N/A: Hola!! Acá el siguiente capi. Este lo he tenido que corregir bastante (es el que mas) y he cambiado algo relativamente importante, y es la identidad de la enfermera que aparece en el hospital. Pero creo que no es taaan grave xD Espero que disfruten la lectura nn
Capítulo 5: Decisiones equivocadas
Naruto abrió los ojos como platos al sentir esa sensación golpeando su pecho. Resulta difícil de imaginar, o de explicar, pero algo le decía que Sasuke estaba en peligro. Era esta una de las ventajas de haberse alimentado de él una vez. Pero la sensación era en extremo dolorosa, electrizante, hacía a sus ojos llorar.
El rubio se levantó rápidamente de su cama y sus ojos azules brillaron contra la noche que recién empezaba.
¡Sasuke!
Sólo esa palabra surcó su mente como un rayo sangriento en un lóbrego nubarrón. Su corazón palpitó con violencia y su piel fría sudó. No había tiempo para nada, ni siquiera para alimentarse, sólo salir de esa habitación e ir en su busca. Sus pasos largos lo guiaron prontamente a la sala, pero al pasar al lado de la habitación de Gaara se detuvo. Era un olor que había sentido años atrás; un olor que desearía no volver a sentir. Su corazón se detuvo entonces. Volvió la vista a la habitación de su compañero.
Lo entendía.
¡Lo sabía! ¡Gaara estaba teniendo otra de sus crisis!
Creyó que nunca volvería a ocurrir. Años atrás del último ataque, cuando Gaara casi le rebanaba el pescuezo y sorbía hasta la última gota de su sangre. Esa fue la última vez que habían llamado al creador de Gaara, y el mismo pelirrojo había sufrido lo indecible por ello.
No, por favor.
Naruto tragó saliva con dificultad al escuchar un gutural grito proveniente de la habitación. Se mordió los labios con fuerza, negándose a preguntarle si estaba bien, si necesitaba ayuda. Cuando Gaara estaba en ese estado era capaz de asesinar sin mirar si se trataba de un amigo o un enemigo, simplemente matar para obtener la sangre, siendo ese su único objetivo. Porque, en noches como esa, Gaara era el Cazador Sangriento: el Demonio del Desierto.
Naruto retrocedió dos pasos al sentir la presencia de Gaara escalofriantemente cerca.
"¿A dónde vas?", preguntó el pelirrojo desde el otro lado, su voz fría que parecía acariciar los nervios del rubio, quien había empezado a temblar.
-Yo...- no encontró palabras para seguir, sus ojos amenazaron con llorar nuevamente. Por un lado el grito de ayuda de Sasuke reverberaba en sus oídos, pero Gaara... Gaara parecía detenerlo con su sola presencia. Su corazón se agitó dolorosamente. ¡Tenía que hacer algo!
"Naruto...", llamó el pelirrojo.
Y Naruto lo sabía. Gaara lo estaba seduciendo lentamente, hipnotizándolo, instándolo a abrir esa puerta que marcaría la diferencia entre su vida y una verdadera muerte. El rubio acercó sus largos y delgados dedos a la manilla de oro que relucía entre las penumbras. Su mano temblaba y él mismo trataba de detenerse.
"Hazlo...", un susurro dentro de su mente.
Hazlo. Hazlo de una vez. Traspasa el umbral de la locura y la muerte y ven conmigo. Ven conmigo para siempre. Esas eran siempre las palabras que azotaban su cabeza, que lo atormentaban. Naruto se había dejado llevar una vez y casi moría. Aún podía recordar el dolor al sentir las garras de Gaara extirpar sus miembros poco a poco, sonriendo maliciosamente, repitiendo una y otra vez que el destino es tan cercano que incluso puede cruzarnos el rostro con una bofetada. Pero el destino puede ser cambiado, ¿no? Podemos morir aunque no estemos programados para ello. Tú puedes morir...
-¡¡NO!!- gritó Naruto echando a correr.
Y el rubio corrió con todas sus fuerzas, rápidamente, con la velocidad de un rayo. Nadie pudo dar cuenta de él, quien más pareció un soplo helado que una persona que, desesperadamente, tratara de apartarse del mal que se extiende indetenible hacia él. Únicamente detuvo sus pasos cuando se encontró a sí mismo frente a la casa de Sasuke. Oh, Dios, le necesitaba tanto en ese momento. ¿Cómo enfrentar a Gaara si él mismo no se veía con las fuerzas necesarias? Lo que él necesitaba en ese momento era la arrogante voz de su amado mortal diciéndole en voz baja "Vaya dobe, ¿podrías dejar de ponerte tan histérico?" Sólo Sasuke podía calmarlo, sólo él.
Alzó la vista entonces. Pero... ¿dónde estaba? Con sus azules pupilas abiertas al máximo, Naruto contempló lo que eran simplemente ruinas. ¿Y su Sasuke? A su alrededor se congregaron mortales, humanos que se asomaban a contemplar lo que había quedado de un voraz incendio, aunque uno que otro simplemente quería acercarse al apuesto chico que había aparecido de la nada.
Más de una mirada se perdió en la piel espectralmente pálida. Pero lo único que cabía en la mente ahogada del vampiro era ese terrible olor a quemado, eran las cenizas que se esparcían por el viento y hacían doler sus ojos. ¡Y la sangre de Sasuke! ¡La sentía! ¿A dónde se habían llevado a su adorado mortal?
Cerró los ojos entonces. Su mente se conectó con la del moreno, ¡y le vio! Sus sentidos se fundieron en uno solo y Naruto pudo sentir el débil palpitar del corazón de su amante, quien descansaba cómodamente sobre un colchón blando, y a su lado una suave voz hablaba, le repetía que todo iba a estar bien.
Oh, sí, Naruto habría saltado de júbilo si el hecho en sí no resultara demasiado extraño. En cambio, se dirigió a toda velocidad al hospital de donde provenían los pensamientos de su pequeño. Sí, tan rápido como el viento... con tal de verlo una vez más.
XxXxX
Gaara se llevó ambas manos a la cabeza tratando de mitigar el insoportable dolor que se extendía por todo su ser, como si el propio Satán buscara partir en dos su cráneo. En noches como esa resultaba bastante difícil controlarse, sobretodo teniendo tantos pensamientos en mente. Muchas cosas que deseaba, cosas que había anhelado siempre, antiguos amores que parecían flotar sobre el líquido de sus pensamientos, cada nuevo y antiguo rostro buscando acabar con su cordura. Llegado a un punto, el pasado y el presente habían empezado a fundirse, confundiéndolo, sumiéndolo en una esencia peligrosa que, por un lado lo alarmaba, pero también lo atraía, lo guiaba.
Eran esas palabras que le había dedicado su creador, siglos atrás.
"Eres el Cazador Sangriento"
Para ese perverso ser los humanos no eran más que alimento, más que bolsas de sangre que pululaban por un mundo que desconocían, que no apreciaban, y estos sacos de huesos únicamente vivían en su ignorancia, ajenos al verdadero curso del tiempo, del mundo. La muerte había dejado de tener un significado, porque ellos eran la representación de ese deseo. Su única meta era matar.
"¡Demonio del Desierto, arrasa con todo lo que hay a tu paso!", había exclamado su creador una noche mientras contemplaba el desencajado rostro de Gaara distorsionado en una mueca macabra.
A ese oscuro personaje le gustaba ver a Gaara en ese estado de pura euforia, cuando se lanzaba sobre los mortales, mordía sus cuellos y bebía de ellos con tanta pasión, con tanta entrega, que resultaba una escena encantadora, fascinante. ¡Cuántas familias no habían perecido a manos del cruento pelirrojo! ¡Cuántas bellas jóvenes no habían dado sus vidas ante esos brazos que se cerraban con lujuria y ultrajaban hasta lo más recóndito de sus almas! ¡Y cómo gozaba ese ser viendo a Gaara caer en la desesperación al percatarse de que todo aquello no era más que un espejismo, una ilusión!
"Puedes vivir el sueño cada noche, Gaara", le repetía incansablemente.
Y cuando el pelirrojo se negaba a cumplir sus órdenes, cuando su propio cuerpo no podía tolerar más matanzas indiscriminadas, era sometido al letargo absoluto, a la abstinencia de ese delicioso elíxir. Y los gritos de Gaara se escuchaban hasta en los lugares más recónditos, pero al fondo esa carcajada macabra, esos ojos que todo lo dominaban, esa piel blanca que parecía hecha de la misma materia que la luna. ¿Cuánta maldad podía encerrar un cuerpo? Mucha, muchísima, y había en ese hombre todo un cúmulo de perversión sin límites.
Pero Gaara...
Gaara nunca podía soportarlo. Nunca podía asesinar con tanta soltura sin caer finalmente en una depresión avasalladora. Prontamente había perdido la ilusión, y su maestro había dejado de ser una figura intimidante para convertirse en un simple domador callejero que, una noche de luna llena, le había abierto las puertas a una jaula preciosa adornada con rubíes y perlas, pero una jaula al fin y al cabo. Gaara era una fiera, lo sabía, ambos lo sabían. Ni la jaula más resistente podía contenerlo.
Por eso había empezado a marchar. Viajes largos en solitario, dejando a su maestro en pleno acto de cacería, yéndose sin más. Y vaya que había desobedecido las reglas, pero no le importaba. ¡No estaba dispuesto a pasar un segundo más con ese hombre! Pero le buscaba, siempre regresaba a él, pero volvía con su actitud más despiada y le echaba en cara lo inútil que era, que había sido siempre.
"No me sirves", le había dicho Gaara una noche mientras se acomodaba en su asiento.
Por respuesta había obtenido una carcajada ruidosa y reverberante.
"Te has convertido en un lastre para mí", había escupido el pelirrojo con malevolencia. El otro le había observado con ojos llenos de furia.
"¡Maldito ingrato!", había exclamado antes de irse, dejando a Gaara enajenado en sus pensamientos.
Nuevamente solo.
Nunca más había vuelto a ver a ese hombre. Alguna vez quiso buscarle pero nunca se atrevió siquiera a intentarlo. ¿Qué esperaba encontrar? ¿Qué quería obtener? ¿Simplemente reavivar ese odio que ambos sentían el uno por el otro? Y cuando la idea de buscar a su maestro había empezado a obsesionar a Gaara, entonces había aparecido frente a sus ojos ese niño.
Gaara nunca había visto un ser tan puro y hermoso como ese.
Talvez lo que más le gustaba eran esos ojos negros que le recordaban tanto a esa noche que le acompañaba, que se había convertido en su mundo. ¡Cuánta inocencia en su mirada! Lee era la persona más cándida que había conocido nunca. Lo había amado desde el primer momento. Había enloquecido por él desde el primer segundo. Eso era amor, debía serlo, porque Gaara se había encontrado a sí mismo espiándolo en las noches, mientras dormía abrazado a ese peluche suave de mirada de plástico que siempre se encontraba de cara a la ventana, como si le advirtiera de no dar un paso más.
Gaara siempre se detenía en ese momento, a pesar de que en el fondo deseaba apartar a ese espantoso muñeco y colarse entre los brazos de Lee, permitirle que le abrazara por siempre. ¡Por siempre! Quería hacerlo un vampiro. Tantas noches había pensado en ello... ¿Qué se sentiría tener entre sus brazos ese pequeño cuerpecito inmortal? Él nunca había visto a un vampiro tan joven, pero imaginaba cómo sería contemplar ese cambio tan radical. Ver la sonrosada y juvenil piel convertirse en una tela suave y dura al mismo tiempo, brillante y esplendorosa. Y esos cabellos negros adquiriendo el brillo sobrenatural de los muertos. Y sus tiernos colmillitos transformándose en letales armas. ¡Cuánto amor habría en ese acto! ¡Cuánta adoración al momento de hacerle una pequeña, irresistible y maravillosa máquina de matar!
Porque eso eran... máquinas despiadadas creadas únicamente para el asesinato.
¡Por eso no lo había hecho!
¿Cómo condenar semejante dulzura a una vida tan tétrica y carente de significado como aquella? Oh, pero a Gaara nunca se le había dado bien controlar el deseo. Por años se había alejado de él, obligándose a sí mismo a olvidarle, conteniendo la masa de sentimientos que se agolpaban en su pecho, en sus brazos, en su estómago, en su cabeza, en su cuerpo entero.
¡Y de repente ahí estaba!
Gaara se había obsesionado con él, con su cuerpo, con su voz, y sus ansias de sentirlo habían llegado al mismo punto que él aborrecía. Porque le había hecho a Lee lo mismo que su maestro le había hecho a él. Una noche, deslizándose dentro de su habitación, haciéndose de su cuerpo virgen sin consideración alguna. Gaara aún podía recordar el dolor de aquella primera vez. ¿Y cómo se había atrevido a hacerle a Lee exactamente lo mismo?
-Lee...- susurró Gaara al sentir un fuego arrollador descender por todo su cuerpo, devorando hasta la partícula más diminuta de su ser.
Su respirción estaba agitada, sus cabellos desordenados se movían, temorosos, ante la fuerza del viento.
La luz de la luna llena alumbró la habitación deshecha. Los muebles destruidos, el papel de las paredes arrancado ferozmente, las bellas lámparas destrozadas, los cuadros de colección caídos, los antiguos libros forrados en cuero desperdigados por el suelo, las alfombras traídas especialmente para él completamente inservibles... Y, a un lado de todo este caos, Gaara se encontraba en una esquina, meciéndose lentamente, agarrándose de los cabellos como si pudiera arrancarlos de raíz, sus labios moviéndose aunque de su boca no saliera ningún sonido.
Sangre... sangre... sangre...
Tenía hambre, un apetito voraz. Quería acabar con toda esa ciudad. Había tantos rostros que deseaba poseer, tantos cuerpos, tantas familias en espera de la muerte. ¡Él quería arrasar con todo!
¡Demonio del Desierto, arrasa con todo lo que hay a tu paso!
Se mordió los labios hasta hacerlos sangrar y probar el sabor metálico de su propia sangre. Por segundos la imagen de Lee surcó su mente... Esa sonrisa... cuánto ansiaba Gaara poseer esa sonrisa...
Poseerla eternamente...
Hacerlo uno de los nuestros...
XxXxX
Lee pegó un brinco al sentir la puerta abrirse fuertemente, y de pronto una figura rubia se abalanzó sobre las piernas de Sasuke, quien no pudo reprimir un pequeño quejido al sentir ese asfixiante abrazo que lo envolvía. No tenía necesidad de verlo para reconocer ese tacto frío y hasta muerto. En el fondo quiso sonreír cálidamente, pero sus labios permanecieron en una perfecta línea recta.
El vampiro besó a Sasuke en la frente, besó sus manos, y sólo cuando hubo terminado su extraño ritual se permitió volver la vista hacia donde se encontraba un enmudecido Lee, quien sólo contemplaba silenciosamente todo aquel extraño hechizo. Por supuesto, el enfado de Naruto no se hizo esperar, y su ceño se frunció irremediablemente y sus labios se curvaron en una mueca molesta.
¿Por qué tenía ese tal Lee que entrometerse siempre?
¡Cuánto lo odiaba!
Cuánto detestaba esos enormes ojos líquidos, esa piel cremosa, ese cabello de un color negro y puro, ese cuerpo delgado y joven, pero por sobretodo, odiaba esa mirada llena de una ingenuidad casi infantil. Y a pesar de que él podía ver el sufrimiento que escondían sus pupilas, saber que el otro era capaz de mirar con tanta dulzura no hacía sino enfurecerlo más. ¡Porque ese tonto mortal podría apartar definitivamente a Gaara de él!
-¡Lárgate!- exclamó el rubio con violencia, conteniendo las ganas de lanzarse sobre Lee y acabar con él en ese mismo instante.
Tanto Lee como Sasuke dieron un pequeño salto ante el grito de esa voz autoritaria.
Sasuke arrugó el entrecejo, Lee sólo agachó la cabeza tristemente. ¿Qué había hecho para que el rubio le hablara de esa forma?
-¿No entiendes que quiero que te marches?- gritó una vez más Naruto, dispuesto, esta vez, a sacar a Lee por sus propios medios.
-¡Baka! ¡No le hables así!- saltó Sasuke en defensa de su amigo, pero la temeraria mirada del rubio sólo achicó más el espíritu de Lee.
-Descuida, Sasuke-kun, volveré más tarde- aceptó el de los enormes ojos negros tomando rumbo hacia la salida.
Naruto lo observó fijamente.
Lee lucía cansado, adolorido, y no sólo físicamente. Había algo dentro de él que lo hería profundamente, pero era una herida antigua. Alguien había lastimado terriblemente a ese chico. Alguien le había robado algo muy importante, algo más valioso que cualquier tesoro. Y sintió curiosidad de pronto. ¿Quién habría hecho algo tan malo a ese joven como para hacerlo de esa forma, apagado por momentos? Porque esa felicidad, esa sonrisa, no era tan amable y sincera como parecía.
Algo ocultaba... algún terrible secreto... y talvez ni el mismo Gaara estaba enterado de ello.
-¿Por qué lo tratas así?- preguntó Sasuke al sentirse completamente solo, únicamente el rubio inmortal acompañándolo, pero tan ausente que era como si no estuviera.
-No me gusta- respondió Naruto haciendo un pequeño puchero.
Sasuke arrugó elentrecejo.
-No hagas berrinches, dobe. Si no fuese por Lee, ahora yo estaría muerto- reconoció el pianista con sinceridad.
Naurto le miró. ¿A qué se refería? Y sondeando los pensamientos y recuerdos de Sasuke comprendió lo sucedido. Llegaron a él, como viejas fotografías, lo ocurrido momentos antes. Y sintió una opresión en el pecho al darse cuenta de la verdad. Culpa. Nunca había sentido ese sentimiento, pero ahora le atenazaba la garganta. Porque, después de todo, talvez Lee no era tan malo...
XxXxX
Sus pasos lo guiaron por la desierta sala de hospital. Cuánto odiaba encontrarse en lugares como ese, tan tristes y solitarios. Las paredes blancas lo abrumaban, ese olor tan característico lo mareaba, su cabeza dolía, su pecho ardía, pero lo sabía, no era por estar allí, era por... algo más.
Se sentó en una las sillas colocadas estratégicamente en la sala de espera. Sus mente comenzó a vagar, instintivamente, a los hechos sucedidos horas antes, cuando Sasuke casi moría.
Y ni siquiera lo había pensado. Su cuerpo se había movido por sí solo. Al ver a Sasuke allí, en medio del fuego, a punto de morir, algo lo había hecho ponerse en acción. Se sintió presa de la desesperación, de verle perecer ante sus ojos sin él poder hacer nada. Así que sin ser plenamente consciente se había lanzado en su ayuda. Y con sus manos desnudas había apartado los maderos en llamas, sin importarle el dolor, sin importarle el olor de su piel quemada, sólo salvar a Sasuke. Salvar a su amigo, a su único verdadero amigo.
Las chispas habían saltado sobre él, devoradoras, como si quisieran dejarle talvez en la misma condición que Sasuke, quizás ciego, o algo peor. Pero no le importó. Su propio bienestar era lo de menos. Sasuke tenía que salvarse. Se lo había prometido tiempo atrás, al conocerle, que siempre lo cuidaría, que no dejaría que nada ni nadie lo dañara en lo más mínimo. Y eso incluía llevarle flores casi diariamente, hacerle compañía para que no se sintiera solo, comprar un nuevo piano cada vez que los vándalos del barrio se adentratan en su casa y destrozaran su preciado instrumento, incluía también rogarle para que se mudara a un sitio mejor, no importa si era él quien tenía que pagarlo, no importaba el precio con tal de tener garantizada su seguridad, y, definitivamente, incluía lo que en ese momento había hecho.
¿Que casi moría al intentar salvarlo?
Ese sólo era un pequeño detalle sin importancia.
Lo realmente importante era que había cumplido su promesa.
-Lee-san, ¿se encuentra bien?- le sacó una suave voz de sus pensamientos.
El aludido le miró con sus hermosos ojos abiertos al máximo. Lucía cansado, agotado por completo, pero era como si se negara a descansar. Porque... aún guardaba esperanzas.
-Estoy bien, Hinata-san- respondió el pelinegro a la amable enfermera de cándida sonrisa.
La chica se sentó a su lado, permitiéndose un pequeño descanso de su labor diaria. Ella también se había conmovido muchísimo al escuchar la historia, al enterarse de la forma tan valiente en la que Lee había salvado a su amigo ciego de una muerte casi segura. Eran esos los corazones que realmente valían la pena. Eran esas las personas que de verdad merecían vivir. Y con sumo desconsuelo había dado cuenta de que el más afectado con el incidente había sido este chico. Porque sus manos... sus manos habían quedado casi inservibles.
Totalmente quemadas...
-¿Cómo te sientes?- preguntó la amable chica mirándole de forma cariñosa y tocando con sus suaves manos las vendadas de Lee.
-Me siento bien, sólo un poco cansado- fue la única respuesta del pelinegro, cohibido de pronto por la clara muestra de afecto.
-¿Te duele?- señaló las limpias vendas que envolvían tanto sus manos como sus brazos.
-No, sólo escuecen un poco pero nada insoportable. Muchas gracias por haberme ayudado- dijo mientras se ponía en pie lentamente, estirando sus entumecidos músculos.
Ella lo miró largo rato, mientras él se despedía y hacía una pequeña reverencia a la antigua. Lo comprendía, ese chico era increíble. A ese joven no le había importado perder casi toda sensibilidad en sus manos. Ni siquiera había en sus ojos una gota de arrepentimiento. ¡Con cuánta admiración lo contempló!
-Espero que te mejores, Lee-san...- susurró a la nada mientras volvía a su rutinario trabajo.
XxXxX
Cuando salió del hospital la luna llena se alzaba en lo alto, llenándolo de escalofríos y malos presentimientos. Pero realmente ya no quería pensar en eso. Bastaba ya de analizar cada cosa que pudiera suceder en su vida. ¿De qué servía, finalmente?
Noches como esa lo llenaban de una melancolía abrumadora. En momentos como esos recordaba todo su pasado, el sufrimiento, el dolor. Recordaba a las personas que lo habían lastimado tanto... Esa persona... Aún después de tanto tiempo no podía sacarlo de su cabeza, no podía alejar su recuerdo, no podía evitar sentir que nuevamente sus garras se cerraban alrededor de su corazón, lastimándolo, no sólo físicamente, sino también de forma emocional. Cuánto había sufrido durante esos días cuando lo único que había deseado era tener la compañía de alguien que le quisiera de verdad.
Pero no.
En vez de encontrar a un buen amor había encontrado al peor demonio sobre la tierra, a ese ser que lo había herido en lo más profundo, cambiándolo para siempre.
Y, justo como antes, en ese instante se sentía preso de la más terrible de las soledades, sin ánimos de llegar a casa y enfrentar la falsa sonrisa de su padre, la ausencia de su madre, la casi enfermiza preocupación de su sensei. No quería volver... No quería regresar a eso... ¿Por qué no había nadie que lo alejara de todo ese tormento?
En ese momento recordó al chico vampiro. ¡Y deseó que en verdad lo fuese!
Se abrazó a sí mismo con fuerza, sintiendo las frías lágrimas abandonar sus ojos y caer por su rostro. Si tan sólo estuviese ahí... Si ese chico lo ayudara, lo comprendiera aunque fuese un poco... No rogaba por nada más, simplemente dejar de sentirse tan solo, tan vacío.
-¿Dónde estás, Vampiro-kun?- preguntó a la nada, a la noche, al silencio, al dolor que parecía materializase a su lado, posando su desgarrante mano sobre su hombro, haciendo insufrible ese tormento.
El dolor parecía nunca abandonarle, siempre con él, a veces oculto, pero esperando la más mínima oportunidad para salir a su encuentro y causar el más devastador estrago dentro de su alma. El dolor gozaba con él, se cebaba con su sufrimiento, con su congoja, y casi podía escuchar sus carcajadas en medio de la noche. Sí, sonriente. Una sonrisa peligrosa, como esa que de pronto encontraron sus ojos cuando una hipnotizante y extraña voz le llamó.
-Disculpa, ¿podrías ayudarme?- dijeron desde las sombras.
Lee alzó la mirada y contempló al chico frente a él.
Su mente trató de procesar esa imagen tan curiosa, tan hermosa, tan innegablemente atractiva. Un hombre apuesto, de cabellos marrones y lacios que caían sobre sus hombros y dueño de una piel lechosa que brillaba bajo la intensa luz de la farola. Poseía unos ojos impresionantemente nítidos, de mirada clara y cristalina; una graciosa cicatriz conectaba sus mejillas y al fondo una sonrisa hermosa y suave, protectora por momentos. Lee se sintió seguro al verle.
-Mi nombre es Iruka, soy nuevo en la ciudad y... estoy buscando algo- confesó el hombre rascándose la cicatriz en un evidente gesto de nerviosismo y vergüenza.
-Yo soy Rock Lee, y estaré encantado de ayudarle- se ofreció galantemente el pelinegro al tiempo que borraba los últimos vestigios de lágrimas sobre su rostro- ¿Qué es lo que busca, Iruka-san?
El castaño se llevó un dedo a los labios y sonrió, de forma depredadora, mientras Lee dirigía la vista hacia una calle frente a él.
Tan inocente...
El manso corderito...
Cuando Lee volvió la vista, preocupado por el silencio del otro, hacia donde se encontraba el hombre, no le vio.
-A ti- susurró el hombre en su oído, y lo próximo que Lee sintió fueron dos podersos brazos sosteniéndole con violencia y un par de colmillos agujereándole el cuello.
Intentó gritar, intentó hacerlo a un lado, pero el abrazo se hizo más potente, amenazándolo, si tan sólo se le ocurría gritar el hombre le quebraría los huesos. Aunque... tampoco era que Lee pudiese gritar, su garganta apresada también, sintiendo el aire perdiéndose en su camino hacia los pulmones. Con sus lastimadas manos trató de apatarlo, sintiendo un enorme dolor, pero ni siquiera con todas sus fuerzas pudo mover al otro.
Y entonces lo sintió. Era arrastrado con violencia, como si alguien lo sacudiera, como si desearan sacarlo de su propio cuerpo, y entendió de pronto que esa sensación no le era del todo desconocida. Alguien más había mordido ya su cuello, alguien más había dejado su marca en él, pero esta vez era diferente. Ahora sí sentía que de verdad iba a morir. Ahora dolía demasiado. Ahora... no había amor en el acto.
XxXxX
El vampiro succionó como si se le fuese la vida en ello. Sentir la cálida sangre mojando sus labios, calmando los latidos de su corazón. ¡Se sentía tan endemoniadamente bien! Era un placer enorme, maravilloso, arrebatar una vida, acabar con todo, por supuesto, el hecho en sí tenía sus recompensas. Era no sólo el conocimiento de tener el poder absoluto sobre una vida humana, el dominio total, era también una especie de éxtasis que lo subyugaba, que lo hacía su esclavo, que lo obligaba a cerrar más sus abrazo hasta casi hacer crujir los huesos de su víctima.
Su tan anhelada víctima...
El objetivo de sus múltiples perversiones... Los niños y jóvenes como él siempre habían sido su platillo favorito. El mejor de los manjares un joven apetitoso, inocente hasta la médula, de ojos profundos y mirar perdido. Sí, justo como le gustaban. Pero más le gustaba sentirlos debatiendo, peleando por sus vidas.
Pero este joven se rendía e Iruka se lamentaba por ello, aunque no por eso dejaría de beber de él. No, impensable, ese muchacho era delicioso. Y le recordaba tanto a alguien... Sí, alguien a quien, con el tiempo, había aprendido a odiar. La persona a la que buscaba, a la que deseaba hacer infeliz, estaba en esa ciudad. Y lo encontraría.
-¡Ah!- soltó Iruka un gemido de placer al apartarse del delgado cuello.
Con su lengua recogió las últimas gotitas de sangre.
-Delicioso...- murmuró sintiendo el placer latente en sus venas, recordando cuánto había esperado para volver a sentir ese placentero hormigueo que le recorría el cuerpo.
Sus ojos oscuros se volvieron hacia su pobre víctima. La dejó caer sin cuidado alguno, complacido ante el ruido seco al impactar contra el duro suelo.
Muerto.
Los ojos vacíos de Lee contemplaban a la nada. Los labios entreabiertos escurriendo un poco de saliva. Y aún ante la luz de la luna lucía hermoso. Muerto, pero hermoso.
Iruka se felicitó a sí mismo por haber hallado semejante espécimen de belleza mortal.
-¡Iru-chan!- exclamó otra voz apareciendo de la nada.
Un cuerpo esbelto y atlético, un rostro atrayente, ojos de desigual color refulgiendo en la oscuridad. El plateado cabello brillando como un fantasma, con esa piel blanca como la leche y la ropa negra como la noche. Su bello rostro ahora desfigurado por el enfado se deshizo al ver al vampiro frente a él.
-¿Qué hiciste?- preguntó el recién llegado con voz pausada, perezosa.
Iruka le dirigió una mirada inocente, casi pura. El peliplateado trató de no caer en sus redes, pero era tan condenadamente hermoso y lo amaba tanto. A su propio Hijo de la Noche, a su ansiado vampiro.
-Hay que deshacernos de él- dijo imponiendo su presencia sobrenatural. Iruka asintió.
-Claro, Kakashi- accedió de forma amorosa. A pesar de las incontables veces que había intentado escapar de él, siempre que se encontraban no podía dejar de demostrar ese terrible amor que sentía por su amado maestro vampiro, por su amante de mirada roja cual sangre y negra cual azabache.
El recién llegado vampiro se acercó, cual elegante felino, al cuerpo inerte que descansaba sobre el pavimento. Arrugó el entrecejo al contemplarle. Ya entendía por qué Iruka lo había escogido a él y, a decir verdad, no le resultaba agradable.
Llevó una de sus blancas manos al chico. Y se detuvo de pronto, horrorizado, cayendo en un pánico sin precedentes.
-¿Qué sucede? ¿Por qué te detienes?- preguntó Iruka un tanto molesto por la espera.
Pero Kakashi no respondió, absorto en su propia mente, tratando de convencerse de que ese chico que estaba allí no había sido tocado con anterioridad por otro vampiro, que ese joven ahí tirado no había sido poseído por... Gaara.
Y al pensar en ese nombre un estremecimiento hizo presa de él.
¡Gaara!
¡El Demonio sediento de sangre! ¡Ese Gaara!
No, no, no podía ser. Cualquiera menos él. ¡Pero el olor era claro! ¡Ese era el olor del pelirrojo! Y ese chico era... ese chico era la mascota del Sabaku. Y el peso de su error cayó de pronto sobre él. ¡Ahora sí que estaban perdidos!
-I-Iruka...- llamó Kakashi a su amante, temblando, casi al borde del colapso.
El castaño lo miró, ignorante de lo que sucedía, preocupado por la reacción del otro:- ¿Qué sucede?- preguntó con un mal presentimiento en el pecho.
-Ahora sí...- respondió Kakashi con voz de ultratumba- Ahora sí estamos muertos...
CONTINUARA...
