Gracias a todas las que leen, comentan y esperan pacientemente los capítulos. Perdón por tardar tanto, aún estoy en periodo de pruebas y me complica escribir, además el teclado del notebook no me acompaña y decidió no funcionar. En fin, este capítulo es más largo, espero que lo compense. ¡Disfruten!
Capítulo 5
Un mes. Un mes desde el fatídico día cuando acepté ser la dama de honor de Emma. Un mes donde fueron contadas las veces en que nos vimos, pero no perdimos el contacto. Cada mañana recibía sus sagrados mensajes de buenos días, algunos con recomendaciones más alocadas que otros: "Recuerda no aplastar el corazón de nadie" y "Espero que la manzana que comas esta mañana no esté envenenada" estaban entre mis favoritos. Además, fueron muchas las noches de llamadas hasta entrada la madrugada, donde en más de una ocasión alguna se durmió antes de finalizar la conversación, cosa que obviamente era motivo de burla al día siguiente.
Era un típico día de oficina, estaba sumergida en la rutina que implicaba ser la alcaldesa del pueblo. En medio de todo el papeleo, mi celular comenzó a sonar y lo atendí sin ver quien llamaba.
—¡Hola Regina!
—Hola Snow—apoyé el teléfono con mi hombro y mi cabeza ladeada, mientras ordenaba algunos documentos que tenía sobre el escritorio.
—Te aviso que hoy hay cena familia en mi departamento, así que te espero. Zelena y su bebé también están incluidas.
—No, gracias. No quiero ser parte de tus raros planes.
—De hecho, fue idea de Emma.
Abrí mi boca para responder pero fui interrumpida por dos golpes en la puerta. Se abrió rechinando y Emma se asomó con su infantil sonrisa, cerró la puerta luego de entrar y alzó las bolsas que traía en su mano para mostrármelas.
—¡Hora de comer! Así que deja el papeleo ahora mismo—dejó las bolsas en el piso, amontó los papeles y los fue a dejar a una de las sillas de mi despacho, lejos de mi posición.
—¿Es Emma? Oh Dios, ¿qué hace ella ahí?—dijo Snow con emoción del otro lado del teléfono, hasta me la imaginé agitando sus manos y caminando por el living de su casa.
—Querida, debo colgar...—susurré con una sonrisa en los labios al ver a Emma organizando la comida sobre mi escritorio.
—¡Regina, ni se te ocurra colgar!
—Adiós —corté la llamada y dejé el celular a un lado, mirando atenta a la rubia—. ¿Y esto? —miré la mesa con la ceja alzada y se sentó frente a mí, tomando otra de las sillas de mi despacho.
—¡Hamburguesas! —alzó sus brazos y abrió dos pequeñas cajas, la que estaba frente a ella y la que estaba frente a mí.
—¿Y pretendes que yo coma eso? Espero por tu bien, Swan, que esa bolsa contenga una ensalada para mí.
—Hoy comerás esta delicia, Mills —apuntó con sus labios la hamburguesa y arrugué mi nariz, negando con la cabeza.
—Lo siento, pero no podré aceptar el almuerzo.
—Vamos Regina, no seas aburrida. ¿Por qué no te gustan? —me encogí de hombros y la miré desafiante— Espera... ¿alguna vez has comido una?
—No, pero no es necesario hacerlo para saber que no son de mi agrado.
—¡Debes estar bromeando! —exclamó con los ojos más abiertos de lo normal y soltó una carcajada. Dios mío, se ve preciosa así.
—¿Tengo cara de estar bromeando?
—Hoy vas a probar la gloria misma, ¿quedó claro? —me apuntó con un dedo y yo tragué saliva, las imágenes de "la gloria misma" que venían a mí no eran las más apropiadas y no estaban ni cerca de ser la referencia de Emma. Sacó pequeños sobres de la bolsa y los dejó encima, frotándose las manos— ¿Mayonesa, kétchup o mostaza? —me miró asumiendo que yo había aceptado y fruncí mis labios, para dejar en claro mi negativa. Miré directo esos ojos de ensueño y ella me mantuvo la mirada, ambas estábamos totalmente serias, teniendo una pequeña batalla, sin siquiera pestañear. Un pequeño brillo en sus iris bastó para que mi voluntad flaqueara y suspiré, sin terminar con la pelea.
—Un poco de mayonesa, por favor.
—¿Mayonesa? —alzó ambas cejas y comenzó a buscar entre los sobres— Creí que serías más de mostaza —rió un poco y les hizo un pequeño corte en la punta con ayuda de sus dientes, para luego ofrecérmelos.
—¿Y eso por qué? —los tomé y abrí el pan sin poder evitar hacer una mueca, la hamburguesa no se veía tan terrible.
—Bueno, ya sabes... La mayonesa es más grasosa y tú evitas prácticamente todo lo que contenga grasa.
—Eso no le quita lo delicioso, Swan. Y ya cállate, no hagas que me arrepienta de comer esto—alzó sus manos en señal de rendición y rodé los ojos, tratando de contener una carcajada— ¿Dónde están los cubiertos?
—Dios mío, Regina, tienes tanto por aprender. Estas delicias se comen con las manos, los tenedores y cuchillos déjalos para tus sofisticados platos de nombres extraños.
—¿Con las manos? —miré con horror el pan y luego a la rubia, que echaba de todas las salsas en el suyo.
—Exacto. Yo te enseño, tranquila—me guiñó el ojo y se paró rápidamente, llegando hasta mi espalda. No alcancé a reaccionar. Lo siguiente que sentí fue que sus brazos me rodeaban, sus manos movían las mías y de forma habilidosa tomaba la hamburguesa. Calma Regina, calma, no colapses ahora— ¿Ves? Es fácil—susurró en mi oído y su aliento llegó a mi cuello, mi piel se erizó y tragué saliva. No te delates. No puedes hacerme esto, Emma. Apoyó su cabeza un momento en la mía y relamí mis labios, el corazón estaba latiendo demasiado rápido y temí que ella escuchara mis latidos. Cerré mis ojos un instante para grabar su olor y los abrí a medida que se separaba, subiendo sus manos por mis brazos—. Listo. ¿O necesitas ayuda para comer también?—solté una risa nerviosa, mis mejillas estaban sonrojadas y mis manos temblaban.
—Yo podía sola, Swan—dije orgullosa y sonreí de lado, ella rió y di un mordisco a la dichosa hamburguesa. Tuve que fingir que no me había agradado la comida, pues en realidad el sándwich estaba más que delicioso y agradecí internamente la elección de Emma. La rubia devoró su porción en unos minutos y yo comí con calma, el silencio reinaba en el lugar y las miradas iban y venían.
—Regina...—la miré esperando que continuara y arrugó su nariz de forma adorable— Tienes manchado ahí... —miró mi boca y tragué en seco, Emma se inclinó sobre la mesa sin quitar la vista del lugar manchado, posó su mano en mi mejilla y pasó su pulgar por la comisura de mis labios. Miré fugazmente sus labios y luego sus ojos, ella embozó una sonrisa y mordió su labio inferior a medida que se separaba— Listo. ¿Ves que no puedes comer sin mi ayuda? Debo admitir que me sorprende que Su Majestad cometa la fatalidad de ensuciarse comiendo—agregó burlona y elevando sus hombros con altivez. Por mi parte, yo trataba de reaccionar aún, mis músculos estaban bloqueados y mi garganta se secó mi golpe. Humedecí mis labios y rodé los ojos, quitándole importancia al pequeño incidente.
Después de algunos segundos de palpable tensión, Emma se levantó de la silla y comenzó a tirar a la bolsa la basura que quedó. La ayudé con evidente torpeza, mi mente no lograba despertar del todo.
—Gracias por el almuerzo, Swan.
—No fue nada. Nos vemos esta noche, ¿no? —asentí para confirmar mi asistencia y ella sonrió amplio— ¡Hasta luego!—movió su mano en señal de despedida y cerró la puerta al salir de la oficina. Solté el suspiro que tenía atascado en la garganta y cerré mis ojos al desplomarme en mi silla. Definitivamente no sería fácil lidiar con mis sentimientos por Emma, menos si ella inconsciente me daba esperanzas.
Y ahí estaba yo, frente a la encantadora puerta del encantador departamento de la encantadora familia de mi encantadora Emma. No sabía si tocar o abrir directamente, como muchas veces hice al ir a buscar a Henry o visitar a Snow.
—Regina, abre la puerta de una maldita vez, necesito cambiar a Robin—dijo mi hermana haciendo sonar su tacón contra el piso y rodé los ojos.
—Zelena, no es mi casa, no puedo entrar como si nada —la miré con el ceño fruncido y suspiré—. No puedo hacerlo, no estoy lista. Me voy.
—No, no lo harás.
—Sí, lo haré, adiós —estaba por comenzar a caminar, pero nos interrumpió un ruido a mis espaldas: la puerta se abría y una alegre Snow se asomaba.
—¡Zelena, Regina! Pasen, pasen —se hizo a un lado, mi hermana sonrió con malicia al pasar y yo la miré enojada al entrar—. Espero que no hayan esperado demasiado afuera.
—Una media hora, mi querida hermanita olvidó cómo se toca la puerta.
—¿Tú no ibas a cambiar a tu hija?
—Oh cierto, ¿dónde puedo hacerlo?
—Sígueme, Neal tiene un mudador en su habitación—Snow caminó y Zelena la siguió hasta que las perdí de vista.
Miré a mi alrededor algo incómoda, me acerqué al sofá y me senté con lentitud en él, pues me puse uno de mis tantos vestidos ajustados esa noche y mis movimientos eran limitados. Jugué con mis manos vagando mi mirada por la estancia y me pregunté dónde estaban los demás. Y, como si leyera mi mente, Emma bajó de las escaleras diciendo:
—Estamos todos entonces, ¿me ayudas a poner la mesa?
—¿Todos? Yo no veo a nadie más aquí —me levanté riendo nerviosa y me acerqué a ella, arreglando mi vestido.
—Papá y Henry están jugando videojuegos arriba, Zelena y tú llegaron. Estamos todos —dijo entrando a la cocina y yo me quedé en el umbral. ¿Y Killian qué?
—¿Y... y Killian? —aclaré mi garganta y miré al suelo, pasando mi mano por mi cuello.
—Es una cena familiar —alzó su ceja, la miré a los ojos y sonrió de lado, como si aquellos gestos no me derritieran—, por ahora él no está incluido —se encogió de hombros y me entregó los platos, me di media vuelta y sonreí de oreja a oreja, yendo a ordenar la encantadora mesa para la encantadora cena.
En los siguientes minutos, David y Henry bajaron, mi hijo me saludó con un beso en la mejilla y un apretado abrazo. Snow y Zelena llegaron con sus bebés a la mesa y con Emma servimos la cena. Snow había preparado algo simple pero delicioso: carne a la olla, una salsa sobre ella y papas asadas. La comida transcurrió con tranquilidad, solo se escuchaba el sonido de los cubiertos y el silencio de todos no era incómodo. Al terminar, Henry y David llevaron la loza a la cocina y fuimos a sentarnos todos al living, porque la anfitriona pidió comer el postre ahí para poder alimentar a Neal.
—Regina, toma a Robin por favor —dijo mi hermana levantándose apresurada y casi lanzando a la bebé en mis brazos—. Necesito ir al baño.
No me quedó más remedio que tomar a mi sobrina y la moví con calma para que no despertara, tarareando en susurro una canción de cuna.
—Me gusta como te ves así —pegué un pequeño salto al oír a Emma susurrar eso cerca de mi oído—. No te espantes, no quiero que despierte la pequeña —fruncí el ceño y miré a Robin, dando pequeñas caricias en su cabeza—. Siempre he querido ver fotos tuyas con Henry cuando era bebé.
—Lamento decepcionarte, pero esas fotos no existen. Solo tengo algunas de Henry a medida que crecía.
—¿En serio existen fotos mías? —interrumpió el adolescente y ambas lo miramos, rompiendo con aquella burbuja que teníamos entre las dos.
—Por supuesto, ¿crees que no lo haría? Es guardar etapas de tu vida que probablemente olvidarás a futuro, y no me permitiría olvidar tu crecimiento —agregué con un pequeño encogimiento de hombros y bajé la mirada al ver que todos estaban atentos a mis palabras, incluso Zelena que ya había salido del baño y venía por su bebé. La tomó con cuidado y se sentó en el sillón, yo me acerqué a Henry y él me abrazó de lado, de esa forma no le daba la espalda a los demás.
—Ya que lo dices, Regina, deberíamos fotografiar este momento —dijo Snow con una gran sonrisa en su cara y yo abrí mis ojos como plato, imaginando a lo que quería llegar.
—Apoyo la idea —dijo Zelena con una maliciosa sonrisa y yo hice mis manos puño, al parecer ambas pretendían lo mismo.
Snow se levantó dejando a Neal en encantadores brazos de su esposo y corrió a su habitación, volvió con una cámara instantánea en sus manos y desbordando emoción por los poros.
—¿Quiénes quieren ir primero?
—La encantadora familia —dijo Henry tomando la cámara y el feliz matrimonio se paró de inmediato—. Mamá, tú igual —miró a Emma y ella de acercó con timidez, parándose junto a sus padres. Henry acercó su ojo a la mirilla e hizo click, capturando el momento en una fotografía que salió de inmediato. Tomó el papel y lo agitó levemente, revelando la imagen.
—Su turno —Snow tomó la cámara y los presentes la miramos confundidos, sin saber a quién le hablaba—. Vamos Henry, una foto con tus madres —movió sus manos frente a él y yo no supe cómo reaccionar. Emma puso su mano en la parte baja de mi espalda y me guió hasta el lugar donde debíamos pararnos, tragué saliva ante su contacto y avancé con las piernas temblorosas. Emma se paró junto a Henry y yo al lado de él, los tres miramos a la cámara sonriendo y Snow sacó la foto, tomó el papel y lo agitó hasta que la tinta pasó del negro a la gama de colores. Henry corrió a ver el resultado y tomó de nuevo la cámara, sonriendo de una forma poco usual.
—Ahora las dos juntas —nos miró sonriendo y yo me giré a ver a Emma—. Vamos, no tengo una foto de mis mamás juntas —argumentó y suspiré, necesitaba alguna excusa para salir de ahí.
—Por mí no hay problema, ¿qué dices tú, Regina? —Emma me miró a los ojos y nos mantuvimos la mirada por unos eternos segundos. ¿Cómo negarse a esos ojos? Es imposible.
—Si salgo mal, quemaré la foto, ¿entendido? —Snow y Henry sonriendo al oírme y me paré junto a la rubia, uniendo mis manos en una postura bastante rígida.
—Por favor Regina, relájate, es solo una foto —susurró Emma tan cerca de mí que me dio escalofríos—. Espero que esto no te moleste —dijo justo antes de pasar su brazo por mi espalda hasta tomar mi cintura con su mano, la miré confundida y tratando de ocultar el rubor de mis mejillas.
—¿Y pretende salir viva después de esto, señorita Swan? —susurré pasando mi brazo por su espalda y posé mi mano en su hombro. La carcajada que soltó fue como música para mis oídos, los demás no entendieron por qué lo hizo y eso me divirtió aun más. Ambas miramos a la cámara con una sonrisa y Henry tomó la fotografía, luego el papel y Snow se encargó de agitarlo.
—¿Ves? No fue tan terrible —dijo Emma sin soltar mi cintura y giré mi cabeza para mirarla. Grave error. Nuestros rostros estaban a centímetros y, sin exagerar, su respiración llegaba de lleno a mi cara, como también su aliento al hablar chocaba con mi boca. Nos miramos fijamente sin desarmar la cómoda posición, olvidando por un instante que habían personas a nuestro alrededor.
El sonido de la cámara rompió con el intenso momento y con una sincronía inesperada miramos a Henry, que ya tenía la fotografía en mano y la movía para revelar su contenido. Nos soltamos del extraño abrazo y Emma tomó las fotos sacadas antes, sonriendo al verlas. Luego de eso, Zelena con Robin en sus brazos, Henry y yo posamos para la que sería la última captura de la noche.
Snow y Zelena fueron a la cocina para servir el postre y yo fui a dejar a Robin a la cuna de Neal. Al volver al living, me fijé que Henry ya no estaba.
—Fue a ayudar a la cocina —dijo Emma al notar que buscaba con la mirada a Henry y le sonreí en agradecimiento por la aclaración.
Me senté en uno de los sillones y el silencio se instaló en el lugar, David miraba distraído la pared y Emma se entretenía en su celular. Tomé las fotografías que estaban sobre la mesa y las observé con detenimiento una por una, hasta que llegué a la penúltima, esa que Henry tomó por sorpresa. Salíamos ambas sonriendo y mirándonos a los ojos, lo que me llenó nuevamente de esa esperanza que Snow alguna vez me dijo que tuviera. Alcé la vista para asegurarme de que nadie me viera y guardé aquella foto en mi bolsillo. Menos mal escogí este vestido con bolsillos. Dejé con disimulo las demás sobre el mueble y al par de segundos llegaron Snow, Zelena y mi hijo con el postre: tarta de manzana.
—No está envenenada, coman en paz —dijo Snow riendo y todos tomamos un plato con un trozo de la tarta.
Si soy sincera, el postre no estaba tan malo... pero ni cerca estaba de ser mi conocida tarta de manzana, que era insuperable.
—¿Saben algo? Veo a Neal y a Robin y me dan ganas de tener un hermano o hermana —soltó Henry de la nada y Emma comenzó a beber apresurada su vaso de jugo.
—Cariño, sabes que eso no es posible ya...
—Al menos de tu parte, pero mamá puede, ¿no? Ahora se va a casar —Henry se encogió de hombros al decirlo y Emma escupió el jugo que tenía en la boca, mojando parte de mi vestido.
—¡Oh Dios! ¡Lo siento Gina! —tomó una servilleta y torpemente trató de secar la tela, pasando sus manos por mi cuerpo en el intento. La miré frunciendo el ceño y ella se alejó de inmediato, con los ojos abiertos como plato, se veía hasta temerosa.
—Nada de bolas de fuego, por favor —dijo Zelena y la fulminé con la mirada.
—Ven Gina, te prestaré algo para que te cambies.
—¿Y crees que usaré algo tuyo? —solté de forma cortante y suspiré, no tenía otra solución.
—No seas testaruda, ven —me tomó de la mano y me guió hasta su habitación en el segundo piso, yo sentía las miradas de todos a mis espaldas, como si quisieran reír a carcajadas por la situación.
Al llegar, me pidió decenas de veces que la perdonara, buscando algo de ropa en su desordenado armario.
—Si no te callas, no lo haré. Deja de insistir tanto y pásame algo rápido, Emma —rodé los ojos y me senté en la cama. Se giró a mí con una sonrisa nerviosa y me entregó la ropa que pretendía que usara— ¿Estás bromeando?
—¿Qué tiene de malo? —hizo un pequeño puchero.
—¡Voy a parecer leñadora!
—No es mi culpa usar ropa cómoda —se encogió de hombros y sacó un par de botas de caña alta, dejándolas a mi lado—. No creo que quieras andar con jeans y esos tacones, ¿no?
—Esto es una pesadilla —bufé y la miré alzando mi ceja.
—¿Quieres también mi chaqueta roja? —la miré enojada y alzó sus manos a modo de rendición.
—¿Esperas una invitación para irte?
—Oh claro, lo siento —miró a todos lados y aclaró su garganta—. Te espero abajo.
Salió de su habitación y solté el aire que tenía acumulado en mis pulmones. Me saqué el vestido con cuidado para no arrugar la fotografía y me puse los ajustados jeans de Emma. No entiendo qué les ve de cómodos, no me dejan respirar. Una apretada camiseta negra y una camisa a cuadros negros y rojos finalizó el atuendo. Me veo ridícula, pensé mirándome al espejo y suspiré poniéndome las botas. Bajé con mi vestido y tacones en la mano y tragué saliva al ver que Emma me miraba de pies a cabeza con una sonrisa ladeada.
—¿Se te perdió algo? —dije mirándola directamente y negó con la cabeza.
—Deberías considerar usar ropa así más seguido.
—Y tú saber cerrar la boca, en todos los sentidos.
Me senté junto a Henry y terminé mi trozo de tarta en silencio.
—Hey, ¿cómo van los preparativos para la boda? —dijo David con su encantadora sonrisa y yo tragué saliva, no era un tema del que me gustara hablar.
—Casi nulos —dijo Emma encogiéndose de hombros y pidió otro trozo de tarta.
—¿No has visto ni siquiera el vestido? —preguntó insistente el príncipe y esperé atenta la respuesta de la rubia.
De pronto, Snow puso cara de "se me acaba de ocurrir la mejor idea del mundo" y me puse en alerta, nada bueno podía salir de esa cabeza loca.
—¿Y no has pensado ir a Boston a ver? Estoy segura que allá hay muchas más opciones —dijo la dueña de casa con una sonrisa sospechosa, algo traía entre manos y pronto saldría a la luz.
—No se me había ocurrido.
—Podrías ir con Regina... —respondió como si nada. Bingo, ahí está, ese era el plan.
—No la voy a forzar si no quiere —Emma me miró al decirlo y sonrió de lado.
—Por mí no hay problema. Solo que Henry tendría que quedarse solo y no me agrada la idea.
—Él se puede quedar aquí, ya lo ha hecho antes —agregó Snow. Definitivamente esta idiota tenía todo en mente.
—Dicho y hecho. Ustedes irán a Boston en cuanto antes —concluyó David y tragué saliva.
Zelena se mantenía al margen de la conversación pero no perdía detalle, su sonrisa malévola estaba permanente en su rostro.
—¿Entonces un nuevo viaje en mi escarabajo? —me preguntó Emma y ambas sonreímos con complicidad. Quizás no es tan mala idea...
Después de todo eso, seguimos haciendo sobremesa y conversamos tema triviales, como las supuestas primeras palabras de Neal. Snow y David afirmaban que el pequeño ya decía cosas como "mamá" y papá", pero Emma refutaba que eran solo balbuceos y ellos alucinaban. Era divertido verlos pelear por tener la razón, aunque yo me ponía del lado de Emma inevitablemente, sabía que el encantador matrimonio era especialista en exagerar todo. El ambiente estaba ameno, hasta que Snow abrió su boca:
—Quizás Regina pueda conocer a alguien es Boston e invitarlo al matrimonio —la miré entre sorprendida y enojada por el atrevimiento.
—No creo que Regina esté lista para dar ese paso —replicó Emma y yo la miré aun más sorprendida.
—¿Disculpa?
—Nos tienes a nosotros, no necesitas a nadie más.
—Querida, si necesito o no a alguien es asunto mío —dije evidentemente molesta.
—Eso lo sé, pero no creo que encuentres alguien digno de ti. Es más, debe pasar por mi aprobación primero.
—Claro, porque yo apruebo mucho a tu querido pirata adicto al delineador de ojos.
Emma tensó su mandíbula y me mantuvo la mirada, nuestros ojos estaban fijos en los de la otra y ninguna pestañeaba. A nuestro alrededor, los presentes presenciaban la pequeña guerra como un partido de tenis, oscilando su atención en la que hablaba.
—Hija, ayúdame a llevar los platos, ¿sí? —Snow tocó el hombro de la rubia para que reaccionara y ella asintió, levantándose de golpe. Ambas llevaron la loza a la cocina y yo, aprovechando que David, Henry y Zelena estaban hablando de no sé qué cosa, me acerqué sigilosa al lugar, lo suficientemente cerca para oír pero no para ser vista.
—¿Y a ti qué bicho te picó, Emma? —escuché que decía Snow.
—No sé de lo que hablas.
—Vamos, estabas casi echando humo por las orejas.
—¿Por qué dijiste que Regina puede encontrar el amor?
—Porque es la verdad, linda. Quizás es tiempo de que el amor la encuentre a ella, que ella no se empeñe en buscarlo. ¿Acaso no quieres eso?
—Quiero verla feliz.
—¿Entonces?
—Es que yo...
—¡Regina, vamos, Robin despertó! —gritó Zelena y salté, alejándome rápido para no ser pillada. Maldita bruja, ¿no pudo esperar un poco más para interrumpir? Ahora no sé qué piensa Emma.
Fui por mi abrigo a la entrada y me miré de pronto, no había tomado en cuenta que tenía aún la ropa de Emma. De la nada, la rubia apareció detrás de mí y aclaró su garganta para hacerse notar.
—Hey Gina, yo... lo siento. Perdón por lo que dije.
—No se preocupe, señorita Swan. Estoy acostumbrada a su egoísmo desmesurado.
—No me llames así, ¿quieres? —suspiré y arreglé mi cabello—. Y cuando quieras me devuelves la ropa.
—Supongo que tienes decenas de jeans asfixiantes y camisas que parecen manteles.
—Exacto —rió un poco y pasó su mano por su cuello—. ¿Estás bien?
—Lo estoy, Emma —sonrió de lado ante mis palabras y apretó con suavidad mi brazo, le respondí con una media sonrisa y fue a despedirse de Henry.
Me puse mi abrigo, me despedí de la encantadora familia y me fui a casa con mi hijo, dejando a Zelena y Robin en Granny's (donde vivían actualmente) a medio camino. Ya en la mansión, Henry se fue directo a su cuarto y yo al mío. Me lavé los dientes y peiné mi cabello como cada noche, fui por un pijama a mi armario y me detuve un momento a mirarme al espejo, reí negando ante mi aspecto con la ropa de Emma. Me quité cada prenda con lentitud y la doblé, dejándola encima de mi cama. Me puse pijama y, apenas lo recordé, saqué la fotografía del bolsillo de mi vestido. Me acosté mirándola y sonriendo amplio, la imagen parecía una típica postal de una pareja feliz. Quizás algún día lo sea verdaderamente, no solo una ilusión. Dejé el trozo de papel en mi mesa de noche y apagué la luz, durmiéndome con el recuerdo de Emma y pensando en el futuro viaje que tendríamos.
¿Qué pasará en Boston? Se viene lo bueno... Hasta el próximo capítulo. ;)
