No tengo excusa para justificar tanta tardanza... sólo puedo decir en mi defensa que es bastante trabajoso y requiere más tiempo que otros fics sólo armar un capítulo de este. Pero mi amor y mi entusiasmo por esta historia nunca decayeron, así que puedo asegurar que este fic tendrá un final como Dios manda y no quedará en el cementerio de fanfics abandonados a medio hacer que abunda por ahí. Así que nada, disfrútenlo y espero no tardar mucho para el próximo.

Nancy: No te preocupes, quedate tranquila que esta historia sigue viva más que nunca. El tema de Kaoru es muy complicado, tenía sus prioridades muy bien marcadas hasta la llegada de Kenshin, y bueno, se le armó el avispero en la cabeza. Y lo de Yahiko sólo es temporal, si llegara a haber rival fuerte para Kenshin, lo iré viendo más adelante. Espero que disfrutes del capítulo. ¡Gracias por tu comentario!


El silencio se hizo tan pesado que Megumi no pudo más.

—¿Qué está sucediendo? —giró violentamente la cabeza en dirección a las únicas personas que podían desmentir todo este embrollo—. ¡Otou-sama, Ojii-sama, merezco una explicación de ustedes dos ahora!

—No me sorprende que no te hayan contado, pero como bien dijiste, mereces una explicación: tu familia está en quiebra, Megumi —intervino fríamente Ikumatsu Kiyosato, mientras los dos hombres palidecían con el pasar de los segundos.

Megumi sintió que su alma caía a sus pies.

—Esto no puede estar sucediendo… —farfulló negando con la cabeza.

—Le hice a tu señor abuelo una propuesta imposible de rechazar —continuó explicando la mujer—. Pero la rechazó, y no tuve otra alternativa; como la dueña de las deudas soy yo, tengo el derecho de tomar posesión del castillo.

Fue en ese momento que el Barón Gensai reaccionó.

—¡LADRONES! ¡ESTE ES MI CASTILLO! ¡YO SOY EL BARÓN KATSURA! —bramó con odio.

Con el rostro angustiado, Kogoro se acercó a Sanosuke.

—¡Sanosuke, busca a Aoshi de inmediato, por favor! —le pidió. El muchacho no se lo pensó dos veces para salir como bala a cumplir con su misión. Estaba realmente preocupado por Megumi, y Aoshi era el apoyo que necesitaban ella y su familia.

El que tampoco se mostró contento fue Akira, quien no dudo en confrontar a su madre.

—Has traspasado todos los límites… —le escupió con desprecio—. ¡Eres una traicionera!

—Eres injusto con tu madre, Akira-kun —se inmiscuyó Shura arrastrando las palabras—. Ella le dio al Barón todas las oportunidades del mundo para hacer las cosas bien.

—Basta, Shura —le cortó Ikumatsu, luego se volvió a su hijo con severidad—. Como soy la dueña de este lugar, he pedirte a ti y a tus amigos que se larguen.

—Es justo lo que vamos a hacer —le respondió el muchacho—. El lugar en donde estés, es el lugar donde no quiero estar —Dicho esto, se levantó y se marchó a empacar, seguido de Tae y Katsu.

A Ikumatsu le dolieron esas palabras, pero fingió que no le afectaban.

—Desalmada… negarle la ayuda a su propio hijo… —refunfuñó el Barón.

Y el silencio incómodo volvió a reinar con los presentes que quedaban.


Mientras tanto, en casa de los Kamiya, después de tranquilizarse un poco del efecto de la fuga de Enishi y Chizuru, Kaoru se levantó resuelta.

—Calma, seguro no habrán llegado tan lejos —dijo decidida–. Voy a buscar al Coronel Saito para dar con ellos ahora mismo —Y salió de la casa corriendo para poder llegar lo antes posible a Hagi.

En el camino se cruzó con Sanosuke, quien también corría, pero hacia el otro lado del pueblo.

—¡Jou-chan! —la saludó mientras se detenía un momento a recuperar el aliento—. ¿Sucedió algo?

—¡Chizuru y Enishi huyeron! Por eso estoy yendo a buscar a Saito… —le explicó rápidamente la joven angustiada—. ¿Y tú por qué vas tan a prisa?

—¡No vas a creer! —le contó Sano con rostro sorprendido—. La familia de Megumi perdió todo, hasta el castillo: ahora son pobres.

A Kaoru se le desencajó el rostro.

—¡¿Qué?! —graznó sin poder creerlo. A todo su drama familiar se sumaba la preocupación por lo que sería de Megumi.

Sano procedió a explicarle todo velozmente antes de poder emprender cada uno con su tarea.

—Y todo por culpa de Ikumatsu Kiyosato, por eso estoy buscando a Shinomori-san. —finalizó, volviendo a correr cuesta abajo, hacia la zona de las mansiones—. ¡Tengo que irme!

Al llegar a la mansión de Aoshi Shinomori, no dejó que lo anunciaran y se metió de sopetón a la casa. Tanto el dueño de la misma como su prometida, Sayo, se estaban alistando para su viaje a Kyoto.

—¡Kogoro-san requiere de su presencia inmediata en el castillo! —gritó Sano tropezando con las palabras.

Aoshi, abrumado por la entrada súbita del muchacho, quedó blanco como un papel con la noticia del mensajero. Se pasó la mano por el cabello, con pesar e indecisión.

—Pero ahora estamos por partir a Kyoto… —repuso débilmente.

—¡Es urgente! ¡Megumi necesita de usted! —insistió Sano, dolido por la realidad de que el hombre de cabellos negros era el único que podría animar el corazón de la chica—. Ikumatsu Kiyosato vino y tomó posesión del castillo y todos los bienes de los Katsura.

Apretando los puños, Aoshi no sabía qué hacer. Pero quien sí sabía cómo proceder era Sayo.

—¡Ve, Aoshi! —le instó, con el corazón algo inquieto pero consciente de la urgencia de ayudar a los viejos amigos. El viaje podría esperar.

Haciéndole una profunda reverencia a su novia cumpliendo el protocolo, aunque ganas de besarle las manos en agradecimiento no le faltaban, Aoshi se dispuso a salir corriendo con Sano a buscar unos caballos.

Cuando llegó al castillo, se encontró con el peor de los panoramas. Oficiales que sacaban algunos muebles que Shura, la ayudante de la nueva dueña de casa, consideraba obsoletos y viejos para el renovado castillo; y en la puerta, al viejo Barón llorando de tristeza, rabia y decepción, siendo consolado por su hijo, quien discutía con Shura.

—¡AOSHI QUERIDO! —chilló el viejo, con ojos llorosos—. ¡QUÉ BUENO QUE LLEGASTE PARA SACAR A ESTA SEÑORA DE MI CASTILLO!

Pero Aoshi fue directamente a lo que le importaba.

—¿Dónde está Megumi?

—Se encerró en su habitación y no quiere salir de allí—le dijo Kogoro con voz amarga.

—Si su hija no quiere colaborar, tendremos que buscar la manera de desalojar sus cosas—avisó Shura con gesto burlón.

Sanosuke se plantó frente a la mujer, mirándola con odio. Ya se había metido en la vida de Kaoru sin permiso y ahora invadía a Megumi.

—Si esta gente va a sacar a Kitsune-hime, lo hará sólo encima de mi cadáver—la desafió.

Mientras, Aoshi entró al castillo en busca de Megumi. Cuando encontró su habitación, aun sabiendo que no era lo correcto intentar entrar en los aposentos de una dama soltera, no le importó, pues era un caso de emergencia y no de desfachatez.

—¡Megumi, abre el shoji, por favor! —le pidió, escuchaba los sollozos de la joven al otro lado—. ¡Soy yo, Aoshi!

A continuación, el shoji se corrió bruscamente, revelando el rostro bañado en lágrimas de Megumi Katsura. Estaba triste y enojada por lo sucedido, sin poder procesar nada. Y peor, se sentía engañada por sus seres cercanos y aquello la decepcionaba.

—Necesito hablar contigo… ¿puedo pasar? —le pidió Aoshi amablemente.

–Dime que todo esto es mentira, Aoshi… —hipó la joven con la voz en un hilo—. Que es una pesadilla de la que pronto voy a despertar…

—Lamentablemente es una realidad, Megumi —se lamentó Aoshi—. Qué más quisiera yo que también fuese mentira.

—¿Cómo puede ser esto posible, Aoshi? Tenemos mucho dinero, un patrimonio suficiente como para mantener a generaciones de la familia Katsura… ¿Cómo puede una fortuna acabar de un día para el otro?

El abogado respiró hondo y se dispuso a contarle la verdad.

—Las ganancias de arroz no iban bien, y el negocio de tu familia comenzó a contraer deudas —explicó—. Pero llegó un punto en el que todo se salió de control… tu abuelo me lo ocultó por un tiempo, y para cuando lo supe, ya era demasiado tarde. Tu padre tampoco tuvo conocimiento al igual que yo, sabes que él se ocupa más de la política y no tanto del negocio familiar. Pero Kiyosato-san fue muy astuta: adquirió y pagó nuestras deudas para luego presionar y quedarse con todo. Lo demás… ya viste lo que está pasando afuera.

Megumi permaneció pensativa por unos segundos. Pero lo enfrentó molesta.

—¿Desde hace cuánto que lo sabes, Aoshi? —le recriminó—. ¿Por qué no me contaste nada? ¡Tú también me traicionaste!

—Tu abuelo me pidió que no te dijera nada —respondió él, culpable—. Temía que te decepcionaras de él, de su fracaso.

—¡Pero los tres debieron de haber discutido conmigo sobre las posibilidades! —exclamó la chica, mucho más alterada—. ¡Ah no, pero Megumi-chan es demasiado tonta para esas cosas! Eres mi amigo Aoshi, y no me lo dijiste…

—Porque trabajo para tu abuelo, Megumi —se defendió Aoshi—. Soy su abogado. No podía traicionar una relación de ese tipo de confianza, ni la confidencialidad que ello implica. Por eso, no mezcles las cosas, Megumi.

—Aoshi, todo está mezclado —le rebatió Megumi—. Lo que me hicieron nada tiene que ver con el amor de padre, el amor de abuelo ni el amor de… un amigo.

Sin saber qué decir, Aoshi dejó a Megumi sollozando en su habitación.

Volviendo a la entrada del castillo, las cosas empeoraban.

—¿Y usted quién se cree que es para dar órdenes en mi castillo? —le espetó el Barón Gensai a Shura.

—Soy quien a partir de hoy ocupará una de las habitaciones de este bello castillo —respondió triunfalmente la aludida. Pasó su mirada a Kogoro Katsura—. Acabo de ver la suya, Kogoro-san, y pienso que es apropiado para mí. Buena vista, espacioso…

—¿Cómo puede ser tan cretina, Shura-san? —interrumpió él, furioso. Aoshi lo contuvo, preocupado.

Shura sólo se hizo la tonta.

—Yo no tengo la culpa de que usted no haya gozado de las gracias de mi querida Ikumatsu —replicó inocentemente.

Aoshi, por su lado, mandó un mensajero para que trajeran inmediatamente un carruaje, llevaría algunos equipajes de sus amigos a su propia mansión, y les ofrecería alojamiento hasta que pudieran volver a establecerse. Una vez que los tres se pudieran acomodar y calmar, reprogramaría el viaje con Sayo.

Justo en ese momento, Megumi irrumpió, contemplando con desesperación cómo eran desalojados de su castillo.

—¡Bien hecho, Otou-sama, Ojii-sama! —les reprochó con nuevas lágrimas saliendo de sus hinchados ojos. Sanosuke sintió que el corazón se le encogía, pero supo que no era momento de tratar de acercarse a ella—. ¡Pueden decirles a los hombres que están desalojando todo que también me saquen a mí! ¡Total, yo también en este castillo fui considerada un mueble más!

Con los ojos reflejando terror, el viejo Barón comenzó a llorar. Su padre tomó la palabra.

—Megumi-chan… era deseo de tu abuelo que no supieras nada de nuestras desgracias…

—No tienen idea de la decepción que siento.

—¡No digas eso, mi querida nieta! —berreó el viejo tapándose la cara con las manos—. ¿No te basta saber que tu abuelo es un fracasado?

—Ojii-sama, no eres un fracasado, sino un mentiroso —objetó su nieta. Luego de decir lo que necesitaba sacar, se dio la vuelta para volver a encerrarse en su habitación.

Se encontró con Ikumatsu Kiyosato en uno de los pasillos del ala de las habitaciones.

—Megumi, no tienes que irte de aquí, puedes quedarte en este castillo —le ofreció con amabilidad, aunque seria.

Megumi ignoró el ofrecimiento y pasó por su lado, enojada y enjugándose las lágrimas.

—Me alegra que decidas librarte de esa influencia nefasta que ejercían sobre ti esos hombres que sólo te querían controlar y desautorizar —la atajó Ikumatsu, quien había escuchado la discusión de lejos—. Te voy a contar un secreto: todo el mundo piensa que mi esposo murió dejándome fortuna y posesiones, cuando en realidad era una viuda que había heredado sus deudas. Si ahora soy dueña de un imperio, es porque lo he conquistado todo con mis propias manos.

—Su Majestad Imperial es increíble —bufó Megumi, rodando los ojos.

Ikumatsu se ofendió.

—No ironices, aprende —la reprendió—. Si te cuento esto es porque creo que tú también eres capaz. Sólo tienes que encontrar a esa mujer de hierro que hay dentro de ti, y dejar de ser esa niña frágil, superficial e ingenua que te hicieron ser.

Se retiró, dejando a Megumi reflexionando sobre esas palabras y un futuro ahora incierto.


Mientras una preocupada Kaoru llegaba a su casa luego de pedir ayuda a Hajime Saito, quien le prometió toda la confidencialidad que fuera posible de parte de él y su escuadrón, grande fue su sorpresa al encontrarse con Kenshin y Tsubame Himura en la entrada de su hogar.

—Supimos lo de tu hermana menor, Kaoru-dono —le dijo Kenshin haciendo una reverencia.

Apesadumbrada, Kaoru se dio cuenta de que ya todo Hagi sabía de la fuga. Pero era ingenua al pensar que no ocurriría algo así en un pueblo tan pequeño… sin duda la ausencia de Chizuru y Enishi se haría notar en días, aunque no dijeran nada. Y con ello, una sombra de inseguridad cayó sobre la joven: la reputación de su familia. Aunque tiempo atrás no era algo que le preocupara, ahora se daba cuenta de la importancia que tenía: sus padres juzgados como malos educadores y su padre perdiendo el respeto de la comunidad; Misao perdiendo credibilidad ante la insoportable familia de su esposo, lo mismo Tomoe; y para rematar, si se enteraban de que Tokio ya había sido desflorada por el mismo patán que huyó con Chizuru, ya podía irse despidiendo a la aspiración de una buena vida y un buen matrimonio, al igual que su hermana menor. Y ella con Kenshin… si bien de por sí ya estaban separados y ella no contaba con la simpatía de su círculo, un posible acercamiento era ahora imposible. Y por eso mismo no entendía qué hacía él allí después de enterarse de semejante noticia.

Tal vez era por empatía al ver que la historia de Tsubame se repitió una vez más.

—Veo que los chismes corren rápido —alcanzó a decir luego de reponerse—. Tsubame, quería aprovechar para pedirte disculpas.

—Discúlpame tú, Kaoru, debí haberte advertido sobre él a tiempo.

—No te disculpes, Tsubame, no tienes la culpa de nada.

—De alguna manera todos somos responsables de lo que acaba de suceder —se solidarizó Kenshin, haciendo que Kaoru se sonrojara.

—Les agradezco el apoyo, pero lo que tengo pensado ahora es partir para Kyoto —les informó—. Enishi conoce esa ciudad como la palma de su mano e indudablemente se llevará a Chizuru hasta allí, con lo impresionable que es ella…

—Entonces iremos todos en caravana —resolvió Tsubame, decidida a ayudar.

—Haremos todo lo posible e imposible para encontrar a Chizuru-dono —añadió Kenshin con la misma determinación.

Kaoru les sonrió, muy agradecida con el gesto. La esperanza volvía a florecer en ella.

Vieron que a lo lejos llegaban Misao y Soujiro.

—Supimos que sucedió algo y vinimos corriendo para saber si fue grave —explicó Soujiro, ya que una alterada Misao no podía encontrar la calma.

—¡¿Cómo están mamá y papá?! ¿Le sucedió algo a Tokio? —comenzó a bombardear Misao.

—Sucedió algo, pero con Chizuru… huyó con Enishi Yukishiro —les explicó Kaoru con pesar y vergüenza. Misao dejó sacar su mal genio y comenzó a maldecir a Enishi mientras Soujiro trataba de calmarla, entre él y Kaoru la arrastraron hasta dentro de la humilde casa.

Los hermanos Himura contemplaban con tristeza el panorama.

Más tarde, durante la cena, Kenshin aprovechó para hacer un anunció ante todos.

—Quiero aprovechar para anunciar que mañana al amanecer iré con Tsubame-chan de viaje a Kyoto —les informó—. Buscaremos a Enishi Yukishiro.

Silencio general.

—¿Qué locura es esa, Himura-san? —se alborotó Shura—. ¿Tú estás de acuerdo, Tsubame-chan?

—Esté de acuerdo o no, tiene prohibido viajar —decretó Hiko.

Tsubame habló al fin.

—¿Me encerrarás en la habitación, Chichi-ue? —se molestó.

—Yo estaré con ella, Shishou —se apresuró en decir Kenshin—. Además, Akira, Tomoe-dono y Kaoru-dono también van con nosotros; también Katsu-san y Tae-dono —Realmente estaba contento por el grupo de viaje, encontrarían a la pareja fugitiva y podría volver a acercarse a Kaoru.

–Entonces todo tiene sentido —repuso Shura leyendo las intenciones de Kenshin—. Pero si toda esta comitiva es para encontrar a esa hermana fugitiva, no entiendo esa necesidad de que vayas.

—Es necesario, Shura-dono —replicó el pelirrojo—. De alguna manera, Tsubame-chan y yo somos responsables de esta situación.

Hiko Himura levantó una ceja.

—Ese raciocinio es absurdo, baka-deshi —suspiró—. Pero es una lástima que no pueda disfrutar con mis hijos de los primeros días asentados en nuestra nueva propiedad.

—No entiendo, Shishou —se extrañó Kenshin.

—Kiyosato-san me ha dado el honor de preferencia de compra de este castillo —comentó alegremente el Marqués mientras Ikumatsu sonreía complacida—. Ahora soy yo el nuevo amo y señor del Castillo Katsura. Una joya más agregada a la vasta colección de propiedades nobles de la familia Himura.

Ahora le tocaba a Kenshin levantar una ceja.

—Pues me parece que la vasta colección ya es exagerada —opinó mientras las damas se levantaban para retirarse. Ellos se quedarían a tomar té.

—¿Exagerada? —se mofó su padre—. ¿Y qué hay de ti? ¿No te parece a ti exagerada esa búsqueda desenfrenada que vas a hacer?

—Tsubame merece cerrar cuentas con él por sí misma y por ella misma —argumentó Kenshin—. Yo mismo le he robado la oportunidad al pagarle a Enishi para que se fuera. Y esta vez cometimos exactamente el mismo error, debemos compensarle eso a Tsubame, Shishou.

—Qué idiota eres, baka-deshi.

Kenshin le dedicó una sonrisa amable.

—Espero que cuides bien de la obra ferroviaria en mi ausencia, Shishou.

Con un silencio cargado de miradas de desconfianza, ambos tomaron el té que les supo algo amargo.


Después de pasar todo el día en una desesperada reunión familiar haciendo planes de rescate, con Saito yendo y viniendo, la familia decidió tratar de dormir para afrontar al día siguiente la realización de la búsqueda que el Coronel ya había comenzado. También tendrían que prepararse para enfrentar con entereza a la sociedad rural de Hagi, algo que desesperaba los nervios de Sakura.

Kaoru aprovechó que sus hermanas consiguieron dormir (Misao había decidido quedarse mientras Soujiro acompañaba a Saito y Koshijiro en el rastrillaje por la zona), y decidió hablar primero con su madre de la decisión que había tomado. No sólo tomaría parte de la búsqueda de manera activa yendo más lejos con sus amigos, tal y como lo habían decidido, sino que también se quedaría de manera definitiva en Kyoto. Devolvería a Chizuru sana y salva en una última reunión familiar, para quedarse asentada en la antigua capital.

Y quería que su madre fuera la primera en saberlo, pues sería quien más reparos tendría a la hora dejar ir a una hija soltera. Era mejor enfrentarse a lo más difícil y tomar el toro por las astas.

Sabía que no estaba siendo oportuna debido a la situación familiar que estaban viviendo, pero no podía volver a desaprovechar un regreso a Kyoto para al fin cumplir su sueño de ser maestra del estilo familiar. Era el primer paso para volver triunfante a Hagi y tener el poder y el dinero necesarios para recuperar el dojo.

—Estoy segura de que no te gustará lo que te voy a decir, pero tengo que hacerlo: decidí definitivamente buscar al sensei amigo de mi padre en Osaka, también buscaré a Chizuru —le comunicó con cuidado, pero decidida—. Y me afincaré en Kyoto por tiempo indefinido una vez que la traiga de vuelta, tal vez hasta me traslade a Osaka si encuentro un lugar donde vivir.

Como era de esperarse, Sakura no tomó nada bien la noticia. Una cosa era que fuera a esa ciudad a buscar a su hermana junto con otras personas que conocían el lugar… pero otra muy distinta quedarse a vivir en ese lugar olvidado por Kami. Muy presente aún estaba en su mente la visión de un Kyoto inseguro por la guerra que había leído en los folletos de la época.

—¡Eso es traición! ¡¿Justo en este momento de angustia que estamos pasando?! —comenzó a chillar airada—. ¡Tu padre está en plena búsqueda por los alrededores y no puede acompañarlos a Kyoto por su salud, Tokio está convaleciente y Chizuru quién sabe dónde con Enishi Yukishiro!

—¡Mamá, por favor! ¡Tienes que aceptar mis deseos! — intentó razonar Kaoru—. Y tú tienes hijas con deseos románticos: una ya se casó, otra está a punto; pero debes entender que cada persona tiene planes diferentes para su vida.

—¡Ideas locas que tu padre te metió en la cabeza!

—¿Alguien me llamó? —Era Koshijiro. Había vuelto cansado después de una infructuosa búsqueda. Habían recorrido todo el camino junto al cauce del río Onoyama hasta llegar a Yamaguchi, en un intento de interceptar aún a la pareja. Pero todo fue inútil. De igual manera, Saito ya había pedido apoyo desde Shimonoseki hasta Osaka para seguir indagando.

Volviendo a la discusión familiar, Sakura se posicionó frente a su marido con lágrimas de histeria en sus ojos.

—¡Pues tu hija Kaoru sigue con esas ideas de irse a vivir a Kyoto! —exclamó—. ¡Y todo por tu culpa!

—¡Quería hablar de esto con calma! —se defendió Kaoru—. Mamá no entiende que quiero conocer el mundo, y para eso necesito salir de aquí. Quiero ser Maestro del Kamiya Kasshin, papá, quiero tener las herramientas para volver algún día y poder recuperar nuestro dojo sin que nada ni nadie se oponga.

—¡¿Y tú crees que me convence ese discurso bonito?! —siguió discutiendo su madre, mientras su padre la miraba pensativo—. ¡No me convences y no tienes compasión de mis pobres nervios, Kaoru!

—¡Basta, las dos! Ahora soy yo quien va a hablar —intervino Koshijiro Kamiya con autoridad. Ambas mujeres se callaron, pues sabían que lo que decidiera él sería la última palabra—. Kaoru Kamiya, una alternativa muy infeliz está delante de ti: de hoy en adelante, serás una extraña para uno de tus padres —le dijo a su hija con pesar, la joven no pudo evitar ponerse nerviosa—. Tu madre nunca más te hablará si te vas a vivir a Kyoto, y yo nunca más te hablaré si no te vas.

Silencio.

—¡¿Acaso has enloquecido?! —reaccionó su mujer con rabia.

—Kaoru tiene derecho a perseguir sus sueños, Sakura —repuso Koshijiro.

—¡¿Una muchacha soltera y sola en esa ciudad?!

—No disminuyas la capacidad de nuestra hija, Sakura —le retrucó él—. Ella fue criada para enfrentar sola los desafíos que le aparezcan, y si es su decisión, es lo que hará —se dirigió a su hija, quien lo miraba con alegría—. Y si tú, Kaoru, sientes que no estás preparada y que no tomaste una buena decisión yéndote, aquí estaremos esperándote.

Kaoru, emocionada, se lanzó a los brazos de su padre.

—¡Gracias, papá! —sollozó. No satisfecha, también abrazó a su madre para consolarla.

—¡Conste que sólo estoy de acuerdo porque estás más para la tumba con cada día que pasa! —le advirtió a su marido mientras le correspondía el abrazo a su hija.


Al día siguiente, ambas hermanas mayores estaban despidiéndose de su familia para realizar su cruzada hasta Kyoto, tanto para buscar a su hermana menor, así como para encauzar sus vidas en una ciudad de oportunidades, así como lo era la antigua capital.

Afuera, en sendos carruajes que los llevarían hasta Hiroshima a todo galope, estaban Kenshin, Tsubame, Akira, Tae y Katsu esperándolas. Sanosuke también estaba llegando para unirse a ellos.

—Me gustaría tanto acompañarlas, pero no podré… —gemía Tokio mientras las abrazaba.

—Tienes que recuperarte, Tokio-chan —la consolaba Tomoe—. Sufres de amor y el amor duele.

Misao lloraba a moco tendido prometiendo que cuidaría de Tokio hasta que estuviera totalmente recuperada.

—Quédense tranquilos, nosotras traeremos a Chizuru de vuelta —prometió Kaoru a sus padres.

Ya se disponían a partir cuando un grito estridente les obligó a quedarse paralizados.

—¡ESPEREN! ¡VOY CON USTEDES!

Era Megumi.

Se acercaba a las corridas con una pequeña bolsa en donde metió un par de kimonos preciados a falta de poder transportar todo su guardarropa de baúles. Sentía que en Hagi ya no le quedaba nada, y, con la decepción que sentía por su padre y por su abuelo, había tomado la decisión desesperada de ir con ellos, no sabía para qué, pero iría con ellos.

Ya estaba harta de mantenerse al margen de manera cómoda viendo cómo los demás hacían algo con sus vidas. Principalmente porque ya no había comodidad para ella.

Obviamente, ni su padre ni su abuelo estaban enterados de lo que estaba haciendo.

Pero allí iba Megumi, lanzándose al precipicio que toda su vida temió y evitó. Y Kaoru estaba consciente de ello. La abrazó con toda la ternura del mundo, olvidando y perdonando las rencillas que pusieron fin a su amistad, una amistad que en realidad nunca se esfumó. Y quería consolarla de lo que le había ocurrido, por lo que dejó que la noble llorara un rato sobre su hombro.

—Megumi —pudo decirle al fin, asegurándose de que no se arrepintiera después—. ¿Estás segura de que quieres esto?

Megumi asintió con ojos llorosos, cansada y triste. Sanosuke se acercó a ella y le rodeó el hombro con un brazo, haciendo que la chica se sonrojara levemente.

—Déjala, Jou-chan —dijo con una sonrisa—. Será mejor para ella ver que el mundo va más allá de andar elegante.

—No quiero fugarme de mi situación, quiero ver esto como un nuevo comienzo para afrontar la situación de mi familia y para nuestra amistad —aclaró Megumi. No quería parecer una cobarde. Pero admitía para sus adentros que en compañía de personas tan resueltas como Kaoru y Sano, tal vez ella pudiera estar más segura a la hora de afrontar lo que se vendría.

—Bueno, si ya está decidido, es mejor irnos —exclamó Kenshin, más animado.


En su habitación en la mansión Kiyosato, Shura renegaba mientras Kaede le daba masajes en los pies. La noticia de que el castillo pasaría al Marqués le había caído como un baldazo de agua fría, pues sentía que ya era hora de que Ikumatsu la recompensara con alguna de las tantas propiedades que poseía. Y si era un castillo, mejor.

—Esperaba cualquier cosa de Ikumatsu —se quejaba—, pero que le dejara el derecho de compra del castillo a mi estirado futuro suegro fue una traición.

—¿Pero acaso usted contaba con el dinero para pagarlo, Madame? —le cuestionó Kaede como si nada.

—No, pero un descuento es lo mínimo que merezco —respondió Shura con amargura—. ¡Siempre pongo a disposición mi inteligencia y en riesgo mi cabeza por ella!

Kaede la escuchaba indiferente mientras estaba en lo suyo.

—¿Sabes qué, Kaede? —se levantó de repente la mujer, haciendo brincar a la sirvienta. Había pasado del rencor quejoso a la seguridad de que obtendría algo—. Que Ikumatsu sea una ingrata redomada no me importa, pero tiene que reconocer la altura de mi abnegación. ¡Voy a pedirle ahora mismo una de sus propiedades! ¡Esa hacienda de arroz que quedó con los cultivos quemados!

En menos de cinco minutos había entrado en el despacho de su benefactora, sin anunciarse. Ikumatsu Kiyosato la miraba con curiosidad levantando una ceja.

—Ikumatsu, querida —comenzó Shura—. Quería hablar contigo sobre algo importante: como vendiste el Castillo Katsura de una manera sumamente rápida y simple, me preguntaba si podrías cederme la hacienda de arroz quemada. Como recompensa por mis servicios prestados.

—Dejemos las cosas en claro, Shura —respondió Ikumatsu con lenta severidad—. Cuando te contraté tus funciones fueron dos: ser mentora de Akira y expandir mis propiedades en esta región —hasta que levantó la voz en una reprimenda que dejó a Shura pálida de la ira—. ¡¿Y qué pasó?! ¡Akira se fue de mi lado, y la expansión sólo se dio estando yo aquí a cargo, habiendo dejado mis otros asuntos en Tokyo! ¿Y todavía crees que mereces una recompensa?

Shura sólo se limitaba a mirarla con lágrimas de odio en los ojos.

—Eres un fracaso total —remató Ikumatsu—. No hagas que me decepcione aún más.

Dicho esto, se retiró a dormir.

Shura también se retiró, pero no a sus aposentos. Esperó un buen rato y tomó discretamente un carruaje, jurando que Ikumatsu tendría lo que se merecía.


Shogo Amakusa tomaba plácidamente el té mientras leía unos documentos de compra-venta. Era lo único que lo mantenía distraído del trauma que suponía para él que su hermanita Sayo lo dejara para casarse con Shinomori. Toda su vida, desde la muerte de sus padres, había construido su propia riqueza a fuerza de forja de carácter y mañas, en un intento de proteger y consentir a su hermana. Ahora, ¿a quién protegería si ya no la tenía?

De repente, Kaoru Kamiya se le vino a la mente. Cuando la conoció unos años atrás, pensaba en ella como candidata a esposa, teniendo en cuenta que era hija de un héroe de guerra y maestro de una técnica. La posterior ruina de la familia Kamiya, adicional al carácter indomable de Kaoru, sin dar lugar a la protección que él creía poder darle, hizo que empezara a mirarla con desprecio. Si alguna vez fantaseó con Kaoru Kamiya llevando su apellido, fue un anhelo que rápidamente pudo desechar; aunque algo de resquemor le causaba la entrada de Kenshin Himura a su vida, llegando a cortejarla.

Un sirviente anunciándole la llegada de una visita lo sacó de sus pensamientos.

Era Shura Myoujin.

Él sonrió, presintiendo algo bueno.

—Puedo ver que su patrona se dio cuenta de que es bueno trabajar en sociedad en Hagi —la saludó. Con mal humor, Shura ignoró que no la haya recibido formalmente como correspondía.

—Creí que usted era más astuto, Amakusa-san —replicó Shura—. No soy ninguna recadera y no vine aquí por Ikumatsu. Usted me va a necesitar, se lo aseguro.

—Me admira que haya venido hasta aquí en medio de la noche, así que dígame, ¿qué desea? —quiso saber el hombre.

—Me imagino que aún entre rivales hay un límite de ética —comenzó Shura—. Y como usted sabe, Ikumatsu es más rica, más visionaria, más influyente, más poderosa, más inteligente…

—¡¿Qué demonios quiere?! —la interrumpió Shogo con impaciencia.

—Tengo una propuesta que no podrá rechazar —dijo Shura con solemnidad—. Yo, Shura de la casa Myoujin, brazo derecho de Ikumatsu Kiyosato, Reina del Arroz, me ofrezco como su informante. Lo que significa compartir todos los pasos que usted dé con ella, que es más poderosa, más visionaria y más inteligente que usted —agregó esto último con malicia.

—¿Y usted qué ganaría con eso? —quiso saber Amakusa. Era demasiado bueno para ser verdad.

—Una sociedad —respondió ella con orgullo.

—Pues una empleada de la Reina del Arroz no es la Reina del Arroz —replicó Shogo con crueldad—. Por eso mi interés en tener una sociedad con usted es nulo —luego la despidió con un gesto de la mano—. Así que, si me disculpa, no suelo perder el tiempo con auxiliares.

Ofendida, Shura lo apuñaló con la mirada.

—Puedo garantizarle que está cometiendo un terrible error —le dijo con odio—. Recuerde: se va a arrepentir y va a implorar mi ayuda —y se marchó del lugar para desaparecer en el manto de la noche.

Ya habían sido demasiadas humillaciones en un día.


Después de todo un día de viaje, la comitiva por fin llegó a Hiroshima muy entrada la noche, de donde saldría el último barco hacia Osaka. Consiguieron los boletos justo a tiempo y se aseguraron buenos puestos en primera clase con ayuda de los más adinerados del grupo. Sano, Kaoru y Tomoe al principio se negaron, pero terminando aceptando ante la insistencia de los demás. Sólo Megumi no puso reparos, aún acostumbrada a la buena vida y sin que todavía le cayera del todo el veinte por su nueva situación financiera.

Mientras se alejaban del puerto, con la esperanza de recuperar a Chizuru, borrar al fin a Enishi del mapa y de poder ver hacia un futuro prometedor, Kenshin aprovechó para dar un paseo por la borda mientras los demás dormían en sus camarotes. Vio a los lejos la figura de Kaoru, aún en gi y hakama, contemplando el cielo estrellado.

No desaprovecharía esta oportunidad de estar cerca de ella.

Ella se sorprendió al verlo a su lado.

—Kenshin…

El pelirrojo la miró con una sonrisa en el rostro.

—Kaoru-dono, quiero que sepas que, a pesar de todo, admiro tus decisiones —le dijo con tierna amabilidad—. Es muy valiente tu decisión de vivir en Kyoto, y respeto mucho tu determinación.

Kaoru simplemente no le dio tanta importancia a su propia valía.

—De igual manera, no es tan calculado —replicó con simpleza—. Sólo sigo mis instintos.

Los ojos de Kenshin se tornaron ambarinos a medida que se acercaba a ella.

—¿Y qué te dicen ahora tus instintos? —le preguntó con voz ronca y suplicante.

Kaoru se le quedó mirando fijamente, hasta que, de un momento a otro, se arrojó a sus abrazos para besarlo. Kenshin la estrechó con todas sus fuerzas, quería que el momento durara para siempre y que recuperaran su relación. Ya se veía llegando a Kyoto atrapando a los fugitivos y preparando la boda con la joven, él mismo se encargaría de llevarla todas las veces necesarias al dojo de Toshinaga-sensei. Y tal vez después…

Sus ensoñaciones y el beso fueron interrumpidos por un empujón. Kaoru se había apartado sumamente avergonzada.

—No, Kenshin, basta —le pidió sin poder verlo a los ojos—. Esto es un error.

—¿Y desde cuándo Kaoru Kamiya renuncia a lo que quiere hacer? —le cuestionó el pelirrojo, listo para volver a tomarla en brazos. Ella lo previó y se apartó.

—Bueno, no es raro que yo siga mis instintos —le aclaró, un poco divertida—. Pero tú pareces pelear contra tu propia naturaleza.

Kenshin suspiró. Si ella supiera que hubo una época en la que seguía sus peores instintos, época de la que no se sentía orgulloso. Pero se encargaría de que ella jamás lo supiera, aunque agradecía que a estas alturas nada ni nadie lo haya revelado como Hitokiri Battousai ante ella.

Aquello sería definitivamente el fin.

Pero para distraerse de esos malos pensamientos, sacó de su bolsillo una cinta azul que Kaoru reconoció.

—¿Recuerdas esta cinta? —le preguntó—. La perdiste en la mansión Kiyosato cuando tu hermana cayó enferma. Desde entonces la he tenido conmigo como un talismán y un recordatorio no sólo tuyo, sino de lo que provocaste en mí… no te enojes conmigo por no querer devolvértela.

Kaoru lo observaba en silencio, conmovida.

—No mentí cuando dije que tú me habías transformado —prosiguió Kenshin con tristeza y algo de reproche—. Es una pena que no pasara lo mismo contigo.

Y de vuelta a lo mismo.

—¿Ya ves, Kenshin? —se quejó Kaoru—. Ahora me estás reclamando porque no soy como te gustaría que fuera —luego trató de ser más conciliadora—. Te amo, pero ni tú ni yo estamos listos para ceder —y finalizó—. Tenemos que dormir, necesitaremos fuerzas para llegar a Kyoto y buscar a Chizuru.

A continuación, se retiró, dejando a un mudo Kenshin alicaído y al mismo tiempo con esperanzas por ese "te amo".