¡Hola a todas! Venía a agradecerles de todo corazón, de parte de Ana y yo, el apoyo que han demostrado por el ff. No saben cuánto significa para nosotras que esto les guste, cuánto nos emociona leer cada review o comentario por whatsapp/twitter. Es muy lindo saber que están tan metidas en la historia, nunca creímos que llegaríamos a tantas personas jaja. ¡Mil gracias por todo!
Y, para seguir con la tradición, les pido nuevamente disculpas por tardar siglos en actualizar. Espero que entiendan que no estoy pasando por el mejor momento de mi vida; hay días (como hoy) donde las palabras me salen con facilidad y el capítulo prácticamente se escribe solo, pero hay otros donde estoy bloqueada por completo y la frustración que eso me produce lo hace mil veces peor. En recompensa, este capítulo es el más largo que he escrito hasta ahora, hasta a mí me sorprendió jaja, no creí que daba para tanto. Oh, y los próximos se vienen con varias sorpresas, estoy MUY ansiosa por escribirlos (en serio, estoy feliz de llegar a este punto de la historia).
Sin entretenerlas más, que disfruten este capítulo. Nos leemos pronto, no olviden dejar review y comentarnos qué les pareció en cualquier red social. Que tengan una buena semana. :)
Capítulo 10
Apenas llegamos al gimnasio del colegio con Emma y Henry, nos pusimos a buscar a Zelena a petición de mi hijo. La encontramos junto a un enorme volcán casero y varias pancartas explicando el proyecto de Henry, todo perfectamente listo para presentarse. Él corrió hasta mi hermana y la abrazó con fuerza, siendo correspondido por la pelirroja con cariño. Emma y yo presenciamos la extraña muestra de afecto totalmente sorprendidas, mirándonos sincronizadas para preguntarnos qué pasaba sin decir palabra alguna.
—¡Hola Regina! —exclamó Zelena dándome un abrazo y yo abrí mis ojos como plato, tratando de corresponder el inusual saludo de mi hermana— Hola Emma —dijo de forma escueta al separarse de mí y miró de pies a cabeza a la rubia con una mueca. Quise reír ante su evidente rechazo a la rubia, pero me contuve.
Henry se integró al grupo con Robin en brazos y tomó su manito para saludarnos, agitándola de lado a lado. La bebé soltó una pequeña carcajada que hizo sonreír a todos y Emma incluso le respondió el saludo con su mano, mas Zelena, al ver a la rubia, tomó a su hija y se alejó de nosotras. Digo nosotras porque Henry la siguió con rapidez y nos dejó solas por segunda vez en el día.
Esos 30 segundos en silencio con Emma a mi lado se hicieron eternos e incómodos. No sabía qué hacer o qué decir, después de la escena tensa en la cocina me era mil veces más complicado relacionarme con la rubia. Escuché que suspiraba y me atreví a mirarla, ella justo abría su boca para hablar y dijo:
—¿Quieres ir a dar una vuelta para ver los otros proyectos? —sonrió de lado y respiré hondo para no besarla ahí mismo, había algo en esa característica sonrisa que me enloquecía.
—¿Por qué no? —respondí alzando mi ceja y me ofreció su brazo para comenzar a caminar.
Dudé por un par de segundos, pero tomé su brazo y empezamos a recorrer el lugar con calma, mirando cada puesto sin prestar mucha atención realmente. Emma, por supuesto, fingía entender cada cosa que le explicaban los estudiantes, asintiendo y frunciendo el ceño de manera exagerada. Yo quería reír, no por burlarme de ella, sino porque me daba ternura que jamás quisiera perder o admitir que no sabía algo.
—No sabía que vendían comida en las ferias de ciencia —comentó la rubia al ver un carrito de palomitas y algodón de azúcar.
—Ni yo —dije mirando lo mismo que Emma.
—Elige: palomitas o algodón de... —dijo con entusiasmo, casi saltando de alegría.
—Oh no, gracias, yo no como nada eso —la interrumpí con mi mano en alto y negando con la cabeza.
—No me vengas con eso, Regina. Conmigo has probado cosas nuevas —me miró alzando su ceja y mis mejillas se sonrojaron de golpe al imaginar más de lo debido—, como la hamburguesa que almorzamos en tu oficina.
—Eso fue para no despreciar tu invitación, Swan.
—Entonces ahora te invito a comer un poco de felicidad con sabor dulce, y no, no puedes negarte porque sería muy maleducado de tu parte —me apuntó con su dedo y bufé resignada.
Me llevó tomada del brazo hasta la pequeña fila que se formó para comprar y sacó dinero del bolsillo de su chaqueta, contando un par de billetes y confirmando los precios en un pequeño cartel. Cuando llegamos al final y el señor nos miraba para atendernos, Emma me dijo:
—¿Qué vas a querer?
—Tú invitas, sorpréndeme —la miré directo a los ojos y alcé mi ceja de forma sugerente, poniendo a prueba nuevamente a la rubia.
La cara de Emma pasó de una palidez extrema a un rojo intenso, con sus ojos casi saliendo de sus cuencas. Se giró con rapidez, pidió un algodón de azúcar y el vendedor le entregó una enorme nube rosa, ella pagó y nos alejamos de a poco. Caminamos hasta el patio trasero del colegio y nos sentamos en una banca junto a un enorme árbol, quedando refugiadas del sol de mediodía y de las miradas curiosas de los demás asistentes de la feria.
—Anda Regina, prueba —dijo Emma sacando un poco de algodón y metiéndolo en su boca.
—No lo haré, señorita Swan, no estaba en mis planes ensuciar mis manos —me excusé sin medir las consecuencias, para cuando lo noté ya era tarde.
—Eso tiene solución —dijo al tiempo que sacaba un trozo de aquella esponjosa nube y la comprimía con ayuda de sus dedos—, abre la boca —me miró a los ojos con decisión y entendí lo que pretendía.
No puse resistencia. Clavé mis ojos en los suyos y procuré transmitir mucha intensidad, relamí mis labios y los abrí con lentitud. Emma puso el dulce en mi boca y sentí como rápidamente el sabor invadía mi boca, saqué lo que quedó en mis labios con la punta de mi lengua y embocé una pequeña sonrisa. La rubia frente a mí estaba congelada, parecía petrificada. Quise atribuir su boca entreabierta y su respiración irregular al pequeño espectáculo que le había dado, a esa escenita que le monté solo para poner a prueba sus límites. Una parte de mí soltó una risa malévola, tenerla así me encantaba.
Emma turnó quien comía algodón de azúcar, una vez ella, una vez yo, y así hasta que acabamos con la golosina. Las risas y juegos se hicieron presentes, al igual que las miradas intensas y los roces casuales. Sin darnos cuenta, estábamos sentadas de lado en la banca y a una escasa distancia, Emma tenía su brazo estirado hacia mí sobre la madera donde apoyábamos nuestras espaldas y yo tenía mis manos peligrosamente cerca de sus piernas.
Estaba en pleno uso de mis mejores dotes de conquista, vale decir, esa mirada que la ponía nerviosa y el jugueteo con mis labios, cuando nos interrumpió Zelena con su estridente voz:
—¡Por fin las encontré! —suspiró como si estuviera agotada— ¿Podrían dejar de actuar como una típica pareja adolescente e ir a ver la exposición de su hijo? —sonrió con sarcasmo y Emma se alejó de mí de golpe, totalmente sonrojada y carraspeando.
Miré a Zelena con la ceja alzada, como diciendo "¿no podías interrumpir en un peor momento?", y ella se limitó a elevar sus hombros para disculparse. Entramos al gimnasio y nos dirigimos a ver el puesto de Henry, que caminaba de lado a lado en apenas un metro cuadrado de espacio, masajeando sus manos con nervios. Zelena se acercó a él, le arregló la camisa y le susurró algo al oído, para luego quedarse parada lejos de la vista de todos. Los tres jueces de la feria de ciencias estaban frente a Henry y él, luego de mirarnos a Emma y a mí, comenzó a explicar:
—Buenas tardes, mi nombre es Henry Mills y hoy voy a presentar un volcán de bicarbonato y vinagre —dijo sin mucha convicción pero portando una traviesa sonrisa, lo que me confundió—. Como ustedes bien sabrán, el vinagre es un ácido, específicamente ácido acético, y el bicarbonato de sodio una base. Al reaccionar juntos forman ácido carbónico, un compuesto muy inestable que se rompe al instante en agua, y dióxido de carbono, que crea toda la efervescencia, ya que escapa de la solución. Pueden apreciar aquí las ecuaciones químicas de la reacción -señaló una de las pancartas a su lado y volvió su atención a los jueces-. Para mi experimento, realicé un ligero cambio a lo que se acostumbra a ver en estos volcanes, así que... —tomó una pequeña botella de vinagre— disfruten —vertió el contenido sobre el centro del volcán y vapores de colores emergieron de él, con tonalidades similares a las auroras boreales que se forman en los polos, para dar paso a la esperada "lava" del proyecto, la cual tenía los mismos colores de los vapores.
Todos miraban con asombro el espectacular volcán de Henry, algunos llegaron a fotografiar con sus celulares y otros aplaudieron a mi hijo, incluyéndome. Me sentí orgullosa de él... hasta que noté como Zelena movía su mano con sutileza, calzando con el cambio de pigmento del vapor y la lava. Por eso estos dos andaban tan cómplices.
Los jueces tomaron un par de notas, le dieron las gracias a Henry y se despidieron, dando por finalizada la feria. Anunciaron que irían a deliberar a los ganadores y se fueron por el pasillo que llevaba al interior del colegio. Fue entonces cuando Henry y Zelena se acercaron a Emma y a mí, yo miré algo molesta mi hijo pero no se dio por aludido.
—¡Wow chico! Eso fue... wow, asombroso —exclamó Emma en un tono bastante chillón, moviendo sus manos sin control, como queriendo expresar su sorpresa.
—Bastante, de hecho. ¿Cómo lo hiciste? —pregunté adrede mirando con enojo a Henry, quien enrojeció de golpe. Desvié mi mirada a Zelena y se encogió de hombros, fingiendo inocencia.
—Un científico jamás revela sus secretos —respondió Henry, riendo incómodo.
—¿No eran los magos? —cuestionó Emma entrecerrando sus ojos, tratando de recordar la frase original. Rodé mis ojos y traté de no golpearla ahí mismo. ¿Cómo puede esa idiota causarme tanta ternura?
Los jueces subieron al escenario, probaron el micrófono un par de veces y la profesora de ciencias, quien presidía a los jurados, era quien daría el resultado final, por lo que tomó el mando y miró al público.
—Buenas tardes a todos los presentes —dijo con formalidad, pero sin llegar a sonar distante o altiva —, me complace anunciar a los ganadores de esta competencia, que cada año elige los más innovadores y creativos proyectos como merecidos triunfadores.
La profesora premió al tercer y segundo lugar, respectivamente. Dos chicas fueron las elegidas, subieron a recibir sus medallas y posaron para el fotógrafo del periódico escolar y sus orgullosos familiares.
—Y, para finalizar, el primer lugar de la feria de ciencias de este año es para... —sacó una tarjeta de un pequeño sobre y luego alzó su vista al público— ¡Henry Mills! —exclamó y una ola de vítores estalló de pronto.
Henry sonrió de oreja a oreja y caminó hasta el escenario entre felicitaciones. Al subir, se paró junto a los jurados y saludó con la mano a sus compañeros, sin borrar su gesto de felicidad. Recibió un trofeo con forma de tubo de ensayo, el cual iba acompañado de una pequeña placa con la fecha del evento y el registro del primer lugar. Emma corrió a tomarle fotos a nuestro hijo desde una mejor posición, pasando bruscamente entre la gente que se cruzaba en su camino. Zelena y yo aplaudimos con entusiasmo desde nuestras ubicaciones al fondo del gimnasio, alzando las manitos de Robin para saludar al premiado.
Al bajar del escenario, Henry y Emma caminaron abrazados hasta nosotras hablando de quizás qué cosa, pues él venía rojo como un tomate y ella reía a carcajadas mientras le daba pequeños golpes en el brazo.
—¡Aquí viene el chico genio! —exclamó la rubia con entusiasmo y orgullo.
—Mamá... —dijo Henry rodando los ojos.
—Nada de "mamá" con esa cara —lo apuntó con su índice, frunciendo el ceño—. Ve a tu hijo, Regina-se giró a mirarme y yo alcé mi ceja—, se avergüenza de mí.
—¿Ahora es mi hijo? —ella asintió y solté una sarcástica carcajada— Entiendo perfectamente el motivo de su vergüenza, Emma, tus gritos de felicidad se escuchaban hasta acá.
—¡Hey! —reclamó ofendida, cruzándose de brazos y formando un pequeño puchero con su labio inferior. Gracias Swan, había olvidado por un momento que a veces puedes ser una ternura total y que quiero besar ese maldito puchero.
—¡Felicitaciones Henry! —gritó Zelena sacándome de mis pensamientos— Se nota que la inteligencia viene en lo Mills —comentó con su típica sonrisa.
—Te escuché, Zelena —murmuró Emma fulminándola con la mirada.
—Era la idea, querida —le guiñó el ojo la bruja, molestando aun más a la rubia.
—Dejando de lado ciertas acotaciones innecesarias, ¿qué les parece celebrar el triunfo con una cena?
—No creo que invadir Granny's sea una buena idea, Emma. No todos somos fans de comer ahí tan seguido... —dije disgustada ante la idea de ir a cenar al restaurante de la abuelita, más que nada por la falta de privacidad del lugar.
—Entonces cenamos en mi casa, no hay problema.
—Si no cocinas tú, acepto ese premio —dijo entre risas Henry, contagiándonos inevitablemente a Zelena y a mí. No así a Emma, que golpeó el brazo del chico por enésima vez.
—Que poca fe me tienen. A Regina le gusta lo que cocino, ¿o no? —me miró para confirmar lo dicho.
—A Regina le gusta cualquier cosa que tú... —comenzó Zelena y la pisé disimuladamente antes de que terminara la frase, aunque estuviera en lo cierto.
—Entonces... —carraspeó Emma algo incómoda— los paso a dejar a la mansión ahora y vienen a mi casa para la cena.
—¿Necesitas ayuda? —pregunté rogando en mi mente que aceptara.
—No, gracias —respondió con una sonrisa enorme, orgullosa de poder arreglárselas sola—. Pasaré al supermercado a comprar lo necesario y les avisaré cuando esté todo listo. Por cierto, también estás invitada Zelena —miró a la bruja y esta sonrió falsamente, no muy contenta por la propuesta.
Henry dio por finalizada la conversación, así que tomó a Robin en sus brazos y caminó adelante con Zelena, dejándonos a solas con Emma por tercera vez. ¿Será esto parte de la Operación? ¿Habrá puesto al tanto a Zelena y Snow?
El camino de vuelta a casa fue silencioso; yo en el asiento copiloto, Zelena, Robin y Henry atrás. Ellos iban pendientes de la bebé y sus balbuceos, yo trataba de no mirar a Emma demasiado y la rubia iba conduciendo concentrada. El silencio entre ambas no era incómodo, pero algo dentro de mí quería forzar una conversación sin sentido. Sin embargo, no hallé motivos para entablar diálogo, y cuando lo noté ya estábamos afuera de la mansión.
Ayudé a Zelena a bajar con Robin y Henry salió de los últimos. Emma se despidió con un gesto de mano y se alejó tocando la bocina repetidas veces, aunque apenas sonaba de lo vieja que era. Mi hijo corrió a abrir la puerta de nuestro hogar y yo me quedé plantada en la calle, mirando al escarabajo alejarse hasta perderse entre las calles.
Y ahí estábamos los Mills, en la entrada de la casa Swan. Henry golpeó dos veces y yo por acto reflejo arreglé mi ropa, cuidando que estuviera perfectamente puesta. Había elegido un sencillo y ajustado vestido negro, acompañado de mis clásicos tacones de aguja del mismo color, logrando así el conjunto clásico y seductor que me caracterizaba. Traté de que el esmero en mi apariencia no fuera tan notorio, pero, como siempre, Henry y Zelena fueron un paso más adelante, hasta me ayudaron a elegir la joyería correcta y el maquillaje más acorde a la ocasión.
Emma abrió la puerta de su casa y Henry pasó de inmediato a saludarla con un abrazo, luego entró Zelena con Robin en sus brazos, ignorando a la rubia de forma olímpica, y finalmente yo. La sheriff cerró la puerta y nos quedamos paradas junto a ella, mientras los demás se saludaban.
—Toma, traje un vino para la cena —dije ofreciéndole la botella y sonriendo con nervios.
—Por un momento creí que traerías una tarta de manzana, pero esto no está mal —dijo tomando la botella y yo golpeé suavemente su brazo—. ¡Hey! No agredas a la dueña de casa —hizo un puchero tratando de no reír y por inercia mordí mi labio inferior al ver su gesto. Debo controlarme, están todos presentes, debo controlarme.
—Y tú deberías tratar bien a tu invitada, ¿no? Mínimo un "gracias Regina".
—Gracias Regina —imitó mi tono de voz y la golpeé nuevamente, ambas ya riendo.
—Ya llevas dos, Emma. La tercera vez va con bola de fuego, y no digas que no te lo advertí —la apunté con mi dedo alzando mi ceja y ella asintió sin borrar su sonrisa.
—Mejor vamos a la mesa, antes de que papá y Hook arrasen con la comida —comentó riendo y mi rostro se enserió de golpe. ¿Qué hace Hook aquí?
Tragué la poca saliva que quedaba en mi boca y la seguí hasta una perfecta mesa servida para siete personas. Sí, siete, aunque originalmente éramos tan solo seis, porque nadie tenía planeada la presencia de cierto manco. Mi reacción no fue tan diferente a la de Zelena y Henry, que me miraron de inmediato y pusieron su mejor cara de odio al invitado intruso. Snow portaba una extraña mueca, mezcla entre desprecio por su yerno y compasión por mí. David, como siempre, era el más encantado con el pirata, ambos hablaban animados quizás de qué estupidez, apartados del resto.
—¡Pasen a la mesa, por favor! —exclamó Emma con una enorme sonrisa y fue a la cocina por un sacacorchos.
David se sentó en la cabeza de la mesa, con Snow a su izquierda y Hook a su derecha. Junto a Hook, Emma con Henry al lado; frente a Emma, yo; frente a Henry, Zelena; Robin y Neal en unas adorables sillas de bebés en el lateral frente a David.
—Wow, no sabía que vendían esta cena en Granny's —comentó Henry mirando la comida sobre la mesa, la cual desprendía un agradable aroma.
—Porque no lo hacen, chico. La cociné yo —respondió Emma y todos nos giramos a mirarla, totalmente incrédulos.
—Emma, ¿tú cocinaste? —preguntó Snow soltando una risita.
—Sí.
—¿Tú sola? —dijo David.
—Sí...
—Vamos mamá, ¿dónde compraste la cena? —Henry la miró riendo.
—¡En serio la hice yo! —exclamó Emma alzando sus manos y abriendo exageradamente sus ojos— Por muy increíble que se escuche, yo sé cocinar, y es gracias a unas clases que me dio Regina hace un tiempo —los presentes se giraron de golpe a mirarme y carraspeé con fuerza, sonrojada hasta el cuello.
—Querida, si untar mantequilla en un pollo de forma sugerente es dar una clase, no quiero imaginar cuando te enseñe a hacer pie de arándanos... —comentó Zelena con su malévola sonrisa y todos la miramos boquiabiertos, yo la pisé bajo la mesa y ella me miró frunciendo el ceño.
—¡Zelena! —dije molesta, evitando en todo momento los ojos curiosos de los demás.
—Está bien, de manzana. Perdona mi error —contestó Zelena, ganándose una segunda pisada de mi parte.
—Será mejor que cenemos, ¡tengo mucha hambre! —interrumpió Snow tratando de quitar la tensión del momento y todos lo agradecimos en silencio.
La comida fue servida en cada plato, el vino en algunas copas y el agua en otras. Yo opté por la bebida alcohólica, definitivamente la necesitaría para sobrevivir aquella noche si debía soportar al trío dinamita de Zelena, Henry y Snow, que querían a toda costa poner en marcha la dichosa Operación Jessie.
Los cubiertos comenzaron a sonar e incluso algunas exclamaciones de agrado ante el sabor de la comida, las cuales hicieron que Emma sonriera con orgullo ante el éxito de su creación. Y estaba en todo el derecho de hacerlo, porque el pollo a la naranja que cocinó estaba delicioso y el puré de papas lo complementaba a la perfección, hasta la ensalada que preparó estaba bien aliñada.
—¿Ven? Yo sí sé cocinar —dijo Emma recalcando la afirmación de la oración.
—Es una caja de sorpresas, señorita Swan —comenté alzando mi ceja y llevando otra porción de la cena a mi boca.
—Amor, ¿me ayudas con esto? —le preguntó Hook a Emma, apuntando con la boca su plato.
Quise reír a carcajada limpia pero me aguanté. El pirata no había probado aún la cena porque no podía tomar el cuchillo y el tenedor para trozarla, así que Emma debió hacerlo por él. Las mejillas de la rubia estaban tan rojas que temí que explotara, mas era obvio que la situación era bastante vergonzosa, no debía sentirse orgullosa de tener que cortar la cena de su prometido, ¿no?, solo faltaba que se la diera en la boca para hacerlo totalmente jocoso.
—Gracias —murmuró Hook cuando Emma terminó con la tarea, dándole un fugaz beso en los labios.
Tomé aire y conté hasta 10 con extrema rapidez, tratando de no pensar demasiado en lo que acababa de presenciar. Sentía los ojos de mi hijo y mi hermana sobre mí, pero no quise devolverles la mirada, sabía que si lo hacía me quebraría. Zelena, sin embargo, no iba a dejar pasar una valiosa oportunidad para burlarse de alguien, no era propio de ella, y su víctima fue el adicto al delineador de ojos y la ropa de cuero negro.
—¿No te molesta tener que hacer todo por él, Emma? —miró a la rubia con una pesada sonrisa y esta la miró alzando su ceja— Te lo digo porque yo preferiría estar con alguien que sea capaz de comer su propia cena sin ayuda, con dos manos, ya sabes-agregó agitando las suyas y arrugando la nariz.
Emma respiró hondo y siguió comiendo, ignorando por completo el ácido comentario de mi querida hermana.
En la mesa no se escuchaba nada además del ruido de los cubiertos. Yo ya iba por la segunda copa de vino, a ese paso me bebería la botella sola y no me importaba realmente hacerlo. Henry, que había terminado su cena de los primeros, jugaba animado con ambos bebés y les hacía sonidos y morisquetas extrañas, sacando tiernas carcajadas de los pequeños. De la nada, Robin soltó una especie de ladrido y todos la miramos sorprendidos, tratando de aguantar la risa.
—Muy bien Robin, haz dicho "mamá"—dije con mi mejor sonrisa, lista para atacar a la pelirroja.
—Deberías limpiar tus oídos, Regina, ella solo intentó ladrar —replicó Zelena, cayendo redondo en mi juego.
—Olvidas que su mamá es una perra y que probablemente ella está tratando de imitarla —ataqué tomando la copa de vino y bebiendo un largo sorbo del líquido.
Emma no contuvo la risa y tapó su boca para hacerla menos notoria. Hook y David miraban en cualquier dirección tratando de no reír tan fuerte, mientras Snow y Henry intentaban en vano concentrarse en los bebés. La furia de Zelena llegó de lleno y por poco me golpeó ahí mismo. Yo solo defendí a Emma, realmente no sé por qué, solo lo hice y las palabras ya estaban dichas.
Terminé la copa de vino y la dejé sobre la mesa, para comer el último bocado de pollo y puré que quedaba en mi plato. David aclaró su garganta y habló en su peor intento por entablar una conversación entre los presentes:
—Hey Emma, ¿cómo vas con los preparativos para la boda?
El silencio fue sepulcral y todos nos giramos a mirar a la salvadora. Decir que estaba roja como un tomate era poco, su cara pasó al tono rojizo de un segundo a otro, cambio digno de un camaleón en peligro. Carraspeó tan fuerte que temí que su garganta se rasgase y respondió:
—No he avanzado mucho, bah, hemos... —rió con nervios y pasó su mano por su cuello.
—¿Hemos? —preguntó su padre.
—Hook y yo —miró fugazmente al nombrado—. Lo único que he hecho es ir a Boston con Regina a ver el vestido —se encogió de hombros.
—Entonces te falta una parte muy importante del casamiento —soltó Zelena de la nada y rellené mi copa con vino, preparándome para lo que diría.
Acerqué el vaso a mi boca y bebí un sorbo con lentitud, mientras todos miraban atentos a la pelirroja y esperaban a que continuara.
—La lencería que usarás en la noche de bodas —dijo Zelena con una naturalidad fingida y me atraganté con el vino, tosiendo tanto que la garganta me ardió.
La cara de la salvadora era un poema, digna de todos los premios existentes en el universo. Hook no sabía dónde meterse. David y Snow tenían los ojos tan abiertos que por poco se les saldrían de sus cuencas y la mandíbula les llegaría al suelo. Henry tapó su cara tratando de borrar toda imagen de su cabeza, maldiciendo por lo bajo.
—Aunque no creo que encuentres algo... sexy en este pueblito —continuó hablando la bruja, jugando distraída con su hija—. Deberías ir a Boston, ¿no? Debe estar repleto de tiendas que vendan cosas decentes para la ocasión -le guiñó el ojo.
—Zelena, yo creo que... —se aventuró a decir Emma.
—Oh no, querida, tú no crees nada. Mientras más pronto hagas ese viaje y específicamente esa compra, mejor para todos. De una vez por todas todo este asunto debe tomar forma, ¿no? —chasqueó la lengua y sonrió con fingida inocencia.
—¿Y te ofreces de voluntaria para ayudarme a elegir? —bufó Emma riendo sarcástica.
—Para nada, no quiero tener pesadillas. Es obvio que tu pirata de pacotilla no puede acompañarte, menos aun tus padres o tu hijo —cerré mis ojos al oírla, entendí de inmediato a donde quería llegar con la propuesta—. Considero que la persona más idónea es Regina, es tu amiga y dama de honor, ¿verdad?
Quise estrangularla ahí mismo, lanzarle bolas de fuego hasta convertirla en cenizas, golpear su típica sonrisa hasta que aprendiera a callarse. Pero me contuve. Por Dios, ¡cuánto me contuve! Apreté tanto mis manos que mis nudillos estaban blancos y las uñas herían mi propia piel. Juré por un momento que Emma le respondería que no le interesaba comprar la lencería, pero saltó con algo que jamás imaginé, algo que me desarmó por completo:
—Creo que a Regina le emocionaría ir —me miró sonriendo y algo en mi mente gritó que huyera del lugar.
—¿Por qué le emocionaría ir? —preguntó Snow con cautela, aunque yo ya sentía que el corazón se me saldría por la boca.
—Esto comienza a ponerse divertido —rió Zelena y se dejó caer en su silla, cruzándose de brazos y mirando a los emisores como si se tratara de un partido de tenis.
—Vamos Regina, cuéntales qué pasó en Boston —insistió Emma, logrando confundirme más de lo que ya estaba.
¿De qué está hablando? No creo que se refiera a la loca cantante del parque, ni al restaurante italiano que visitamos, ni al karaoke improvisado del regreso a Storybrooke, ni a... Oh rayos.
—¿De qué habla mamá, mamá? —Henry se dirigió a mí y tapé mi cara con ambas manos, deseando desaparecer antes que continuar con aquella tortura.
—Regina conoció a alguien en Boston.
Bingo, ¡ding ding ding! ¡Tenemos una ganadora! Emma Swan, la persona que no sabe cerrar la boca, superando incluso a su madre, por muy imposible que eso suene.
El silencio que siguió a esa oración se me hizo eterno. Saqué con lentitud mis manos y miré a Henry con una sonrisa repleta de nervios, como pidiendo perdón por no haberle contado ese detalle. Aunque claro, yo lo había olvidado casi del todo, completamente centrada en cierta rubia indiscreta.
—Wow, eso es nuevo —dijo Snow, reflejando con su voz el impacto de la noticia—. ¿Y cómo se llama?
—Alex, se llama Alex —murmuré entre dientes, fulminando con la mirada a la salvadora frente a mí.
—¿Y cómo es él? —escuché decir a David, mas yo no dejaba de mirar a Emma.
—Ella, de hecho es ella —sonreí resignada.
Y este silencio fue aun peor que el anterior. Creo que hasta lograba oír los pensamientos confundidos de gran parte de los presentes, exceptuando a Emma y Zelena, que ya estaban al tanto de todo.
—No sé ustedes —fue Henry quien rompió la tensión de la estancia—, yo estoy feliz de escuchar eso —sonrió de forma tan genuina que quise saltar sobre la mesa y abrazarlo fuerte.
—¿Qué? —Emma lo miró alzando su ceja, como si acabase de decir la más descabellada cosa del mundo.
—¿Por qué no? Sé que mamá es increíble y no depende de tener a alguien a su lado, pero un poco de compañía jamás viene mal. Podrías invitarla a Storybrooke y...
—Alto ahí, chico —interrumpió Emma riendo, lo que llegó a molestarme—. ¿Tú crees que sería coherente traerla, cuando en cualquier momento un nuevo ataque mágico puede suceder?
—Eso es lo de menos. Primero va la felicidad de mamá —dijo Henry convencido de sus palabras, llenando mi pecho de orgullo.
Emma no replicó, sumida en sus pensamientos. Estaba cruzada de brazos y mirando fijamente su plato vacío, sin tener una respuesta buena para Henry.
Suspiré cansada y fruncí mis labios, buscando rápidamente cualquier excusa que me sirviera para salir de esa casa lo antes posible.
—Como sea —habló Zelena, tomando a Robin y sentándola sobre sus piernas—. ¿El viaje va?
—Depende de Regina —contestó la rubia, mirándote con esa intensidad característica y sin borrar la seriedad de su rostro.
—Claro, ¿por qué no? Vamos a Boston otra vez —repliqué con firmeza y manteniendo esa mini batalla de miradas, moviendo mis manos como suelo hacerlo cuando necesito marcar presencia e imponerme.
Si hubiese sabido en ese momento todo lo que pasaría en nuestro segunda ida a la gran ciudad, definitivamente lo pensaría dos veces antes de aceptar aquella locura de viaje.
