CAPÍTULO 2:
NOCHE DE LAMENTOS
Los Ángeles, Ex Lux
Bar
Trabajar para Lucifer no era tan diferente a los empleos de corta duración que había tomado en lo estrechos de Gótica al quedarse solo en el mundo, solo tenía que servir tragos y preparar distintos tipos de bebidas alcohólicas a completos desconocidos que tampoco quería conocer realmente. La única diferencia notable era que, ahora, también tenía que servir tragos a criaturas que distaban mucho de la humanidad, seres que solo habría imaginado a través de los relatos que solían acompañar sus noches carentes de patrullaje y las historias que Zatanna solía compartir con él cuando visitaba la mansión.
En otras circunstancias, Jason nunca habría pensado que una ciudad como Los Ángeles podría presumir de tanta actividad paranormal. Sabía que el lugar solía ser conocido como la "Ciudad del Pecado", pero nunca había pensado que fuera tan literal. Se preguntaba una y otra vez si John Constantine sabía algo de todo esto, pues nunca había mencionado a la Liga que el mismísimo diablo vivía su retiro eterno en una ciudad estadounidense debajo de las narices de los héroes más grandes del mundo.
Los demonios, los monstruos y los humanos bailaban al ritmo de la música a su alrededor, los clientes en la barra eran menos de los que esperaba, las luces en los techos bañaban la pista y las mesas de los tragos, bailarinas de todo tipo de apariencia realizaban su rutina encerradas en unas jaulas colgantes del techo con nada más que un tubo en medio.
Jason no podía entender por qué, pero muchos de los humanos que llegaban a este sitio se detenían gustosos para ver bailar a algunas de estas mujeres con escamas en lugar de piel, ojos felinos debajo de cuernos de distintos tamaños, colmillos escondiendo lenguas tan delgadas como las de una serpiente y colas en la zona de la espalda de baja. Por supuesto, las bailarinas tenían distintos rasgos que las diferenciaban, algunas solo tenían cuernos o antenas, más de dos brazos o incluso dos cabezas; pero eran las de piel escamosa que más llamaban su atención, aunque no sabía si era solo por los recuerdos persistentes de Waylon Jones en las alcantarillas y lo difícil que era someterlo incluso con la ayuda de Bruce.
Aún tenía presente aquella vez en que su mentor se había visto obligado a dejar la Tierra temporalmente junto con la Liga, dejándolo solo con la ayuda de Nightwing y Oráculo para defender Gótica. Cuando tuvieron que enfrentar a Killer Croc, la situación se les había ido de las manos y Jason se había visto obligado a llamar a Kara para que los ayudara. Bruce no se sintió muy contento al volver y enterarse de que un metahumano había entrado a su ciudad sin permiso, pero a Jason no pudo importarle menos en ese instante.
El solo recuerdo de su novia lo hizo agachar la cabeza con lástima, le había hecho una promesa a su chica y había sido imposible cumplirla. No quería imaginar cómo debió torcerse su rostro cuando le llegó la noticia de que su pareja había fallecido a manos del mismo loco que Batman y Robin habían perdonado tantas veces.
Bueno, el lado positivo es que eso no duraría mucho más tiempo. Después de todo lo que había hecho y ahora esto, la paciencia de Bruce debía haber llegado a su límite y debía estar buscando venganza por su hijo muerto. Lo único que lamentaba era no poder estar presente cuando Bruce hallara finalmente al payaso e impartiera la verdadera justicia.
Era el único consuelo que le quedaba en estos momentos.
– Te ves distraído –. Comentó una voz de pronto.
Lorin Hammon, no conocía de mucho a este chico que parecía ser solo unos años mayor que él, pero le tenía cierto aprecio al ser el único atisbo de normalidad en este sitio sobrenatural. El chico era solo un poco más alto que él, su rostro era alargado, su cabello oscuro tapaba la parte derecha de su rostro, sus ojos eran claros y su expresión era amable. No destacaba físicamente, era delgado y no parecía tener mucha constitución. A sus 15 años, Jason podía decir, sin miedo a equivocarse, que era más ancho y fuerte que Lorin. Si el chico más alto fuera conflictivo con él, no le tomaría mucho trabajo someterlo.
Por suerte, Hammon era de sonrisa fácil y carácter amable, así que no se preocupaba por él. Lo cual era bueno, pues no tendría que cruzar golpes con el novio de Lorin.
– ¿Tú crees? –. Respondió Jason con sarcasmo.
– No creo, lo sé –. Corrigió el pelinegro mayor tomando asiento en la barra.
A diferencia de la barra vista en la habitación de la pareja hecha en el infierno, la del bar principal estaba hecha de cristal y se sostenía gracias a patas metálicas grisáceas sobre una estructura de mármol negro, respaldada por una estantería de cristal iluminada en el muro, con docenas de licores diferentes presenciando la fiesta y esperando ser servidos.
– ¿Sucede algo? –. Preguntó Lorin con preocupación.
– Nada de qué preocuparse –. Respondió el difunto alejándose de la barra para mirar los estantes detrás de él –. ¿Quieres algo de beber?
– Prefiero que me digas la verdad –. Respondió el mayor juntado sus manos sobre la barra –. ¿Son las chicas? No creo que los jefes te impidan tener una si lo pides.
– No es eso –. Respondió el pelinegro más joven acariciando su propio rostro con cansancio.
– Pero sí es algo –. Asintió Hammon con una sonrisa burlona.
Hablar con Lorin no era muy diferente de hablar con Roy, ambos podían leerlo con aparente facilidad. La principal diferencia entre ambos era que Harper tuvo mucho tiempo para conocerlo, mientras que Hammon solo lo conocía de unos pocos días.
Sería escalofriante lo bien que estas personas leían sus emociones o lo malo que era él para esconderlas de no ser porque Jason mismo estaba consciente de que no estaba haciendo un buen trabajo. Había intentado por todos los medios realizar su trabajo e ignorar el dolor que trataba de esconder, pero sus propios pensamientos le jugaban en contra.
El sonido del cristal de los vasos contra el vidrio de la barra se perdía en su mente y se confundía con el martillar de la palanca contra su carne magullada, la imagen del alcohol dispersándose en el interior de los vasos lo devolvía a los momentos en que su propia sangre se derramaba en el suelo, proveniente desde su boca ensangrentada y sus heridas abiertas, las risas de los clientes en la pista de baile lo hacían recordar aquellas risas retumbantes, provenientes de una boca con labial y sangre en los labios.
No dejaba de contar los días para finalmente llegara la llamada "Muerte de los Eternos" de regreso al club, no con la noticia de su poco anhelado descanso ininterrumpido, sino con el aviso de que el maldito que le había hecho esto finalmente había caído. No tenía muchas ganas de descansar eternamente sabiendo que su asesino seguía suelto, prefería seguir trabajando en la barra de Ex Lux hasta recibir la noticia y sentirse mucho más tranquilo.
Bruce se estaba tardando demasiado, sabía que el maldito del maquillaje era bueno escondiéndose, pero esto era demasiado. ¿Sería posible que estuviera evitando Gótica? No, algo así sería impensable, más aun considerando que alguien como él nunca perdería la oportunidad de jactarse de su trabajo en el propio terreno del murciélago.
Tenía que estar en Gótica, avisando a todos los demás maleantes que Batman ya no tendría piedad con ninguno de ellos. Eso sí lo sabía, Bruce ahora era más violento con los criminales, no mataba a ninguno, pero rompía todos los huesos que fueran necesarios con tal de neutralizarlos. Jamás podría olvidar las declaraciones de un Edward Nygma muerto de pavor en las noticias por obra de Batman después de su último arresto.
Solo era cuestión de tiempo, el payaso no podría esconderse por siempre. Tarde o temprano, Batman lo encontraría y cuando eso sucediera, se escucharía la última risa de uno de los criminales más peligrosos de Gótica.
Debería estar a su lado cuando ese día llegara, Bruce no debería enfrentar todo esto por su cuenta, tenía a Dick, a Barbara y Alfred para ayudarlo en su misión y sanar sus heridas, así como tenía a Zatanna y al resto de la Liga para desahogarse, pero necesitaba a su Robin. Era Jason quien solía acompañarlo en cada patrulla y cada misión desde que se encontró en la capacidad de hacerlo, era Jason a quien Bruce llamaba compañero y era a quien primero debería poder acudir en estas circunstancias, pero no podía.
Estaba muerto y los culpables eran dos, pero no era a su torturador y asesino quien más dolor le causaba incluso después de la muerte, era a la responsable de su desgracia, aquella que lo había entregado en bandeja al peor enemigo de Bruce y luego había compartido su destino involuntariamente, quien más ardor producía a la herida aún sin cicatrizar.
– Entonces, ¿me dirás quién es ella? –. Preguntó el pelinegro vivo desde el otro lado de la barra.
– Creo que no –. Dijo Jason en respuesta con un suspiro.
Lorin solo asintió en aceptación de su negativa a hablar, parecía estar un poco decepcionado por su incapacidad para hacerlo hablar, para motivarlo a compartir sus problemas, pero no debería hacerlo. Había estado solo mucho tiempo, sobreviviendo por su cuenta, hasta que llegó Bruce y le enseñó a enterrar sus problemas y dudas en el fondo de su mente.
No era culpa de Lorin, es solo que ya se había acostumbrado a vivir así.
– Que curioso –. Se burló Jason mentalmente al repensar sus palabras.
"Vivir", técnicamente, ya no podía usar ese verbo para referirse a sí mismo y un solo vistazo a sus manos era capaz de recordárselo. Su piel estaba más blanca que antes, sabía que un solo toque podía ser más frío que la heladera de Mr. Freeze, podía pasar su mano por su pecho y no sentir ningún latido, podía mantenerse sin respirar cuanto tiempo quisiera porque sus pulmones ya no funcionaban, ya no necesitaba aire en esta nueva etapa de su existencia.
– De acuerdo, pero si quieres hablar un día, no importa para que sea, puedes… –. Comenzó Hammon antes de que Wayne alzara su mano para detenerlo.
– Puedo contar contigo. Lo sé –. Asintió el difunto con una pequeña sonrisa.
De haberlo conocido en vida, habrían sido buenos amigos. Era una pena que el destino hubiera elegido una forma tan cruel de hacerlos conocerse. Casi parecía una broma de mal gusto.
De pronto, una enorme figura se cernió sobre ambos humanos, una gran sombra proyectada por un hombre alto, de hombros anchos, cabello largo y alas en la espalda. Lorin pareció emocionarse brevemente al distinguir la imagen del nuevo elemento en la barra.
El arcángel Rafael era toda una visión para los ojos de un mortal. A diferencia de Lucifer, este arcángel sí que se parecía a todas las descripciones que había oído de parte de los religiosos pederastas que intentaban atraerlo en las calles sin éxito.
El cabello del ángel era rubio, casi tan brillante como el de Lucifer, su rostro estaba marcado con un par de cicatrices de batalla en el marco de su cara, sus brazos eran largos y delgados, pero bien construidos para una vida de batalla que exigía agilidad y fuerza por igual. Solo habían dos elementos en el hombre que desencajaban por completo de las descripciones clásicas de la humanidad: una eran sus alas y la otra eran sus preferencias.
Los apéndices en la espalda de Rafael no eran blancos como los del dueño del club, eran de un verde brillante que sobresalía entre los demás invitados con colores apagados u oscuros, y unas manchas amarillas con azul y rojo en el centro decoraban el plumaje verde del arcángel.
En cuanto al segundo elemento, Jason nunca habría imaginado que los ángeles también podrían ser homosexuales, aunque tampoco debería ser sorpresa. Después de todo, si Lucifer era capaz de hallar el aparente amor en los brazos de su esposa demonio, no sería descabellado que otros ángeles pudieran hacer lo mismo en los brazos de los humanos, tal como Rafael lo había hecho con Lorin.
Era, hasta cierto punto, gracioso, como si todo en Ex Lux estuviera construido para desafiar las expectativas que la humanidad tenía acerca de los ángeles y los demonios. El diablo no era un torturador sediento de poder que se regocijaba en el dolor de sus prisioneros, era un empresario exitoso cuya única meta en su existencia infinita era vivir cómodamente en el club que había formado, no todos los demonios eran criaturas sedientas de sangre y batalla que disfrutaban torturando almas culpables, muchos de ellos solo eran seres con la única meta de ganarse la vida y no volver al páramo de fuego y azufre que era el infierno. Por otro lado, los ángeles no eran esos seres de luz y perfección que se presumían, eran personas con sus propios deseos, metas, sueños y preferencias en busca de una eternidad cómoda.
Tres años de aventuras con Batman, los Jóvenes Titanes y la Liga de la Justicia lo habían preparado mentalmente para este tipo de cosas y, por suerte, nunca había sido el creyente más grande de su ciudad natal. Enterarse de todas estas cosas no era tan difícil para él, así como tampoco lo eran digerirlas.
– ¿Nos vamos? –. Preguntó Rafael a su pareja, posando su mano en el hombro del joven.
– Seguro –. Respondió el humano antes de regresar su mirada al terrícola –. Ya sabes, llámame si un día quieres hablar.
– Claro –. Asintió el antiguo compañero de Batman al ver a la pareja retirarse.
– Joven Wayne –. Dijo Rafael educadamente a modo de despedida.
– Señor Rafael –. Respondió Jason agachando brevemente la cabeza.
Cuando los enamorados finalmente desaparecieron entre la oscuridad que escondía la salida del club, Jason se inclinó sobre la barra para recoger uno de los vasos que ya habían limpiado con anterioridad. Esta noche, pocos clientes se acercaban a la barra, así que no había nadie a quien servirle y lo odiaba. No sentía especial amor por el trabajo de barman, era especialmente aburrido y carecía de todo rastro de la emoción a la que se había acostumbrado desde niño, pero era mejor que estar solo y desocupado.
Amelio limpiaba todo muy bien por su cuenta, pero Jason no toleraba la idea de no hacer nada en estas circunstancias. Mantenerse ocupado era la única forma que conocía de no pensar en sus problemas, pero el demonio mosca no se lo hacía fácil.
Instintivamente, su mirada se desvió a la zona de las mesas superior, donde su compañero de trabajo entregaba todo tipo de bebidas en una bandeja a los múltiples clientes que podían darse el lujo de tener una zona reservada para ellos en la zona más alta del primer piso del club, donde podían sentarse a disfrutar del animado ambiente con la compañía que fuera de su preferencia.
Habría preferido estar con él ahí arriba, pero Amelio, sin decirle una sola palabra, lo había detenido en seco, usando una de sus patas negras para indicarle que cuidara el bar mientras él estaba fuera. Nunca pensó que llegaría el día en que una mosca humanoide gigante le dijera que hacer, pero así había sucedido.
Ahora, una noche que le resultaba especialmente aburrida se había convertido, naturalmente, en un paseo por la selva de sus pensamientos solitarios, llenos de culpa por su fracaso y su ingenuidad, de rabia contenida por su situación y lamentos vacíos que no le ayudarían en nada. Solo podía ver con estoicismo como estos demonios y criaturas sí disfrutaban la noche en compañía de humanos que no les temían, mientras limpiaba vasos sin usar a modo de distracción pobre.
Por más que lo deseó, por más que lo anheló, por más que suplicó a su mente burlona y cruel, sus recuerdos se desviaron inevitablemente a aquel almacén maldito.
Etiopía
Hace 1 semana
Hubo momentos en lo que más deseó fue conocer a su madre, estrecharla entre sus brazos y decirle que no sentía ningún tipo de enojo hacia ella, que la entendía y no la culpaba, que solo quería conocerla y que ella lo conociera a él.
Definitivamente, esos momentos se habían acabado.
– ¡Jason, sigues con vida! –. Exclamó la mujer sorprendida.
Apenas, se arrastraba por el suelo adolorido, ensangrentado y con múltiples fracturas en el cuerpo. La sola idea de apoyarse sobre sus piernas ya hacía que dichas extremidades le temblaran. Estaba seguro de que debía estar hecho un desastre irreconocible entre sangre y moretones, arrastrándose con la poca fuerza que le quedaba hasta la mujer que había significado tanto para él en tan poco tiempo.
– Tengo… que… sacarte… de… aquí –. Musitó Jason tan fuerte como pudo.
El solo hecho de respirar ya era increíblemente doloroso, hablar era una tortura superior a los entrenamientos más extenuantes de Bruce, pero tenía que resistir, solo un poco más, solo tenía que arrastrarse un poco más y llegaría finalmente a su objetivo.
Y la puerta que lo llevaría directamente a la libertad y le daría una oportunidad de ponerse a salvo solo podía presenciar como la ignoraba para dirigirse hacia su madre.
– No, no lo merece –. Se regañó mentalmente mientras seguía su camino.
"Sheila Haywood", nada más que eso, esta mujer no era su madre, una madre nunca podría traicionar a su hijo como ella lo había hecho. Nunca podría olvidar como lo entregó voluntariamente a la basura más grande del universo solo para cubrir sus deudas. Alguien así no podría ser su madre, nadie así debería ser madre.
La voz más vengativa en su mente le decía que la dejara, tenía tiempo, podía darle la espalda y dirigirse a la salida donde podría, con un poco de suerte, ver a Bruce acercándose en su motocicleta. Había pasado tanto tiempo anhelando ver a la madre que lo había abandonado, que no se había permitido disfrutar en su totalidad al padre que el destino le había dado y lo lamentaba profundamente. Solo quería que Bruce partiera esa maldita puerta que lo veía fijamente, que lo acogiera en sus brazos y lo llevara a casa. Quería estar una vez más en la seguridad y calidez de la mansión, quería probar una vez más el té y las galletas que solo Alfred sabía preparar, compartir bromas con Dick y con Roy, besar una vez más los labios de Kara, sentir el abrazo de su padre nuevamente, aquel al que ambos habían rehuido por tanto tiempo.
Pero no podía, tenía la oportunidad, pero no podía tomarla. Sheila Haywood era muchas cosas, pero también podía ser contada como una de las víctimas del payaso y necesitaba ayuda, por más que no la mereciera.
Salvar a quien lo necesitara era el principio a través del cual se había entrenado y debía honrarlo, porque esa sencilla frase representaba todo lo que era y lo que quería ser un día, el héroe en que esperaba convertirse, el faro de esperanza que Bruce también quería ser, el guía al que millones de almas pudieran acudir cuando necesitaran de un protector. Era Robin y asumir ese papel significaba hacer a un lado los sentimientos personales y velar por el bien de las personas, sin importar si lo merecían o no.
No podría vivir el resto de su vida sabiendo que pudo haber salvado una vida, solo para no hacer nada.
No era así, no podía serlo. Jason Wayne no era perfecto, pero jamás podría permitir que una vida se perdiera si tenía la oportunidad de evitarlo.
– Te... salvaré… –. Juró Robin con sangre en su boca.
00:25
Tenía tiempo, aún tenía tiempo. Dudaba que fuera capaz de salir de aquí con vida, pero al menos salvaría a la mujer que lo había hecho tan feliz en menos de un segundo. Solo tenía que soportar el dolor un poco más, erguirse lo suficiente desde su posición en el suelo para desatar a la rubia que se agitaba con miedo, sin despegar los ojos de los explosivos que el payaso les había dejado.
– Solo… un poco… más –. Dijo el pelinegro batallando con las ataduras.
Su espalda le dolía, torcerla de esta manera desde el suelo era un martirio que nunca había soportado antes, sus dedos temblaban mientras movía tan rápido como podía las ataduras y los extremos de la soga, su visión era borrosa debido a las múltiples lágrimas que salían de sus ojos y se perdían en su antifaz roto, decorado con la sangre de su cara maltratada.
00:15
– Jason, tienes que salir de aquí. Esa cosa nos matará a ambos –. Recordó la mujer al herido héroe.
No la escuchó, no quería hacerlo, eso lo había metido en todo este lío para empezar. Si hubiera cumplido su promesa a Bruce de esperar, nada de esto estaría pasando. Pero tuvo la desgracia de dejarse llevar por sus emociones, estaba tan desesperado por ayudar a su madre que no había pensado en lo que eso podría hacerle.
Estaba aquí por ella, porque ella lo había vendido como un pago, porque ella nunca lo quiso realmente y no había sido más que un peón en un juego que se había puesto en su contra.
Quería gritar, sabía que Kara estaría atenta a toda señal de auxilio que su novio pudiera emitir, pero apenas podía pronunciar palabras cortas entre quejidos. Gritar con la fuerza suficiente para que Kara lo oyera sería imposible, podía sentir que moriría en el intento y no estar ni cerca de conseguirlo.
Tenía que hacer esto por su cuenta, al menos, hasta que Bruce llegara a ayudarlo.
00:10
– Listo –. Murmuró Robin antes de derrumbarse en un pequeño charco de su propia sangre.
No tenía fuerza para nada más, Haywood estaba en mejores condiciones que él y podría salir de aquí con relativa facilidad. Sabía que iba a morir, no tenía las energías para si quiera pensar en huir de este sitio de muerte y no podía escuchar el rugir de la moto de Bruce, pero no le importaba mucho realmente. Moriría sabiendo que hizo lo correcto, que a pesar de todos sus desacuerdos, peleas y diferencias, enorgullecería a Bruce una vez más y les demostraría a todos que era mucho más que el reemplazo de Dick Grayson.
00:09
Suaves manos pasaron por debajo de su cuerpo lastimado, alejándolo con delicadeza de su sangre derramada en el frío y sucio suelo. La silueta de Haywood se veía ensombrecida por la oscuridad de este almacén maldito que los protegía vagamente del frío del exterior.
– Vamos, hijo –. Trató de animar la mujer al chico, intentando levantarlo –. Saldremos de aquí.
Quería decirle que se callara, que no tenía derecho a llamarlo así, solo existían dos personas en este maldito mundo que podían llamarlo de esa manera y una de ellas ya estaba muerta: su verdadera madre, Catherine Todd.
00:08
Pero había algo en su tono, algo que le decía que aún podían lograrlo, que no era demasiado tarde. Tal vez, solo tal vez, podría ver a su familia de nuevo si la seguía. Solo tenía que levantarse y pensar en todos aquellos que lo esperaban en casa.
00:07
– Vamos, podemos lograrlo.
Podía hacerlo, tenía que hacerlo, un último esfuerzo y todo valdría la pena. La voz de la mujer se perdía con facilidad entre sus pensamientos, pero no le importaba, solo tenía mente para salir de este infierno oscuro y frío.
– Batman no debe estar muy lejos.
00:06
Era cierto, claro que era cierto, Bruce nunca lo dejaría. Debía estar corriendo ahora mismo para salvarlo, preparándose para sacarlo de aquí tan rápido como fuera posible y devolverlo a casa.
Solo tenía que pensar en eso y podría reunir la fuerza para salir de aquí.
00:05
– Eso es –. Felicitó la mujer pasando el brazo de Robin alrededor de sus hombros mientras avanzaban –. Solo un poco más.
Se permitió tener esperanza una vez más cuando escuchó el familiar rugido de un vehículo de alta tecnología barriendo el pavimento en su camino, partiendo la distancia que lo separaba de su objetivo y preparándose para alejarlo de este lugar de mala muerte.
00:04
Se permitió tener esperanza al imaginarse a sí mismo regresando a casa para compartir bromas y malos chistes con Dick y el resto de los Titanes.
00:03
Se permitió tener esperanza al verse a sí mismo compartiendo la mesa con Alfred, Barbara y Bruce una vez más, esperando pacientemente la cena que el hombre que se había convertido en el abuelo que nunca tuvo preparaba con un amor que solo ellos podían presenciar y experimentar.
00:02
Se dejó llevar por la imagen de él mismo compartiendo un espacio con Diana y Zatanna, platicando de todo tipo de temas emocionantes mientras las mujeres se reían con ánimo de sus tonterías. Se imaginaba leyendo una vez más junto a la Mujer Maravilla, ya se podía ver maravillado con los trucos de magia que Zatanna querría mostrarle a él y a Bruce en la mansión, tratando de disimular el sonrojo que le causaba la mirada alegre del multimillonario y su pequeña sonrisa.
00:01
Podía verse a sí mismo compartiendo aquel abrazo con su padre que nunca pensó que querría verdaderamente hasta hoy.
00:00
La última imagen que abordó su mente antes de que el negro, el blanco y el rojo se vieran reemplazados por una ola de amarillo y naranja fue la de un hermoso ángel, carente de alas, pero con una llamativa capa roja en su lugar, vestido con un conjunto azul brillante y una enorme S dorada en el pecho, tan dorada como su cabello rubio.
– Lo siento, Kara. Te amo, hermosa.
Los Ángeles, Ex Lux
En el presente
– Te permitimos quedarte aquí a cambio de que atiendas a los clientes, no para que los espantes.
Saliendo de sus pensamientos rápidamente al escuchar aquella voz tan familiar, Jason sacudió la cabeza para obligarse a volver a su nueva realidad y prepararse para devolverle la mirada al hombre que había cortado el tren de sus pensamientos.
– Lo siento, señor Lucifer –. Se disculpó Jason al reconocer al diablo apoyado junto a la barra con su esposa al lado.
El uso de títulos nobiliarios y términos de respeto para referirse a los jefes del lugar no había sido su primera opción a la hora de trabajar en el club, había tratado de llamarlos jefes, pero la palabra lo hacía recordar sus días en los estrechos y no se atrevía a llamarlos por sus nombres, aun si ellos no parecían tener problema alguno con eso, sabía que no muchos invitados se alegrarían al ver a un empleado llamando a las máximas autoridades del infierno por sus nombres. Así que, al descartar las opciones, se decidió a seguir el hilo de los demás y ambos jefes se habían convertido en el "señor Lucifer" y "Lady Mazikeen".
El rubio vestía un traje elegante, como ya era su costumbre, la chaqueta, los pantalones y los zapatos negros ya eran casi parte indispensable de su atuendo, aunque esta vez no se encontraba por ningún lado la camisa blanca que se refugiaba debajo del abrigo; en su lugar, llevaba una camisa oscura de botones abrochados hasta el cuello. Sus alas no eran visibles por ningún lado, por lo que debía mantenerlas retraídas en su espalda.
Por otra parte, Mazikeen vestía mucho menos formal que su esposo, optando por unos pantalones negros ajustados sobre un par de botas de cuero negras con tacón plano, una camisa sin mangas oscura y una chaqueta roja opaca en sus hombros, mientras su máscara y corona se mantenía inamovible en la parte demoníaca de su rostro. Sus alas se escondían detrás de sus hombros, sobresaliendo las garras que tenían en el vértice de ambos apéndices.
La ropa de ambos se veía muy pulcra y bien cuidada, un interesante contraste con su uniforme de barman y mesero desarreglado. En su defensa, nunca había sido bueno para vestir trajes formales, solo los usaba cuando tenía que salir a un evento con Bruce y siempre se iba temprano con Alfred, a veces con su padre y otras veces, sin él.
– Normalmente, no nos importarían tus problemas, siempre y cuando no interfieran con tu trabajo –. Comenzó la reina tomando asiento en la barra.
– Sin embargo, eso es justo lo que está pasando –. Completó el diablo por su esposa mientras tomaba asiento a su lado –. Con las caras de demonio del infierno que pones, nadie se quiere acercar a la barra.
– Entonces, cuéntanos –. Suspiró la demonio mirándolo fijamente.
– Y será mejor que no mienta, porque lo sabrán –. Concluyó Jason con el discurso compartido de la pareja.
¿Qué podía decir? Lo habían atrapado con las manos en la masa. No era tonto, sabía que la expresión de mal genio en su rostro espantaba a muchos de los clientes y generaba rechazo en los demás. Había tratado de cambiarla, pero le resultaba imposible lograrlo y su problema finalmente había llegado a los jefes.
– Yo… bueno… –. Trató de comenzar Jason, buscando las palabras indicadas para comenzar.
Dudaba mucho que al señor Lucifer le importara realmente lo que dijera, por lo que había visto a lo largo de la semana, el ángel caído era bastante ajeno a los problemas de los demás. No era de sorprenderse, el mundo había corrido peligro un sinnúmero de veces y el diablo nunca había hecho nada para detener a Darkseid, a Trigon o alguna de las múltiples amenazas que la Liga y los Titanes habían enfrentado, los problemas de un alma perdida realmente deberían ser poco para él.
Se podía imaginar comentándole el problema a su jefe solo para ser ignorado y rápidamente descartado. No obstante, grande fue su sorpresa cuando el caído se inclinó sobre la barra, enviando una de sus manos hasta el interior de la barra, al lado opuesto del sector para clientes, para sacar una botella de vodka escondida detrás de las puertas de madera de la mesa.
– Adelante –. Dio paso Mazikeen al chico mientras su esposo tomaba tres vasos.
No sabía que decir, ¿en verdad querían oírlo? ¿Estaban dispuestos a sentarse con él en la barra para conversar sobre sus problemas? En otras circunstancias, habría encontrado el gesto conmovedor, pero no se atrevía a asegurar la bondad de los monarcas del infierno. No era ingenuo, no estaban con él porque les preocupara, sino para evitar que sus pensamientos siguieran dañando su eficiencia en el trabajo y en el rendimiento de la barra.
Sabía que su preocupación nacía de la mera conveniencia, Bruce le había enseñado a sospechar de todos a su alrededor, así que no podía bajar la guardia. Por desgracia, a pesar de saber todo eso, no podía evitar que su corazón herido encontrara la preocupación de ambos demonios conmovedora.
– Comienza, chico –. Incentivó Lucifer al humano, batallando con su indiferencia y extendiéndole un trago de vodka en uno de los vasos.
Considerando todo lo que estas personas sabían de ellos, y todo lo que aún podían averiguar, dudaba seriamente que no tuvieran idea de la raíz de sus problemas. No supo cómo, no supo exactamente cuándo, ni por qué lo hizo, pero terminó hablando.
Lucifer y Mazikeen tenían facilidad para transmitir imponencia y confianza al mismo tiempo, eran capaces de ser aterradores y atrayentes al mismo tiempo. No sabía si podía atribuírselo a sus propias heridas y a su carencia de gente de auténtica confianza a la cual acudir o a la confianza que ambos demonios tenían facilidad para generar, pero habló.
Los asuntos personales siempre solían quedarse de lado hasta el momento en que tuviera a Alfred, Bruce, Kara o alguien de confianza que lo escuchara. Por desgracia, no tenía a nadie de su familia al alcance, estaba muerto para todos ellos y no quería que dos de los seres más poderosos que había conocido en su vida lo pusieran en la mira de sus atenciones e intereses solo por no hablar.
– Supongo que ya conocen a Sheila Haywood –. Comenzó Jason ignorando su vaso, mientras veía a la reina asentir y al diablo forzarse a escuchar.
Ciudad Gótica, Callejón del Crimen
Ya había perdido la cuenta del número de veces que había venido a este maldito sitio, el sinnúmero de veces que había recorrido las azoteas deterioradas y sucias o las calles contaminadas de delincuentes que corrían con solo ver su sombra proyectada delante de las pobres luces defectuosas que iluminaban las calles, la infinidad de ocasiones que había vuelto a este sitio maldito a llorar en silencio bajo la seguridad de su máscara.
Por mucho tiempo, se había tratado de convencer de que era mucho más que eso, pero esta noche no podía. Solo podía pensar en cómo el rostro que había logrado construir con tanto éxito y que se había convertido en aquel que enseñaba a todo el mundo, permitiéndole enterrar en las profundidades de su mente al hombre frágil que había prometido nunca volver a ser, se derrumbaba entre las sombras de la impotencia, el dolor y la frustración.
Alfred había tratado de convencerlo para que descansara, para que lamiera sus heridas y sanara en la seguridad de su hogar, pero no podía, no todavía. No descansaría tranquilamente hasta detener al maldito que había amenazado con destruir a su familia y casi tenía éxito, dándole un duro golpe a todos.
– ¿¡Dónde está!? –. Rugió con furia a la escoria que se retorcía en el suelo.
El criminal lloraba envuelto entre lágrimas y sangre, suplicando misericordia e insistiendo en que no poseía la respuesta a su única pregunta. No entendía porque insistían en mentirle, no ganarían nada negándole la información que quería, solo otra golpiza que destrozaría lo que quedaba de su esqueleto.
Aún tenía presente el sonido que habían producido sus huesos hasta agrietarse y romperse como una rama seca, el sonido de los gritos de dolor silenciados rápidamente cuando sus nudillos cubiertos por metal derribaron un par de dientes, que salieron disparados hacia el suelo con la compañía de sangre y saliva mezcladas.
El hombre no podría levantarse, no podría correr y mucho menos caminar, ni siquiera podría mover sus dedos deformados por las numerosas rupturas a las que los había sometido. Lo único que podría hacer en estas circunstancias sería reunir los pensamientos necesarios para dar la información que estaba buscando, aunque fuera solo en suaves murmullos.
– Yo… –. Trató de hablar el esbirro, buscando evitar que el pequeño charco de su propia sangre se filtrara demasiado en su boca.
– ¿¡Ya recordaste algo!? –. Exclamó con rabia una vez más.
Levantó al sujeto solo con el tirón de una mano, no pesaba tanto como había creído originalmente, someterlo había sido demasiado fácil.
El delincuente se quejó una vez más cuando lo estrelló con violencia contra el muro hecho de ladrillos viejos y cemento más cercano. No tuvo tiempo de derrumbarse nuevamente cuando alcanzó a posar su mano sobre su cuello para mantenerlo en su lugar.
Desde su posición, era difícil decir con exactitud cuando sus guantes pasaron de negro a rojo con tanta agresividad.
– ¡Habla! ¡Dime dónde está! –. Exigió azotando al hombre una vez más contra el muro.
– No… lo… sé… –. Repitió con dificultad nuevamente, batallando con la sangre en su boca.
Después de horas en este doloroso proceso, el tonto seguía pensando que se creería ese pobre intento de excusa barata.
– Como quieras –. Escupió con asco al ver la loca devoción de este criminal hacia su jefe.
Levantó su puño una vez más, estaba listo para repetir las horas de castigo las veces que fueran necesarias con tal de obtener la respuesta que estaba buscando desde hace horas, había pasado toda la noche peinando la zona e interrogando a todos los que podía para cumplir su más reciente objetivo, pero ninguno de estos esbirros y esclavos había elegido el camino y preferían repetir una y otra vez la misma tontería que el anterior.
No lo sé.
Sus nudillos estaban listos para repetir el ciclo, sus puños estaban sedientos de la sangre que acompañaba la justicia, su mente le indicaba que hiciera esto las veces que fueran necesarias con tal de cumplir su meta y su voluntad no flaquearía, no volvería a fallar a nadie más de la misma manera que le había fallado a él. Pero una voz lo detuvo.
– ¡BRUCE!
Ese nombre, ese maldito nombre que no quería ahora, lo detuvo en seco. No era solo la palabra la que produjo tal hazaña, no era solo el significado de ese nombre lo que congeló su puño a unos pocos centímetros de la cara del matón, sino la voz que lo pronunció en primer lugar. Aunque tratara de convencerse de lo contrario, aunque tratara de obligarse a ignorarla y seguir asumiendo el rol que la máscara sobre su rostro representaba, no podía.
La familiar dulzura de esa voz jamás podría ser ignorada por su subconsciente, la preocupación palpable en su tono y el afecto marcado en las bellas facciones de ese rostro siempre tendrían facilidad para evitar que recayera en su punto más bajo.
Con un suspiro de resignación, Batman dejó caer el cuerpo inconsciente de la víctima de sus interrogatorios y dejó que fuera la voz de Bruce Wayne la que respondiera.
– ¿Por qué estás aquí, Zee? –. Preguntó dándole la espalda a la mujer.
Zatanna Zatara se deslizó con cuidado entre las rupturas del pavimento, las gotas de agua cayendo desde las tuberías rotas, los charcos formados en la escasa profundidad de las grietas y el rastro aleatorio de cuerpos inconsistentes tirados en el suelo, cada uno con su propio charco de sangre y dientes cerca de la boca.
– ¿Qué por qué estoy aquí? Estaba preocupada, tienes a todos en la mansión muertos de angustia –. Respondió la maga acercándose lentamente al encapuchado –. No has contactado a Alfred, cortaste la comunicación con Oráculo, Nightwing quería venir para asegurarse de que no hicieras algo de lo que pudieras arrepentirte.
– Eso no responde mi pregunta –. Dijo el hombre cubriendo su rostro con su mano enguantada –. ¿Por qué estás aquí?
Sonaba estúpido y más viniendo de él, pero quería oírlo. Se había sumergido por tantas horas en su propia oscuridad, que necesitaba que un faro de luz lo guiara una vez más lejos de sus propias sombras.
Sabía que estaba mal todo lo que había estado haciendo durante toda la noche, pero también sabía que era necesario. No sabía que sentir con exactitud, ni siquiera era un hombre que se caracterizara por dar mucha relevancia a lo que sentía y tal vez ese había sido uno de sus más grandes problemas, reconocía el filo de la culpa penetrando la capa frágil de su corazón lastimado, le había dado la bienvenida a la adrenalina que acompañaba su furia latente al ponerse el traje y distinguía con precisión el amargo sabor de la familiar impotencia nacida de la tragedia.
– Vine para llevarte a casa. No has descansado nada desde que volviste y no intentes negarlo, sabes que te conozco –. Dijo Zatanna nuevamente después de un momento callada –. Vámonos ya, Bruce. Fue suficiente por una noche.
No sabía que hora era, pero no sé sorprendería si el sol se asomara de pronto entre los edificios de la ciudad. Normalmente, le daría la razón y regresaría a la mansión para prepararse a enfrentar un nuevo día. Sin embargo, esta vez no podía. El maldito que le había arrebatado a su muchacho seguía suelto en alguna parte y tenía que encontrarlo antes de que otro padre tuviera que verse obligado a hallar el cadáver de su hijo.
Se había prometido hace mucho tiempo que ningún otro niño tendría que ver morir a sus padres nuevamente en esta ciudad, pero nunca había pensado en los padres que tendrían que ver morir a sus hijos como él mismo se había visto obligado a hacer.
– Aún no –. Musitó Batman dando un paso en la dirección opuesta a la de la maga.
No podía negar su propio cansancio, sus párpados pesaban, su mente no funcionaba de forma tan aguda como de costumbre y sus músculos agotados flaqueaban, suplicándole una pausa. No podía negar que la idea de recostarse en su cama era tentadora, pero aún tenía mucho trabajo por delante.
– ¿Qué es lo que planeas hacer? –. Preguntó la hechicera posando una mano en su hombro.
– Encontrarlo –. Respondió Batman cortante.
Solo tenía mente para eso, muchas cosas se encontraban difusas entre sus pensamientos, pero su objetivo real se mantenía firme.
Tenía que encontrar a ese maldito payaso a como diera lugar.
– ¿Y entonces qué? ¿Qué harás cuando lo encuentres? –. Cuestionó Zee obligándolo a darse la vuelta para verla directamente.
Esperaba ver a su vieja amiga de la infancia con su clásico atuendo de espectáculo, se había vuelto una mala costumbre para él asociarla con medias de red sobre un corsé blanco y abrigo negro corto junto con un sombrero de copa y tacones altos. Aunque, por supuesto, no podía esperar que alguien que ya conocía Gótica se metiera en el Callejón del Crimen con un ropaje así; en su lugar, la maga vestía un abrigo negro largo que ocultaba su cuerpo del frío hasta el nivel de sus rodillas, donde lo seguía un par de botas largas con tacón y en sus manos sostenía un paraguas grisáceo, bañado en las crueles aguas de lluvia de Gótica.
De ser cualquier otra persona, Zee se habría visto como una presa fácil para los demonios llenos de perversión y malicia que poblaban estos callejones, pero ella no era cualquiera y se necesitaría más que un grupo de criminales de cuarta para tratar con Zatanna Zatara.
No podía seguir viéndola, sabía lo que encontraría si se atrevía a alzar la mirada hasta los ojos de su más querida y vieja amiga: miedo, pero no a él, sino a lo que estaba haciendo y lo que podía hacer si no pisaba tierra pronto y volvía a sus cabales.
No quería ver eso, lo único que podía igualar el peso de su más grande trauma y su más doloroso fracaso era el hecho de haber roto la brillante sonrisa de una de las personas que significaba el mundo para él. Su más grande amiga y su primer amor.
– Salgamos de aquí, volvamos a casa –. Pidió la hechicera posando suavemente sus manos en sus enormes brazos –. Por favor, Bruce, antes de que hagas algo de lo que te vas a arrepentir.
Sus palabras fueron secundadas por el peso de su cabeza descansando en su espalda, mientras su agarre en sus brazos se ajustaba con nerviosismo. No quería que hiciera eso, la capa que colgaba de sus hombros estaba sucia y mojada, no quería ser el culpable de que mancillara su belleza, no merecía tal sacrificio, tal consideración.
Estaba justo en el lugar en el que debería estar, tratando de redimir su fracaso más doloroso hasta el momento.
– No puedo, aún no –. Respondió Batman avanzando para adentrarse aún más en las sombras del callejón.
– Esto no es sano, mira lo que estás haciendo –. Señaló la mujer a los cuerpos inconscientes de los payasos en los suelos –. Si alguno supiera dónde está, ya te lo habrían dicho después de todo lo que les hiciste.
Odiaba aceptarlo, pero sabía que tenía razón. No existía lealtad ni devoción lo suficientemente fuerte como para seguir escondiendo al maldito payaso después de horas y horas de torturas físicas que había acabado casi por completo con cada uno de los delincuentes que se atrevían a usar la máscara o el maquillaje de un payaso.
Pero no podía rendirse, todavía no. Tenía mucho trabajo por delante.
– ¿Crees que esto es lo que Jason habría querido? –. Hizo la temida pregunta finalmente con incredulidad.
¿Cómo se atrevía a hablar de lo que su hijo habría querido? ¿Cómo tenía el descaro de intentar hablar por los muertos? No podía tolerarlo. Con un impulso de ira contenida, Batman se acercó amenazante en un par de pasos.
– ¡Él habría querido vivir! ¡Habría querido conocer a su madre! ¡Habría querido estar aquí con nosotros! –. Rugió con rabia y ojos brillantes bajo el refugio de la noche.
Zatanna no retrocedió, no se asustó, ni siquiera tembló. Batman la miró como un león hambriento, listo para atacar en cualquier momento, pero la leona le devolvió la mirada con la misma intensidad en sus facciones. Sus ojos no se desviaron en ningún momento, los párpados de la pelinegra se quedaron escondidos en todo momento, su postura no flaqueó a pesar de ser más baja y pequeña que él. En cierto modo, era refrescante, Alfred era el único que se atrevía a desafiarlo de verdad, hasta Dick y Barbara se encogían cuando estaba verdaderamente enfurecido.
Solo Alfred había demostrado el temple para pararlo hasta en sus momentos de más intensidad y obsesión. Nadie más que él y Zee lo había logrado con el mismo éxito, excepto…
Jason.
Para su sorpresa, las delicadas manos de la mujer se elevaron hasta posarse con cuidado en sus mejillas y se deslizaron cuidadosamente hasta llegar a la nuca del caballero oscuro donde se encontraba el pequeño interruptor que quitaría la máscara sobre su cabeza.
Instintivamente, las manos del vigilante alcanzaron las de su amiga para evitar que le retirara la máscara.
– ¿Qué haces? –. Musitó el hombre con confusión.
– ¿Cuándo fue la última vez que lloraste, Bruce? –. Preguntó la maga con pena.
Era una pregunta simple y la verdad es que no lo recordaba. La última vez en la que recordaba haber llorado era en las noches que siguieron a la muerte de Thomas y Martha Wayne, noches en la que su único consuelo había sido la promesa que se había hecho sobre sus cuerpos y la constante compañía de Alfred, Zee y su padre, Giovanni Zatara. Pero aún no lloraba por Jason, había ahogado sus propias lágrimas incluso mientras sostenía lo que quedaba del cuerpo de su hijo tras la explosión.
Aún no lloraba la pérdida de su muchacho, aún no pedía las requeridas disculpas por su fracaso como padre y mentor. El único pensamiento que había rondado su mente desde que dejó el cuerpo en un ataúd había sido el de encontrar al responsable de esto. Lo que hiciera después de hacerlo era algo que aún no decidía.
Quería matarlo, terminar con todo y evitar que otro Bruce tuviera que ver morir a su Jason, pero no sabía si sería capaz de hacerlo. Siempre había buscado dominar y esconder sus deseos homicidas, dejarlos atrás y que fuera su sentido de justicia y rectitud el que se impusiera sobre todo lo malo en su ser. Pero no sabía si podría hacerlo con esto.
Esta vez, las cosas habían llegado demasiado lejos.
– No lo has hecho –. Respondió Zee su propia pregunta con pena antes de abrazarlo, afinando su enorme cuerpo contra el suyo, mucho más pequeño a comparación.
Tendiéndola tan cerca de su oído, pudo escuchar con claridad las siguientes palabras que vinieron de los labios de la joven Zatara y que fueron pronunciadas con tal suavidad en un susurro que temía haber escuchado mal la frase.
– Asac a somav.
Vamos a casa.
Normalmente, no se sentiría contento con quién lo obligara a poner en pausa su trabajo, pero esta vez, está única vez, no podía encontrar en sí la voluntad para enojarse con su amiga y hacerla a un lado. Solo podía pensar en cómo había dejado a su hijo atrás para detener un maldito camión, creyendo ingenuamente que el chico no iba intentar ayudar a su madre. Había sido un tonto ingenuo y eso le había costado a su hijo la vida.
No tenía sentido culpar a Jason por desobedecerlo, cualquiera en su posición lo habría hecho, incluso él. De haber sido Martha Wayne la que se encontrara en problemas, habría ido sin dudar a ayudar a su madre, tal como Jason había intentado hacer con la suya. La maldita perra le había arrebatado a su muchacho, su propio hijo, aquel que había dado todo para conocerla finalmente; vendido por su propia madre a un demente sin escrúpulos.
La odiaba y no podía sentir lástima por ella porque había puesto su propia vida sobre la de su hijo, porque lo había lastimado, porque había sacrificado sin pestañear el más grande tesoro que Bruce había encontrado en este maldito callejón.
La rabia, la amargura y el dolor habían sido sus compañeros a lo largo de la última semana, solo podía imaginar lo que debió sentir Jason en sus momentos de vida con el payaso. ¿Se habría mostrado tan desafiante como siempre o las circunstancias finalmente lo habrían superado? ¿Se habría roto en llanto o solo habría mostrado su mirada llena de determinación y su sonrisa burlona? Temía la posibilidad de que su hijo hubiera pasado los últimos momentos de su vida esperando al padre que había sido demasiado lento, que no había podido llegar a tiempo para salvarlo, que no lo había comprendido y que por su negligencia había muerto.
No se había tomado un solo momento para llorar a Jason y lo lamentaba profundamente. Su hijo merecía más que eso, merecía muchísimo más que lo que Batman pudo ofrecerle.
Al final del día, Jason Wayne era hijo de Bruce Wayne, no de Batman.
Y le había fallado.
– Está bien llorar a veces, Bruce –. Consoló Zee cuando finalmente llegaron a su destino.
Cuando las oscuras calles demacradas del callejón fueron reemplazadas con el pasto verde y los ladrillos deteriorados de los edificios fueron sustituidos por el abrazo de la luz lunar, Bruce supo que este era el mejor momento que tenía para hacer aquello a lo que se había negado desde su regreso a su ciudad natal.
Y una noche carente de la luz de las estrellas, junto a una mujer extraordinaria, sería la única testigo de la caída de una pesada máscara que había escondido a un hombre roto mucho tiempo.
Por una noche, Bruce Wayne lloró como no lo había hecho en tanto tiempo, en los brazos de la mujer que más había amado en su vida, todo en el refugio de los jardines en los que habían jugado durante su niñez. En los mismos jardines que habían visto crecer y era el templo de tantos buenos recuerdos que nadie más que ellos conocía.
Por una noche, no sería Batman, sería el padre que había visto morir a su hijo y que ahora necesitaba llorarlo en paz, en la seguridad de su hogar y con la compañía de la única persona que siempre lograba hacer que el hombre aflorara y se posara encima del símbolo.
– Le fallé, Zee, le fallé –. Se lamentó el hombre dejando que su rostro descubierto reposara en el hombro de su amiga –. Él confiaba en mí, me necesitaba…
Y yo le fallé.
No se atrevía a terminar la oración por su cuenta, la herida seguía abierta y sangraba con intensidad, no daba ninguna señal de que fuera a cicatrizar pronto. ¿Cómo había sido tan estúpido? ¿Cómo se le había ocurrido permitir que otro niño saliera a las calles a pelear por su misión? Dick casi había muerto por eso, Barbara había perdido la movilidad de sus piernas y Jason, su hijo adoptivo, el primero a los ojos de la ley, había fallecido porque él le había dado las herramientas para luchar una batalla perdida y sin mucho futuro.
No podía evitar preguntarse qué habría pasado si le hubiera dado a Jason la oportunidad de tener una vida normal, si le hubiera quitado definitivamente el antifaz cuando tuvo la oportunidad. Se lo imaginaba usando todo su potencial para convertirse en un profesional ejemplar, un hombre capaz de mejorar las cosas como él mismo no podría hacerlo, se lo imaginaba saliendo del nido y haciendo una familia propia; ahora no podía negar que le habría gustado la idea de ser abuelo, tal vez, Jason le habría dado un par de nietos a él y a Alfred con la ayuda de Kara.
Tanto potencial y posibilidades perdidas porque había sido incapaz de cumplir con la labor más básica de cualquier padre: proteger a su propio hijo.
La vida de Jason no había sido fácil, lo que Bruce había pasado durante su niñez no era nada al lado de lo que su propio hijo había visto y, aun así, no se quebraba. Jason era un faro de luz, uno casi tan brillante como su hermano mayor a pesar de todo su sufrimiento. Se sentía inútil al pensar en cómo había sido incapaz de proteger ese resplandor de un mundo que necesitaba con urgencia personas como su hijo.
No tenía sentido descargar toda su rabia y frustración en la memoria de la difunta Sheila Haywood, esta pérdida se habría podido evitar si tan solo él hubiera hecho las cosas mejor. Si tan solo hubiera sido más rápido, si hubiera sido mejor maestro…
Si tan solo hubiera sido mejor padre.
– Es mi culpa, es mi culpa –. Lloró el hombre roto, acercando el pequeño cuerpo de su amada contra el suyo –. Lo perdí, Zee. Lo perdí.
– Hiciste todo lo posible por salvarlo –. Consoló Zatanna acariciando suavemente el cabello negro del hombre, ligeramente brillante bajo la luz de la luna.
Se sentía indigno de este calor, de esta cercanía y afecto que solo su primer amor podía ofrecerle, un nivel de intimidad y confianza que dudaba poder alcanzar con alguien más fuera de su familia. Lo más cercano que tenía a esto fuera de su hogar era su química con Selina Kyle, pero la ladrona de joyas nunca podría entender lo que estaba pasando porque ella solo había visto el gran aprecio de Batman por su compañero, pero no el amor que Bruce Wayne tenía por su hijo.
La confianza y preocupación que Batman sentía por su protegido nunca podría compararse al gran amor que Bruce Wayne profesaba por los suyos y como lo afectaban las perdidas de alguno de ellos.
– Lo siento, Jason. Te fallé, hijo.
Por una noche, Gótica tendría que sobrevivir sin su protector. Por una noche, una familia se permitiría lamentar la pérdida de su integrante más joven. Por una sola noche, las lágrimas del murciélago podrían ver la luz de un gris amanecer en los brazos de la única persona capaz de hacerlo sentir como el hombre que había sido y temía seguir siendo.
N/A: Aunque originalmente no iba a incluir a Batman directamente en la historia, la idea de escribir a un personaje de ese calibre es demasiado tentadora como para descartarla y dejarlo en la banca. Debo decir que, si bien respeto la idea de que Bruce Wayne no es más que una fachada que solo sale a relucir de vez en cuando, me agrada cuando hay personajes capaces de sacar al hombre que habría sido de no haber perdido a sus padres y, fuera de Alfred, no se me ocurre nadie mejor para sacar ese lado que Zatanna. Lo único que le pido a DC es que un día saque un universo alterno donde esos dos estén juntos, es lo más cercano que tendríamos a un Batman exitoso en una relación medianamente normal y no hay mejor candidata que Zatanna para eso :(
