Kuu y Julie se mudan a Japón para ayudar a Kyoko con las cosas de Kuon. Pocos días después del sepelio es la lectura del testamento. Ellos ya sabían qué era lo que contenía porque él había hablado con sus padres desde el momento en que ella le dio su tan esperado Sí. El grueso de su fortuna se lo dejaba a ella. Kuon siempre había sido previsor y quería que ella quedara protegida, aunque Kyoko ya tenía una pequeña fortuna propia debido a su trabajo.

Pero aún así ellos saben que no son suficientes, su hija ha perdido su sonrisa, la chispa de sus ojos se ha apagado. Kyoko se esfuerza por hacerles creer que está bien, pero ellos la conocen, ha pasado menos de un mes de su partida y parecieran años. La escuchan llorar amargamente cuando cree que está sola.

Yashiro se convierte ahora en su mánager por completo. Desde que Kyoko había ascendido a estrella antes de casarse, Lory le había pedido hacerse cargo también de su agenda, aunque Kuon y Yashiro siempre supieron que era otra treta más para emparejarlos. Y a pesar de que era mucho el trabajo, el castaño nunca se quejó, todo lo que hiciera falta por verlos juntos y felices.

Así que él era quien a menudo acompañaba a Kyoko a las consultas ginecológicas, junto con Kuu y Julie. Y era él quien sonreía como bobo al ver al diminuto ser en la ecografía. Julie se burlaba tanto de su marido como de Yashiro, pues sin saberlo competían por hacer las caras más chistosas o por el que más lloraba al ver los ultrasonidos.

Eso sí, cuando se trataba de antojos era el pobre Yashiro quien acompañaba a Kyoko durante los alimentos, ya que ni Kuu, acostumbrado a las terribles comidas hechas por su esposa, tenía el valor o el estómago para ese suplicio. Así que el pobre castaño se aguantaba las ganas de vomitar al verla comerse, casi hasta las espinas, un pescado frito cubierto de chocolate y fresas, que el Taisho le cocinaba a regañadientes (solo por el gran cariño que le tenía). O cuando se le antojaba un plato de piña en escabeche. Pero eso sí, ni él soportaba verla comer arenques con crema pastelera. Situación que hacía reír a más no poder a Kyoko debido a las caras de asco que su pobre amigo hacía. Y él, tan solo por verla sonreír y no se diga el hacerla reír, hacía lo que podía, aunque eso significara tomar un bocado del asqueroso pescado enchocolatado o tragarse como si de espada de fuego se tratase un trozo de la endemoniada fruta, eso sí, de los arenques ni hablar...

A Kyoko se le fue poniendo abultado el vientre y Yashiro pensaba que nunca la había visto más hermosa, era como si brillara. Si tan solo Kuon pudiera verla así, con su hijo dentro. Cantándole canciones de cuna y sobándose con cariño el vientre. Pero él sabía que aunque ella disimulara, la tristeza continuaba dentro de ella. Se preocupó mucho un día que tuvo que regresar a dejarle unos papeles y la encontró de rodillas al lado de la cuna, llorando amargamente, abrazándose y diciéndole a su hijo nonato, el maravilloso padre que Kuon hubiera sido. La dejó llorar, tenía que sacar las penas y si él entraba, ella escondería su sentir y trataría de hacerle creer que todo iba bien. La escuchó mientras él apoyaba su cabeza en la pared cerca de la puerta, se fue dejando caer hasta quedar sentado en el piso, con los ojos llenos de lágrimas por las vidas que se habían destrozado ese maldito día.

Se secó los ojos y decidió que ya era hora de mirar hacia delante, hacia el futuro que le prometió, nunca podría remplazar a Kuon ni lo quería, pero sabía que esa no era la vida que él hubiera querido para su familia. Kyoko tenía que empezar a pensar en ella misma y en su hijo, si seguía así se enfermaría y entonces serían tres las vidas perdidas. Y eso nunca lo iba a permitir, no dejaría que el amor de su mejor amigo se perdiera, que ella se marchitara, haría hasta lo que fuera por verla vivir nuevamente.