Ana: Es un regalo de Navidad y del estudiante, del día del biólogo, del abogado o de la matrona (y más carreras) ya que todo un año no se actualizó, una disculpa...
Espero que disfruten estas fechas con su familia, amigos y personas que aman, los que festejan este día con pleno verano o los que disfrutan de la nieve. Un abrazo para todas.
PD: No nos maten :)
Val: Sé que las disculpas están de más a estas alturas, pero en nuestra defensa diré que no tardamos un año en actualizar (por unos pocos días, pero sigue sin ser un año) y aprobamos todo en la universidad (porque eso nos mantuvo fuera). Al menos ahora Ana y yo somos un poco más libres y trataremos de ponernos al día con esta historia, la intención sobra pero muchas veces el tiempo, la privacidad y la inspiración faltan. Les contaré que nos dimos cuenta tarde que este capítulo estaba casi listo y solo faltaba el final, pero bueno, aquí tienen, no es tan extenso como me gustaría si soy sincera jajaja. Quizás notarán que la forma de escribir/expresar cambie un poco, para ambas ha sido un año bastante distinto y siento que hemos crecido para bien, así que espero que eso se refleje en nuestra historia; tomen esto como una segunda parte del ff, algo post hiatus ah.
En fin, basta de chachara, disfruten el capítulo, espero sus comentarios aquí, en twitter, donde sea. Muchos cariños y felices fiestas, este es nuestro regalito de Navidad.
P.D.: esperamos nuestro regalo en la siguiente cuenta bancaria... Nah, broma.
—Emma —susurré con nervios, abriendo los ojos más de lo normal al ver lo que hacía—. Por favor, Emma —parecía no oírme, a pesar de que el tono de mi voz iba en aumento—. Emma... —la rubia no parpadeaba, concentrada en lo que hacía— ¡Emma, por favor! —exclamé desesperada, sintiendo un ligero cosquilleo en el vientre, presa de los nervios— ¡EMMA! —grité a vivo pulmón, apretando el borde del asiento y enterrando mis uñas en la vieja tela— Para, te lo pido por favor —se atrevió a mirarme por una fracción de segundo, para luego continuar con lo que hacía, sin siquiera pestañear— ¡Baja la velocidad! ¡Nos pasamos el hotel hace cinco cuadras!
—No estoy yendo al hotel —habló por fin en un tono enojado—, vamos a pasar directo a la tienda a la que vinimos, luego descansaremos, comeremos y nos volvemos a Storybrooke —explicó ese pequeño plan que solo ella tenía en mente—. Aunque si tú tienes otros motivos para venir y prefieres quedarte un poco más, no soy quien para impedirlo; te esperaré cuanto sea necesario.
Rodé los ojos ante su clara indirecta sobre Alex y solté un bufido resignado. No negaré que estar en Boston me emocionaba en parte por la esperanza de encontrarme casualmente con la mujer, pero considerando la cantidad de personas que habitan y visitan el sitio y la extensión del territorio en sí, la idea era casi tan estúpida como creer que Emma sentía algo por mí.
—Como sea. No es necesario que andes tan rápido, estamos en una avenida concurrida, podríamos tener un accidente —bufé con decisión y aminoró la velocidad de mala gana, con el ceño extremadamente fruncido y el volante firmemente agarrado—. Gracias.
No me respondió, siguió conduciendo con la vista en la calle y los nudillos blancos de tanto apretar el manubrio. Pegué mi cabeza al vidrio y miré por la ventana el exterior, aburrida al punto de empezar a contar la cantidad de puertas que divisaba. Después de unos cinco minutos de recorrer calles, la miré de soslayo y pregunté:
—¿Sabes siquiera dónde está la tienda?
—Sí, tres calles atrás —respondió seca.
—¿Y por qué no paramos ahí?
—No pienso estacionarme cerca.
—¿Te avergüenza comprar lencería? —pregunté soltando una pequeña risa, sorprendida ante el disparate que lanzaba.
—No es eso —carraspeó con las mejillas levemente sonrojadas—, pero no me entusiasma la idea de que me vean comprando ahí.
—Oh claro, es lógico, porque tienes tanto conocidos acá que pueden burlarse de ti —solté con sarcasmo, rodando los ojos—. Además, ¿no te parece mejor salir de la tienda directamente a tu auto que caminar tres cuadras con las bolsas en la mano?
Se detuvo en la esquina de golpe y soltó un profundo suspiro, lo que me hizo saber que había encontrado el punto exacto donde atacar y surtir efecto. Giró a la derecha y condujo de vuelta a la famosa tienda, sin soltar palabra alguna durante el trayecto. Estacionó el escarabajo justo frente a la entrada del local, nos bajamos en silencio y miramos el escaparate con atención. La vitrina tenía escrito "Elena" en elegantes y grandes letras de color escarlata, bastante llamativo a la vista.
—¿Elena? Curioso nombre —comenté tratando de entablar una conversación en medio del incómodo silencio.
—Me recuerda a alguien —respondió con una sonrisa ladeada, la primera desde que salimos de Storybrooke.
—Quizás a Helena de La Odisea, aunque su nombre se escribía con hache —acoté mirándola de soslayo.
—No, me recuerda a Helena de Troya.
—Emma, es la misma —rodé los ojos tratando de contener la risa.
—¿Cómo puede ser la misma?
—La Odisea y La Iliada son obras de Homero, en la segunda ocurre todo el asunto de Troya —le expliqué con lentitud, como si de un niño pequeño se tratase.
—Yo quería ver esa película, pero me dormí —se encogió de hombros haciendo una mueca extraña.
—Supongo que no leíste los libros.
—Si no vi la película porque me dormí, imagina con los libros... —se giró a mirarme directamente y alzó su ceja derecha, sin borrar su sonrisa de lado.
—Buen punto —arrugué mi nariz asintiendo y ambas reímos.
Al dar la charla por finalizada, abrió la puerta permitiéndome el paso. Susurré un "gracias" ante el gesto y nos quedamos paradas mirando a nuestro alrededor: decenas y decenas de conjuntos estaban en mesones y percheros, colgados en las paredes y puestos en maniquíes; la diversidad de lencería era impresionante, al punto de que la rubia a mi lado estaba boquiabierta y yo no podía dejar de ver para todos lados.
Una de las varias chicas que atendían se nos acercó con una falsa sonrisa, lista para vendernos cualquier prenda y ganar comisiones.
—¡Bienvenidas a Elena! Mi nombre es Lidia y seré su ayudante el día de hoy —movió sus manos de forma exagerada y no borró la sonrisa de su rostro, llegando a molestarme en un punto—. ¿En qué las puedo ayudar? ¿Buscan algo en específico?
—Irme rápido de aquí —murmuró Emma y rodé nuevamente los ojos.
—Mientras más colabores en encontrar algo, más rápido nos iremos de aquí, así que coopera —la miré directo a los ojos y sonreí con cinismo, para que la dependienta no husmeara—. Buscamos lencería para una noche de bodas —respondí por la rubia, que parecía no querer hablar luego de mi pequeña amenaza.
—Oh, se van a casar, ¡felicitaciones! —alzó sus manos y quise reírme en su cara ante semejante error.
—Ella y yo... —se apresuró a aclarar Emma, señalándolos con su dedo índice mientras reía nerviosa.
—Buscaremos a solas, gracias —la interrumpí y tomé del brazo para alejarnos de la chica, yendo a uno de los rincones de la tienda.
—¿Qué fue eso, Regina? —exclamó la rubia en un susurro, mirándome con el ceño fruncido.
—Si en serio quieres irte lo antes posible de aquí, sigue la corriente y nos evitamos miradas confusas o preguntas rebuscadas —sentencié esquivando sus ojos en todo momento, avergonzada por mi impulsiva acción.
Le di la espalda y comencé a ojear la lencería que colgaba de los ganchos, más que nada para no responder posibles reproches de su parte. Emma me imitó y fue a otras perchas a ver qué había; yo la miré de reojo sin que lo notara, sus muecas de rechazo eran simplemente fascinantes, fue inevitable morder mi labio inferior al mirarla con detenimiento, siendo ella misma en un lugar donde no se sentía cómoda.
Después de recorrer la tienda por unos 10 minutos, Emma se acercó a mí con dos conjuntos algo... simples. No tenían ese factor atrayente o cautivador, rozaban lo soso e insípido, tanto así que si no estuviera con ella, creería que se lo sugirió Granny.
—No me digas que esto te vas a llevar.
—¿Por qué no? A mí me gustan.
—Con razón sigues con el pirata, te gusta lo aburrido —pensé en voz alta y me arrepentí al instante.
—Ignoraré tu comentario —respondió sin mirarme—. Si tan mal gusto tengo, según tú, ¿qué me sugieres?
—Primero, nada de blanco, no va con tu tono pálido de piel.
—¿No crees que es apropiado usar blanco si visto un vestido blanco? —preguntó confundida, mirando los productos en sus manos.
—Eso es estúpido hasta para ti —reí con sarcasmo—. Como ya te dije, el blanco no va contigo si de ropa interior se trata —continué, tratando de no pensar demasiado en Emma semidesnuda—. Creo que tú deberías usar algo como... —miré alrededor con los labios fruncidos y, luego de unos minutos de búsqueda, tomé un conjunto que me pareció ideal para ella— esto.
Lo miró dudosa por unos segundos y dejó los que tenía a un lado, tomando casi con miedo el que le sugerí.
—Puede probárselo si gusta —dijo de la nada la dependienta, interrumpiendo nuestra burbuja imaginaria donde creíamos que estábamos a solas—, por aquí, síganme.
Caminó hacia el fondo de la tienda hasta llegar a un pequeño pasillo con tres puertas. La seguimos por inercia y Emma, como era de esperar, se metió a la última, cerrando de golpe sin decir palabra.
—Puede esperarla aquí —me señaló un cómodo sillón frente a los probadores—. Estaré en la caja, por si necesitas ayuda —hizo una pequeña reverencia con su cabeza y se fue sin esperar respuesta de mi parte.
Me senté en el pequeño sofá y saqué mi celular para avisarle a Henry que habíamos llegado bien, rogando internamente que la rubia no tardase demasiado en el interior del cubículo. Luego de un par de mensajes intercambiados con mi hijo, llegó uno que realmente no esperaba: Zelena. Di click con algo de curiosidad y temor, cualquier cosa podía esperarse de la bruja.
"¡Hola hermanita! Espero que el viaje vaya de maravilla. Si te llega algún mensaje hoy, de nada, fue un placer hacerte el favor. P.D.: Fui yo quien puso los corazones verdes junto a mi nombre.". Releí el mensaje varias veces tratando de descifrar lo que quería decirme. ¿Acaso se metió a mi teléfono? ¿Qué tan retorcida debe ser Zelena para llegar a ese extremo?
Estaba por responderle cuando un pitido avisó que otro mensaje llegaba. Desbloqueé el celular con rapidez y pestañeé tratando de cerciorar si lo que veía era real: el nombre de Alex apareció en la pantalla.
"Buenos días Regina. Un pajarito me contó que estás en Boston, no sé realmente quién es, pero si tú lo sabes, agradécele de mi parte. Tal vez podríamos ir a beber o comer algo, solo si quieres y puedes, claro. Un beso.". Una sonrisa se formó en mis labios de forma inconsciente, la idea de ver a Alex, por algún motivo desconocido, me emocionaba un poco y mi rostro era evidencia de ello. Sin embargo, al igual que con la respuesta a Zelena, jamás llegué a enviarla, aunque la razón fue bastante distinta.
Una exclamación en un susurro desesperado cambió mi día. Por supuesto, fue Emma quien lo emitió desde el probador, abriendo con cuidado la puerta de este y asomando apenas sus ojos por el borde.
—¡Regina! —dijo captando mi atención.
Guardé el celular en mi bolsillo y la miré con la ceja alzada, esperando que prosiguiera.
—Esto es ridículo, Regina.
—¿Qué cosa?
—Esta... cosa —arrugó ligeramente su nariz, muestra clara de su rechazo a la lencería que le elegí.
—No creo que te quedé tan mal, Emma. Debes al menos verte humana —comenté con una burlona sonrisa.
—Vamos, no te burles, esto es asqueroso. Me siento disfrazada.
—No puedo opinar sin ver cómo te queda, querida.
—Si crees que saldré con esto puesto, estás muy equivocada —negó tan rápido con la cabeza que me mareó.
—Entonces no estoy en condiciones de ayudarte —me encogí de hombros con simpleza.
Me era mil veces más sencillo así, sin ver a la rubia semidesnuda frente a mí. Pero, como era de suponer, la suerte no estaba de mi lado, pues Emma tuvo la brillante idea de abrir la boca y soltar un disparate creyéndolo una genialidad.
—Entra al probador —exigió Emma, ni siquiera dejando lugar a una negativa de mi parte.
—¿Qué? —dije incrédula, pestañeando más de lo normal.
—No saldré al pasillo a mostrarte cómo luzco, pero necesito tu opinión sincera y para eso debes verme, ¿no?
—No pienso entrar.
—Por favor, Gina —rogó haciendo su típico puchero.
Bastó que me llamara así, que me mirara como cordero degollado y que su labio inferior descendiera para desarmarme. Solté un suspiro desde lo más profundo de mis pulmones. ¿Alguna vez podré tener el autocontrol para no caer ante sus gestos?
Me levanté con lentitud del sillón y arreglé arrugas invisibles de mi falda. Vi de reojo que su sonrisa crecía por el triunfo y que se apartó hacia atrás para que yo pudiese entrar al pequeño lugar. Ingresé con las piernas temblorosas y me quedé de espaldas a Emma, escuché que cerró con un portazo y rodé los ojos.
—La puerta no tiene la culpa de nada, deja de maltratarla.
—Lo siento, estoy acostumbrada a cerrar fuerte.
—No me sorprende viniendo de ti.
—Regina.
—¿Si?
—Creo que deberías abrir los ojos para mirarme.
—Los tengo abiertos, Swan.
—Pero me das la espalda...
Me giré sobre mis talones y desvié la mirada al techo, no me sentía preparada para ver a la rubia tan cerca y semidesnuda.
—Gina...
—Dime.
—No estoy allá arriba.
—Lo sé.
—¿Entonces? Vamos, mírame, necesito más que nunca tu sinceridad sin filtro.
Inspiré profundamente y bajé la vista a la velocidad de un caracol. Fue ver la sonrisa nerviosa y las mejillas sonrojadas de Emma para saber que lo que venía sería complicado. Y no me equivoqué. Lo que mis ojos veían era... wow.
Había acertado por completo con el conjunto elegido. Un brasier strapless de base roja con encaje negro y una diminuta ropa interior negra con los mismos apliques que tenía el brasier, ambos dejaban tan poco a la imaginación que la temperatura del reducido espacio donde estábamos comenzó a elevarse y me sofocaba. La saliva se acumuló en mi boca y tenía los labios ligeramente abiertos, sin poder decir palabra alguna. La rubia frente a mí esperaba una réplica, alguna reacción de mi parte, y me lo hacía ver moviendo sus manos en señal de ser libre para hablar.
Sin embargo, era obvio que yo jamás, ni aunque me pagasen, diría en voz alta todo lo que rondaba por mi mente en ese momento, con la mujer de mis sueños semidesnuda y esperando escuchar mi opinión sobre cómo lucía. ¿Cómo iba a decirle que imágenes elevadas de tono, dignas de mis más profundas fantasías ocultas, pasaban a mil por hora en mi cabeza? Simplemente no podía, porque no sería adecuado y algo me impedía comunicarme, un nudo invisible en mis cuerdas vocales que se apretaba a medida que mi imaginación más atrevida de tornaba.
—Regina... —murmuró Emma sonriendo nerviosa y tragué la saliva acumulada en mi boca— ¿Qué te parece?
Abrí mi boca y balbuceé algo que ni yo entendí, mi mente era un ir y venir de imágenes inapropiadas y palabras inconexas. Tragué saliva nuevamente, como si eso fuera a permitir que mi cerebro trabajase de manera correcta y formara oraciones coherentes. Estúpida de mí si creí que eso bastaría.
—Gina —movió su mano frente a mi cara y soltó una pequeña carcajada—, ¿acaso te gusta lo que ves, que no puedes responder a mi pregunta?
—¿Qué? —logré decir y carraspeé, reaccionando por fin— Me parece, señorita Swan, que debería agradarle a la vista a su prometido, no a mí. Si me disculpa, ya hice lo que me pidió, así que nos vemos cuando termine de cambiarse —solté cada palabra tan apresurada que temí que no entendiera.
Me giré rápido en dirección a la puerta e intenté salir. Sí, intenté. Al girar el pomo de esta, un extraño chirrido sonaba e impedía que se abriera. Entré en pánico, no pensé lo que hacía, así que en vano volví a girar el metal que aseguraba la privacidad en aquel metro cuadrado.
—¡Mira lo que hiciste, idiota! —exclamé aún de espaldas a Emma— ¡Se trabó la puerta!
—No fui yo...
—¿Que no fuiste tú? ¡Dime quién fue la estúpida que cerró de portazo porque no sabe hacerlo como la gente normal!
—¡No es mi culpa! —se defendió y suspiré— Regina... —susurró débilmente.
Sentí sus dedos bajar despacio por mi antebrazo y mi cuerpo se tensó cuando su mano atrapó la mía. Uno, dos, tres; inhala, exhala; uno, dos, tres; inhala, exhala. De a poco tiró de ella y logró girar mi cuerpo hasta quedar frente a frente, a un palmo de respirar el mismo oxígeno. Contuve el aliento y rogué mentalmente que tuviera piedad de mí, porque un movimiento en falso de su parte podía desencadenar acciones nada sanas de mi parte, acciones que en cualquier otra circunstancia me negaría a realizar.
Sus ojos divagaron por mi cara mientras yo trataba de regularizar mi respiración, pero era imposible si cada vez se acercaba más y más. Yo retrocedí en vano, pues mi espalda chocó directamente con la puerta y quedé atrapada entre la rubia y la fría madera. Alzó su mano sin dejar de mirarme a los ojos y apartó el cabello que cubría el lado derecho de mi cuello, relamió sus labios y en un rápido movimiento pegó su boca a mi piel, en ese punto exacto donde el pulso delataba lo acelerada que estaba. Mi espalda se arqueó levemente y mis ojos se cerraron de golpe, no podía asimilar lo que estaba pasando, era como si mi cerebro hubiese entrado en corto circuito y empeorara con cada beso que Emma dejaba sobre mi cuello, cada uno más pausado y húmedo que el anterior. Sus labios recorrieron el filo de mi mandíbula, pasearon por mi mejilla y se quedaron en la comisura de mis propios labios, que estaban entreabiertos y temblaban sin control.
—Emma —carraspeé en un patético susurro—, detente, por favor...
—¿Realmente quieres que pare? —murmuró ella a milímetros de mi boca, buscando desesperada mi mirada.
—No, y ese es el problema —confesé completamente perdida en sus ojos, rogando que no siguiera mis indicaciones, que fuera tan terca y llevada a su idea como siempre.
Fueron un par de segundos eternos mirándonos a los ojos, luchando mentalmente contra la barrera invisible que nos separaba, queriendo olvidar por un momento las consecuencias de dejarnos llevar, deseando que la otra avanzara esos milímetros de distancia y cumpliera lo que ambas anhelábamos hacer. Sin embargo, como la suerte jamás era mi aliada, la ayuda que necesitaba minutos atrás llegó a interrumpir: la puerta rechinó y se abrió bruscamente, lanzándome sobre una semidesnuda Emma que con torpeza logró sostenerme de la cintura para evitar la caída de ambas, yo por acción reflejo me aferré a su tibio cuerpo y miré a la entrada sin soltarla, bah, en realidad ella no me dejaba ir, supongo que no quería que una completa extraña la viera con tan poca ropa.
—¡Oh! —exclamó la chica con sus ojos abiertos de par en par, desviando luego su mirada a un costado— Lo siento, no quería... Oh Dios, ¡en serio, perdón! No pretendía interrumpir... ehm... interrumpirla con su esposa... Yo solo...
—¿Mi esposa? —pregunté nerviosa y solté una patética carcajada— Ella no es mi...
—Soy su novia —interrumpió la rubia y la miré boquiabierta, sin entender qué pretendía—. Ya sabes —se inclinó un poco hacia la vendedora, como si fuera a contarle un secreto—, hasta no decir "acepto" no quiere el título de esposa —alzó su mano, mostró el anillo en su dedo y se encogió de hombros—, ya te darás una idea de lo difícil que fue conseguirlo —se atrevió a bromear y la miré con el ceño fruncido.
—Emma... —murmuré con una falsa sonrisa.
—Vamos cariño, solo digo la verdad —me miró a los ojos con tanta intensidad que no pude hacer más que rodar los ojos y seguirle la corriente... a mi manera, claro está. Si ella quiere jugar a ser una feliz pareja, eso tendrá.
—En un momento vendrá la dueña de la tienda a ofrecer una disculpa. En serio lo siento, yo pensé que estaban atrapadas y venía a...
—¡Lo estábamos! —dijo Emma mientras recogía sus prendas— Digo, atrapadas, estábamos atrapadas, súper atrapadas.
—No es necesario que venga la dueña —aclaré a la pobre chica, que parecía querer ser tragada por la tierra.
—Yo iré a avisarle y...
—Hey, insisto. Fue un asunto menor, a cualquiera pudo pasarle —traté de calmarla, aunque el sonrojo no desaparecía de su cara.
Asintió aún incómoda y se retiró rauda al sector central de la tienda. Me separé de golpe de la rubia y arreglé mi cabello en un intento de no centrarme en su cuerpo todavía expuesto, por más que mis ojos se desviaban fugaces en pequeños vistazos que esperaba que no notara.
—Regina.
—Te espero en el pasillo —respondí antes de que iniciara cualquier conversación.
Salí juntando la puerta detrás de mí y solté el aire contenido en mis pulmones, sentí una especie de alivio al estar lejos de Emma, como si la intensidad de la escena vivida me estuviese ahogando. No quise ni siquiera mirar el lugar donde casi nos dejamos llevar por nuestros impulsos más íntimos, por lo que me retiré rápido de aquel pasillo y fui a mirar el resto de lencería solo para centrarme en algo distinto, sin observar nada con detalle, caminando de allá para acá como un león encerrado en una jaula.
Cientos de pensamientos recorrían mi mente durante esos minutos en que Emma seguía dentro del probador, todos centrados en un eje: no sabía qué significada todo esto para ella, pero definitivamente no era lo mismo que para mí. Y si era sincera conmigo misma, me aterraba saber qué sentía ella respecto a "lo nuestro", fuera positivo o negativo, porque ninguna de las opciones terminaba bien; si ella solo estaba jugando conmigo y no sentía nada más que algo carnal, me usaba para saciar cosas que quizás no era capaz con el manco de Hook y eso me hería; si sentía algo por mí, más allá de deseo, algo parecido al amor, ella seguía con el capitán y no se arriesgaba a dejarlo por ir tras sus sentimientos, por lo que tampoco era un final feliz y yo salía herida de todas formas.
La peor parte es que no podía poner muros alrededor mío para no dejarla entrar, como solía hacer con los demás, porque Emma los había derribado hacía ya algunos años sin siquiera darme cuenta y me era imposible levantarnos con ella revoloteando alrededor, con esa sonrisa boba y esos ojos infinitos.
Las yemas de mis dedos recorrían un fino encaje de un diminuto conjunto cuando escuché a alguien aclararse la garganta a mis espaldas, fruncí el ceño extrañada y me volteé al tiempo que oía una voz femenina decirme:
—Buenas tardes, ¿es usted la señorita que quedó atrapada dentro del probador? —mis cejas se unieron aun más y asentí ligeramente, mirando de pies a cabeza a la mujer frente a mí: desprendía elegancia por los poros, su cabello castaño claro le llegaba casi a los hombros y vestía ropa formal, como si viniera de una oficina— Dios mío, mis disculpas, no me presenté. Soy Gillian Foster, dueña de Elena —estiró su mano frente a mí y la apreté con suavidad durante un par de segundos.
—Regina Mills, y solo estoy acompañando a quien realmente viene de compras a su tienda —apreté mis labios y miré alrededor en busca de Emma.
—Algo así me explicó Lidia. Vengo a pedirle mis más sinceras disculpas por lo sucedido, no estaba al tanto del mal estado de aquella puerta, de lo contrario hubiese sido reparada en cuanto antes —dio un paso hacia mí y tomó mis manos entre las suyas, acariciándolas con sus dedos y mirándome fijamente a los ojos.
Diría que me sentí incómoda con aquel contacto tan repentino pero mentiría. Había algo en la mujer que me transmitía confianza y honestidad sobre lo que decía, veía en sus ojos que realmente estaba arrepentida de aquel fallo en el probador. Si supiera que disfruté encerrada...
—Hey, tranquila, no fue nada del otro mundo y ninguna de las dos salió dañada —físicamente, claro, porque solo me dejó más confundida—, a cualquiera le pudo pasar.
—De todas formas les ofrezco mis disculpas —hizo algo parecido a ojitos de cordero y apretó suavemente mis manos, porque aún no las soltaba ni yo me alejaba.
—Disculpas aceptadas —dijo Emma de la nada a mi lado y me sobresalté.
Cuando me giré a verla noté que no despegaba sus ojos de las manos de la dueña de la tienda y las mías todavía unidas, y como un reflejo las solté quizás un poco agresiva. La sorpresa en la cara de Gillian ante eso no era nada comparada a la mía cuando sentí la mano de Emma deslizarse lentamente por la parte baja de mi espalda hasta posarse en mi cintura, una digna postal para que cualquier habitando de Storybrooke se desmayara de la impresión.
—Muchas gracias por comprender —le respondió Gillian con una sincera sonrisa—. Como esto no suele suceder y es evidente que significó un evento bochornoso para ambas, pueden llevar sin costo alguno las prendas que se probaron hace unos minutos.
—¿Qué? No, no, no es necesario que... —interrumpí.
—Insisto, la tienda corre con los gastos, es lo mínimo que puedo hacer luego de aquella metida de pata —hizo una mueca extraña con sus labios y rió suavemente—. Esperamos no haber ocasionado ningún problema entre ustedes dos, no sería lo ideal una pelea antes de su boda.
—¿Boda? No, ella y... y... yo... —señalé a Emma y a mí con mi índice riendo nerviosa.
—Cariño, no podemos negar su oferta —dijo la rubia con una tranquilidad poco usual en ella y la miré extrañada, mas ella solo alzó sus cejas en señal de "sígueme el juego", tal como yo había hecho cuando llegamos a la tienda y la vendedora creyó que éramos pareja—. Es muy amable de su parte... —miró a la dueña esperando que esta dijera su nombre.
—Foster, Gillian Foster.
—Pues muchas gracias entonces, Gillian.
—¿Ya eligieron qué llevarán?
—De hecho es solo un conjunto para mí. Regina insistió en no llevar nada hoy, al parecer no quiere que yo lo vea antes de la gran noche —bromeó Emma y dejó un casual beso en mi hombro, desatando una oleada de mariposas en mi pecho y temblores en mi vientre.
—¿Lo tiene listo ya?
—Lo tiene la chica que nos abrió la puerta.
—¿Lidia?
—Supongo que será ella —se encogió de hombros riendo y dio un ligero apretón en mi cintura.
—Por favor, síganme por aquí —Gillian ladeó un poco su cabeza indicando la caja y las tres fuimos hasta ella.
La elegante mujer le explicó el trato a la cajera y ella asintió obediente las órdenes de su jefa, envolvió perfectamente el conjunto que Emma se había probado y se lo entregó en una bolsa de papel con el logo de la tienda. El detalle de todo esto era que la rubia jamás apartó su mano de mi cintura y el apretón se convirtió en pequeñas caricias sobre la zona. Como si lo que pasó dentro del probador no fue suficiente, ahora esto Swan, ¿qué pretendes?
—Espero verlas pronto por acá —dijo Gillian entregándonos una tarjeta de presentación de "Elena"—, solo piden hablar conmigo y les garantizo nuevas ofertas exclusivas para ustedes —guiñó su ojo.
—Gracias —dijimos Emma y yo al unísono.
—A ustedes por preferirnos. Que tengan una linda tarde y una hermosa boda, por cierto. Hacen una pareja de ensueño, se nota que están hechas la una para la otra —osciló su mirada entre la rubia y yo mientras su sonrisa se ensanchaba.
Una fuerte punzada dio de lleno en mi pecho y asentí en respuesta a Gillian, fingiendo una sonrisa mientras trataba de no largarme a llorar ahí mismo ante los pensamientos negativos que de pronto me invadieron, todos sobre Emma no correspondiendo mis sentimientos.
Sin decir palabra alguna nos giramos y caminamos a la salida, la rubia ya no abrazaba mi espalda y yo ya echaba de menos el calor que su cuerpo me otorgaba. Cruzamos el umbral en silencio y nos dirigimos al escarabajo amarillo con lentitud, como si alejarnos de la tienda nos devolviera a la realidad donde ella estaba comprometida con un idiota y yo perdidamente enamorada de ella.
Las gotas de lluvia que comenzaron a caer sobre nuestras cabezas eran apenas un rocío comparadas con la tormenta que se avecinaba en las próximas horas, todo gracias a cierto torbellino de cabello rubio y un reencuentro que causarían más consecuencias de las que alguna vez pude imaginar.
