N/A: Yosh! En este capi hay una especie de lemon, y el mismo fue escrito con la ayuda de mi adorada Keichan (aun no termino de agradecer por completo XD). Enjoy!


Capítulo 3: Deseo Ilícito


Gaara sintió de pronto que no podría controlarse… No, el control lo había perdido la primera noche, y allí estaba aquello que más anhelaba, dispuesto para él, y la oportunidad era perfecta. ¿Lo tomaría ahora?

Con los ojos brillantes se acercó al desprotegido cuerpo. Con una de sus manos tocó la cálida piel, y deseó detenerse, pero era demasiado tarde…

XxXxX

Los azules ojos de Gaara refulgieron a mitad de la habitación. Algo en su interior se agitaba. Con sus frías manos acarició la piel de Lee, tan cálida como él solo. Una piel suave y tersa como la seda, caliente a causa de la sangre, de un color tan hermoso como puro. Suavemente paseó sus dedos por la piel de sus brazos, sintiendo esa fragilidad que tanto llamaba su atención. Sí, los humanos eran tan frágiles y trataban de parecer tan fuertes, como si él no pudiese acabar con ese espejismo en un abrir y cerrar de ojos.

Físicamente los humanos eran especies inferiores en cuanto a fuerza y conocimientos, pero eran tan increíblemente fuertes con sus emociones... Todo lo contrario a los vampiros, tan vulnerables en su propia mente, acechados por los recuerdos, temerosos de fantasmas pasados.

Pero Lee... este chico era de las personas más increíbles que conociera. Tan frágil, tan hermoso en su debilidad. De momento le daban ganas de abrazarlo, estrujarlo contra su pecho hasta sentir sus huesos crujir. Quería fundirse con él, ansiaba obtener esa fortaleza, que recorriera su cuerpo, que se fundiera con su sangre. Pero ya lo había intentado. Se había alimentado de él pero no se había hecho más fuerte, ¿qué más debía hacer? ¿De qué otro modo tenía que poseerlo?

Acercó entonces su rostro al pecho del más joven. Acarició con su mejilla la suavidad de esa piel al tiempo que la palma extendida de sus manos abarcaban la mayor cantidad de esa blanquecina textura, sus muslos firmes, sus caderas, su cintura, anhelando, ansiando poder tocarlo todo, sentirlo todo, posando sus besos de fuego a lo largo del delgado cuerpo, las mejillas, el cuello, el pecho, el vientre, incluso la parte más íntima de Lee se vio asaltada de esa dulce manera.

Gaara sintió entonces el deseo inundar su cabeza, esparcirse por su cuerpo, haciendo a sus manos ahondar el contacto, de una forma más imperiosa, con la latente necesidad de estudiarlo, de hacer con él mil cosas. Y sintió dentro de él un fuego comparable únicamente a las llamas del Infierno, un fuego que despertaba en él sus más bajas pasiones.

Tenía que poseerlo.

Sí. Poseerlo de esa forma tan humana, tan sensual y que no había probado en mucho tiempo.

Se acercó entonces mucho más. Besó sus labios con fuerza hasta sentir que podía darlo todo con tal de estar siempre entre sus piernas, abrazándolo, ¿y qué pasaba entonces con su lindo muñequito?

-Lee…- le llamó al tiempo que sus labios besaban el pálido cuello. Sí, tan pálido y palpitante, y sin embargo su sangre no fue lo que más llamó su atención. Esta vez la sangre no era el aliciente principal sino el acompañante.

Y volvió a llamarle, susurrando en su oído, despojándose lentamente de sus propios ropajes, dejando al descubierto su ancestral piel, blanca como el mármol, impoluta, sin rastro alguno del pasar del tiempo, libre de marcas, de heridas, y sin embargo tan llena de pecados.

Gaara sonrió al pensar en esto.

Sí, cuerpo pecador con alma pecadora. Y ahora iba a cometer el peor. Pero incluso esto estaba bien. Él era un vampiro, se suponía que tenía que ser malo, cruel. Se suponía que debía matar sin piedad y hacer su voluntad cual dios sobre la tierra. Luego de tantos años conteniéndose, deseándole, ¿no estaba bien hacer ahora su deseo realidad?

Con duras manos hizo a un lado las sábanas y su húmeda lengua dio cuenta de cada rincón inexplorado en la piel del otro. Únicamente el silencio se veía disuelto por el movimiento de su cuerpo, cual felino, que se lanzaba a probar todo del otro. De pronto sintió aquello que parecía sobrepasarle, sí, la excitación, mucho más poderosa que al momento de caza.

"Quiero poseerte", pensó al sentir su piel arder, caliente, por momentos casi humana. "Quiero que seas mío siempre". Sus ojos nublados por el placer que sabía le esperaba. Tantos años sin probar la piel humana, el cuerpo humano, el placer humano, y ahora simplemente podía desatar su locura con él. Justo como había deseado.

Sintió muy potente la necesidad de atraerlo a su cuerpo y deslizarse dentro de él, para moverse como no lo había hecho en siglos de tortuosa falsedad inmortal, y hacerle tener el mejor placer de su vida, lo mejor para su hermoso pelinegro que, aún inconsciente, se le antojaba tan apetitoso, su sangre, su cuerpo, su respiración. Ser el 'amo y señor', frase tan repetida como cierta, de sus pensamientos más oscuros y salvajemente latentes. Saborear esa libidinosa manera que tenían los humanos de conseguir una satisfacción orgásmica similar a la de beber libremente la sangre de un Dios. La exquisita diferencia radicaba en que ese placer era la representación del mismo, hecha un líquido blanquecino agridulce que, Gaara sabía, superaba enormemente a la vital sangre. Y que quería probar ahora, estuviese consciente Lee o no.

Ya se había decidido.

Lo tendría cautivo el tiempo necesario para que ese hermoso espécimen de la belleza mortal no pudiese ir a ningún lado sin desear estar bajo su dominio. Lee estaría entre sus piernas, hasta la saciedad de sus instintos humanos casi borrados por completo.

Bajó la cabeza entonces, y su cabellera se fundió con el color rojizo de las pequeñas mordidas que había depositado en sus muslos, y probó una vez más con su lengua los centímetros que estaban alzándose con sus toques delicados, para enterrar sus dientes en la encendida carne. Y el sabor de Lee había comenzado a obsesionarlo, lo sabía, era plenamente consciente de que aquello que deseaba era mucho más de lo que el otro estaba dispuesto a otorgar. Aún así no quiso detenerse ni quiso hacerse a un lado, al contrario, su mente clamaba por un pequeño descanso de todo el dolor al que había sometido a su alma.

-Lee…- susurró con delicia, pronunciar ese nombre… tan sólo con pensar en él sentía su cuerpo estremecerse, tan poderoso ese chico, capaz de dominar su cerebro con un pequeño pensamiento.

De pronto se percató de algo que nunca antes había notado. Era la temperatura… era el calor de su cuerpo que aumentaba demasiado aprisa, talvez peligrosamente tratándose de un vampiro. ¿No debería entonces su cuerpo buscar una contraparte, algún pedazo de frío hielo para calmar su desazón? Pues no, él anhelaba aún más calor, y ese mismo calor se concentraba en su mente, en zonas específicas de su cuerpo, y supo enseguida que aquello que sentía únicamente podía ser llamado éxtasis. Sí, éxtasis, esa palabra tan humana y tan… añorada.

-Mi Lee- repitió al tiempo que acomodaba el cuerpo de Lee de forma que quedara tendido de espaldas a la cama, su rostro de cara al techo, mostrándose sonrojado, sudoroso y estimulado aún sin consentimiento.

Pero, ¿había pedido Gaara permiso alguna vez? Lo que él quería simplemente lo tomaba, sin pedirlo a nadie, y lo que él ahora deseaba tenía un nombre: Rock Lee. Y lo poseería las veces que fuesen necesarias.

Sintió entonces su propia latente aunque oculta hombría, desencadenando en él una sensación así como placentera también dolorosa. Su tiempo estaba acabando, lo sabía, por lo que no desperdiciaría un segundo más.

Se lanzó entonces contra los sonrosados labios, profanando su boca sin pudor alguno, tocándole donde nadie antes había tocado. Y de pronto algo lo sacó de su mente… o más bien lo obligó a centrarse nuevamente. Era un casi imperceptible sonidito que brotaba de los entreabiertos labios de Lee, pronunciado de forma tan baja pero para los oídos del vampiro como un grito proferido a media noche.

Un pequeño gemido…

Y Gaara quiso escuchar otro.

Él no había probado la deliciosa carne humana en siglos, terribles y largos siglos añorando algo más que una presencia hecha de sombras. Pero ahora le tenía ahí, y su mente parecía querer estallar.

Entonces, con sumo cuidado, abrió las piernas de Lee. Delicadamente, como si se tratara de un pequeño muñequito. Y el hecho de saberle así, tan expuesto a sus oscuros deseos, no hizo sino excitarlo un poco más, desesperarlo por sentirse dentro. Desechó entonces cualquier otro pensamiento y guió su miembro a la pequeña entrada rosa. Por instantes no supo qué hacer, pero se vio así mismo entrando lentamente.

Cuando estuvo a la mitad, algo cegado por el increíble placer, dio una fuerte embestida, entrando por completo en él.

Y esa sensación era… ¡increíble! No, más que increíble, realmente no había palabras que pudiesen describirlo. Ni siquiera beber sangre tenía comparación. El placer que recorría su cuerpo era demasiado grande, incontrolable, como si miles de espasmos recorrieran su cuerpo y su cabeza, extendiéndose como una juguetona salamandra que acariciara sus nervios.

Sus ojos se nublaron y de su garganta salió un gutural gemido de éxtasis. Su piel brilló cuando una segunda embestida le hizo jadear. Lee era tan… cálido, tan estrecho, tan hermoso.

El rostro de Lee había fruncido el ceño y se mordía los labios con fuerza, pero aun así para Gaara resultaba hermoso, simplemente divino.

Volvió a embestirlo. Un jadeo, un gemido salido de inmortal garganta, proferido por ese calor que parecía arrebatarle la razón. Quería entonces más, ¡más! ¡Quería todo! Sus manos tomaron las menudas caderas de Lee y volvió adentrarse en él, esta vez más profundamente. De los labios mortales salió un pequeño jadeo que Gaara saboreó con éxtasis. Pero aún quería más. Mucho más de esa sensación. Entró de nuevo entonces, con fuerza casi inhumana, sintiendo los músculos de su cuerpo contraerse.

Contempló el rostro de Lee entonces, y quiso besarlo. Quiso besarlo eternamente, y poseerlo eternamente, y hacerlo suyo hasta el fin de los tiempos. Acercó sus labios fríos a los otros más cálidos y deseables, y entonces… contempló los ojos que se abrían lenta y pausadamente, y de pronto esos orbes negros se posaron en él.

-¿Qué?- susurró Lee, desorientado, adormilado, sintiendo un intenso dolor en su parte más baja. Su voz cortando el sonido en la habitación. Y de pronto todo movimiento se había detenido. Sólo su respirar pausado e incluso Gaara se había quedado extático, sin saber qué hacer.

Los ojos de Lee se desviaron entonces a ese sitio, donde sentía una presión terrible.

-¿¡Qué pasa!?- gritó con desesperación entonces al ver a Gaara, al sentirlo en su interior. Su mente comprendió de inmediato asimismo su cuerpo entendió lo que estaba sucediendo con él. Y sin embargo a pesar del pequeño montículo de placer en la colina de su mente todo lo restante era un miedo acuciante y ensordecedor.

¿Quién era ese que… se atrevía a hacerle eso? ¿Cómo había llegado a esa situación? ¿Y por qué su cuerpo se sentía tan pesado? La oscuridad entonces rodeó su cabeza, desorientándolo. La suavidad de las sábanas parecía lastimar su piel y esos ojos aguamarina que resplandecían en la oscuridad daban la sensación de querer devorarlo todo.

-¡Aléjate!- gritó cuando Gaara acercó su rostro al de él, preocupado al notar su desesperación, pero Lee se debatió entre los fuertes brazos que de pronto lo sostuvieron.

Y todo el hermoso y sensual momento había quedado arruinado por el despertar.

-¡Déjame!- exclamó una vez más tratando de apartarse del pelirrojo joven.

Por su parte, Gaara no hallaba qué hacer, preso él entonces de una desesperación aún mayor. El placer se había esfumado y, en su lugar, había quedado ese sentimiento. ¿Lee le temía? ¿Tenía miedo de él? ¿Por qué? ¿Por qué, si lo único que él hacía era amarlo? ¡Basta! Por favor, que se detuviese, que dejara de mostrar ese pánico sin precedentes, él jamás le lastimaría, jamás haría algo para dañarle porque él simplemente le amaba, como a nadie. Y ver el terror en los ojos de Lee, de pronto comprendiendo lo aterrorizante que era, incluso llevando ese cuerpo de proporciones perfectas, ese cuerpo mortal que alguna vez hubo despertado el deseo de cruel vampiro, ¡pero ni siquiera así era suficiente!

Lee veía, más allá de la soledad, un sentimiento demasiado perturbador como para soportarlo. Era ese deseo desmedido que se presentaba en las azules pupilas lo que lo descolocaba, lo que lo asustaba.

-¡Aléjate de mí!- gritó tratando de apartarle, pero sin lograr que se moviera, como si empujara una estatua de piedra.

Y gritó y gritó, su voz gastada recorriendo la oscura habitación, alzándose, poderosa, por encima de los latidos de su propio y salvaje corazón. Pero su voz, cruel tortura para oídos inmortales, comenzaba a arrastrar a Gaara hasta el límite de su propia consciencia. Sus recuerdos invadiéndole, esos mismos gritos, esa misma pesadilla, cada noche repitiéndose.

¡Los mortales gritaban tanto! Cuando él se acercaba, sigiloso, dispuesto a tomar sus vidas con el amor más incondicional, ¡pero siempre tenían que gritar! ¡Cómo si se tratara del mismísimo demonio! Había en los ojos mortales tanto miedo, ese mismo escabroso temor que se reflejaba en las negras orbes de Lee.

Terror.

Gaara se vio impedido de lidiar con ese sentimiento. Porque los gritos de Lee lo atormentaban, le hacían perder la razón. ¡Que alguien le callara, por amor al Cielo! ¡Gaara estaba perdiendo el control! Llevó ambas manos a su cabeza, complaciendo el deseo de Lee de alejarse de él, llevando su rostro, contorsionado por el dolor, en dirección al techo.

-¡Aléjate!- gritó Lee de nueva cuenta, poseído por la locura, talvez por verse desnudo, en medio de una habitación a oscuras, siendo acosado de esa manera, siendo… violado de esa forma, obligado a sentir un placer que él no deseaba y ¡con un perfecto extraño!

-¡¡Basta!!- le acalló entonces Gaara, su grito resonante en plena habitación, haciendo de la voz de Lee un delgado hilo- ¡Calla de una vez!- exclamó con violencia tomando el pequeño cuerpo por los brazos, apretando fuertemente, dejando huellas en la blanquecina piel.

Lee enmudeció de inmediato.

Esos ojos… Esos ojos azules mostraban desesperación. Esos ojos azules le asustaban, le hacían querer salir corriendo y al mismo tiempo le impedían moverse. Lee jamás había visto una mirada como aquella, cargada de tanto significado y al mismo tiempo mostrándose furiosa y abatida. ¿Qué había allí? El deseo había dado paso al dolor. El dolor del alma que, atormentada por no hallar complemento, se alza presurosa a la hoguera de la muerte pero sin encontrar jamás descanso.

-Guarda silencio… por favor…- la voz de Gaara ablandándose, haciéndose un murmullo, disminuyendo la fuerza de sus manos, comprendiendo que perder el control en esa situación iba a terminar matándolo.

Se alejó entonces del cómodo lecho, dispuesto a marcharse, abatido al saberse un ser indeseado, como siempre. ¿Qué otro destino existía para él? Ahora sí debía alejarse de Lee para siempre, hacer de esa noche un penoso recuerdo, resignándose a haberle perdido incluso antes de haberlo hecho suyo.

-Espera- le llamó entonces con suave voz.

Los ojos de Gaara voltearon a verle. Esta vez lucían apagados y sin vida, completamente diferentes a lo que eran en un principio. Lee… ¿le llamaba? ¿Se arriesgaba a estar en su presencia aún con el temor de poder dañarle? ¿Y qué provocaba esto en él? Una ambigüedad tremenda, sentimientos desviados. No, el no quería emocionarse. Prefería mil veces padecer su infierno que lanzarse de esa manera a los brazos del cruel destino que, había descubierto, se había ensañado con él.

-Espera…- volvió a llamar la suave voz mortal, confundida a más no poder y sin embargo llena de una valentía que conmovió el corazón de Gaara, misma valentía que le hizo amarle cada vez más- Te he visto antes, ¿verdad? ¿Quién eres?

Gaara reconoció la duda en su voz, y sin embargo al sondear sus pensamientos encontró algo que sin duda alguna no esperó nunca encontrar. ¡Curiosidad! Lo que Lee sentía, en ese momento, era un espanto bastante desesperanzador, sí, pero había también una curiosidad insólita, absurda, incomprensible e inexplicable. Y saber esto le sorprendió, porque los humanos siempre lo conmovían de forma en extremo peligrosa. Pero de pronto vio la inocencia reflejada en esa azabache mirada, esos, los ojos de un niño, deslumbrados por la oscuridad que se presenta ante ellos, desazón ante ese demonio de piel pálida y mirada devoradora. Había tanta inocencia en su mirada que Gaara comprendió que no podía mentir. Y comprendió, también, que no quería hacerlo.

Pero de pronto se anidaba en su pecho esa sensación, esa adrenalina que lo convidaba a decir la verdad. Era ese estímulo que le provocaba el hecho de delatarse a sí mismo, de aceptar ante un mortal lo monstruoso que era, ante un humano al que no daría muerte, ante un ser al que no iba a matar, del cual no se iba a alimentar. E incluso el peligro de esa acción tan temeraria, esa traición a sí mismo y a los suyos, desataba en él ese viejo sentimiento de demencia, de frenesí, de arrebato.

¡Aceptar su crueldad!

-¿Realmente quieres saberlo?- preguntó el inmortal conteniendo su entusiasmo, reprimiendo al máximo el enardecimiento de su espíritu.

Lee había asentido.

Sí, él quería saber, pero más que eso quería entender. Porque a ese monstruoso ser que aparentaba una belleza sin precedentes lo había contemplado antes, aunque sus ojos no le reconocieran, aunque su mente no le hallara en la confusa y laberíntica masa que era su memoria.

El vampiro entonces, en un movimiento demasiado rápido como para ser percibido por el ojo humano, se colocó a la altura del mortal, juntando sus rostros peligrosamente, tomando el mentón de Lee y alzando su cara hasta hacer coincidir sus alientos. Los fríos labios del vampiro contra los cálidos del humano. El calor en las mejillas de Lee evidenció entonces el aturdidor efecto que tenía el inmortal en él.

-Yo soy…- los sensuales labios se movieron seductoramente, hipnotizando sus sentidos-… un vampiro.

CONTINUARA...