N/A: Hai hai! Aquí está el tercer capi, y he de decir que es uno a los que más he hecho correcciones XO Pero he quedado satisfecha con el resultado X3 Espero que disfruten la lectura


Capítulo 2: Deseos y Obsesiones


Naruto movió lentamente sus extremidades, sus largos brazos, sus esbeltas piernas, su entumecido cuerpo. A su mente lo primero que vino fue la imagen de cierto chico del cual sabía que no podría separarse, por más que lo intentara.

El rubio sonrió tristemente.

Se levantó de la mullida cama y contempló la oscura y chillona ciudad, revestida en sus luces de neón y carteles de propagandas. Los edificios lucían más aterrorizantes esa noche, como negras construcciones que se alzan hacia el firmamento, como demonios de la tierra tratando de llegar al Cielo. A sus oídos llegó la dulce sinfonía que seguramente Sasuke estaría tocando.

Sí, Sasuke siempre tocaba, para él.

¡Cómo había amado esas preciadas manos! ¡Cuántas veces no había añorado besar sus pálidos dedos! ¡Y esos ojos! Esos ojos carentes de vida pero capaces de iluminar un sendero en medio de la noche, capaces de llenar de luz toda su negra existencia.

-No debo pensar en él…- susurró el vampiro acomodándose en uno de los costosos sillones del departamento.

Recordó, momentáneamente, el día en que lo había conocido.

Había sido una hermosa noche. No. Realmente había sido una noche horrible, pero al final se había convertido en la mejor de su vida, claro, porque había conocido a Sasuke, y se había enamorado como un idiota.

Casi podía sentir de nueva cuenta el melancólico olor de la lluvia que caía esa noche, como si el cielo llorara enormes lágrimas. Hacía frío, aunque no para un inmortal como él. Por ese tiempo Gaara le había dejado marchar, andar a sus anchas e investigar esa hermosa y nueva ciudad que se alzaba ante él.

Pero la ciudad lucía terriblemente solitaria, con todos esos mortales deambulando. Los contemplaba, atónito ante su ignorancia. Y con suma repulsión observó las caras alegres y maquilladas, los labios rojos como la sangre, las miradas molestamente brillantes, las risas en esos rostros de plástico. ¡Horror! ¿Cómo podía Gaara vivir en un sitio como aquel?

Y cuando su desesperación parecía haber llegado a su punto máximo, cuando sus ojos miraban, abiertos como platos, el húmedo y sucio suelo, apestoso y lleno de ratas, entonces llegó a sus oídos la canción más dulce que hubiese escuchado jamás. No era hermosa porque era alegre, no era hermosa porque le llenaba de vida; no, era hermosa porque estaba cargada de desesperación, de tristeza, de rencor hacia el mundo, hacia todas las cosas. Y había en cada nota un hilo estrecho que llevaba el alma humana hasta un punto de quiebre totalmente intolerable.

Con sus sentidos alertas y dispuestos se acercó cada vez más al hipnotizante sonido, a las melódicas notas del piano.

Entonces le había visto.

Había contemplado sus hermosos y negros cabellos, su piel pálida como la de un fantasma, sus prodigiosos dedos, su expresión de rotunda negación. Y cuando los oscuros ojos se posaron sobre él, Naruto supo enseguida que eso que sentía, tenía que ser amor. Sí, amor, con locura, desesperación y todo eso, pero amor al fin de cuentas.

-¿Quién eres?- ¡sorpresa! El chico lo había sentido a pesar de que Naruto había procurado ocultarse.

Definitivamente no se trataba de una persona normal.

-Soy aquello que no desearías conocer…- respondió Naruto con voz profunda pero bromista mientras salía de su improvisado escondite.

Esperaba ver la sorpresa en los ojos del otro, esperaba que el chico cayera completamente rendido ante su merced, y sin embargo no había sido así. El joven ni siquiera le había mirado, simplemente había cesado su hermosa canción y había agachado el rostro, pensativo. Naruto se abstuvo de leer su pensamiento pues le pareció una falta de respeto, cosa extraña en él.

-Entonces ¿por qué te muestras ante mí?- preguntó el pelinegro con voz suave.

Naruto quedó en silencio.

-Me llamabas- dijo únicamente.

El chico cerró los ojos, se levantó de su asiento y se dirigió a la salida, sin dirigirle la mirada. Naruto quedó en su sitio, molesto, ofendido, incrédulo.

-Idioteces…- susurró Sasuke al pasar por su lado.

-¿Qué dijiste?- preguntó Naruto tomándolo fuertemente del brazo, deteniéndole.

Sasuke fijó sus ojos en el otro chico, y Naruto contuvo el aliento. Esas orbes eran hermosas, no, eran más que eso, eran profundas.

-¡Suéltame!- exclamó el más joven propinándole al otro un certero manotón que apenas lo alejó de sí unos cuantos milímetros.

Pero el golpe era lo de menos, pues Naruto había quedado en shock por primera vez en su existencia. Porque ese miserable mortal había osado tocarlo, había osado gritarle, había osado rechazar su contacto, ¡cómo si su existencia valiera algo! ¿Acaso no sabía que con sólo desearlo él podía acabar con su patética vida? Y estaba fascinado… sí, eso no podía negarlo. Fascinado por su temeridad, por su débil fuerza, por la belleza antinatural de su cuerpo, de su casaca mortal que resguardaba el enclenque ser que era realmente.

-¿Y si no quiero soltarte?- preguntó tomándolo nuevamente por el brazo.

El chico bufó con molestia.

-¿Qué demonios te pasa, usuratonkachi?- habló esta vez con voz en extremo furiosa y le propinó al rubio un fuerte puñetazo que el vampiro esquivó con obvia facilidad.

Sí. Estaba resultando bastante divertido. Y, haciendo uso de su habilidad sobrenatural, tomó al pelinegro por los hombros, le dio varias vueltas y lo soltó sin ninguna consideración.

Sasuke cayó sobre unos asientos, maltrecho y adolorido, pero más que eso confundido, porque con tantas vueltas su sentido de orientación se había desestabilizado. Ahora ni siquiera sabía donde estaba o en qué parte de la enorme sala se encontraba. ¿Dónde estaba la salida?

En ese instante tuvo miedo.

No miedo del vampiro.

Sino miedo de esa acuciante sensación de desorientación.

Con suma desesperación movió frenéticamente ambos brazos tratando de encontrar una pared, algo que le sirviera de guía. Porque la oscuridad parecía tragárselo, y la oscuridad era una peligrosa y odiosa compañera.

Mientras tanto Naruto observaba cada movimiento del chico. ¿Por qué actuaba así? ¿Por qué lucía tan… perdido?

Se colocó rápidamente frente a él, a punto de soltarle algún mordaz comentario, y entonces se dio cuenta…

¡Estaba ciego!

¡Ese chico no podía ver!

Con sumo desconcierto contempló el débil y frágil cuerpo, la forma tan necesitada en la que se movía, vio sus ojos llenos de miedo, llenos de espanto. Puro y trágico temor en cada azabache laguna de brillo oculto.

-Estás ciego…- susurró Naruto con desconsuelo tomándolo cuidadosamente por uno de los pálidos brazos.

-¡Déjame!- gritó Sasuke apartándose de él y oponiendo fiera resistencia ante la prensa del otro chico, quien no le dejaba ir- Si vas a tratarme con lástima sólo porque estoy ciego puedes guardarte para ti tus estúpidas ganas de consolarme. Porque no te necesito, ¿me escuchas? ¡No te necesito ni a ti ni a nadie!

Y el rubio le soltó.

Sorprendido.

En sus ojos brilló una admiración tremenda, y su pecho se infló de un amor arrebatador.

Finalmente, se acercó al rostro del otro, y contra sus labios, murmuró:

-¿Cómo te llamas?

El pelinegro se detuvo.

-S-Sasuke- respondió algo cohibido por la imponente presencia del otro.

-Es un placer conocerte, Sasuke- dijo con melosa voz causándole un ligero hormigueo al pelinegro. Luego se desvaneció, dejándole en plena sala, desconcertado.

Sí, Sasuke. Era un hermoso nombre, casi tan hermoso como él…

Y así se habían conocido. Así había transcurrido su fatal encuentro. Pero claro, semanas después había vuelto a verlo, y en secreto le espiaba. Sin pudor alguno se introducía en sus sueños y, sin darse cuenta, también en su corazón. Y las constantes noches de seguimiento y espionaje dieron paso a las charlas mesuradas y discretas, a los decorosos paseos por el centro de la ciudad, a las informales peleas y, finalmente, a las medidas sonrisas.

Pero pronto el rubio vampiro comenzó a entender que aquello que lo motivaba a estar con Sasuke, era probablemente ese terrible y mal habido sentimiento al que llamaban 'amor'. Y su amor era grande, bastante más grande que cualquier otro amor, pero simplemente no podía dar a Sasuke todo aquello que él quería darle, no podía condenarlo a todo aquello a lo que lo quería condenar.

Porque Sasuke era humano, y su vida humana era lo más importante.

-Sasuke…- dijo abriendo sus preciosos ojos azules y divisando a lo lejos los velocísimos autos que viajaban por las carreteras.

En su interior una presión le atenazó el pecho. Se acercó a su armario y sacó lo primero que vio, unos pantalones jeans gastados de color negro, una camisa también negra y un hermoso crucifijo digno de rebajar a bromas las antiguas leyendas de vampiros.

Una última mirada al espejo y salió del departamento de Gaara. Esa noche… sería noche de cacería.

XxXxX

Gaara dirigió una nueva mirada al chico frente a él. De hecho, nunca había podido dejar de mirarlo. La forma en la que se movía, el sutil contoneo de sus caderas al caminar, sus largos y rápidos pasos, su esbelta figura, sus hermosas y delicadas manos bailando a cada lado de su cuerpo, su piel sonrosada y brillante, su hermoso rostro, por supuesto, un rostro precioso, con dos espesas cejas, unos enormes ojos negros con unas largas y femeninas pestañas, una nariz también muy linda, y una boca digna de ser besada. Todo esto y más, ese chico… físicamente bello, visualmente perfecto.

-Lee…- susurró imperceptiblemente sintiendo la helada noche golpearle el rostro.

Y su inaudible llamado pareció haber sido escuchado por el otro, quien se detuvo unos segundos, dio un vistazo a su alrededor y, al ver que nadie parecía buscarle, continuó su camino.

Mal. Muy mal. Porque Gaara lo estaba llamando, con su poder, lo atraía con cada nuevo pensamiento.

Y finalmente lo abordó en un pequeño y desolado parque. Sí, ese mismo parque en el que le había conocido hace diez años, cuando el otro era aún un pequeño niño y, sin embargo, la cosa más hermosa que hubiesen contemplado sus ojos.

-Cuando las princesas salen de noche, los lobos saltan sobre ellas…- susurró Gaara apareciendo muy cerca de Lee. Tan cerca que el otro chico pegó un brinquito a causa del susto, y sus mejillas se colorearon tanto por la súbita cercanía como por sus palabras.

El pelirrojo se maravilló ante el rubor en las mejillas del otro chico y deseó poder besar cada pómulo. Besar con extrema devoción esa piel a la cual le rendía culto con cada pensamiento.

-No soy una princesa- respondió Lee meciéndose un poco en el columpio en el que descansaba.

La cercanía del pelirrojo lo ponía demasiado nervioso, aparentemente sin razón alguna. Y no era sólo por su belleza. No, era algo más que sus atrayentes ojos, más que su sugestiva voz, más que sus sugerentes maneras. Había algo más allá de su piel espectralmente pálida, más allá de la profundidad de su mirada, más allá del extraño deseo de abrazarlo que se apropiaba de él al contemplarle.

Por su parte Gaara hubiese querido decirle: "para mí eres una princesa, mi princesa", y sin embargo se contuvo. Sólo se acercó aún más a Lee, al punto en que casi juntan sus rostros. Y cuando lo tuvo atrapado en su mirada, posó delicadamente una de sus manos en la suave mejilla, acariciándola.

Lee se sonrojó enormemente ante los cariñosos dedos que le acariciaban, y aún así sentía que no podía ni quería negarse a él. Era algo al sentir sus manos duras como piedras y frías como el hielo. Era como… como si lo conociera de antes. Trató de huir al contacto, trató de apartar su rostro, pero simplemente se le hacía imposible apartarse de esos orbes endemoniadamente bellos. Gaara sintió de pronto un deseo atronador que golpeó con fiera intensidad su cerebro, su mente, su corazón, ¡su cuerpo entero!

¡No pudo evitar abrazarlo! ¡Sí! ¡Un abrazo eterno! Y el cuerpo de Lee se sentía tan cálido, apretando su tierno corazón contra su pecho, sintiendo la perplejidad en el pelinegro, su desconcierto. Pero para Gaara no había cosa mejor que tenerlo entre sus brazos, sintiendo la tibia sangre fluir, presurosa, en cada vena, llamándole, incitándole a perder el control y saciar su sed en esa eterna fuente de vida. Sus ojos de vampiro se nublaron de pronto, sintiendo la ansiedad recorrerle, la sed consumirle hasta casi hacer de él un harapo viejo, un saco de huesos.

Y de pronto el pálido cuello estaba tan… expuesto. Que, a pesar de que su alma lloraba lágrimas de sangre, no pudo evitar besar la tierna piel al tiempo que sus filosos colmillos agujereaban la seda que había anhelado desde el crepúsculo de los tiempos.

La sangre fluyó entonces, como siempre, bailarina y alegre, de uno a otro. Lee abrió los ojos y la presión en su cuello casi le hace gritar, pero al sentir los labios del pelirrojo succionando ávidamente una nueva y más placentera sensación lo había recorrido. Era… el placer. Era esa deliciosa y a la vez dolorosa entrega en la que se siente tan de cerca a la Muerte. Tan endemoniadamente cercana al punto de poder contemplar su esquelética figura, enfundada en su casaca inmortal, con su boca desdentada en una mueca despectiva y arrogante.

Pero, junto a la entrega, llegaba la máxima absolución de sus almas, el conocimiento de saber todo perdido, la rendición absoluta de la fe y el pensamiento. Era, además, sentir su alma adherirse a la del otro ser, y compartir caóticos y confusos recuerdos, como si una vieja película se desarrollara ante sus ojos.

Se sentía tan bien. Y el dolor quedaba de lado, como si jamás hubiese existido, que incluso la muerte dejaba de ser escalofriante.

"Sí, mátame, porque yo ya no puedo más", pensó Lee abrazando el cuerpo inmortal con todas las pocas fuerzas que le quedaban, sintiendo sus energías abandonarle, presurosas.

Cerró los ojos lentamente, siendo lo último que contemplaran sus oscuras gemas fuese la hermosa luna blanca. Amor de sus amores.

Gaara reaccionó entonces. Y rápidamente alejó su insaciable sed del cuerpo de Lee. ¡Desangrado! ¡A punto de matarlo! El pelirrojo contemplaba, atónito, al desfallecido cuerpo del más joven. Con los ojos abiertos de espanto, la culpa agolpándose en sus ojos como lágrimas, soltó un grito sobrenatural y agudo. Un grito de desesperación.

-¡Lee!- le llamó, desesperado y ansioso. Sus fuertes dedos marcaron la piel de los brazos del otro.

De pronto, el débil sonido de un corazón humano. Era un sonido tan bajo que asemejaba a una pequeña pelota de goma golpeando un suelo de mármol. ¡Pero ahí estaba! Era el corazón de Lee que se negaba a rendirse. Aún estaba vivo…

Gaara suspiró de alivio, su pecho se expandió y sus pulmones se llenaron de aire. Secó lentamente sus lágrimas manchando la palma de sus manos. Contempló el hermoso rostro casi muerto. Tan evidente a sus sucios deseos, a sus oscuros pensamientos, a la reencarnación total y definitiva ¡Porque lo amaba demasiado! ¡Lo deseaba con locura! ¡Con insana desesperación! Y por él daría todo lo que poseía. Por él abandonaría cualquier esperanza y se sumiría al sufrimiento del mundo mortal. Por él sería capaz de abrazar los mortales y aterrorizantes rayos del sol. Sólo por él, por su niño precioso. Por su adorado muñequito.

Acercó ambos rostros. Cerró las heridas en su cuello. Besó la magullada piel y sintió escalofríos recorrerle al notar lo pasmosamente fría que estaba. Besó entonces los labios de Lee, y se perdió en su sabor… tan humano. Sintió su corazón encogerse ante la dura realidad de todo el asunto: él casi mataba a Lee, por tercera ocasión.

Justo como la primera vez, hace diez años, Gaara tomó a Lee en sus brazos, maravillándose y a la vez asustándose por la delgadez de su cuerpo. E igual que hiciera aquella noche, con sumo cuidado lo depositó en el frío piso frente a la puerta de la lujosa mansión. Volvió a besar los atrayentes labios, besos de fuego que quedaron grabados en su memoria.

Pero ya era hora de partir. Porque su apetito aún repicaba contra sus oídos y la sangre era tan necesaria como el sol para las plantas. Ya tendría tiempo luego de contemplar a su niñito…

XxXxX

Gaara volteó el rostro y dio una última mirada a la macabra noche. Se repantigó en el enorme y cómodo sillón y a punto estuvo de soltar unas silenciosas lágrimas, pero se contuvo al sentir dos sedosas manos envolviendo sus ojos.

-Déjame en paz…- contestó con evidente malhumor.

Naruto se apartó de él y caminó hasta colocarse enfrente, encarándole, en sus ojos cierto brillo molesto que, sin embargo, Gaara no se molestó en notar. Y cuando Naruto habló, con voz ronca y que apenas lograba disimular su ira, el otro trató de hacer oídos sordos a sus palabras.

-¿Qué te sucede? Esta noche estás más insoportable de lo normal…- dijo el rubio tratando de hacer sonreír a su camarada, pero obtuvo como única contestación una mirada fría cual glaciar ártico.

-Creí haberte dicho que me dejaras en paz.

Naruto entrecerró pícaramente sus ojos, dándole a su rostro un aspecto más bien zorruno cuando apareció en él una vivaracha sonrisa. Humedeció sus labios con su propia lengua y dijo:

-Hueles a él- Gaara desvió la mirada a un costado, cansado de escucharle-. Has probado su sangre, y ahora te das cuenta de que deseas mucho más.

Silencio.

Tranquilo y desesperanzador silencio.

El rubio prosiguió con su monólogo.

-Pobre Gaara- se acercó al pelirrojo y con delicadeza posó una de sus manos en los cabellos del color del fuego, revolviéndolos amorosamente-, hasta ahora vienes a darte cuenta del demonio que eres. Somos diablos, mi querido maestro. Nuestra sanguinaria naturaleza es algo que no puedes cambiar. Sólo podemos amarnos a nosotros mismos porque el resto de la humanidad no es más que alimento…

Gaara frunció el ceño ante estas palabras, sobretodo por la terrible hipocresía que encerraban. ¡Ja! Naruto menos que nadie tenía el derecho de decir que amar a un ser humano era imposible, ¡él mismo se moría por ese mortal, Sasuke! Y esas palabras que decía, eran tan parecidas a las que había escuchado hace tantos años.

-Calla- le recriminó Gaara sintiendo una fuerte opresión en el pecho-, me recuerdas a él.

-Sólo digo la verdad. En este mundo sólo nos tenemos a nosotros mismos- habló esta vez con algo de amargura, sintiendo muy distante al único ser capaz de despertar en él sentimientos-. Tú y yo, recorriendo este sendero sin destino ni fin. Compañeros en la Eternidad.

Esas palabras, por demás ciertas, sentaron mal al pelirrojo, como siempre, cada vez que el otro se empeñaba en hacerle sentir aún más su soledad. Con gesto inexpresivo se deshizo rápidamente de la mano del otro, brindándole su mirada más gélida y más peligrosa.

Naruto retrocedió unos cuantos pasos. En su rostro una mueca de miedo jamás vista. Porque los ojos de Gaara parecían tornarse de un rojo furioso, del color de la sangre, y la fuerza de sus emociones parecía arrastrarlo todo, acabar con el aire y con la vida a su alrededor, diluirlo todo y convertirlo en volutas de humo.

Por momentos recordó al terrible Gaara, aquel demonio que le había arrebatado la vida años atrás y le había abierto los ojos a la Inmortalidad. Sí, ese Gaara completamente diferente al ser que era ahora, completamente opuesto al actual Gaara, tan calmo y sosegado. No, esa era la antigua bestia. ¡El Hijo del Desierto, el Demonio Nocturno! Y su mirada daba esa desgarradora sensación de horror, y su aspecto de pronto se tornaba en la cosa más diabólica sobre la faz de la tierra, que incluso el impávido Naruto tuvo miedo de sufrir su ira en carne propia, y se arrepintió de sus pasadas palabras.

-Déjame, demonio…- murmuró Gaara con voz gutural y gruesa, distorsionada por su propio demonio interno.

-¿Demonio?- se atrevió a replicar el rubio vampiro- Gaara, soy tu compañero, tu único compañero- aclaró con risa socarrona.

Gaara se dirigió a la puerta, no dispuesto a escucharle más. Antes de salir susurró:

-¿Único? Estoy seguro de que alguien más podría serlo… Lee bien podría sustituirte…

Y salió de su departamento, dejando a un Naruto completamente inexpresivo pero tratando de no estallar. ¡Rechazado! ¡Humillado! ¡Rebajado a nada! ¿Cómo se atrevía Gaara a hacerle semejante desplante? ¿A amenazarlo con abandonarle? ¿A sugerir que ese tal Lee podía llenar su vacío con semejante facilidad? Y en su interior sintió unos terribles celos que lo carcomían, porque él había estado siempre con Gaara. De hecho, había sido Gaara quien le había brindado la inmortalidad y quien se había negado a separarse de él.

Y ahora le decía que era sustituible… cuando el propio Naruto lo necesitaba más, cuando su corazón ansiaba la compañía del pelirrojo para poder sobrellevar su propia pena.

Entrecerró entonces los ojos, y con voz cargada de crueldad siseó:

-Ya verás Gaara, te demostraré que yo soy lo único que tienes…- dijo antes de salir de la habitación rumbo a lo desconocido.

XxXxX

Lee abrió los ojos sintiendo, como primera cosa, una pesadez enorme en su cuerpo, un entumecimiento general no sólo de sus miembros sino de su cerebro. Tampoco podía hacer mucho para identificar el sitio en el que se encontraba, a pesar de la terrible familiaridad en las cortinas de seda, en el suelo revestido de alfombra, en las cálidas mantas, en las paredes empapeladas de verde pastel… Sí, y en una de las paredes el enorme espejo de cuerpo entero enmarcado en oro, y allá en la esquina el escritorio francés de estilo Luis XVI. Y la puerta que se abría, dejando entrar a esa persona a la que bien conocía…

-Lee, ¿estás bien?- preguntó el hombre recién llegado mostrando verdadera preocupación.

El pelinegro contempló, atontado, a su tutor. Vio la horrible mueca de inquietud en su rostro, normalmente alegre y expresivo. Con algo de dificultad logró asentir.

-¿Qué te sucedió?- preguntó el hombre mayor, quien realmente no debía pasar los veintisiete años, enfundado en un extravagante y costoso traje hecho a la medida. Sus ojos, igual de negros que los de Lee, denotaban impaciencia y desasosiego. El menor, notando su garganta reseca, trató de articular palabra, pero al ver sus fútiles esfuerzos el mayor le acercó un vaso de agua. Lee bebió como si su vida dependiera de ello, un vaso tras otro.

-Calma- exclamó el maestro palmeando la espalda de su alumno al este atragantarse por la rapidez con la que bebía.

Lee respiró profundamente y se recostó sobre la almohada. Entrecerró sus hermosos ojos y dejó escapar un audible suspiro. Forzó a su mente a recordar. E hizo el intento una y otra vez. A su mente acudía la imagen de cierto chico pelirrojo, pero a pesar de intentarlo no podía definir sus rasgos, únicamente una mirada azulada y afilada como un puñal, una piel pálida y dura como roca, unos labios que le besaron suavemente…

Se sonrojó al pensar en ello. No, no podía ser. Porque ese chico había… ¡lo había mordido! ¡A la vieja usanza! ¡Casi lo desangraba! ¿Casi? ¡Si estaba técnicamente al borde de la muerte! ¿Sería posible?

Y un dolor en su pecho se hizo visiblemente cruel, y sus ojos casi dejan escapar caprichosas lágrimas.

Su maestro le miraba en silencio, esperando pacientemente una respuesta.

-Lee…- volvió a intentarlo- casi mueres- dijo con voz grave, dando a entender que realmente estaban hablando de algo serio-. ¿Sabes lo que es el desangramiento?

El más joven asintió, sintiendo su fuerza ser devuelta lentamente a su maltrecho cuerpo.

-Pues casi falleces… Debemos dar parte a la policía- dijo, pero la voz de Lee le detuvo.

-¿Podría ser que…?- aquí hizo una pausa para respirar- ¿Podría ser que se tratara de un vampiro?

El silencio que de pronto invadió la habitación era casi insoportable. El mayor frunció el ceño (primera vez que lo hacía desde que Lee tenía memoria) y, con voz dura e inflexible, respondió:

-No puede ser posible, Lee. Los vampiros no existen. Son sólo fantasías creadas por mórbidas mentes ávidas de cuentos fantasmagóricos con los cuales asustar a los niños. Y tú ya no eres un niño.

El más joven agachó el rostro, entristecido de pronto.

Sí, su maestro tenía razón, él no creía en esas cosas. Aún así había cierta parte de él que se negaba a aceptar tal pensamiento. Cierta parte de su mente, su infantil mente, gritaba: ¡es real! Pero esa parte de él se había visto reprimida siempre, ¿por qué debería hacerle caso esta vez? Y sin embargo sabía lo que había visto, había sentido la mortal mordida y había sentido su alma expandirse junto a una esencia más poderosa.

Pero no tenía caso retar a su maestro.

-Entiendo… es cierto lo que dice, maestro- aceptó Lee con una pequeña sonrisa.

-De todos modos a partir de hoy saldrás con escoltas hasta que encuentren a tu atacante- Lee abrió los ojos como platos al escuchar semejante decisión. Iba a protestar de inmediato pero un terrible cansancio le impidió pronunciar palabra. Sólo atinó a cerrar los ojos e intentar… descansar. Aunque esa noche no habría mucho descanso para él.

-¿Cuánto tiempo he estado dormido?- preguntó a lo último.

-Tres días- respondió su maestro antes de salir por completo de la habitación.

Lee suspiró con pesadez, cerró los ojos y trató de recordar lo ocurrido en ese parque, con ese chico. Y todo lo sucedido adquiría para él una familiaridad asombrosa, como si no fuese la primera vez que pasara, como si no fuese la primera vez que contemplara esos ojos verdes, ese cabello carmesí, esa piel pálida y brillante. ¿Pero dónde? No podía dar ni con el momento ni el lugar exacto, pero sabía que había algo extraño en todo eso. ¿Y si realmente era un vampiro?

Por un momento estuvo a punto de soltar una carcajada, pero se contuvo al sentir una presencia sobre el marco de su ventana. Ofuscado y asustado dirigió la vista al casi inaudible sonido que claramente hacía notar a una segunda persona que antes no había estado allí. Con los ojos abiertos al máximo contempló una figura alta y ataviada en una capa que permanecía en las sombras… y sonreía.

-¿Qué…?- no tuvo tiempo de preguntar nada, porque la figura se había abalanzado sobre él y, de un certero golpe, se había llevado su conocimiento y en consecuencia el pelinegro ahora yacía sumido en la inconsciencia.

Unas fuertes manos lo tomaron entre ellas y se llevaron el ausente cuerpo, todo esto con una sonrisa en el rostro…

XxXxX

Gaara alzó la mirada y, extrañamente, reconoció que había sido duro con Naruto. No era su estilo decirle cosas hirientes, mucho menos sabiendo que todo era mentira. Jamás nadie podría sustituir al rubio. Pero es que la terrible molestia que sentía le había hecho decir cosas que verdaderamente no sentía. Sobretodo porque las palabras de Naruto se asemejaban demasiado a las que había dicho ese sujeto, en el cual no quería ni pensar.

No. No quería acordarse de él, porque se había jurado nunca más recordar su nombre, recordar lo sucedido entre ellos hace más de un siglo. Oh, sí, cuando las cosas comenzaban para Gaara.

Pero había lastimado a Naruto, ¿no? Pues le pediría una disculpa, por supuesto, y probablemente le besaría y le abrazaría. Porque claro, Naruto significaba para él mucho más de lo que él mismo podía o quería reconocer. Así con pasos largos y rápidos se devolvió a su departamento.

Dentro del austero y elegantemente decorado piso, Gaara dio de lleno con la soledad. Más bien dicho con el silencio, pues sabía que Naruto estaba ahí, podía sentir su respiración, los latidos de su corazón inmortal. Y de pronto apareció, desde uno de los rincones, como si se tratara de una sombra.

-Naruto…- susurró Gaara con voz inconscientemente fría.

-Espera- le cortó el rubio agachando la cabeza- Antes de que digas nada quiero disculparme, por decir esas cosas que te molestan.

Gaara ablandó la mirada. Sí, Naruto siempre conseguía llevarlo a un nivel de ternura imposible, y resultaba aún más imposible no amar a ese chico. No amar sus expresiones, su cambiante personalidad, todo él.

-Por eso te he traído una sorpresa- Gaara ni se inmutó-. Te he preparado algo especial para que me perdones.

Y con sus suaves manos rodeó las de Gaara y lo guió a una de las habitaciones. Por el camino todo fue silencio. Naruto abrió una puerta y dejó a Gaara pasar primero, siguiéndole de cerca.

El pelirrojo se detuvo en medio de la habitación, decorada únicamente con una enorme cama con dosel antigua al centro, una ventana de negras cortinas y una alfombra persa a los pies. Pero lo que demandó su atención no fue la hermosa oscuridad reinante, sino un olor que conocía demasiado bien. Era el olor de la sangre. Sangre humana, ahí, en esa habitación.

-Lo he traído para ti. Este es mi regalo- dijo Naruto con una enorme sonrisa al rostro.

Hubiese deseado quedarse para contemplar las reacciones de Gaara, pero supo que lo mejor era marcharse ahora y esperar a que el otro saliera. Así que con pasos suaves dio la media vuelta y se fue, dejando a Gaara confundido, pero más que confundido… alterado.

Porque cuando se acercó al cuerpo que descansaba sobre la cama, con sumo desconcierto observó el negro cabello, y la piel al descubierto. ¡No lo podía creer! Era el desnudo cuerpo de Lee, reposando sobre la cama, completamente expuesto… para él.

Gaara estuvo a punto de retroceder unos pasos, y su cuerpo casi sale corriendo tratando de alejarse de Lee. Porque el pelinegro, completamente inconsciente, representaba todo aquello que él deseaba. Sí, era el deseo hecho persona. Y de pronto tenerlo ahí, completamente desnudo, en medio de la enorme cama, invitándole, susurrando una muda súplica para que saciara en él sus más bajos instintos y, al tiempo, tomar todo lo que deseara del cuerpo mortal…

Y su sangre humana lo llamaba, nublando sus sentidos. Enloqueciéndole. Loco de amor, podría ser, y también loco de deseo. Por su Lee, su lindo niño… que ahora estaba frente a él, ausente del peligro que lo rodeaba.

Gaara sintió de pronto que no podría controlarse… No, el control lo había perdido la primera noche, y allí estaba aquello que más anhelaba, dispuesto para él, y la oportunidad era perfecta. ¿Lo tomaría ahora?

Con los ojos brillantes se acercó al desprotegido cuerpo. Con una de sus manos tocó la cálida piel, y deseó detenerse. Pero era demasiado tarde…

CONTINUARA...