.
.
—Kyoko-chan, no es por dudar de ti, pero... ¿seguro que estarán bien ustedes solos?, ¿tú sola, realizando esa ardua tarea? —le preguntó, y Kyoko puso los ojos en blanco mientras él le daba la espalda para sacar al niño de su sillita infantil, que se había quedado profundamente dormido. ¡Cuánto había crecido! Era en verdad injusto que Kuon no pudiera estar ahí para ver a su hijo crecer, y dar sus primeros pasos.
—Yukihito-san, ya no soy una niña, y sí, estaremos bien, no te preocupes, puedes irte con tranquilidad.
—De cualquier forma tendré el celular prendido y te dejaré el teléfono de donde estaré por si cualquier cosa se te ofrece, me llamas no importa la hora que sea —replicó mientras entraba con el niño que no se había incomodado, con la cabecita recargada en su hombro.
—Yukihito-san, en verdad, no te preocupes, cualquier cosa que necesite, también están mis padres, el Taisho, la Okami-san —iba nombrando y enumerando a cada una de las personas que podían ayudarlos y se quedó callada cuando Yashiro se voltea y le dirige una mirada de advertencia—. Valeeeeeeee, si necesito cualquier cosa, te prometo que te llamaré así sean las tres de la mañana —Yashiro asiente con la cabeza, como un profesor orgulloso de que sus alumnos hayan aprendido la lección y antes de que Kyoko pudiera seguir diciendo nada, él continúa.
—Yo subiré al niño a su cuna para que no se despierte con el cambio de brazos. Sirve que me despido de él.
Después de que lo ha dejado tranquilo y ha prendido el intercomunicador infantil, baja y encuentra a Kyoko sentada en la sala muy pensativa. Se sienta a su lado y le da unas palmaditas en la mano.
—¿Estás bien?
—Sí. Pero por favor, no les digas a mis padres lo que quiero hacer. Si se enteran, querrán venir.
—¿Y eso es malo porque...?
—Es algo que tengo que hacer yo, en esto nadie puede ayudarme. Ni siquiera tú, Yukihito-san. Y ellos, pues... —puso cara de compungida.
—Ya, entiendo —aunque no entendía completamente se imaginaba a qué se refería ella; los Hizuri, con tal de evitar que Kyoko sufriera harían todo por ella pero al mismo tiempo no le permitirían sanar. Y este era un paso que solo ella podía hacer y no era fácil.
—No les diré nada a ellos, te lo prometo —sin darse cuenta él había dejado su mano encima de la de Kyoko.
—Gracias —ella le dedicó una sonrisa, y Yashiro pensó que hacía mucho que no la veía sonreír así por un motivo que no fuera Ren.
—Nos veremos la próxima semana. Mándame fotos de Ren —cuando Yashiro se despidió, murmuró para sí "No le diré nada a los Hizuri, te lo prometí, pero necesitas a alguien a tu lado y sé perfectamente a quién llamar".
Dos días después, justo cuando Kyoko iba a empezar con su propósito suena el timbre, asombrada porque no esperaba a nadie ese día fue a abrir, al asomarse por la mirilla fue grande su sorpresa al ver quién estaba del otro lado de la puerta. Al abrirla, dijo:
—Shou... —un dedo silenció su boca mientras ella miraba el ceño fruncido de su visita.
—¿Cuántas veces te lo tendré que decir antes de que se te meta en esa cabezota hueca que tienes encima de los hombros, que mi nombre es Sho? Sho, S...H...O... —lo deletreó despacio como para que se lo aprendiera—. Sho —le repitió mientras entraba a la casa. Kyoko sin el dedo ya en su boca susurró para sí.
—Sí, claro. Pásale, estás en tu casa —el joven al oírla susurrar se voltea y pregunta:
—¿Dijiste algo?
—Dije que qué te trae por acá, justo en este día.
—Vine a visitar a Ren, por algún motivo desconocido para mí, parece que el bicho ese y yo hemos congeniado.
—Mi hijo no es ningún bicho, tú ¡Shoutaro...! —esta vez no fue solo un dedo el que cubrió su boca, sino la mano entera.
—¡Idiota! —la atrajo hacia sus brazos, abrazándola fuerte, baja la cabeza hacia la suya para poder susurrarle en el oído—. Sé lo que planeas hacer y no tienes por qué hacerlo sola. Aquí estoy yo para ayudarte, te prometo que no interferiré, me quedaré con el enano y lo cuidaré por ti, pero estaré cerca por si me necesitas y no acepto un no por respuesta.
Kyoko por fin responde al abrazo mientras unas lágrimas surgen de sus ojos. No puede hablar. Así que asiente con la cabeza. Sho la acompaña a la planta alta y la deja en la entrada de su habitación, ve que en el pasillo hay varias cajas vacías así que las mete por ella.
—Estaré enfrente por si necesitas algo —se voltea para salir de la habitación.
—Sho... —él se detiene al escuchar la voz débil, no le gusta verla así de frágil, casi como una muñeca de porcelana que está a punto de romperse. Pero ella le sonríe.
—¿Sí, dime?
—Gracias... por todo —él se voltea para que ella no pueda verle el rostro y asiente.
Kyoko se enfrenta a una de las situaciones más difíciles para ella, debe sacar toda la ropa de Kuon, tenerla ahí es un cruel recordatorio de que él ya nunca volverá a usarla. Sabía que si alguien más se enteraba querrían hacerlo por ella y lo sacarían todo, no dejarían nada, ningún recuerdo de él. Y eso no era lo que quería, solo ella sabía que quería quedarse con aquella camiseta que usó una vez que, cuando eran novios, tuvo que quedarse en el departamento de Kuon después de un aguacero, los dos habían quedado completamente empapados y su casa era la más cercana. Él le prestó una playera suya que le quedaba enorme, al día siguiente tenían que presentarse en la casa del presidente para una sesión de defensa personal, en la que los dos terminaron con sendas heridas. El recuerdo la hizo sonreír. Decidió también que se quedaría con las bufandas que a él le quedaban tan bien, como aquella que traía puesta después de la noche que ella lo marcó como suyo cuando eran los hermanos Heel.
Poco a poco las cajas se fueron llenando y el armario fue quedando vacío. Entre lágrimas y sonrisas su corazón se fue quebrando un poco más. No sabía si algún día podría sanar.
Sho apareció con su hijo entre los brazos, a ella le había sorprendido su actitud durante todo el día, porque en ningún momento, no solo no le pidió ayuda para cuidar a su hijo, ni se había quejado, sino que hasta le había dado de comer y lo había bañado él solo. Gracias a los dioses que ella siempre tenía cosas sanas en el refrigerador y que justo había puesto algunos recipientes que decían comida de Ren y eso había facilitado las cosas. Aunque no quería asomarse al baño para nada, no sabía qué le podía esperar detrás de la puerta. Pero sonrió agradecida.
—¿Eso es todo? —dijo viendo todas y cada una de las cajas. Ella las vio, como temiendo no ser lo suficientemente fuerte para asentir y decidir que simplemente quería quedarse con todo solo para recordarlo. Así que se obligó a mover afirmativamente la cabeza—. Bien, yo me encargaré de sacarlas de aquí, sé a quién llevárselas —y sin decir nada más se sentó a su lado justo a los pies de la cama y recargó la espalda en ella para poder jugar con el niño en el suelo.
