Porque hoy son cuatro años sin ti. Desde donde quiera que estés, espero que te estés riendo tanto como yo te recuerdo.


.

Kyoko tenía a Ren en sus brazos mientras veía a sus padres partir. Había sido muy difícil para todos el aceptar que quería regresar y estar sola en su casa por primera vez desde que Kuon falleció. Desde el accidente hasta el día que su hijo nació, los Hizuri la habían acogido en su hogar, porque ella no era tan fuerte como para regresar y ver el suyo vacío, pero ya era hora, no podía seguir aplazándolo más tiempo. En algún momento tenía que ser la chica fuerte y valiente de la que Kuon se enamoró y tenía que seguir adelante con su vida aun si ello conllevara el hecho de no tenerlo nunca más cerca de ella.

Se dio la media vuelta y entró por fin, cerró la puerta y suspiró cansadamente, volteó la vista hacia su hijo y le dijo cariñosamente:

—Bien, mi amor, ahora solo somos tú y yo. Tú me darás la fuerza necesaria para seguir adelante y yo te contaré todo acerca de tu padre. Cuando seas más grande te contaré acerca de un actor, el número uno de Japón, a quien yo odiaba pero terminé amando profundamente y eso fue incluso antes de saber quién era él en verdad —volteó el rostro hacia arriba, y sonrió al recordar—. ¿Sabes, Ren?, tu padre era un hombre de muchos recursos. Una vez me regaló una rosa y dentro de ella había una hermosa joya, él inventó toda una historia para asegurarse de que yo la aceptara.

El bebé permanecía tranquilo entre sus brazos, su pequeño y cálido cuerpo calentaba el destrozado corazón de Kyoko. Él era su fuerza, su motivo para vivir.

Era más fácil decirlo que hacerlo, porque al caminar hacia el estudio vio la pluma que Kuon había dejado sobre un libreto que estaba estudiando. Y se dio cuenta de que esa película iba a ser estrenada en poco tiempo con alguien más de protagonista. La vida seguía su curso para todos los demás aunque para ella estuviera estancada, rota.

Como ella.

Kyoko estaba recordando las palabras de sus padres mientras acostaba a Ren en su cuna. Ellos habían estado renuentes a dejarla sola. Se asombraba de que la habitación del pequeño estuviera como ella siempre la había soñado. Todos se habían preocupado por mantener su hogar en buenas condiciones, aunque por insistencia de ella habían dejado intactas todas las pertenencias de Kuon. Pero eso sí, le dieron la sorpresa de haberle arreglado la habitación para el bebé sin que ella se lo hubiera pedido. Inclusive el gigantesco oso de Sho estaba en la esquina opuesta a la cuna, como si velara el sueño de su protegido.

Sonrió al recordar todos los malabares que tuvo que hacer Yashiro para poder subir el oso. Su ceño se frunció al pensar que tal vez hubiera sido Kuon el que pusiera el peluche en el sitio y cómo hubiera rezongado y criticado el juguete por provenir de Sho. Pero sabía que al final se lo hubiera agradecido. Algo dentro de ella sabía que esos dos hubieran terminado por ser amigos, aunque para llegar a ese punto hubieran tenido que pasar las de San Quintin.

Suspiró profundamente mientras acariciaba la suave cabellera de su bebé. ¿Había hecho bien al regresarse a su casa? Había pensado que era lo mejor para ella y Ren, pero ahora...

Encendió el monitor infantil para poder escuchar a su bebé y regresó a su habitación. No había vuelto ahí desde aquel fatídico día. La soledad de la habitación, los recuerdos y la amarga realidad le cayeron encima como un cubo de agua helada.

Esa vez se percató de que nunca más lo vería cruzar la puerta de la habitación con una mirada traviesa, que nunca más sentiría sus manos por su cuerpo, que nunca más la amaría como solo él lo sabía hacer... que nunca más...

Se sentó en la cama, del lado donde él dormía y pasó las manos por ella y las llevó hacia su almohada. La pijama de Kuon estaba aún debajo, la tomó y se la acercó al rostro y una traicionera lágrima resbaló de su rostro al percibir que su aroma persistía aunque levemente.

—Kuon —murmuró quedamente. La voz no le salía.

—¡Corn! —gritó con fuerza, aunque fue más un sollozo que un grito, porque la voz seguía sin responderle. Quería que su hada regresara, que le devolviera a su esposo, el padre de su hijo, su amor, su vida misma...

Se fue resbalando de la cama hasta quedar sentada en el piso con la espalda recargada en ella, abrazada a su pijama, y las lágrimas surcándole el rostro.

—¿Qué voy a hacer sin ti?, ¿y nuestro hijo, Kuon?, nunca conocerá quién fuiste, ¿por qué te fuiste sin mí? Prometiste... prometiste que estarías siempre a mi lado... No quiero vivir sin ti... No puedo... Kuon...

La oscuridad de la noche la envolvió y poco a poco se fue perdiendo en ella.