N/A: Aquí esta el segundo capi. Espero que les guste
Capítulo 1: Sueños y Canciones
Gaara abrió lentamente los ojos. De vuelta a su solitario departamento, con sus elegantes muebles, sus hermosas cortinas, la chimenea eternamente encendida. Se recostó sobre el frío piso de mármol y dejó vagar su mente. Recordando los incontables años en los que creyó enloquecer de soledad, de tristeza, de agonía.
Pero finalmente sus tormentos habían llegado a su fin. El dolor en su alma prontamente se vería reemplazado por una nueva y extrañamente renovadora sensación de bienestar.
Cerró los ojos y aspiró. El aire entró en sus pulmones, su sangre se revolvió y los recuerdos asaltaron su mente. Ese chico, Lee, no había cambiado nada. Seguía tan hermoso como lo recordaba; no, aún más hermoso de lo que su mente habría podido imaginar. Y es que con sólo rememorar el sutil toque de sus labios, el sabor de su sangre, la fuerza de su agotado y entumecido cuerpo… todo él parecía llamarle.
Lee… con su eterna inocencia, su maravillosa sonrisa, sus ganas de vivir. Lee, quien nunca se rendía, quien había sobrepasado el dolor y las constantes lágrimas. Su Lee, quien se entregaba cada noche a una nueva pasión, tratando de alejarse de la oscuridad de sus propios pensamientos. Sí, ese chico tan fuerte era Lee. Todo esto lo había visto Gaara al beber su sangre, al compartir ese momento en el que sus almas parecían una sola y sus corazones danzaban en un mismo latir.
Ese íntimo hecho, esa íntima relación, había brindado a Gaara numerosos recuerdos de la mente del pelinegro. Sus momentos durante la infancia, el amor de sus padres, las decepciones con el sexo opuesto, sus increíbles ganas de sentirse querido por alguien, su dolor al saberlo todo perdido… Y de pronto era tan delicado. Sí, delicado de conciencia, delicado en cuanto a la naturaleza de su alma y de su pensamiento.
-¿En qué piensas ahora?- dijo una voz a su espalda.
El pelirrojo permaneció inmóvil, temerario. Entreabrió sus prístinos ojos y contempló a la elegante figura que se alzaba frente a él. Ese chico que se había encargado de llevarle a la locura años atrás. Ese vampiro que parecía un verdadero dios inmortal, con sus dorados cabellos siempre agitados, su mirada azulada que parecían llevar la conciencia al límite de la cordura, y sus enérgicas sonrisas… jamás había visto a un vampiro que riera tanto. Y sin embargo, él también guardaba un pesar tan profundo y tan grande así como grande y profunda era su condena.
-Naruto…- dijo con voz grave. Un saludo, eso era. Un escueto y eterno saludo que nunca se vería transfigurado por ninguna emoción.
El rubio muchacho se acercó a Gaara, con una de sus manos tocó su fría mejilla. Ellos compartían el lazo, así que sus pensamientos estaban vedados el uno para el otro. Pero compartían también su soledad y sus misterios, sus delirios y sus juegos, sus fracasos y sus grandezas.
Colocó ambas manos alrededor del pálido rostro, y acercó sus labios hasta atrapar el bello signo en su frente.
'Amor'
Besó tierna y levemente sus labios. Gaara no se negó al contacto, no lo profundizó, no lo cortó, simplemente dejó que la fugaz caricia se llevara los malos momentos.
Naruto se separó un poco de él, contempló la mirada aguamarina, vio la soledad en esas dos orbes cargadas de antigüedad. Y sonrió, como siempre hacía.
-Hoy ha sido una buena noche…- dijo el rubio sentándose a su lado. Sus finas ropas danzaron a su alrededor y se replegaron como alas negras en medio de la noche. Gaara contempló sus finos movimientos, la forma en que cruzaba ambas piernas y apoyaba una mano en la rodilla y en ella su rubia cabecita.
Un niño. Naruto siempre sería un niño. Sí, por los siglos de los siglos, Naruto sería siempre su niño.
-¿Le has visto hoy?- preguntó Gaara con su usual tono de voz, frío y carente de emociones.
El rubio asintió quedamente.
Sí, le había visto. Había disfrutado con su presencia, pero como siempre al final le había dado la espalda. Porque su pequeña mariposa no podía volar por sí misma. Y esa pequeña mariposa tenía un nombre, una cara preciosa, una sonrisa autosuficiente y tocaba el piano divinamente. Su mariposa respondía al nombre de Sasuke, y lo amaba con todas su fuerzas.
Pero su Sasuke… no podía ser suyo, por más que lo deseara.
-Te hace daño… estar con él- adivinó el pelirrojo tocando la mejilla del otro chico.
Ellos dos eran inmortales, permaneciendo siempre juntos, vagando de una ciudad otra, compartiendo penalidades y alegrías. Pero cuando Naruto sufría también lo hacía Gaara y viceversa. Y ambos odiaban el sufrimiento.
-Lo amo- fue la contestación del rubio.
En una de las ventanas el cielo se mostraba claro y brillantemente amenazador. Ambos vampiros contemplaron la letal agonía de sus corazones en ese cielo. Tan puro, tan libre de demonios como ellos. Y el día les daba la espalda así como la noche los cobijaba. Así había sido siempre y así sería eternamente.
Y las torturas durarían lo mismo que un segundo.
Y cada uno padecería su propio infierno personal, pero siempre anhelantes de aquella otra persona que deambularía bajo la calurosa luz del sol, protegido de su incesante maldad.
-Es hora de dormir…- susurró Naruto con una enorme sonrisa en los labios.
Gaara admiró su siempre creciente energía que a veces, en contadas ocasiones, lograba contagiarlo con su incesante vitalidad.
Algún día… algún día él también lograría sonreír de esa manera, y brillar con la luz con la que Naruto brillaba, capaz de despreciar los rayos del mismísimo sol. Pero, hasta entonces, descansaría en la oscuridad que cobijaba su alma y los negros deseos de su gélido corazón.
XxXxX
El sol, inclemente, azotó con sus despiadados rayos el rostro del joven que, abandonado a sus pensamientos, abría los ojos lentamente. Lo primero que sus orbes vieron fueron las blancas paredes empapeladas, un poco más allá la ventana extrañamente abierta en cuyo marco danzaban los pájaros. Bajó el rostro y contempló las sábanas de seda verde. De pronto un dolor de cabeza le hizo caer de nueva cuenta sobre la almohada.
-No debería hacer movimientos tan bruscos- dijo una suave voz a su lado.
El chico, un poco sorprendido, le encaró. Era Tenten, como siempre, amable y preocupada. Ese día lucía un lindo vestido corto de color rosa y unos guantes blancos, llevaba unos zapatos de tacón bajo y al cuello una fina gargantilla de oro. Su largo cabello era sujetado, como de costumbre, en dos coletas enrolladas, dando a su rostro una apariencia extrañamente joven, pícara y, hasta cierto punto, divertida.
-Me duele la cabeza- la voz del joven sonaba algo ronca, tenía la garganta seca y le dolían los ojos. Sin duda alguna ir a beber con sus amigos no era la mejor idea.
Recordó cómo había comenzado todo. Claro, festejaban el hecho de que Ino se iba a casar, por fin, con el chico que le gustaba. Y habían tomado sin cesar, una botella de vino tras otra, escuchando las alegres canciones del bar. En un momento de la noche una chica lo había invitado a bailar, se habían besado un poco, hablaron durante un par de minutos pero algo había dicho él que la joven se había apartado, completamente furiosa.
-Sus amigos están aquí, mandaré a que le traigan alguna medicina, Lee-sama- interrumpió la chica sus pensamientos.
Lee asintió y volvió a quedarse dormido. Pero al segundo un más potente grito lo sacó de su repentina ensoñación.
-¡Lee!- exclamó la extrovertida rubia entrando a su habitación como si fuese la suya. El aludido bajó el rostro, cansado de lo mismo. No importaba cuántas veces le pidiera a su amiga que al menos tocara la puerta, ella hacía lo que le venía en gana.
A su lado se encontraba Shikamaru, como siempre, con su rostro pasivo y despreocupado. Con esa actitud suya tan perezosa que no combinaba para nada con su desarrollada inteligencia.
Se levantó de su cama y se acercó a la ventana. Contempló los extensos jardines con sus flores y sus árboles, vio el camino de piedra que guiaba hacia la fuente de aguas claras, vio los lirios y los crisantemos, desnudos ante su mirada, vio la hierba verde y fresca con rastros del tierno rocío. Vio un poco más lejos los rosales de su madre, tan bien cuidados, tan hermosos, tan rojos… Rojos como la sangre.
Sangre…
"Eres mío, no lo olvides nunca…"
Su rostro se sonrojó al recordar esto. Y sus ojos se abrieron en confusión. ¿Qué había sido eso? ¿Quién le había dedicado semejantes palabras? ¿Y por qué su corazón palpitaba con tanta fuerza al pensar en él? ¿Porque era un él, no? Y ese él tenía unos cabellos tan rojos como esas rosas, y sus besos se sentían tan suaves como la primavera. Pero, ¿quién era?
No lo sabía.
¿Su encuentro había sido real? ¿Lo habría soñado acaso?
Se llevó una mano al cuello. No, él había sido atraído por un chico, y ese chico lo había mordido en el cuello y casi lo había desangrado. ¿O habría sido acaso su imaginación? ¿Estaría tan borracho que su mente había empezado a formar fantasías como aquella?
Un vampiro.
-Qué tontería…- se dijo a sí mismo, riendo ante sus locuras.
¡Un vampiro! Sí, como no, realmente debía dejar de leer libros de terror.
-Lee, ¿estás ahí?- preguntó la rubia muchacha tomándolo del hombro.
El pelinegro despertó de su momentánea ensoñación y le miró. Le regaló una inmaculada sonrisa y la abrazó.
-¡Felicidades por tu matrimonio!- le dijo con voz llena de júbilo. La chica devolvió el abrazo aún con mayor fuerza.
A un lado de ellos Shikamaru los veía, fastidiado ante la clara muestra de afecto. Todo aquello del amor era problemático, al menos para él. Sí, muy problemático…
XxXxX
En una casa un poco más alejada, cerca de los barrios bajos de la ciudad, un hermoso joven de piel extremadamente blanca y cabellos negros como la noche, caminaba sin prisa alguna por entre las peligrosas calles y callejas. No había peligro para él. Todos lo conocían y, aunque no le quisieran, al menos sentían la decente compasión al dejarle pasar sin problemas.
Con pasos lentos pero seguros se acercó a una desvencijada puerta. Tomó la única llave que cargaba y entró sin más a su propiedad.
La casa estaba exageradamente limpia, pulcramente ordenada, cada cosa en su lugar e incluso cada diminuta mota de polvo tenía su justo sitio en aquella dulce aunque solitaria morada. El chico llegó a la pequeña cocina y dejó las compras sobre la mesa de madera. Tomó algo de jugo y lo llevó a sus labios directamente del envase.
Una vez saciada su acuciante sed se fue directo a la sala de estar y allí se sentó frente al hermoso piano de cola. Con sus sedosas manos rozó el fino instrumento, haciendo sonar de vez en cuando alguna tecla. El sonido era maravilloso, y como siempre le recordaba a él.
"Naruto…", pensó el de los negros cabellos y mirada azabache.
El sonido del piano entonando hermosas melodías siempre le recordaba a ese chico. Sus encuentros habían sido siempre cortos, desde hace más de tres años, pero últimamente se habían visto con más frecuencia, intercambiando más palabras, permitiéndose pequeñas peleas y largos paseos por la ciudad.
Gracias a Naruto, Sasuke había podido conocer lo que era un poco de aquello que llamaban felicidad. Y en su mundo de sombras, esa felicidad era tan poca y tan deseada que de sólo pensar en él una sonrisa adornaba sus labios.
-Dobe…- susurró al tiempo que una finísima lágrima descendía por su rostro.
XxXxX
Así como rápido amaneció igual de rápido anocheció para los habitantes de la enorme y ruidosa ciudad. Las luces se prendieron, adornando cada rincón con una calurosa sensación de bienvenida. Las calles atestadas de gente se volvían un poco más transitadas, los autos corrían por las avenidas a una velocidad atronadora, los bares y sitios nocturnos habrían sus puertas y, oficialmente, la noche daba comienzo.
Los jóvenes y no tan jóvenes salían a divertirse, con sus hermosas sonrisas y pálidos rostros, con sus ropas finas y pequeños diamantes, solos o con amigos, acompañados de alguna bella mujer o algún bello chico de compañía.
En un lujoso departamento dos ojos se abrían lentamente, dando paso a la incesante oscuridad que todo lo invadía. Se levantó de la divina cama y se acercó a la ventana. Con su mirada inmortal contempló los rostros humanos que pululaban por las densas calles, y en su pecho se agolpó una nueva emoción.
Debía verlo…
Con movimientos rápidos y fluidos, Gaara buscó entre sus cosas uno de sus mejores trajes, el pañuelo de hilo, la ropa de seda y el costosísimo reloj que había comprado en uno de sus tantos viajes.
Prontamente estuvo listo. Su enmarañada cabeza roja llena de la poca vida que podía poseer ese cuerpo que aún no saciaba su sed de sangre. El rostro estaba esta vez más pálido, sus ojeras más profundas, sus labios casi blancos y su piel fría como la de un muerto. Con pasos agigantados se acercó a la salida. Caminó hasta llegar al pequeño estacionamiento. Miró a ambos lados pensando en qué auto escoger pero al final decidió irse caminando.
Sí. Le gustaba caminar y sentir a los inocentes mortales que pasaban a su lado, chocando contra él, como si él mismo no fuese capaz de apartarlos a un lado destruyendo sus frágiles cuerpos, acabando con su enfermiza humanidad.
Entonces debía buscarlo. A su amado niño de ojos negros y sonrisa como ninguna. A su Lee, su amado Rock Lee.
XxXxX
Una hermosa canción se extendía por las sucias calles. Y Lee, algo inseguro, se acercó a la casa de pobre fachada. La puerta, como siempre, estaba abierta. Entró con un alto saludo. La música continuó. Se acercó entonces a donde estaba el piano y allí le contempló. Como siempre, tocando su inacabable canción de eterna despedida.
-Has venido…- susurró Sasuke, y su voz parecía como si cantara, acompañando la triste melodía.
-Te he traído flores…- respondió Lee colocándolas sobre las piernas del chico.
-Lirios- dijo Sasuke aún sin mirarlas.
Lee asintió y musitó un quedo: 'Sí'.
Se sentó a su lado y le acompañó en la melodía. Ambos tocaban, hombro contra hombro, y ambos sonreían un poco. ¿Cuál era su afinidad? Ninguna, pero cuando Lee lo encontró una noche, perdido y desorientado, vagando por las cercanías de su casa, no pudo menos que compadecerse de él. Y cuando se dio cuenta de su problema, no pudo evitar derramar tiernas lágrimas de desconsuelo.
Porque Sasuke era un prodigio del piano.
Sasuke era hermoso, tenía un fuerte carácter, era miserablemente pobre y sabía llevar bien cualquier situación. Pero había un pequeño gran problema, y era que Sasuke…
… era ciego.
CONTINUARA...
