—Duerme, pequeña —le dice mientras le arregla un mechón del cabello que ha caído sobre su cara—, yo cuidaré de tu hijo —la observó dormir, como sabía que hacía mucho tiempo que no lo hacía, esta vez plácidamente. Se dirigió hacia el pequeño que estaba en su sillita mecedora muy entretenido comiéndose la oreja de su conejo de peluche. Lo desató con una facilidad que a cualquiera le hubiera causado extrañeza, pues era como si lo hiciera a diario.
—Vamos, dejemos descansar a tu mami, ¿sí? —lo tomó en brazos y se dirigía hacia el cuarto del bebé cuando de pronto observó que el niño se quedaba serio, quieto y luego empezó a hacer gestos y pucheros. El joven podría jurar que inmediatamente después lo vio poner una carita de pura malicia que, si tuviera que describirla, sería como cierto emoticono de la app de mensajes, de un diablito morado y sonriente. Pero no creía que el bebé pudiera hacer eso, hasta que... un desagradable aroma proveniente de la parte trasera del "angelito" le llegó hasta el cerebro, aunque pensándolo bien..., era hijo de su padre. Así que cambió la forma de cargarlo, lo tomó entre las dos manos, dejando los brazos lo más estirados posible y girando el rostro hacia un costado. En ese momento daría lo que fuera por ser el hombre elástico, ese súper héroe de Marvel, para poder tener al niño lo más retirado de su delicada nariz.
Volvió la vista hacia él al escucharlo gorjear divertido.
—¡Oh no, no, no, no, no, no, no, no, no! ¡Ni lo sueñes, enano! ¡Debes estar bromeando!, mira yo te he llegado a estimar mucho, eres el hijo de Kyoko, una mujer muy especial e importante para mí. Pero, de ahí a esta situación, hay un mar de distancia, un mar, ¡qué va!, un océano diría yo, yo no cambio pañales... ¡NUNCA!
El muy ingrato del infante, como si entendiera, como si supiera que lo que había pasado hacía sufrir a su cuidador, pasó de los gorjeos a las carcajadas moviendo a su vez las piernitas en el aire ante la cara de asco del pobre hombre.
Él, al notar que no había nadie más en casa que pudiera librarlo de tan cruel sentencia, dejó caer los hombros y se dispuso como oveja al matadero a sufrir el sacrificio.
—Está bien, me rindo, solo por esta vez tú ganas, enano. Pero ni creas que esto se va a volver a repetir. Ah, ah. Jamás, y si alguna vez se lo llegas a decir a alguien, lo negaré por completo, ¿me entiendes? Esto —señaló hacia donde el pañal se abultaba—, quedará como un secreto entre tú y yo. Oye, y ya que estamos metidos en este lío, ¿podrías por favor decirme dónde demonios guarda tu madre los guantes y la máscara antigases?
El pobre hombre buscó y buscó por todos los rincones y los cajones pero no encontró más que pañales, toallitas, pomadas, calcetines, mamelucos, aceites, cremas, ¿acaso todo eso era necesario para una cosa tan pequeña? Pero de los guantes y la máscara, nada de nada, así que aún más resignado tomó aire y...
—¡Oh por todos los dioses!, ¿pero qué demonios te dan de comer? —su voz subió unas cuantas octavas en el chillido que lanzó.
Kyoko, al despertar y no ver a su hijo cerca de ella, se preocupó. Se incorporó de la cama en la que no se acordaba haberse acostado y fue a buscar a su hijo a su cuna. Iba caminando por los pasillos cuando escuchó una tierna melodía que provenía de una voz conocida. Se acercó con cuidado y se quedó muy quieta en el dintel de la puerta recargada en un hombro, tratando de no ser descubierta, mientras una solitaria lágrima recorría su mejilla y un atisbo de sonrisa se asomaba en sus labios. El cuarto estaba patas para arriba, había talco por todas partes y un montón de pañales destrozados en el piso, pero ahí cerca de la ventana, en la mecedora estaba su amigo de la infancia con su hijo mal vestido recargado en su pecho, mientras le sobaba con cuidado la espalda para arrullarlo, cantándole quedamente una canción de cuna.
