El día más esperado por Kyoko y temido por Yashiro llegó al fin, Hizuri Ren, estaba por nacer, ella no había querido quedar en suspenso y en una de las citas le pidió al doctor saber el sexo del bebé. Cuando supo que iba a tener un hijo, un varón de Kuon, decidió llamarlo Ren en su nombre, para que todos recordaran la gran estrella, el gran actor que un día brilló en los escenarios. Además para ella tenía otro significado, porque cuando se reencontraron él era Tsuruga Ren y se enamoró de ese ser, y lo amó al ser Hizuri Kuon, pero siempre tendría un cariño especial por el nombre de Tsuruga Ren.

Yashiro hizo las llamadas pertinentes, primero a los Hizuri (por supuesto, de otra forma lo hubieran colgado de los pulgares del poste más alto), después al presidente; Kanae, sin olvidar a los queridos dueños del Darumaya y a Fuwa Sho quien, a su pesar, se había convertido en alguien cercano a Kyoko, la llamaba constantemente y la iba a visitar, pronto la amistad que una vez había existido entre ellos comenzó a renacer una vez más.

Pero el pequeño Hizuri Ren no estaba dispuesto a esperar a que llegaran todos a su feliz acontecimiento, así que Kyoko entró gritando y apretando tanto la mano del pobre Yashiro, que él pensó que cuando se la soltara le quedaría deforme permanentemente. Yashiro rogaba en su interior que alguien, el que fuera, pudiera llegar a tiempo para estar con ella, pero el destino no fue tan benévolo con él.

Y sin saber cómo, Yashiro se vio envuelto en los preparativos para el nacimiento y se vio dentro del quirófano vestido de pies a cabeza con una bata verde que no supo ni cuándo ni cómo o quién se lo puso. Así que ahí estaba sudando copiosamente y jadeando, él, no Kyoko, porque ella al verlo solo le provocó la risa, claro que entre grito y grito de las contracciones. Que gritaban los dos porque con cada una, ella le estrujaba aún más fuerte la mano. Cuando una de las enfermeras lo atrajo diciendo:

—Pero ¿qué hace de ese lado?, venga acá y véalo nacer —al tiempo que veía cómo la pequeña cabeza iba saliendo y eso fue todo lo que recordaba hasta que vio negro y se desmayó, ante la mirada atónita de médicos y enfermeras y el rostro sonrojado de Kyoko entre el esfuerzo y el bochorno. Cuando recobró el conocimiento, la misma enfermera, al ponerle el bebé en los brazos comentó:

—¡Miren, pero si ya ha despertado el orgulloso padre, aquí está su hijo! —el silencio reinó en la sala solo roto por el lloriqueo del pequeño. La enfermera no era japonesa por lo que no sabía quiénes eran ellos. Kyoko empezó a llorar de forma desconsolada rompiéndole el corazón a todo el equipo médico. Yashiro con el niño en los brazos se acerca a ella.

—Mira, Kyoko-chan —utiliza de nuevo el apodo cariñoso para ella—, aquí está Ren, es hermoso, es tan guapo como su padre y será todo un playboy como él. Tiene sus mismos ojos verdes y el cabello rubio. Este es Hizuri Ren, Kyoko, y te necesita más que nunca, fuerte y sana, bella como siempre has sido. Kuon no quisiera verte llorar más que de alegría al sostener a tu hijo en tus brazos, a Su hijo, Kyoko, él los amaba tanto a los dos —enfatizó—. Se lo prometiste cuando te casaste, que serías feliz ¿te acuerdas? —Kyoko, ante sus palabras le brinda por primera vez una sonrisa sincera, toma a su hijo entre sus brazos, mientras él le limpia con mucho cariño las lágrimas que le quedan, ella besa a su hijo en la cabecita y le dice:

—Ren-chan, mira, este es tu padrino y también es tu tío Yukihito-san, y es el mejor amigo que nunca podrás encontrar —es entonces cuando se voltea hacia él y le dice solo dos palabras que él sabe que engloban una gran cantidad de frases sin decir:

—Gracias, Yukihito-san —él se queda sin palabras al oírle decir su nombre y dos veces seguidas. Así que hace lo único que se le viene a la mente y planta un beso en la frente del niño y otro en la de la madre, ante la mirada atónita de ella.

—Es de su parte —sonríe y no tuvo que decir nada más, ella asintió levemente con su cabeza mientras una sonrisa empezaba a crecer en sus labios, y una pequeña lágrima se deslizaba por su mejilla.

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—Yukihito, mil gracias —Kuu, con lágrimas en los ojos, abrazó al castaño que por ser japonés no estaba acostumbrado a esas muestras de afecto—. En verdad, muchas gracias por todo lo que has hecho por mi niña y mi nieto. Sé lo que le prometiste a Kuon, pero estos meses..., has sido indispensable en nuestras vidas, de nosotros tres. Has hecho mucho, mucho más. Kuon estaba en lo correcto en dejar en tus manos a su familia. Me alegro que seas tú —Yashiro se quedó abriendo y cerrando la boca sin poder articular ni una sola palabra.

Yashiro estaba recargado en la puerta observando a Kyoko, quien estaba ya en su habitación, con su hijo entre los brazos del orgulloso y muy sonriente abuelo, junto a la gente que la quería, rodeada de globos, tarjetas, regalos y más (el más grande y ostentoso oso de peluche que abarcaba media habitación, por supuesto era de Sho), cuando la enfermera que había cometido el desliz se acerca a él.

—Disculpe, ¿puedo hablar con usted un minuto, por favor? —Yashiro se voltea al escuchar la voz femenina y al reconocer a la enfermera asiente con la cabeza.

—Quiero ofrecerle una disculpa, mis comentarios estuvieron fuera de lugar, yo no soy de aquí y... —ella levanta el rostro y lo mira fijamente a los ojos, Yashiro pensó que tenía unos hermosos ojos dorados pero no tanto como otros que él conocía—, yo no sabía de la situación, al verlo entrar con la señora asumí que usted era el padre. Lamento mucho lo que ocasioné. Nunca lo hubiera dicho de haberlo sabido.

Yashiro vio que la enfermera estaba en verdad muy arrepentida, y él pensó que cualquiera que no los conociera pudo haber cometido esa equivocación.

—No se preocupe, gracias por disculparse —y volteando a ver a Kyoko que ya sostenía a su bebé en brazos, (había visto como a regañadientes Kuu se lo había devuelto muy a su pesar), terminó la frase con una sonrisa en sus labios y un extraño brillo en los ojos—. Ya todo está bien.