N/A: Hai!! Ne, aqui otro capi que ha recibido sus buenas correcciones X3 Pero creo que ha quedado ligeramente mejor, y como dicen por ahí, mejorar es lo ideal. Enjoy!! O
Capítulo 7: Peligro y Conocimiento
La noche siguiente llegó en menos tiempo de lo que alguno de los vampiros esperaba. Casi como un suspiro las horas habían danzado de forma exagerada, meciendo con el poder del viento las blancas cortinas de la habitación. Siquiera antes de estar consciente de que sus sentidos despertaban a la noche, ya había en su mente y en su pecho un sentimiento extraño, casi ajeno, y sus labios se movían de forma silenciosa, sin pronunciar palabra. De repente un flash de luz iluminó su cerebro y estremeció cada partícula de su ser, porque aquello que experimentaba no era más que el más puro e íntimo dolor, aquel viejo dolor sumado a sus nuevos pesares. Con mirada perdida, aún contemplando las ruinas de su pasado que se mezclaban con los efervescentes colores del presente, observó sus manos pálidas, de dedos largos y uñas cristalinas. Manos perfectas sin ningún signo de vejez ni corrupción, una simple tela blanca, pulcra, sin una herida o una marca.
Esas eran sus manos, sus garras, su instrumento.
Abrazar, arrancar, tomar...
Despojar.
Y alguien dentro de su cabeza gritó. Un grito desesperado que hizo eco dentro de la desordenada habitación.
¡Gaara!, gritaron en medio de la devoradora penumbra. Él alzó la vista, abrió su mirada azulada dispuesto a encontrar a la fuente de ese grito, pero sólo el silencio le hizo compañía, y la soledad y el llanto que aún se asomaban en cada esquina.
Había en todo el ambiente algo que no podía o no sabía identificar. Estaba en su habitación, sí, hecha un desastre, inservible prácticamente. Únicamente las cortinas pendían de forma casi decadente, en su último suspiro, alejándolo del terror del día, abriéndose elegantemente ahora que la noche daba paso a sus pesadillas hechas realidad.
Con pasos cortos y sintiéndose un fantasma, Gaara se acercó a la suave cama. A veces, cuando pasaba la locura, era un alivio para su espíritu. Su cuerpo se sentía liviano, su ser despreocupado vagaba de forma inconsciente por los vestigios de su memoria, por momentos confundiéndolo. Pero se estaba tan bien así... Entumecido, sin consciencia absoluta, flotando sobre su cuerpo, viéndose a sí mismo yacer inmóvil e inerte sobre una cama vacía, desnuda, solitaria. Simplemente resignándose a permanecer laxo sobre sí mismo, acunándose en el calor de la noche. Por supuesto, todo esto muy metafórico, la noche no era calurosa ni le hacía sentir calidez alguna, pero era el sentimiento de estar por encima de todo, de todos.
Sentirse libre... Poderoso... Sentirme libre... Omnipresente... Somos libres... Sin cadenas...
Cerró los ojos y dejó vagar sus sentidos.
El pasado acudía a él como una ráfaga de ilusiones. Sintió el calor del desierto, el desesperante sentimiento de verlo todo cubierto de arena y al mismo tiempo sentir que la infinidad del paisaje era capaz de doblegar su espíritu. Ningún ser, mortal o inmortal, podía combatir a esas dunas antiguas. Y ahí estaban las casas, los rostros, las risas y los llantos. Estaba él, estaba su familia, estaba su padre, estaban sus hermanos, estaba su tío, estaba el cadáver de su madre...
-Madre...- susurró sintiendo los labios resecos.
El mencionar el fantasma de su madre no trajo a él ninguna otra emoción más que un seco y árido vacío, tan parecido al de su adorado desierto de Suna, su antigua aldea ahora vuelta una neblina dentro de sus recuerdos.
Nuevamente el dolor hizo presa de él, ese dolor antiguo como él mismo, pero su rostro no mostró ningún rastro de sufrimiento o pesar. Simplemente lo aceptaba como tal. Aceptaba que nunca podría olvidar aquellas memorias que lo atormentaban noche tras noche porque eran sus errores que ahora, un par de siglos después, intentaban cobrar todas aquellas atrocidades que había cometido. Nacer en el pecado y pertenecer eternamente a él... Y pensar que su primer asesinato había sido el más puro de todos...
Matar por primera vez... la primera víctima... mi madre...
-Gaara- le llamaron del otro lado de la puerta.
Él permaneció en silencio, atónito, como si fuese la primera vez que escuchara el sonido de una voz humana. No, no era humana, pero el timbre de esa voz era completamente nuevo, extraño, y al mismo tiempo sabía que le conocía, porque era ese vampiro creación suya, su Hijo de las Sombras. De forma callada y ausente se dirigió a la puerta y sus ojos azules se encontraron directamente con los labios moldeados en una hermosa sonrisa, las mejillas marcadas, los ojos azules electrizantes, el cabello rubio y brillante, la piel dorada como si realmente pudiese pasearse bajo la luz del sol y broncearsea voluntad. Y un sentimiento extraño, nuevamente, al escucharle hablar.
-Veo que estás mejor- dijo Naruto de forma divertida casi burlona. Sus ojos recorrieron el rostro de Gaara, la perfección de cada línea, los labios herméticamente sellados, y tuvo que contener unas feroces ganas de lanzarse sobre él y besarlo hasta perder la razón.
Pero en cambio de lo que realmente deseaba tomó cuidadosamente una de las manos del pelirrojo, quien sólo parecía observar a la nada y se dejaba guiar sin oponer resistencia.
-Debes alimentarte...- susurró el rubio caminando de forma medida por los pasillos de la enorme casa.
Por momentos extrañó los viejos tiempos, cuando vivían el uno para el otro. Cuando simplemente eran ellos dos, sin mortales que aparecieran de la nada. Sólo dos vampiros, dos compañeros, dos amantes caminando por esa oscura senda, alimentándose sin pudor alguno de aquellos que lograban .llamar mínimamente su atención. En momentos como esos no podía evitar que las memorias asaltaran su mente, recordando cuando sólo estaban él y Gaara. Casi podía decir que extrañaba a su viejo amante, al vampiro sarcástico y sediento de sangre que asesinaba a voluntad y sin remordimiento. Aquel ser sobrenatural que había eclipsado sus sentidos y lo había hecho su esclavo, rol que Naruto había aceptado más que gustoso.
Había noches, como aquella, en la que extrañaba las caricias, los suspiros, sus cuerpos juntos como si fuesen alguna otra pareja mortal, cuando se sentaban en los parques y se besaban ante los ojos de los demas, imitando tan perfectamente lo que cualquier otra pareja de amantes haría.
Pero ahora esos momentos le parecían tan lejanos que resultaba imposible siquiera el pensamiento de volverlos a recuperar. Demasiadas cosas se habían interpuesto entre ellos, demasiadas personas, demasiadas emociones, sentimientos.
-Naruto- le llamó Gaara con voz gastada.
-¿Qué sucede?- preguntó el rubio volteando a verle, esperando poder ocultar todos aquellos pensamientos que lo asaltaban. Pero la mirada de Gaara parecía poco interesada en aquello.
-Eso es lo que debo preguntar yo. ¿Qué sucede?
Ante estas palabras el rubio pareció congelarse en su sitio.
¿Por qué las preguntas de Gaara tenían que ser tan... acertadas? A pesar de que el pelirrojo no podía leer su mente como el resto de los vampiros, sentía que no había necesidad cuando podía leer su cuerpo, su expresión, hasta los latidos de su corazón que en ese momento partían desbocados en una carrera sin fin. Sudó casi imperceptiblemente, pero para el ojo escrutinador de Gaara este acontecimiento no pasó desapercibido, y su mirada afilada pareció atacar la figura de Naruto, exigiendo una justa explicación.
El rubio le dio la espalda, tratando de hacer tiempo, buscando las palabras precisas.
-Naruto...- le apresuró el pelirrojo y, a pesar de que hablaba en un tono de voz calmo y aparentemente sin emoción alguna, sus palabras agitaron el interior de Naruto y le provocaron tremendos escalofríos.
El rubio soltó un suspiro.
-Lee está en el hospital...
Y sólo estas palabras bastaron para que la figura de Gaara desapareciera. Naruto ni siquiera intentó alcanzarle, después de todo él también tenía asuntos qué atender, y que Kakashi e Iruka se las arreglasen como pudiesen.
XxXxX
No hicieron falta demasiados segundos para que la figura de Gaara apareciera en el hospital donde Lee había sido atendido. Los latidos de su corazón inmortal resonaban fuertemente contra sus oídos. Ciertamente había algo que lo inquietaba, algo que lo hacía caminar a una velocidad inhumana, lo hacía temblar descontroladamente y llenaba sus ojos de imágenes horriblemente nítidas sobre lo que pudiese suceder si él perdía a Lee. Y, a pesar de todo, su rostro se mantencía estoico, siendo esta la única parte de su cuerpo que no demostraba su nerviosismo.
Porque no podía perderle... ¡no podía!
Él mismo se había prometido proteger a Lee, de todo y de todos. Protegerlo de sus propios deseos, de sus propias ambiciones, pero también de cualquier otra cosa que pudiese afectarlo. Protegerlo del paso del tiempo, de las enfermedades, de la muerte. Y su corazón latía desbocado al tiempo que sus ojos parecían querer derramar tenaces lágrimas. Ahí estaba el dolor, nuevamente, porque también poseía entendimiento. Él comprendía aquello que no podía prever, aquello que lo atormentaba...
Sus pasos se detuvieron al contemplar aquellas dos figuras vampíricas. A una de ellas las conocía, por supuesto. ¿Cómo olvidarla? Pero la otra era simplemente indefinible. Con pasos controlados y manteniendo a raya sus emociones, se acercó lentamente al par que, en su opinión, permanecía demasiado cerca de la habitación de donde provenía el olor de Lee.
Sus sentidos vampíricos estudiaron a los dos hombres que relucían en medio del blanco pasillo.
Uno de ellos era alto, apuesto, sus ojos de desigual color, mientras que uno era negro como la noche el otro era rojo como la sangre. Su piel era pálida, su cuerpo ejercitado, demasiado alto para el gusto de Gaara, sonreía de forma divertida y trataba de camuflar su inseguridad. Gaara pudo verlo, la forma en la que parecía proteger al vampiro junto a él, igualmente apuesto, de piel tostada por el sol, joven, débil, de cabellos marrones y una mirada que denotaba inexperiencia y al mismo tiempo fascinación...
La mirada de Gaara parecía decir: 'Sí, soy un monstruo, témeme pues no dudaré en asesinarte si así me place', y los ojos marrones del otro vampiro se abrían de forma casi desorbitante, como si sus orbes fuesen a saltar de sus cuencas. Gaara pudo, entre la masa de pensamientos reunida en esos dos, tomar el nombre del más joven de las criaturas.
Umino Iruka.
Joven, de fuerte carácter, explosivo, amante de los niños y los jóvenes, con una profunda devoción hacia los espíritus rebeldes; oscuro en su interior, desesoso de clamar venganza por un acto pasado; algo relacionado con Kakashi, con su amante, con la sangre. Pero no era tan fuerte, y también poseía un mínimo de inocencia en su sonrisa. Era hermoso, letal, peligroso, pero Gaara estaba acostumbrado a lidiar con todo tipo de seres sobrenaturales y nada de esto lo sorprendió.
Se detuvo una vez estuvo frente a los otros dos, que le miraban con algo parecido a la sorpresa.
-Gaara- le llamó Kakashi mostrando una sonrisa nerviosa, y obtuvo como respuesta una mirada que no reflejaba nada.
Permanecieron en silencio un par de minutos.
Iruka parecía devorar con la mirada al ser que se presentaba ante él. Podía sentir, en su interior, sus células moverse inquietas, temerosas, porque incluso un novicio como él podía comprender la naturaleza de ese joven que, a pesar de no aparentar demasiada edad, era el vampiro más antiguo que hubiese conocido. Y para él estaba claro el porqué del temor de Kakashi y hasta de ese chico rubio. Porque la presencia de Gaara era sencillamente imponente. Pero no sólo imponía respeto, era también algo más, algo que permanecía oculto en esas pupilas aguamarina, frías y distantes. Era una emoción o un deseo, ¿o era tal vez el conocimiento? Sí, el conocimiento de saber que podía hacer su voluntad.
Y de pronto Iruka se sintió pequeño, más débil que nunca, y su mente volvió a replantearse la posibilidad de su venganza. Pero su corazón batallaba entre un bando y otro. Por un lado sólo quería perderse junto a Kakashi y tener una existencia tranquila, pero por otra parte su corazón clamaba por justicia. ¡Era eso lo que pedía! ¡Justicia! Él lo merecía, desupés de todo, luego de lo ocurrido era normal que esperara algún tipo de recompensa. Aquel hombre no se merecía menos que una muerte dolorosa...
La mano de Kakashi sostuvo suavemente la suya. Iruka le miró con ojos cristalinos, conteniendo las ganas de lanzarse a sus brazos y enterrar su rostro en su pecho.
'Quiero sentirme protegido', pensó Iruka con nostalgia, y a pesar de que el otro no podía leer sus pensamientos le dedicó una sonrisa conciliadora, como si supiese lo que le atormentaba.
-¿Qué hacen aquí?- preguntó finalmente Gaara, quien podía sentir a la perfección lo que se desarrollaba entre los otros dos, y ciertamente no tenía tiempo ni deseos de ser partícipe de su intimidad.
El ojo negro de Kakashi se posó sobre el pelirrojo.
-Venía a buscar a Iru-chan- respondió con una sonrisa-, escapó de mí en Japón, y ya sabes que es muy bueno escondiéndose.
El pelirrojo no hizo amago de contestar, ni siquiera se dignó a mirar a Iruka un segundo más.
Gaara ya se estaba hartando de esta conversación. Pretendiendo seguir su camino, la voz de Kakashi lo detuvo.
-Gaara, debo decirte algo- dijo en un tono inseguro.
-Después- respondió restándole importancia al estado del otro.
-Es algo importante, de veras- pidió una vez más.
-He dicho que después...
Dijo esto último y se perdió dentro de la habitación de Lee.
Kakashi se mordió los labios una vez se encontró solo en el pasillo, sin la presencia de Gaara. Nuevamente tenía ese mal presentimiento. Porque la calma del pelirrojo era engaños. No podía estar seguro de su serenidad y mucho menos cuando se enterara de lo sucedido. Cerró los ojos un momento, tratando de pensar en algo para escapar de toda aquella situación con el menor daño posible. ¿Qué le esperaba? ¿Una pelea? No, Gaara era demasiado viejo. Sin hacer el mínimo esfuerzo podría aplastar su cabeza contra el pavimento. Y a su Iruka... no, el pelirrojo a veces podía ser demasiado cruel y no quería pensar siquiera en lo que era capaz de hacerle a Iruka.
-Vete a nuestra habitación- ordenó el mayor sin abrir los ojos.
-Pero Kakashi- replicó el otro con los ojos abiertos como platos-, no puedo dejarte aquí. Es demasiado peligroso.
-Tú lo hiciste peligroso- ante el evidente reproche en sus palabras, el moreno agachó el rostro, entristecido-. Por favor, Ruka, vete a nuestra habitación, yo me encargaré.
El moreno asintió esta vez más aliviado por el amoroso tono de Kakashi impregnado en su última frase.
-Lo siento- dijo antes de irse.
-No tienes que disculparte por nada- objetó Kakashi dándole un suave beso en los labios-. Ahora márchate, debes descansar.
Iruka sonrió con ironía antes de partir.
'Descansar'
Como si realmente fuese posible.
Pero se alejó de la edificación con pasos rápidos y seguros, porque confiaba en Kakashi y sabía que él podía hacerle frente a todo y responder perfectamente por sus errores. Ah, nuevamente el peso de su propia maldad. Ahora que lo pensaba, mientras caminaba bajo las encendidas calles, todo aquello se había complicado. Él había huido de Kakashi hacía un par de semanas, ocultándose de país en país, no permaneciendo más de dos noches en el mismo sitio. Simplemente era cosa de evadirle, de perderlo entre la masa humana, para lograr llegar a su verdadero destino.
Y aquí estaba, tan cerca que casi podía sentir el olor de su presa.
-Lo he deseado desde hace tanto tiempo...- murmuró casi con placer.
Tan cerca...
Tan peligrosamente cerca...
XxXxX
Los ojos negros como la noche se abrieron considerablemente ante la figura que aparecía por el resquicio de la puerta, con su ausente forma de caminar y su silenciosa aura rodeándole. ¡Casi no podía creer lo que estaba viendo! Y su desconcierto y su sorpresa se evidenciaron en el ritmo errático que tomaron los latidos de su corazón, su respiración, todo él batallaba contra el cansancio, para poder acercarse a él y... ¿y qué? No lo sabía, ¿abrazarlo tal vez? ¿Cerciorarse de que era aquel ser que había contemplado dentro de sus sueños? ¿Constatar por sí mismo que sí era aquel joven que había comenzado a confundir su mundo haciéndole casi imposible discernir entre la realidad y la fantasía?
De pronto los ojos aguamarina se posaron él y todo quedó claro.
-Gaara...- susurró Lee de forma casi inaudible.
El vampiro se guió por la pequeña habitación sin mencionar palabra, sólo manteniendo el contacto visual en todo momento. De forma medida se acercó a la silla que estaba a un lado de la camilla de Lee y tomó asiento, de esa forma elegante que le caracterizaba, haciéndole parecer un personaje ancestral. Lee le observó casi con devoción, con tanta sorpresa, ¡aún no podía terminar de creerlo!
-Estás aquí- su voz era todo un murmullo-. Eres real...
No era su imaginación, era de verdad. Gaara sí existía. Gaara sí era un vampiro. ¿De qué otro modo se habría enterado de lo sucedido si no? ¿Y que otra cosa podía explicar todo lo que le estaba sucediendo a Lee en ese instante? De la noche a la mañana se había visto arrastrado a un mundo que ni comprendía, que no entendía, del que ni siquiera era consciente. Unas semanas atrás él estaba recibiendo clases de su tutor, y ahora yacía postrado en una cama de hospital a causa de un desangramiento. Era como si toda su existencia hubiese sido volcada de cabeza. Había perdido su eje y la única cosa a al que podía aferrarse era a ese chico sentado a su lado. Ese joven de mirar cansado y peligroso, como la calma antes de la tormenta.
-Lo siento- la pasiva voz pareció rasgar el silencio de la habitación.
Lee no terminó de comprender a qué se debían estas palabras. ¿Por qué habría de sentirlo? Nuevamente esos suaves labios se cerraron sobre los suyos en un mero y débil contacto, un simple y divino roce que lo estremeció por completo.
-Lo siento- repitió aún contra su boca. Sus manos acariciaron las sonrojadas mejillas, su rostro entero; las pobladas cejas, los párpados ahora cerrados, los pómulos, la nariz, el mentón, finalmente los labios. Y había en su toque tanta adoración, como si estuviese sintiendo a Dios en persona, o como si el propio Lee fuese algo sagrado.
Tan sagrado.
-Estás aquí- fue todo lo que pudo articular Lee en el estado de casi embriaguez en el que se vio sumido.
De alguna forma las caricias del pelirrojo lo calmaban, pero de una forma que no podía ser normal. En pocas palabras era como estar borracho, saturado de esas caricias que se esparcían por su rostro y que en ese instante masajeaban su cuello, sus hombros desnudos, por encima de su ropa tocaba sutilmente los contornos de su cuerpo, sus brazos, sintiéndolo de forma tan placentera.
-¡Gaara..!- fue casi como un pequeño y ahogado gemido, pero que hizo que los ojos del vampiro se encontraran con los del humano. E incluso en su mirada había una muda súplica, una disculpa que se moría por ser concedida. Había tanta preocupación, pero Lee pudo ver algo más, un poco más allá de lo que los mismos ojos mostraban.
Un deseo oculto...
-Prometí que te protegería- murmuró Gaara besando la tersa frente, las mejillas, los labios, y Lee se vio sin capacidad de responder, asaltado de pronto por tan sensuales caricias. Era mucho más de lo que podía manejar.
De una u otra forma el vampiro siempre lograba reducirlo a un manojo de nervios y temblores. Y sí, se sentía muy bien, pero Lee no pensaba claramente en ese instante; en ese momento lo que quería era... ¿sentir?
Sentimiento...
-Eres...- dijo con suma dificultad cuando los labios del otro abandonaron los suyos y le permitieron comenzar su búsqueda por el valioso aire- ¿De verdad eres...?
-¿Un vampiro?- terminó Gaara la pregunta; Lee asintió.
Por alguna razón esta duda no hirió a Gaara. De hecho casi podía decir que lo comprendía, después de todo aceptar un hecho como aquel, en la incrédula mente humana actual, no era cosa fácil. Por dentro lo recorrió una nueva y olvidada emoción. Eran las ganas de enseñarle a Lee todo lo que era, lo que podía ser. Mostrarse sin reservas ni dudas, simplemente... buscar que le comprendiera, que entendiera su naturaleza, que le aceptara, que le ayudara a... evolucionar, a vivir consigo mismo. Quería a Lee para vivir para él, así de simple y así de sencillo. Vivir por y para Lee. Darle todo lo que era capaz de dar. Darle su cuerpo, sus pensamientos, sus emociones, cualquier cosa que Lee pudiese desear. Y se lo daría, todo lo material que su humano pudiese querer, cada cosa, cada mínimo capricho. Gaara viviría para complacerlo, para alejar de Lee cualquier angustia, cualquier temor, para...
Protegerlo...
-Te mostraré lo que soy...- dijo sintiendo una pasión que creía extinta, sin darse cuenta entregándolo todo con sus palabras- Y te protegeré. Te haré feliz no importa el costo, porque tú eres lo único que importa- su mirada estaba fija en el rostro de Lee, y le hablaba sin parpadear, casi sin respirar-. Te daré todo lo que puedas desear, todo lo que el dinero pueda comprar. El mundo será tuyo, yo lo pondré en tus manos.
Una abrumadora sensación recorrió a Lee, de pronto era casi como una fatiga mental que le impedía hasta respirar.
-Yo...- dijo al fin- ¿por qué?
Gaara respondió de forma inmediata y sin dudar.
-Porque te amo.
Lee ahogó una exclamación de asombro. ¡De nuevo! ¡Lo decía de nuevo! ¡Qué lo amaba! Casi no podía creerlo...
-P-pero...- aún una parte de él trataba de buscar una explicación lógica a todo aquello que le sucedía, a esas palabras que taladraban su mente- Apenas me conoc--
-No es así- le interrumpió Gaara aún antes de terminar. Acto seguido juntó su rostro al de Lee hasta que sus narices se tocaron, sus manos a cada lado del rostro del pelinegro y su suave aliento golpeando los labios del otro-. No es así... Te conozco desde hace tanto tiempo, te amo desde hace tanto que dudo realmente que puedas entenderme... Yo...- aquí hizo una pequeña pausa- Yo me he obsesionado contigo. Todos estos años pensando en ti, durante la noche e incluso en mis letargos durante el día. No podía sacarte de mi cabeza. Mientras más lo intentaba más presente te tenía en mi mente. Y te deseaba con desesperación, cada noche reprimiendo las ganas de ir por ti y hacerte mío para siempre, de tenerte. Por momentos creí enloquecer ante el deseo de poseerte, casi perdí la razón...
Ante el súbito silencio que se impuso de pronto sólo los latidos del mortal llenaban el pequeño cuarto. No hablaba, apenas respiraba. ¡Cuántos sentimientos! Demasiados como para contenerlos todos. Las palabras de Gaara eran... eran como brasas ardientes que se cerraran a su alrededor, y él simplemente no podía soportarlas.
No era que tuviese miedo, pero era una sensación como de ahogamiento. El tener conocimiento de todo aquello y de pronto no saber que hacer con él. De un momento a otro, cuando pensaba que no tenía a nadie en el mundo, se alzaba este hermoso pelirrojo y le decía todas esas cosas. Él... él no sabía qué pensar, qué sentir, cómo reaccionar. De pronto era más información de la que el podía contener dentro de su cabeza. Y para aumentar esa sensación Gaara no dejaba de mirarlo tan fijamente...
Finalmente lo único que hizo fue acercar sus labios a los otros y besarlo dulce y lentamente. Gaara se mostró sorprendido pero complacido y también él le besó, en todo momento sus palabras retumbando dentro de su cabeza. Ahora, teniendo los labios de Lee entre los suyos, sintió un pequeño impulso; una diminuta mordida, pequeña, unas gotitas de sangre... Pero Lee estaba débil, no podía gastar ese preciado líquido... Así que se contuvo. Pero quiso saber...
¿Cómo había llegado a esa situación?
De forma consciente su mente comenzó a buscar en las memorias de Lee sin que el otro chico se percatara. A su cerebro llegaron imágenes interrumpidas aunque precisas. Sasuke, incendio, una ambulancia en la oscuridad, manos quemadas, Naruto, un callejón, Iruka, una pregunta, una respuesta, una sonrisa, y...
Abrió los ojos con suma sorpresa.
Iruka había osado...
No podía creerlo... No podía... Y la furia en su interior se desató como un vendaval.
-Gaara, ¿estás bien?- preguntó Lee mostrando un rostro preocupado ante el súbito cambio en el vampiro.
El pelirrojo sólo le dedicó una mirada vacía, cosa que no ayudó a calmar a Lee.
-Voy a protegerte siempre, lo prometo- dijo besando su frente.
Lee tembló, no supo porqué.
XxXxX
Los ojos de Kakashi se abrieron con estupor al contemplar a la persona frente a él. Por momentos hubo un revuelo en sus emociones. En su pecho se extendió una llama de alegría y felicidad que a duras penas pudo contener.
Tanto tiempo...
Había pasado tanto tiempo desde la última vez que le viera... Y ahora simplemente estaba ahí, salido de la nada, igual a como le recordaba. En su mente de vampiro seguía siendo el mismo. La misma expresión de cuando le viera hace años en Japón. Sí, sin duda alguna era el mismo hombre. Y Kakashi no pudo sino sonreír abiertamente, sintiendo ese antiguo amor florecer de nueva cuenta.
-Gai- le llamó antes de pensar en lo que hacía.
Pero Gai había cambiado. En sus ojos no había el antiguo fuego del amor. Ahora había... decepción... ira... Y Kakashi volvió a sentirse un miserable por segunda vez consecutiva.
-Kakashi- respondió Gai de la misma forma, tratando de guardar el rencor que sentía y que no se había disipado luego de tanto tiempo.
De pronto ahí, Gai no supo cómo acercarse a Kakashi, o mejor dicho, cómo alejarse de él. Por un lado los recuerdos habían vuelto a aparecer, malditos hermosos recuerdos, pero asimismo la traición y el dolor. Maldito Kakashi con su maldita encantadora sonrisa. ¿Y pretendía acercarse a él cómo si nada hubiese sucedido?
-Aléjate- advirtió Gai con voz seria-, aléjate de mí.
Pero Kakashi le ignoró, como siempre. Aún con la sonrisa en los labios fue acortando la distancia entre él y el humano. Lo había extrañado tanto, de verdad, lo había extrañado muchísimo. ¿Cómo podía pedirle que se marchara así como así? Se habían vuelto a ver, ¡eso había que celebrarlo!
-¡Gai...!- exclamó, pero antes de darse cuenta yacía estampado contra la pared, sintiendo una prensa poderosa cerrarse en torno a su cuello y amenazar con romperlo de un momento a otro.
Luego del shock inicial y pasados los momentáneos mareos, cuando la vista de Kakashi pudo esclarecerse y él pudo enfocar sus ojos en algo más que no fuesen las motas de colores que aparecían de la nada, su mirada contempló con sumo horror aquellas lagunas aguamarina que destilaban un odio sin precedentes.
-Cómo te atreves...- dijeron con calmada voz, y a pesar de su suavidad Kakashi sintió el peligro. Su alarma corporal gritó para que se alejase de la evidente amenaza. Pero nada podía hacer, ni siquiera podía moverse y, estaba seguro, su cuello se rompería prontamente si no hacía algo.
-G-Gaara...- fue todo lo que pudo decir.
Del otro lado del pasillo Gai observaba toda la escena entre horrorizado y sorprendido. No entendía nada. ¿Qué estaba pasando allí?
-¡Cómo te atreves!- repitió Gaara en el mismo tono, recordándole a Kakashi por qué le denominaban el Demonio del Desierto, el asesino sediento de sangre. El pelirrojo no sentía misericordia, no sentía piedad a la hora de matar, y Kakashi había hecho la única cosa que Gaara no sólo no perdonaba sino que condenaba sin dilaciones-. Cómo te atreves a tocar lo que es mío.
Kakashi hizo un fútil intento por apartar al otro vampiro.
-¡¡Cómo osas tocar lo que me pertenece!!- amenazó con ese tono que lo hacía tan peligroso.
Y Kakashi lo supo, supo que si no hacía algo ahora, no podría hacerlo nunca más...
CONTINUARA...
