Capítulo 2: El pokémon que eligió a su entrenador.
Esperando lo peor, cerró los ojos y escuchó un gemido que lo hizo volver a abrirlos. Asombrado, de la nada, vio salir la silueta de un pokémon. Le pertenecía a un Pikachu, aunque él no lo supiera en ese momento. Aquello era un evento raro, pues hacía ya bastante tiempo que ningún pokémon habitaba el bosque. El Pikachu dio un salto, se paró frente a él y lo protegió. Uso un poderoso ataque trueno para resquebrajar las rocas que venían hacia él, las partió por la mitad y éstas a su vez, se partieron en pedazos más pequeños. A pesar de no ser un entrenador aquello lo sorprendió, esa era la primera vez que veía a un pokémon en acción y no era por medio de la televisión. El Pikachu se acercó a él, fue entonces que notó que su pelaje estaba sucio. Se sentía áspero y duro.
–Pi…ka– gimió con dificultad.
Al escuchar su gemido notó que no sólo estaba descuidado, sino que también estaba herido. Tenía algunas cortadas, no muy profundas, que le atravesaban el lomo. Notó con especial interés unas hendiduras que tenía bajo su brazo derecho. Parecía haber sido mordido con bastante fuerza, probablemente era el resultado de algún enfrentamiento pokémon reciente.
El misterioso Pikachu lo miró fijamente a los ojos. Inmediatamente, un estremecimiento interno recorrió el cuerpo del niño. Sintió como si aquel pokémon le estuviera pidiendo ayuda, fue una sensación tan clara que no la pudo ignorar.
–¿A dónde quieres que te lleve?– preguntó preocupado.
–¡Pi-pikachu-pikaaa! – gimió con desesperación el pokémon.
Trató de entenderlo pero no logró descifrar lo que el Pikachu le quería decir, sin embargo, por la forma nerviosa en cómo se comportaba, asumió que trataba de advertirle algo.
–No sé qué sea, pero está bien, vamos. Salgamos de aquí– indicó el niño.
Al levantarse se dio cuenta de que su pierna ya no le dolía como antes, en su lugar, el dolor le pareció tolerable. Tal vez era gracias a la adrenalina del momento. A pesar de esto, tan pronto como apoyó el pie, comenzó a cojear. El Pikachu escaló su otra pierna y trepó hasta su cabeza. Sus pequeñas garras se clavaron a través de la ropa maltrecha, pero no lo lastimaron. El pokémon parecía exhausto, el niño no le podía estar más agradecido por haber salvado su vida. A pesar del clima, lo dejó descansar un rato en su cabeza en lo que buscaba una salida del bosque.
Totalmente desubicado, y sin saber qué hacer, comenzó a caminar; se adentró en el bosque. Estaba nervioso pues no sabía a dónde se dirigía. Cerca, algunos metros más adelante, escuchó un ruido. Dirigió su vista hacia la fuente del sonido. Alcanzó a ver una silueta humana moverse detrás del tronco de un árbol; pero no vio a las otras seis que lo rodearon.
Aliviado, pensó que, quien quiera que fuera, lo podría ayudar. Contento por ello, se dirigió a la silueta y con voz fuerte le pidió ayuda. De entre los árboles notó sorprendido que salieron varios sujetos, lo tenían rodeado. En total eran siete; seis hombres y una mujer. Todos vestían de negro y tenían una inusual letra R roja grabada en el frente de sus uniformes.
–¿Qué es lo que veo?– dijo burlonamente uno de ellos. –Miren lo que tenemos aquí– agregó.
–Los jefes estarán complacidos en cuanto entreguemos la mercancía– dijo otro.
–¿Qué hacemos con el niño?– preguntó uno de los hombres a la mujer.
–Si es preciso mátenlo, no estamos aquí por él– aclaró.
«¿Matarme?» pensó asustado el niño al oír estas palabras y comenzó a retroceder.
–No intentes escapar tonto, si nos entregas a ese pokémon reconsideraremos el dejarte vivir– indicó uno de ellos.
En ese momento Pikachu despertó y saltó directamente de la cabeza del niño al pasto. Lo hizo justo como si comprendiera la situación. Al verlos atacó por sí mismo sin que nadie se lo ordenara, uso uno de sus ataques eléctricos.
–Ya saben qué hacer– comentó en voz alta uno de los sujetos antes de arrojar su pokebola al aire.
–¡Bloquéalo Rhyhorn!– ordenó.
Un enorme Rhyhorn apareció justo enfrente, frenando en seco el ataque eléctrico de Pikachu. El equipo de los uniformados liberó al resto de sus pokémon. Varios Raticate, Golbat, Ekans, Koffing, un Machoke e incluso un Sandslash de pecho blanco, cuerpo azul celeste y con picos en su espalda que parecían de hielo, salieron a combatir. El inusual Sandslash captó la atención del niño ya que nunca había visto ni oído de un pokémon que tuviera tan peculiares colores.
–No deberías usar a un pokémon que es para los jefes– regañó la mujer.
–¿Qué más da?, se lo robé hace poco a unos sujetos cuyo nombre no recuerdo en una región lejana. En lo personal prefiero divertirme un rato con la mercancía antes de entregarla– indicó el sujeto.
–De acuerdo imbécil, sólo no la maltrates demasiado ¿quieres? recuerda que la paga no es la misma si la mercancía llega dañada– dijo la mujer exasperada.
–Descuida, no lo haré– contestó el hombre.
Los pokémon de aquel equipo superaron en número al Pikachu que estaba frente a ellos y avanzaron amenazadoramente. Pikachu atacó rápidamente a un Golbat que se resintió después de recibir su ataque. Todos los individuos de aquel grupo ordenaron a sus respectivos pokémon atacar al mismo objetivo. Preocupado, el niño miró a Pikachu, el pobre no estaba ni cerca de las condiciones óptimas para poder luchar, lo podía ver en la forma en cómo se movía e incluso en la que respiraba, ya había dado mucho de sí.
–Ataque de cuerno Rhyhorn–
–Usa Hipercolmillo Raticate–
Uno a uno cada uno de los individuos le ordenaron un ataque diferente a sus respectivos pokémon. Golpe tras golpe acertaron todos contra el ahora indefenso Pikachu.
–¡Oigan, ya es suficiente! – gritó el niño.
Todos parecían bastante divertidos con lo que hacían. Asustado, el niño se dio cuenta de que esa ya no era una batalla ni una paliza, era un claro castigo en contra de Pikachu. El último golpe dado por el inusual Sandslash blanco, un fuerte arañazo a nivel del rostro. Le hirió el ojo, rasgándole una pequeña parte del párpado izquierdo. Pikachu cayó inconsciente después del tan severo golpe. El niño pensó que todo terminaría ahí pero estaba equivocado. Los miembros de aquel equipo no cesaron sus ataques, siguieron ordenando ataque tras ataque a sus respectivos pokémon sobre el ya severamente lastimado Pikachu.
Alarmado, se dio cuenta de que si no hacia algo lo iban a matar. «¿En qué están pensando?» se preguntó horrorizado al contemplar la crueldad de la que esas personas eran capaces. Aquel pokémon le había salvado la vida, ahora le correspondería a él devolverle el favor.
Sin pensarlo se acercó al Pikachu, milagrosamente ningún ataque lo alcanzó. Lo tomó entre sus brazos, se dio la vuelta y, como pudo, comenzó a correr a toda prisa. Ni siquiera le importó a hacia donde corría, su prioridad era alejar al Pikachu lo más que pudiera de aquel lugar.
–¡Estúpidos, no se queden mirando y vayan por él!– se oyó el grito de la enfadada mujer a sus espaldas.
No muy lejos de allí había una cabaña, ese lugar parecía perfecto para resguardarlos de la lluvia y tal vez como escondite. El niño tocó a la puerta pero para su sorpresa ésta estaba abierta. Tan pronto como tocó la puerta ésta se abrió. Entró, examinó rápidamente la cabaña y al hacerlo se encontró con una habitación que tenía una puerta blanca. Pensó en esconderse allí pero cuando intentó abrirla se percató de que estaba cerrado con llave. Forcejeó un poco para intentar moverla pero no consiguió nada.
Del otro lado se escuchó un ruido peculiar, sonó como si algo se moviera entre una vasta pila de cosas. Casi inmediatamente algo comenzó a golpear la puerta desde el otro lado. El niño se apartó al ver como la puerta comenzó a sucumbir ante la fuerza de lo que fuera que estuviera del otro lado. El sexto golpe fue el definitivo, la madera de la puerta se trozó y la puerta se vino abajo. Vio salir entonces a un pequeño pokémon que parecía estar hecho de metal, tenía un color gris brillante, lo veía con su único ojo y levitaba en el aire. Tras él, había unas escaleras, lo demás se veía oscuro. Fue ahí que comprendió que no se trataba de una habitación sino de un sótano. Se acercó a las escaleras, las bajó cuidadosamente y encendió el interruptor que estaba en la pared justo al final de éstas. En cuanto la luz iluminó el cuarto investigó lo que allí había. Al fondo, se encontraba una montaña de pokebolas, una sobre otra estaban todas aglomeradas como si se tratase de alguna especie de tesoro.
–¡Cielos! Debe haber cientos de pokémon encerrados aquí – comentó asombrado.
El pokémon que levitaba, justo a su lado, por sobre su hombro. Hizo un ruido extraño, sonó metálico e inexpresivo.
–Beel-duum–
En ese momento aquella curiosidad que sentía sobre ese lugar desapareció. Escuchó pasos en el piso superior, podía escuchar con total claridad lo que sucedía arriba. « ¡No puede ser! y, ¡¿si este es su escondite?! » se preguntó asustado. De ser así había terminado en el peor lugar posible. Miró a su alrededor, buscó alguna ventana o ventila que le sirviera para escaparse pero lamentablemente no había ninguna. Necesitaba un lugar para esconderse, sin pokémon no podría hacerles frente. Hizo lo primero que se le vino a la cabeza, se acercó a la montaña de pokebolas y arrojó una pero nada pasó. No se rendiría tan fácil, colocó a Pikachu en el suelo y continuó arrojando las pokebolas más cercanas a él, sin embargo nada salió de éstas. Se le ocurrió que tal vez estaba haciendo algo mal ya que había visto que los pokémon de la televisión salían tan pronto como sus entrenadores arrojaban las pokebolas pero con él, por alguna razón, no parecía funcionar.
Por el sonido de los pasos escuchó que se acercaban. Sin más opción, se aproximó al interruptor y apagó la luz. A un costado de la pila de pokebolas, en una esquina, había visto una especie de puerta de madera vieja con pequeñas rendijas horizontales reclinada contra la pared. Parecía el mejor lugar para esconderse. Tomó a Pikachu y, lo más cuidadosamente que pudo, se acercó y se ocultó atrás de ésta.
