, Candy se sentó frente a la chimenea. Retorció nerviosamente su camisón nuevo. Dorothy le había hecho un camisón de la seda más fina. Era completamente transparente, y estaba un poco avergonzada de usarlo. Por supuesto, Anthony ahora era su marido y tenía derecho a verla desnuda. Dorothy la había presionado para que hiciera preguntas y discutiera sus preocupaciones, pero simplemente no podía hablar de ciertas cosas. Repitió en su mente lo último que Dorothy le había dicho:

—Confía en tu marido, mi niña, es un buen hombre.

Candy creyó esa declaración con todo su corazón, pero aun así no impidió que algunos de sus viejos temores salieran a la superficie.

¿Qué estaba reteniendo a Anthony de todos modos? Se puso de pie y comenzó a caminar de un lado a otro. Miró hacia la puerta y la cama, asegurándose de que pudiera zambullirse rápidamente en la cama y enterrarse debajo de las sábanas si alguien pasaba junto a Anthony.

Se sobresaltó cuando la puerta finalmente se abrió y Anthony entró solo. Ella respiró aliviada. Podía escuchar algunos gritos procedentes de abajo, pero no había nadie detrás de él. Cerró la puerta rápidamente y echó el cerrojo, diciendo:

—Para ellos, preciosa, no para ti. No quiero que nos molesten.

Se volvió y miró a su esposa. Su boca se secó por completo y sus pensamientos se perdieron. Ella estaba parada frente a él con un camisón que no ocultaba nada. Podía ver sus pechos voluminosos, sus pezones rosados y endurecidos y el rubio parche de rizos entre sus piernas.

Todavía llevaba sus perlas. Él se acercó, besándola suavemente. No podía apartar los ojos de su cuerpo. Recorriendo su cuerpo con la mirada, dijo:

—¡Que belleza!

Candy agarró sus perlas y dijo:

—Estoy de acuerdo, también creo que las perlas son muy bellas. Me recuerdan a mi madre. Espero que no te importe si me las dejo puestas.

Anthony sonrió.

—No las perlas, Candy, tú. Estaba hablando sobre ti. Eres hermosa. Absolutamente impresionante.

Candy se sonrojó no sin antes sonreír de placer. Después de quitarse su plaid tradicional, Anthony tomó su mano y le dijo:

—Ven, siéntate conmigo junto al fuego.—Sacando una botella de vino y dos copas, sirvió una y se la entregó—. Hice que el padre Cliamon nos trajera un vino especial. Espero que te guste.

Ella tomó un sorbo de vino y dijo:

—Sí, me gusta.

Decidido a no apresurarse, se sentó en la silla y la sentó en su regazo. Él envolvió sus brazos alrededor de ella

—¿Tienes frío, cariño? ¿O te está molestando el brazo?

Candy se estremeció.

—No —susurró ella. Sabía que eso no tenía sentido. ¿Cómo podía sentir calor y temblar al mismo tiempo? Inclinándose en su pecho, absorbió el calor que irradiaba la piel de su esposo.

Él la besó suavemente en la boca. Ella lo miró a los ojos, emocionada de ver su crudo deseo. Le encantaba cuando él la miraba como si fuera la única persona en el mundo, la única que importaba. La besó de nuevo, pero esta vez más profundo. Su lengua recorrió su boca, uniéndose a la de ella. Ella se inclinó hacia él, presionando sus pechos contra su pecho. El vello oscuro de su pecho jugueteaba con sus pezones a través de la fina tela.

El calor viajó por todo su cuerpo, llegando a su núcleo. Las mariposas comenzaron de nuevo en su estómago. Puso su mano sobre su pecho y jugó con los vellos ásperos, eventualmente frotando su pezón. Él gimió, besándola con fuerza en la boca, poseyéndola.

Anthony pensó que perdería el control cuando ella le tocó el pecho. Notó que su respiración aumentaba a un ritmo que coincidía con el suyo. Movió su mano por sus muslos y sobre sus caderas, acariciando sus deliciosas curvas. Pensó que detectó resistencia, así que se detuvo para darle tiempo a que se adaptara a él. Esperó, aunque se estaba torturando a sí mismo. Cuando ella se calmó de nuevo, movió lentamente sus manos por sus costados hasta que tomó sus senos. ¿Cómo era posible que su pequeña esposa tuviera el cuerpo más perfecto que jamás había visto? Juró que besaría cada centímetro de su glorioso cuerpo. Siguiendo un camino por su cuello con sus labios, le pasó el pulgar por el pezón y gimió cuando ella arqueó la espalda, acercándose a él. ¿Cuánto más podría aguantar Anthony? Ella se retorció en sus brazos con un pequeño nudo en la garganta y él se puso duro como una roca debajo de su kilt.

Besó su hombro y bajó por su clavícula. Moviéndola en su regazo, pudo maniobrar su brazo roto para que la belleza completa de sus pechos se abriera para él. Ella lo miró fijamente, jadeando, lamiéndose los labios, su mano libre enredada en su cabello. Moviéndose lentamente, bajó por su seno derecho y le acarició el pezón con la lengua. Tomándose su tiempo, jugueteó con su otro pezón antes de tomarlo completamente en su boca y succionarlo. Ella arqueó la espalda, empujando su pecho más cerca de él. Se rio por lo bajo en su garganta ante la pasión de su pequeña esposa.


La confusión de Candice luchó en su mente. Perdió toda capacidad de pensar cuando la lengua de Anthony rozó su pezón. Ella no quería que él que se detuviera; había demasiadas sensaciones extrañas y placenteras en su interior. Ella no lo entendía, pero él hizo que su cuerpo se retorciera, pero ¿para qué? Se recordó a sí misma que debía confiar en él.

Nada le dolía, de hecho quería más, más besos, más caricias. Sorprendida por lo bien que se sentía tenerlo succionando su pecho a través del material delgado, lo instó a continuar. ¿Era posible disfrutar de su marido y de esta nueva intimidad? Su mente se disparó con las posibilidades y la esperanza que surgieron a través de ella. Ella agarró su pecho mientras su mano se movía por su costado y sobre su vientre, sus piernas se abrían por sí solas. Él acarició un lugar en su parte de mujer y ella gimió. ¿Que estaba haciendo? Moviéndose en la silla para ampliar su abertura, usó su pulgar, rozando suavemente el lugar, acariciándola y ella perdió todos los sentidos. ¿De qué se trataba todo esto? ¿Era esto de lo que hablaban los sirvientes? La mano de Candy se aferró con fuerza al brazo de Anthony para estimularlo.

No sabía qué se suponía que debía hacer a continuación. Su dureza la presionaba, pero a ella no le importaba. Sorprendida de oírse jadear, el frenesí la dominó.

Anthony no pudo más. Levantándola, le desabrochó el camisón y lo dejó caer al suelo. La levantó y la depositó sobre las frías sábanas que ya habían sido retiradas. Con cuidado, colocó una almohada debajo de su brazo roto y luego dejó caer el kilt al suelo. Anthony se acercó, tomó a Candy en sus brazos y la besó con fuerza, casi desesperadamente porque la deseaba tanto. Los dedos errantes de Anthony encontraron la humedad de Candy de nuevo y él quiso gritar de alegría. La pasión de su esposa lo abrumó. De hecho, ella abrió sus piernas para él sin pensarlo. Anthony se colocó encima de ella, levantó sus caderas y empezó a penetrarla.

Y Candy se derrumbó. Tan pronto como su dureza penetró su entrada, entró en pánico. Y golpeando su pecho, gritó:

—¡Detente, Anthony, detente! ¡No! —Apretó las piernas con fuerza y saltó de la cama, precipitándose a través de la habitación.

Anthony rodó sobre su espalda y gimió. Miró al techo por un minuto para tratar de recuperar el control. Miró a su esposa acurrucada junto a la chimenea, el miedo y la vergüenza evidentes en sus ojos, todo su cuerpo temblando.

Anthony no sabía qué hacer.

—Candy, ¿te he lastimado?

—¡No! —Ella estaba llorando ahora.

—¿Confías en mí? —preguntó en voz baja mientras miraba al techo.

—Sí —susurró mientras trataba de cubrir su cuerpo.

—Entonces, vuelve a mí, esposa. No te haré daño.

Pasó un largo minuto antes de que Candy regresara al lado de la cama.

—Estarás encima —dijo mientras la levantaba sobre la longitud de su cuerpo. Las lágrimas todavía manchaban sus mejillas, pero ella no se resistió. Limpió las lágrimas de su rostro con determinación—. Quiero que estés arriba para que sepas que puedes irte en cualquier momento. La decisión es tuya. Tal vez tenerte debajo de mí es lo que te asusta tanto. Nunca te obligaré, preciosa. Siempre tendrás el derecho de rechazarme y alejarte. Tienes que creer en mí. —Anthony le acarició el cuello mientras hablaba, luego pasó las manos por la suave piel de su espalda hasta el trasero, acariciando sus suaves montículos. Su excitación creció en respuesta.

Acomodaron nuevamente su brazo y él la colocó lo mejor que pudo para que se sintiera cómoda sin lastimar su erección.

—Cariño, necesitas confiar en mí —dijo en voz baja mientras la besaba en la frente.

—Lo sé, lo siento, Anthony. No sé qué me hace hacer esas cosas.

Anthony pensó mucho antes de hacer su próximo movimiento, pero finalmente decidió que era la única manera. Tomando un pezón de Candy con su boca, la succionó mientras deslizaba sus dedos a lo largo de su abertura, acariciando su centro para medir su respuesta. Todavía estaba mojada y su suave gemido indicaba que todavía lo deseaba. Agarrando suavemente sus caderas, y con un movimiento de su pelvis, la penetró con facilidad. No pensó que la lastimaría.

—¡No, Anthony, no! —gritó ella, empujando contra él con fuerza.

El sujetó suavemente sus caderas, tratando de que se acostumbrara a su invasión.

—¡Candy, detente! No te lastimaré. Te amo. Por favor, no sé qué más hacer. ¡Lo he probado todo!

Candy dejó de forcejear cuando escuchó su declaración de amor.

Conmocionado por su propia confesión, Anthony reconoció la verdad de la misma. La quería más que a nada y quería que su matrimonio funcionara. Consideró varios caminos a seguir para ayudarla a aceptarlo a él, y eligió el más arriesgado de todos.

—¿Confías en mí, cariño? —susurró Anthony. Todavía se mantenía enterrado profundamente dentro de ella.

—Sí —asintió Candy.

—Entonces quédate donde estás por cinco minutos, prometo no moverme. Si no me quieres al cabo de cinco minutos, nos detendremos y no volveré a tocarte esta noche. Necesitas ver que esto no duele. Ya no eres una doncella, tus jugos son resbaladizos y evitarán cualquier dolor, dulzura. ¿Puedes hacer esto por tu marido?

Candy lo miró y asintió lentamente con la cabeza. Luego apoyó la cabeza en su pecho. Él le acarició la espalda y ella empezó a relajarse un poco.

Cinco minutos, pensó. Solo necesito hacer esto durante cinco minutos.

Podía sentir su dureza dentro de ella. A ella no le gustaba. Le recordaba a Neil. Lo quería fuera. Anthony era grande y duro y tan pronto como se moviera, probablemente la lastimaría como lo había hecho Neil. Intentó reducir la velocidad de su respiración, de detener su sensación de pánico. Solo cinco minutos y ella podría quitarse, y prometió no volver a tocarla esta noche.

Se recordó a sí misma que era Anthony, su esposo, no Neil. Era el hombre al que amaba y en quien confiaba. Tal y como había prometido, no la estaba forzando. ¿Y si ella se retiraba de allí? Con un dolor extraño, se dio cuenta de que no quería que dejara de tocarla por completo. Le gustaba estar en sus brazos, pero no de esta manera.

Giró la cabeza hacia el otro lado y suspiró profundamente. Necesito concentrarme en otra cosa. Trató de cambiar sus pensamientos. Estaba haciendo girar sus perlas lentamente con el pulgar y el índice, así que decidió concentrarse en las perlas de su madre. Mientras las giraba, se calentaron contra su cuerpo. Cerró los ojos por un momento y pensó en su madre. ¿Qué le diría su madre que hiciera? ¿Qué consejo le daría con respecto a esto? Miró al otro lado de la habitación y captó una sombra. ¿Madre?

Su visión se nubló por las lágrimas, pero la mujer parecía ser su madre. ¿Estaba soñando? Sus perlas aún estaban calientes. Madre, ¿qué hago? Pensó mucho mientras miraba la visión de su madre. Su madre le sonrió. Ayúdame, mamá, pensó mientras intentaba alcanzarla con su mente.

Ya lo hemos hecho, niña. Tu padre y yo te enviamos a este hombre. Ahora, tienes que ayudarte a ti mismo.

Pero no puedo hacer esto, madre. Simplemente no puedo.

¿Lo amas, Candy?

Sí, lo amo, con todo mi corazón.

Ah, niña, pero para amar verdaderamente a un hombre, debes amarlo no solo con tu corazón, sino también con tu cuerpo.

No puedo, mamá.

Sí, puedes. Candy, él te ama. Ámalo de vuelta y confía en él. No te arrepentirás. Tu padre y yo estamos ansiosos por ver a tus hijos. Siempre estaremos cerca

Su madre comenzó a desvanecerse.

¡Espera, madre!

Su madre se había ido.

Anthony todavía estaba dentro de ella y de repente, se dio cuenta de algo, no había dolor.

Levantó la cabeza y miró a su marido.

—¿Anthony? — dijo Candy

—¿Qué, amor? —Anthony le limpió una lágrima de la mejilla.

—No me duele. ¡Oh, Dios mío, no me duele en absoluto!

—Lo sé, Candy, me estoy encogiendo. —Anthony puso los ojos en blanco con frustración.

Candy movió su trasero y él se puso duro de nuevo. Se colocó a sí misma a lo largo de él y luego volvió a introducirlo en su interior. Anthony gimió. Ella lo hizo de nuevo. Anthony volvió a gemir.

—Candy, me estás matando. ¡Si vuelves a hacer eso, terminaremos esto, lo prometo! —Miró a su esposa.

—¡Oh, Anthony, estoy tan feliz! ¡Me gusta esto! ¡No hace daño! ¿Qué quieres que haga? —Siguió moviéndose arriba y abajo, acelerando poco a poco su ritmo.

—Cariño, ¿estás segura de que estás bien?

—¡Sí, Anthony, esto empieza a sentirse bien! —El rostro de Candy se iluminó.

Anthony gimió de nuevo.

—¿Puedo darte la vuelta, amor mío? Estoy a punto de explotar.

Ella asintió y Anthony la hizo rodar.


Anthony se movió lentamente al principio para asegurarse de que ella pudiera manejarlo, pero luego el instinto se hizo cargo y empujó con fuerza hasta que estuvo en agonía. Buscó los ojos de su esposa, tratando de medir si lo estaba disfrutando. No respiraba con dificultad, ni tampoco gritaba de miedo. La besó bruscamente porque no sabía si podría aguantar mucho más. Estaba enfundado profundamente en su humedad y casi perdió el control. Se obligó a concentrarse para poder aguantar hasta que ella encontrara su placer. Tomó su pezón en su boca de nuevo y chupó con fuerza. Ella jadeó y se arqueó hacia él. La penetró una y otra vez. Estaba tan apretada que era una dulce tortura. Levantando la cabeza, captó su verde mirada, mientras ella susurraba:

—¡Te amo, Anthony!

Eso fue todo. Explotó su semilla en ella con un fuerte rugido. Su pequeña esposa lo puso al límite con tres palabras. ¿Qué le estaba haciendo esta muchacha? Nunca había tenido un orgasmo como este, nunca había experimentado nada parecido a esto.

Por supuesto, estaba molesto consigo mismo. Él se había adelantado a ella cuando siempre complacía primero a una mujer. Ninguna muchacha lo había obligado a perder el control. Apoyándose sobre sus codos, intentó estabilizar su respiración mientras la miraba confundido. Ella estaba sonriendo con una sonrisa gloriosa.

—Oh, Anthony, estoy tan feliz. ¡Eso no dolió en absoluto!

—Bueno me alegra. —Jugueteó con un rizo suelto alrededor de su cara. Todavía sin poder pensar con claridad, él le acarició el cuello con la nariz.

—Estoy extasiada de felicidad, pero, esposo, no luces feliz. ¿Ocurre algo?

Él suspiró.

—Candy, no estoy feliz porque no encontraste tu placer. No seré feliz hasta que encuentres tu placer.

—Pero encontré mi placer, Anthony. No me dolió, y pensé que estabas feliz, ¡así que estoy feliz! —exclamó.

—No, Candy, no encontraste tu placer. —insistió Anthony

—Sí, lo hice. Te dije que lo hice.

Él gimió.

—Amor mío, no encontraste el mismo placer que yo. Un hombre y una mujer deben encontrar el placer antes de terminar. No pude contenerme y esperar por ti. Me llevaste al límite con esos ojos verdes.

Candy se mordió el labio inferior antes de agregar:

—No entiendo de qué estás hablando.

Anthony le susurró al oído:

—Te prometo que lo entenderás antes de que salgamos de esta cámara.

Rodó sobre su espalda y la atrajo hacia sus brazos, acunando su cabeza en su hombro.

Candy levantó la cabeza brevemente para mirar a su marido.

—Anthony, ¿no te he complacido?

Él la besó suavemente.

—Sí, me has complacido mucho. Duerme ahora, cariño, has tenido un largo día.

—¿Anthony?

—¿Qué, amor?—

—¿De verdad lo dijiste en serio cuando dijiste que me amabas?

—Sí, amor. ¿Cómo podría no amarte? ¡Me vuelves loco!

Ella sonrió y lo besó en la mejilla.

—Yo también te amo.


Candy se durmió rápidamente en los brazos de su marido. Todos sus miedos habían desaparecido.


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Gracias por seguir leyendo mi historia. Decidí adelantar este capitulo ya que he estado subiendo capítulos de manera un poco irregular, además de que sé que ya tenían ganas de leer sobre la boda. Espero lo hayan disfrutado.

Mia Brower Graham de Andrew: Gracias por seguir esta historia, me agrada que te guste.

lemh2001: Gracias por seguir la historia, espero que te haya gustado la boda y la noche de bodas.

Cla1969: In pagamento del capitolo breve di ieri, oggi ho anticipato le nozze e la prima notte di nozze, spero vi sia piaciuto, grazie per aver continuato a leggere questa storia.

GeoMtzR: Finalmente llegamos al que creo que fue uno de los capítulos más esperados de esta historia, la boda y la noche de bodas, espero te haya gustado.

¡Nos vemos la próxima!