Los Sabaku No se casaron en mitad de sus veinte, ella venía de buena familia y el tenía un futuro prometedor por lo que sus familias no dudaron en aceptar la unión.

Cuando consiguieron su hogar en una de las mejores ubicaciones de la ciudad, decidieron que era hora de comenzar a agrandar a la familia.

Dos hijos, una niña y un niño. Se sentían afortunados.

Eran como cualquier familia tradicional, ella cuidaba a los niños y el trabajaba para traer el sustento, era simple y les gustaba que fuera así.

–Estoy embarazada —dijo, y a el le cayó como un balde de agua fría.

–Ya hablamos sobre esto.

–Si, pero...

–Solo dos. Kankuro cumplió un año hace poco, será mucho trabajo para ti. Pediré una hora en la clínica mañana.

– ¡Como puedes decir eso! Es tu hijo.

–Karura...

–Quiero tenerlo.

–Y yo quiero que mi esposa pueda seguir manteniendo esta casa en orden cuando vuelva del trabajo.

– ¿Que quieres decir?

–No podrás manejar a tres niños.

La mujer se fue a su habitación enfurecida y el suspiró con fuerza. No volvió a salir hasta que estaba segura de que se había ido al trabajo.

Nunca logró convencerla y eso le molestó, las peleas aumentaban mientras su vientre crecía, no soportaba ver que cada vez estaba mas cerca de ver al hijo que desde un principio no quiso.

Otro varón. Cuando llegó con la noticia la ignoró y siguió dandole toda su atención a los pequeños que de vez en cuando, preguntaban por qué su mamá ya no sonreía.

El embarazo no fue fácil de llevar como los dos anteriores, se sentía con malestar todos los dias sumado con la soledad de que su esposo solo le dirigía la palabra con gritos.

Deseó haberlo escuchado pero ya era tarde.

Lo nombró Gaara y casi soltó una carcajada cuando lo vio por primera vez, el hijo no deseado era igual a su padre. Las enfermeras sintieron pena por ella, cuando vieron que su esposo solo se presentó para llevarla a casa sin querer ver al recién nacido.

–Mamá, mamá... ¡Ma! —gritó Temari, con su uniforme de pre-escolar y su mochila aún en sus hombros— Gaara apesta.

La madre gruñó y tomo la botella de vino, estaba vacía. La niña a sus cortos años, sabía que algo estaba mal con su madre desde que nació el mas joven de sus hermanos.

– ¿Puedes cambiarlo tu, cariño? Mami no se siente bien —tomó su copa y se fue a la cocina. También bebía mucho desde que su padre la golpeaba cada vez que peleaban.

Gaara era diferente de su hermano Kankuro, que siempre estaba jugando y haciendo bromas al punto de irritarla, por lo que cuando su madre le pedía que se hiciera cargo de cuidarlo no reclamaba. Y siempre le pedía que se hiciera cargo, de vez en cuando se preguntaba si lo dejaba solo durante toda la mañana hasta que ella volviera.

Era un bebé muy tranquilo, casi nunca lloraba ni se movía mucho aunque ya pudiera caminar por si solo. Nunca reía, por mucho que le hiciera caras estúpidas para divertirlo, solo la miraba y tal vez mostraba una pequeña sonrisa.

También notaba que cuando su padre llegaba del trabajo, pasaba a su habitación y la de su hermano Kankuro para besarle las frentes y desearles buenas noches, pero siempre evitaba la de Gaara.

La inocencia de Temari no pudo comprender lo que pasaba. Su madre al verlo solo pensaba en que si no hubiera nacido, su matrimonio estaría bien y seguirían siendo una familia normal. Ese pensamiento la llevó a comenzar a beber, no podia soportar la culpa por desear que su hijo no existiera.

El padre, por otro lado, estaba seguro de que el niño era la causa de todo, y lo resentia por eso. Su presencia le molestaba, no estaba seguro si era por que era casi una copia exacta de el, o por la forma en que el niño lo miraba fijamente, como si fuera un extraño para el.

A medida que crecía los problemas no dejaban de aparecer, empezó con golpes a sus hermanos, rompía sus juguetes, los adornos de la casa, del jardín y no importaba cuánto lo regañaban o que tan duro le pegara su padre, el niño solo asentía cuando le preguntaban si había entendido.

– ¿Que hiciste? —exclamó el padre con un papel en la mano— ¿por que tu profesora quiere que estemos ahí mañana?

Gaara levantó los hombros y su padre lo abofeteó, no soportaba ver el desinterés y la falta de respeto hacía el.

–Rasa —lo llamó su esposa, como pidiéndole que no siguiera.

El se acercó furioso y dejó la nota en su mano.

–Esto es tu culpa —dijo entre dientes y no hizo mas que bajar la mirada, sabiendo a que se refería.

Cuando Gaara comenzó a meterse en problemas, su madre siempre trataba de defenderlo, era su forma de sentirse menos culpable por no amarlo como a sus hermanos.

Gaara lo sabía. Cuando tenía 6 años notó que sus padres solo eran amables con el como lo eran con sus hermanos cuando iban a visitar a sus abuelos o iban a eventos familiares del trabajo. Comprendió que sus padres lo querían tanto como el los quería a ellos.

Y Gaara sabía que no quería a sus padres. Solo son las personas que le dieron la vida, nada más. Y el era sólo su hijo, nada más.

Pero aún sabiendo eso, se sintió traicionado, a pesar de la apatía que sentía por su familia, seguía siendo un niño. Y mientras crecía, también crecía con el su odio.

–Es la quinta vez en tres meses que se envuelve en una pelea —dijo la profesora, cruzando sus manos y analizando la expresión de los padres— Gaara fue el que empezó en todas.

– ¿Todas? —preguntó la madre, riendo sin querer creer que fuera así, aunque en el fondo supiera que la mujer tras el escritorio tenía razón— seguramente lo provocaron.

–Los alumnos aseguran que no hubo provocación. Un empujón accidental, una broma o un comentario y Gaara los golpeaba.

– ¡Estaba jugando!

–Varios de ellos terminaron en la enfermería.

La madre apretó los labios.

– ¿Está todo bien en casa? —preguntó suavemente, sin quitar las manos del escritorio.

– ¿Está diciendo que es nuestra culpa? —por primera vez desde que entraron a la oficina, el padre habló.

–No, no, por supuesto que no. Pero Gaara... siempre está enojado, a la defensiva. Un niño no golpea a los demás sin razón.

– ¿Cómo están sus calificaciones? —volvió a preguntar el padre, cruzando los brazos.

–Bien... es uno de los mejores de la clase. Pero señor—

–Pues ya está, tendré una charla con el y asunto arreglado. Vamos —le hizo una seña a su esposa y ella le siguió de inmediato.

– ¡La próxima vez, lo suspenderán!

Caminó a la habitación de su hijo menor pisando con fuerza y su esposa le seguía, suplicándole que no fuera tan duro con el.

–Callate —exclamó con la mano en el picaporte— tus lloriqueos no sirven de nada.

Abrió la puerta y encontró al niño en su escritorio haciendo los deberes, quien no se molestó en mirar quien habia entrado a su habitación por que ya sabía lo que pasaría.

Lo cogió de la ropa para obligarlo a ponerse de pie y comenzó a gritarle sobre el tiempo que había perdido y la molestia que había sido tener que ir hasta su escuela. El rostro inexpresivo del pelirrojo solo hizo enfurecer mas a su padre.

Lo empujó a la cama y comenzó a golpearlo con la correa de sus pantalones, el pelirrojo se cubría con los brazos en posición fetal sin decir una palabra mientras el hombre le decía que esa era la única manera de que entendiera y que no quería volver a saber sobre problemas de comportamiento en la escuela, amenazandolo con llevarlo a un internado militar.

La madre se quedó en el pasillo aguantando las lágrimas hasta que Temari salió de su habitación y le suplicó a su padre que se detuviera.

Una semana después hubo otro incidente que los obligó a buscar ayuda profesional; Gaara intentó ahorcar a su compañero de clase.

La golpiza que le dio su padre dejó cicatrices.

El terapeuta diagnosticó problemas de control de la ira y transtorno antisocial.

Cuándo tenia 14 años, descubrió a su madre con otro hombre. Las clases habían terminado temprano y los descubrió en el living de la casa, no dijo nada mientras el hombre se vestía con prisa ni cuando pasó por su lado corriendo para largarse de ahí.

No era estúpido. Sabía que su padre frecuentaba a otras mujeres desde hace años y que su madre no era la delicada y amorosa mujer dedicada a su familia como les hacía creer a todos, pero no la creía capaz de ser infiel en su propia casa.

–No le digas a tu padre —fue lo único que dijo.

Unos días después, su madre volvía de hacer las compras por la mañana como siempre, era parte de su rutina. Dejó las compras sobre la mesa y estaba por organizar todo cuando escuchó un ruido.

–Es muy temprano para que haya alguien en casa —se dijo a si misma.

Se acercó temerosa a las habitaciones y el rudio se hacia mas fuerte. El ruido venia de su habitación, camino de puntitas pensando que tal vez era un ladrón, o peor, su esposo. Pero cuando estuvo frente a la puerta, que estaba completamente abierta, en su estómago se formó un nudo.

Gaara estaba en la cama que compartía con su esposo, embistiendo a una chica. Ella no podía verla, pero su hijo si.

Esperó que el se asustara y se detuviera al verla en la puerta, pero no fue así. Comenzó a embestir a la chica con mas fuerza mientras miraba a su madre a los ojos, con una expresión de superiodad y casi sonriendo.

No pudo seguir ahí por más tiempo escuchando su cama crujir y los gemidos de esa chica.

–Espera a que le diga a tu padre —le dijo cuando salió de la habitación.

–No le vas a decir nada —respondió con una sonrisa que la hizo sentir incómoda, su hijo nunca sonreía— si no quieres que sepa lo que estabas haciendo aquí el otro día.

Lo abofeteó y tapó su boca con sorpresa. Nunca había golpeado a ninguno de sus hijos.

No volvieron a mencionar el tema.

Gaara descubrió que si pretendía ser obediente y amable, era fácil hacer que los demás hicieran lo que quisiera. Sobre todo cuando quería acostarse con alguna chica que le llamara la atención.

Era consciente de su atractivo y supo aprovecharlo, no tenía que esforzarse para lograr acostarse con ellas. Disfrutaba estar entre las piernas virginales de alguna chica, no era un requisito, pero prefería a las vírgenes por qué siempre lloraban.

Era divertido para el, hasta que dejó de serlo.

Así que comenzó a experimentar, algunas veces se asustaban y no querían cuando era demasiado brusco, así que las forzaba y eso lo hizo mas divertido.

Tomaba fotos de cada una de ellas.

También le divertía el hecho de que incomodara a sus padres.

– ¿Que diablos crees que estás haciendo? —exclamó en la puerta de su habitación, mirando con confusión a la chica que se vestía con prisa en la cama de su hijo.

–Estoy seguro que ya sabes la respuesta—respondió con indiferencia, abrochando con calma sus pantalones. No era primera vez que lo descubrían.

La chica salió de la habitación tapando su rostro, completamente avergonzada.

– ¡Esta es una casa decente!

El pelirrojo bufó entre dientes.

– ¿Decente? Incluso tu traes a tus putas aquí —se acercó hasta quedar a centímetro de su padre, a quien ya le había alcanzado en altura— o a tu secretaría.

Apretó los dientes con irritación, su hijo siempre buscaba provocarlo.

–Te quiero fuera de mi casa.

–Ok.

–Ordena tu mierda, te irás de aquí en una semana.

Su padre le consiguió un departamento lo suficientemente lejos para no tener que verlo pero lo suficientemente cerca para que su madre y hermanos pudieran visitarlo. Su madre se negó a dejarlo ir.

– ¡Es demasiado joven! Temari y Kankuro no se fueron hasta que eran mayores de edad.

– ¡Ya has visto lo que hace en cuánto lo dejamos solo! Estoy harto de llegar a mi casa y tener que escuchar como se coje a alguna adolescente, ¡no nos respeta!

–Es joven, está explorando su sexualidad. Es un buen chico, tiene buenas calificaciones y los profesores no hacen mas que hablar bien de el.

–Lo hace para fastidiarme, Karura, todo lo que hace es para fastidiarme. Lo quiero fuera de mi casa.

La mudanza al departamento fue rápida y Gaara se sentía satisfecho, sabía que si presionaba en los lugares correctos, podría salirse con la suya. Aunque nunca esperó que su propio padre le entregara un departamento.

–Que dirán de mi si dejo a mi propio hijo en la calle —le escucho decir a su madre.

Y ya le había puesto el ojo a una chica que vivía un par de pisos sobre el.

En clases todo seguía normal, era uno de los mejores de la clase, pero nuevamente, todo se le hacía aburrido y monótono.

Comenzó a mirar a las chicas de su salón, tenía una regla de no involucrarse con las de su instituto, pero por un poco de diversión estaba dispuesto a romperla.

Ninguna llamó su atención hasta que vio por la ventana a una pelinegra de ojos grises sentada con sus amigas. Nunca se había fijado en Hinata como hasta ahora, el sol le llegaba justo en el rostro haciendo que su piel blanca resaltara.

Sonrió por dentro, estaba seguro que debajo de esa ropa holgada se encontraría algo interesante.

La observó por días, comenzó a sentir curiosidad cuando notó lo enamorada que se veía del revoltoso de Naruto y empezó a desear que lo mirara a el de esa manera. Se sentía extraño, nunca habia sentido la necesidad de que una chica se fijara en el.

Había empezado a tomar fotos de ella en secreto, la chica le fascinaba. Ansiaba explorar que habría detrás de esa fachada de niña buena.

Comenzó a memorizar su rutina hasta que un día encontró la oportunidad perfecta para acercarse, donde sólo serían ellos dos.

Abrió la puerta con cuidado y se fijó en la chica buscando su ropa entre los casilleros.

Esto sería divertido.