N/A: Uish! Y yo que pense que este capitulo nunca saldria... Bueno, en realidad pense que no escribiria mas en este fandom, pero dadas ciertas circunstancias y sucesos he decidido continuar con esta historia. Si alguien aun la sigue mil perdones por el retraso. Y gracias por leer n3n
Capítulo 11: Café y Queso Crema
A la mañana siguiente fue como si el sol lavara hasta las peores experiencias pasadas. Lee se colocó su abrigo de invierno, ocultó las heridas que surcaban sus manos y, mirando a ambos lados de la calle antes de salir, escapó a toda velocidad del hospital donde se encontraba. No quería seguir allí ni un segundo más. En parte porque el ambiente era demasiado triste, resultaba demasiado oscuro, y en parte también porque revivía antiguas memorias que deseaba permanecieran ocultas para siempre.
Las cuatro paredes de su blanca y pulcra habitación lo atormentaban, el estar en aquella suave cama con la delicada sábana cubriendo sus hombros. Simplemente no podía permanecer allí sin sentir que enloquecería. En cambio mucho mejor era escapar, aunque luego se ganara una buena reprimenda por parte de Gai. En ese momento lo único que deseaba era caminar, sentir nuevamente la ciudad que parecía dar inexplicables giros. De repente todo era diferente, como si viera el mundo con otros ojos. El significado de la Vida y de la Muerte se había transfigurado en una simple palabra: Existencia. Porque era lo mismo entonces, vivir o morir cuando se seguía estando allí, como aquel chico de especial mirada que le había prometido tantas cosas en el hospital.
Pensó en él, en Gaara, en sus cabellos rojos cual sangre y sus ojos que parecían devorarlo todo.
No había podido dejar de pensar en él ni un momento, y no podía sino esperar, ansiar y anhelar con fervor absoluto, el volverle a ver una vez más. Era como si, de la noche a la mañana, se hubiese vuelto adicto a su presencia. Tenía que estar con él, y observarle en silencio, maravillándose ante el increíble tono de su piel, la belleza de sus facciones, el estoicismo de su expresión, la majestuosidad de sus movimientos... Y entonces deseaba saber más de su persona. Conocer todos sus secretos, comprenderle.
Oh, sobretodo eso. Lograr entender toda la agonía que se ocultaba dentro de su alma. Todo el dolor que le había sobrecogido en el pasado, que volvía a él en forma de lúcidas y escabrosas imágenes. ¡Cómo querría poder compartir sus reflejos, sus memorias, sus vivencias! Había tantas cosas que deseaba saber. Quería preguntarle cómo había sido su vida antes de convertirse en lo que era, ¿cuáles serían las anécdotas de su infancia? ¿Y su familia? ¿Habría tenido hermanos, padres, amigos? ¿Cómo eran las cosas antes, hace tantos años, siglos si acaso? Dios, resultaba tan interesante. Como estar frente a un Oráculo, a un espejo mágico de esos de los cuentos, que dicen todo lo que uno desea saber y terminan satisfaciendo la curiosidad de los afortunados.
En esto pensaba, seriamente, mientras la luz de la mañana iluminaba sus negros cabellos. Sonreía débilmente, aparentando felicidad, una alegría que por momentos sentía y que, extrañamente, desaparecía en cuestión de segundos. Su alma, alterada, clamaba desde lo más hondo por algo de energía. ¡Porque era todo muy bueno, sí que sí! Entonces tenía que compartirlo todo, ¡sin dejar nada!
¡Tenía que buscar a Sasuke!
Tenía que encontrarle, abrazarle, comprarle flores, tocar alguna melodía en el soberbio piano...
Oh.
Y entonces recordó, cuando sus pies se detuvieron ante la derruida vivienda, con las paredes negruzcas que sobresalían en aquel barrio pobre, con las mujeres observando desde sus balcones a aquel limpio jovencito que se aventuraba por esos peligrosos lares. En aquel sitio, específicamente, Lee era como una rareza. Con sus ropas costosas, su perfume caro y sus zapatos traídos de Italia, todo en él resumaba dinero, una mansión, deseos desmedidos, codicia y avaricia tras aquella cara de niño. Y sin embargo le miraban en silencio, asombrados siempre, con aquella sonrisa refrescante, cuando ni siquiera sabiéndole millonario e indefenso ante cualquier ataque criminal, se atrevían a tocarle ni uno solo de sus cabellos.
-¡Vaya, pero si es el niño!- exclamó una voz de pronto.
Lee apenas tuvo tiempo de voltear el rostro cuando sintió una dura manotada palmearle la espalda. Y al notar de quién se trataba, al reconocer sus cabellos desordenados y su expresión jovial, no pudo evitar mostrar una expresión molesta ante aquel apelativo un tanto ofensivo.
-Rock Lee- corrigió Kankuro con una media sonrisa socarrona.
-Qué coincidencia verte por aquí, Kankuro-kun- murmuró Lee quedamente, sintiendo la espalda algo dolorida. Poco a poco olvidaba la razón de su visita a ese sitio, mientras sentía al castaño conducirle de forma casi inconsciente calle abajo.
-Así es, qué coincidencia...- corroboró Kankuro con notable ironía, como si realmente no fuese más que pura casualidad cuando, ciertamente, no lo era- Lo que me extraña es que te encuentre por este lugar. No es la mejor zona de la ciudad.
Lee asintió, dándole la razón. Realmente no estaba en el mejor de los sitios, ya se lo habían repetido un montón de veces. ¿Pero qué podía hacer cuando Sasuke se negaba a mudarse a un lugar mejor? Lee no podía forzarlo a nada, ¿o sí? Así que no había tenido más remedio que irlo a visitar allí, haciendo pequeñas charlas con las personas que se encontraba, comprando dulces a los niños y regalando cumplidos a las mujeres que, todas, estaban encantadas con él y su tierna personalidad.
Casi podría decirse que Lee era más que bienvenido a ese sitio, incluso más que el propio Sasuke.
-Es que venía a visitar a un amigo, pero no he tenido suerte- respondió el pelinegro guardando las manos en los bolsillos de su pantalón cuando notó, casi por descuido, a una niña mirándole intensamente.
-Perfecto- dijo Kankuro entonces, con una gigantesca sonrisa en el rostro, e inmediatamente Lee sospechó que algo tramaba; y, efectivamente, algo se traía entre manos:-, entonces podremos tomar algo. Yo invito.
Y por alguna razón, Lee tuvo el presentimiento de que no sólo irían a por algo de tomar.
XxXxX
La cafetería no era la gran cosa. Un tanto pequeña aunque cálida, abarrotada de personas que hablaban por sus celulares, hombres que se llevaban apresuradamente su vasito de hirviente café bien negro a los labios, niños que gritaban porque querían un dulce y una anciana en una esquina que jugaba a la lotería, con la esperanza de hacerse millonaria en sus últimos años y dejar la pensión del gobierno. El lugar no era como nada que Lee hubiese visitado antes y, aún con todo, evitó sentirse incómodo cuando, apenas entrar al pequeño local, todas las miradas se posaron en ellos. Afortunadamente Kankuro le tomó del brazo, como dándole fuerzas para seguir, y de inmediato la tensión se disipó como si nunca hubiese estado ahí.
Tomaron asiento en una de las mesitas de plástico, carente de mantel y con apenas un salero y un pimentero colocados en el centro como único adorno. Kankuro se relajó de inmediato, sonriente pidió un café bien cargado y uno de esos pastelitos con queso crema que le hacían agua la boca. Con una sonrisa coqueta y un guiño de ojo se despidió de la dependienta quien, sonrojada, se apresuró también a traer el jugo de naranja que Lee había pedido.
Fue entonces cuando, contemplando a su alrededor toda la vivaracha energía de las personas, Lee se hizo hacia atrás en su asiento y sonrió con alegría.
-¡Muchas gracias, Kankuro!- exclamó de pronto, tomando la mano del castaño y moviéndola de arriba hacia abajo para dar más énfasis a sus palabras.
-¿Por qué?- preguntó Kankuro, dudoso, alzando la mirada y sin comprender el cambio de actitud en el pintoresco joven.
-Por ayudarme dándome tu sangre.
-No fue nada- sonrió Kankuro débilmente, haciendo a un lado el agradecimiento. No es que hubiese sido poca cosa, en verdad que no lo era, pero prefería no recordar el verdadero motivo que lo había impulsado a ayudarle. Porque, sinceramente, de haberse tratado de otra persona, no habría actuado con tanta rapidez ni tanta soltura. Pero había sido Lee, y a él no lo podía dejar morir-. De hecho tengo algo de curiosidad- desvió el tema rápidamente- ¿Por qué estabas en el hospital?
-Ah... Eso fue por... desangramiento- respondió Lee sonrojado y algo incómodo.
-¿Cómo sucedió?- inquirió esta vez Kankuro, con expresión extrañamente seria y la mirada enfocada en el muchacho frente a él quien, intranquilo, se removió en su asiento y trató de huir la mirada.
Luego de una corta pausa, finalmente respondió:
-Si te lo dijera no me creerías. Pensarías que estoy loco- "como todos los demás..."
-Pruébame- le retó visiblemente; permaneció en silencio cuando la dependienta volvió con sus respectivos desayunos. Kankuro dio un sorbo a su café, quemándose los labios un poco, y probó a duras penas su pastel. Lee, por otro lado, escasamente dio un sorbo a su jugo. Lo cierto es que no tenía apetito, quién sabe por qué razón. Al final, tras un pequeño momento, Kankuro alzó el rostro, expectante- He visto demasiadas cosas ya, Lee. Nada puede sorprenderme.
-Pues...- algo dudoso, decidió aventurarse a responder. ¿Qué era lo peor que podía pasar? ¿Que se burlara y se marchara repitiéndole hasta el cansancio que había perdido la razón?- Fue un vampiro.
Breves momentos de silencio siguieron a la revelación. Definitivamente Kankuro no se esperaba que lo reconociera tan fácilmente. El hecho de verle hablando al respecto con tan poco recato no hacía sino preocuparle, volverle intranquilo, pensativo, alarmado. No estaba bien que Lee aceptara ese tipo de cosas de esa manera. No haría sino ocasionarle problemas, ya lo presentía. Esta aceptación no podía resultar otra cosa sino un error. Un terrible error por parte del pelinegro.
-Así que un vampiro...
-¿No vas a decir nada?- preguntó Lee, sorprendido- ¿Ni que estoy loco o estoy imaginando cosas?
-No, claro que no- respondió Kankuro dando otra sorbito a su café-. De hecho, te creo.
Ante esto, Lee abrió los ojos al máximo, alegre de repente al encontrar a alguien que aceptara sus palabras sin más. Este hecho lo sorprendía, ¡muchísimo!, pero en él crecía la euforia demasiado a prisa, demasiado rápido como para comprender o imaginar siquiera lo extraño y misterioso que resultaba la actitud del castaño.
-Pero Lee- la voz de Kankuro sonó de pronto, sombría-, deberías alejarte de los vampiros, son seres malignos, peligrosos y egoístas.
Inmediatamente estas palabras captaron la atención de Lee. Agachó el rostro, pensativo. Podía ser que Kankuro tuviera razón, pero ciertamente...
-No puedo hacerlo.
-¿Por qué?- Kankuro comenzaba a preocuparse. Dejó el café a un lado y, con el ceño fruncido, parecía interrogar a Lee de pronto.
-Simplemente no puedo.
Fue entonces cuando, viendo sus profundos ojos negros, Kankuro comprendió que había algo allí. Había un sentimiento que resultaba fuerte, poderoso, casi indestructible. ¿Sería posible acaso? Tragó saliva con suma dificultad. De pronto sus maquinaciones parecían venirse abajo, porque dentro de sus planes no entraba la posibilidad, ni siquiera irreal, de que Lee pudiese enamorarse de un vampiro. No, eso estaba terriblemente mal. Lee no podía sentir nada por ninguno de esos seres de la noche. ¡No podía permitirlo!
-Terminará lastimándote- dijo entonces, su única medida era tratar de hacerle entrar en razón.
-Sé que no lo hará- rebatió Lee al instante, sumido dentro de sus propios recuerdos. A su mente volvían las antiguas imágenes dentro de sus sueños, cuando el pelirrojo le había sostenido, le había besado, le había dicho tantas cosas que deseaba escuchar. Le había hecho tan feliz...-. Me ama.
Y Kankuro podría haber gritado por ello.
-¿Te ama?- preguntó con suma ironía- ¿Eso te dijo? ¿Y tú le creíste?
-¿Por qué no habría de creerle?- captada de inmediato su atención.
"Bingo", pensó Kankuro. Esa era su oportunidad.
-Lee, eres demasiado ingenuo- susurró sonriendo levemente, mirándole casi con ternura, como si hablara a algún niño pequeño que debiese entender el porqué de los conceptos irrebatibles en el universo-. Los vampiros no saben amar, no pueden. Lo único que saben hacer es destruir, asesinar, ¿de qué crees que viven? ¿De sangre en conserva? No, Lee. De sangre humana. De mujeres, hombres y niños, no discriminan en ese sentido- dijo esto con un sutil sarcasmo, recordando todo-. Son criaturas deplorables.
-¡No sabes lo que dices!- estalló Lee de pronto, dolido siquiera por la mención. Porque Gaara no era como Kankuro lo hacía parecer. Su pelirrojo era totalmente distinto...- No conoces a Gaara, él no es así.
-¿G-Gaara?- en shock- Gaara...
-Así es, ¿lo conoces?
-N-No...
-Entonces no sabes nada de él. Él es amable, y cariñoso.
-Eres tu quien no sabe nada, Lee.
-¡Basta! Eres tú quien no sabe. No le conoces, no le has visto. Dices todas esas cosas horribles sólo para asustarme pero yo sé que Gaara es sincero. Puedo verlo en sus ojos, notarlo en su voz, sentirlo en sus caricias. Él me ama.
Kankuro hizo silencio mientras negaba con la cabeza.
-Estás equivocado. No te ama, ni a ti ni a nadie.
-No te escucharé- declaro Lee con terquedad.
-Y no te obligaré a hacerlo- apunto colocándose de pie-. Pero si quieres averiguar si lo que digo es cierto, pregúntale que le hizo a Temari.
-¿Temari?- interesado y dudoso.
-Así es, Temari. Y cuando te des cuenta de la verdad, te estaré esperando- coloco una pequeña tarjetita en la mesa-. Nos vemos, Rock Lee.
XxXxX
Estaba dormido. Gaara estaba seguro de ello, y aun así las pesadillas seguían atormentándolo. No, no eran pesadillas. Eran recuerdos, tan negros y tan oscuros que hacían lagrimear sus ojos. Pero no lloraba por arrepentirse de todas las atrocidades que había cometido en el pasado, sino simplemente porque muy dentro de él, algo clamaba por volver a aquello. Porque dentro de sí estaba un poco harto de tener que lidiar con toda esa consciencia social que lo atormentaba. Harto de regirse por códigos y reglas que no estaban estrictamente aplicadas a su persona.
Antes las cosas eran completamente diferentes. Antiguamente lo único que regía su conducta era el pensamiento. Una vida sin reglas, sin códigos morales, sin sentidos de Bondad ni Maldad. Cuando sólo se encontraban su maestro y él las cosas eran infinitamente mas fáciles.
Gaara aún era capaz de extrañar viejos momentos, viejas memorias, cuando el único limitante de su existencia era el deseo. Sí, había sido un monstruo en toda la extensión de la palabra. Había asesinado sin piedad (¡que nunca era necesaria!) y se había sentido bien, cuando se bañaba en la sangre de sus inocentes víctimas y todos sus pecados, al final de la noche, eran redimidos en los brazos de su maestro, en sus besos sangrientos llenos de arrebatadora violencia.
Pero ahora llegaban las pesadillas. Sí, la última vez que le viera, es como una película que se repitiera incesantemente dentro de su cabeza. ¿Habían sido cuántos? ¿Cien? ¿Doscientos años? Ni siquiera era capaz de poder hacer la cuenta. Pero fue hace tanto tiempo que incluso los colores de aquel atardecer lucían grises. Porque le había despedido incluso mucho antes de que el sol se ocultara por completo. Era una especie de castigo, lastimarse de esa forma, pero al mismo tiempo herirle a él.
Recordaba entonces sus ojos, la mirada que le había dirigido. Sus pupilas que denunciaban 'Traición'.
Y Gaara se había sentido culpable. Pero lo más increíble de todo el asunto es que, aún con eso, se había sentido bien, finalmente libre. No había dudado a la hora de enterrar el puñal en su pecho, exprimirle el corazón como si se tratara de una pulpa, y verle decaer, lentamente, ahogarse con su propia sangre. Después simplemente había marchado...
Le había dado la espalda a toda su existencia, toda su vida, su pasado...
¿Y por qué lo había hecho, precisamente? ¿Por qué dejar de lado toda esa maravillosa vida salvaje en su propia naturaleza?
Porque Gaara quería olvidar.
Quería deshacerse del penoso recuerdo que cada noche invadía su mente. Quería olvidar aquella sonrisa... Aquellas palabras...
"Voy a protegerte, Gaa-chan...", y todo lo que conllevaba.
Lo sabía, nunca terminaría de pagar por lo que había hecho. Nunca.
Fue entonces cuando, con los ojos llorosos, le dio la noche la bienvenida. Las cortinas se mecían suavemente, tristemente, tan acordes con el sentimiento de tristeza e infelicidad que invadía cada partícula de Gaara. Sus ojos azules se mezclaron con la negrura de la habitación y, al mismo tiempo, extrañó la suave luz de una luna ausente.
Se levantó sin muchas prisas, sintiendo la delicada sábana descender por su cuerpo. Sentía todo muy ajeno a él, como si la ropa, su misma piel, no fuesen mas que capas que cubrieran su alma, su propio espíritu corrupto de odio. Pero no estaba todo perdido. No por completo, porque aún había alguien dispuesto a salvarlo. Y le buscaría, así fuese solamente para estar con él, para olvidar por breves momentos todo aquello que lo condenaba.
Lo buscaría.
Lo encontraría...
XxXxX
Y lo encontró.
Se acercó a él lentamente, sin hacer el mas mínimo ruido. Era como una sombra, y a cada paso que daba, su corazón aumentaba el ritmo de sus latidos, a tal punto que cuando estuvo detrás de él, más parecía una pandereta que otra cosa. Pasó su brazo por la esbelta cintura, valiéndose del despiste del otro, y murmuró contra su oído:
-Cuando las princesas salen...
Su voz grave desencadenó miles de escalofríos.
-No soy una princesa- respondió Lee mientras se daba la vuelta para encarar al recién llegado.
Sus labios se fundieron entonces. Suaves al comienzo, devoradores después, como si no se hubiesen visto en años. Mucho mejor, como si se conocieran desde hace siglos y hubiesen estado separados largo tiempo. Como si se trataran de antiguos amantes que vuelven a reencontrarse, sintiendo la chispa del deseo que nunca ha terminado de desvanecerse.
Era un deseo incontrolable, casi animal, cuando los labios duros y resecos de Gaara se apropiaban de los suaves y delicados de Lee. Delicados en su tierna humanidad, dispuestos para ser tomados, corrompidos, re-estructurados en un sentido elegantemente malvado, increíblemente horrible pero que Gaara amaría de igual forma. Aun si los labios dejaran de ser tal, dejaran de ser carne y sangre, aun con eso su lengua saldría a revivirlos, a rejuvenecerlos con su saliva, a amarlos con dedicación y dedicarle cada uno de sus pensamientos. ¿No era eso el amor, entonces? Desear aun cuando la carne se pudre, cuando el recuerdo se desvanece y sólo queda el viejo y fugaz sentimiento...
Pero ahora le tenía allí, con la mirada despierta siempre joven. Y había dudas, tantas interrogantes, preguntas que gritaban desde el fondo de su cerebro para ser respondidas. Gaara vio la complejidad de sus pensamientos, aun cuando ni siquiera el propio Lee se daba cuenta de que su mente era sondeada, violada sin misericordia.
-Hay algo que debo decirte- murmuró Lee casi sin desearlo.
Aun en su mente tenía muy fresco el recuerdo de la conversación que tuviese con Kankuro aquella tarde. Había dicho muchas cosas que habían despertado su curiosidad. ¿Cómo parecía Kankuro conocer tanto sobre los vampiros? ¿Y quién era Temari? De algún modo sentía como si a su lado se desarrollara una historia diferente, una historia que no le concernía pero que debía tener un final emocionante. Esa historia era únicamente de Gaara, al parecer de Kankuro y definitivamente estaba relacionada con Temari.
Pero quería saber...
Quería conocer a Gaara, entenderlo de verdad. No solamente quería tenerlo como amante sino también como compañero. Quería que el pelirrojo supiese que podía confiar en el, podía contarle sus mayores secretos porque Lee no iba a juzgarlo, no iba a censurarlo ni mucho menos. Lee iba a entenderlo, iba a proporcionarle una mano de ayuda si la necesitaba o simplemente estar junto a él cuando el momento lo precisara. ¿No era eso el amor, acaso? Estar junto a la persona amada siempre, en todo momento, bueno o malo.
-Lo sé- respondió Gaara con pesar.
No quería.
No quería responder todas sus dudas. No quería decirle a Lee realmente lo que era. Porque estaba bien simplemente ser 'vampiro'. Eso es lo que era, ni mas ni menos. ¿Pero qué es ser un vampiro? ¿Lo iba a entender Lee acaso? ¿Comprender y aceptar que la persona que mas lo amaba en el mundo entero, que lo amaría hasta el final de sus días, era un monstruo sediento de sangre que no distinguía entre culpables e inocentes a la hora de abrir una garganta? ¿Comprendería que toda sangre era buena a la hora de alimentarse y que los niños sabían mejor?
No.
Gaara no iba a arriesgarse a ver la repulsión reflejada en esas orbes negras a las que tanto culto rendía. No podía, no lo haría, ¡no lo haría! Aun si tuviese que mentir, aun si tuviese que esconder su verdadera naturaleza, no permitiría que Lee viese la verdad tras la perfecta piel blanca, el cabello rojizo como el fuego y los ojos azules aparentemente fríos.
-Hay tantas cosas de ti que no sé- comenzó Lee sintiéndose nervioso, tomando la mano de Gaara y encerrando los fríos dedos entre los suyos, como si de este modo pudiese devolverle el calor que la no-vida le había arrebatado hace siglos. Gaara sonrió para sus adentros ante este pensamiento, regocijándose al percatarse de la infantil ingenuidad de Lee que estaba presente en todos los seres humanos.
Sí, por regla general todos los seres humanos buscaban ayudar a los demás cuando sentían que otro estaba en necesidad. Pero no lo hacían por un sentimiento de compasión (aunque algunos sí lo hacían, de hecho) sino por sentirse un tanto superiores. Gaara entonces se preguntaba... Cada vez que estas personas sentían que ayudaban alguien, ¿se sentirían como si fuesen Dios? Porque Gaara estaba mas que seguro de que cada vez que arrebataba una vida, él se sentía como el Diablo.
-Y quiero entenderte, de verdad que quiero- continuó Lee sinceramente. Gaara pudo haberle besado los ojos en ese instante.
Tanta compasión...
-Me entenderás- apremió Gaara con voz neutra, escondiendo a la perfección la molestia que le ocasionaba el tema.
-¿Entonces me hablarás de ti?- preguntó con una nota de esperanza en la voz, y tan sólo por la forma en que sonrió Gaara no tuvo mas remedio que asentir. Lee tomó este gesto como una barrera que fuese borrada de su camino. Sentía como si pudiese preguntar todo lo que viniese a su mente y Gaara lo contestaría. Fue por eso que lo primero que hizo fue alejar el fantasma de las palabras de Kankuro. Con un nuevo aire de valor, preguntó:- ¿Quién es Temari?
Entonces, en ese momento, Gaara sintió como si todo el mundo se le fuese encima.
Su rostro podía haber palidecido, sus ojos podían haberse abiertos de puro espanto, el podría haber retirado su mano y soltar un grito, pero tan solo permaneció en silencio, estoico y sin emociones, como una estatua, como un dios ancestral. Lee no fue capaz de verlo, pero Gaara se hallaba simplemente sin palabras.
Sintió entonces un dolor que había procurado esconder en su pasado, encerrar para siempre y destruir la llave de aquel candado inmortal que guardaba sus emociones. Pero ahí estaba, la misma estremecedora sensación que le hacia recordar lo humano que aun era, lo frágil que era su corazón, lo parecido que aun a pesar del tiempo seguía siendo a las simples personas que lo rodeaban. Cuando pensaba en ella, cuando alguien mencionaba su nombre, Gaara volvía a sentirse un niño. Un joven perdido, lloroso, con la arena lastimando sus ojos.
Volvió a recordar, también, toda su historia, el dolor que conllevaba cada escena. De un momento a otro sintió que no podría tolerarlo.
En su mente se reproducía, una y otra vez, aquella tarde, cuando hubiese dejado todo atrás y la Muerte le hubiese salido al encuentro. Luego cuando, tras haber abierto los ojos a un mundo completamente nuevo, regresara con los suyos a buscar verdades, secretos ocultos en la sangre y en la carne. Y allí habían estado, detrás de los nervios y junto al cerebro, cuando la verdad tenia ojos azules y un pelo rubio que se había manchado de sangre pura.
-Gaara... estás llorando...- contempló Lee visiblemente perturbado.
En ese instante no supo que hacer. Era la primera vez que veía a alguien llorar. No pudo sino sentirse completamente desorientado. En parte fascinado porque las lágrimas de Gaara resultaban completamente sobrenaturales y tenían el mismo efecto que tenían las vírgenes cuando lloraban. Y al mismo tiempo poseía un efecto horripilante porque al igual que las santas esculturas, estas lágrimas eran de sangre.
Pero entonces el vampiro alzó la mirada, como un ciervo a punto de ser atropellado por un auto. Y Lee fue capaz de ver la absoluta inmovilidad de sus facciones que buscaban esconder todo el dolor que le cruzaba el pecho, el sufrimiento que siempre había estado presente pero que hasta ese momento se manifestaba. De pronto se le vio tan... frágil. Hermoso y delicado pero frágil como una muñeca de porcelana que pudiese quebrarse incluso ante la leve fuerza del viento. Y no lo soportó.
No pudo resistir la escabrosa fragilidad de un ser tan extraordinariamente fuerte. Todo su ser se conmovió, sus ojos se hicieron agua y lo abrazó con todas sus fuerzas. Allí, en medio de la noche, abrazar a Gaara era como abrazar una piedra. Pero Lee pudo haber jurado, entre el ulular de los búhos y el sonido de la ciudad en la lejanía, que Gaara despedía un pequeño calorcito que le sobrecogió el corazón.
Lee se dio cuenta, también, que lo amaba mas que a otra cosa en el mundo, que Kankuro podía tener razón en todo lo que decía pero que no importaran las circunstancias, Gaara era la persona para él. Gaara era el amor de su vida y por quien daría la vida misma de ser necesario.
Gaara era todo lo que tenía...
Era lo único que importaba.
CONTINUARA...
N/A: Oh, olvide mencionarlo en las notas del comienzo, pero si ven algunas faltas de ortografia (mayormene acentos) me disculpo por ello. Es que escribo en el pc de la biblioteca (cuya configuracion no tiene ni ennes ni acentos D:). Cuando vuelva a tener mi pc me encargare de quitar la mayor cantidad de errores posibles. :)
