Se encontraban ahora en la casa de Yashiro, él la había convencido de ir a platicar ahí. No quería que nadie pudiera escuchar sus planes. Sabía que el presidente tenía ojos y oídos en todos lados.

Ella se sentó en uno de los suaves y cómodos sillones azul marino. Él no cambiaba, siempre había sido un hombre de gustos elegantes, clásicos pero confortables. No le gustaba renunciar a la comodidad contra la belleza de un mueble. Admiró el lugar, simple, de colores masculinos, con una alfombra gris oscura y una mesa de centro negra. Las cortinas hacían juego con la alfombra dando al lugar un toque de sofisticación.

—Y entonces, ¿cómo es que lo vamos a hacer, Yuto? Aunque fui yo quien propuso todo esto, la verdad es que estoy nerviosa. Nunca me paré a pensar que podría causarte problemas.

—¿Problemas? —volvió el rostro hacia ella—. ¿Qué tipo de problemas? ¿Es tu novio alguien violento? No es que nunca haya tenido que arreglármelas con gente así, en esta profesión..., pero preferiría no tener que ir a dar al hospital.

—¿Qué? ¿Shoda violento? ¡Qué va! Él no mataría ni a una mosca. He ahí parte del problema. Pero yo me refería a ti. ¿No tienes novia? —Yashiro se quedó de piedra, ¿cómo explicarle su situación?

—No. Ninguna. No —ella hizo cara de extrañeza, era muy raro que un hombre pasados los treinta como él, estuviera soltero. Vaya, si ella no estuviera ya enamorada de su novio, seguramente estaría tras sus gafitas.

—¿Por qué?

—¿Por qué qué? —Miyuki puso los ojos en blanco, sabía perfectamente cuando él no quería contestar a una pregunta.

—Sabes bien a qué me refiero, Yuto.

—Es difícil de explicar.

—Es por ella, ¿no es cierto?

—¿Cómo...?

—Ahhh, Yuto, creo que te conozco mejor que lo que te conoces a ti mismo. Ayer, durante toda la tarde que estuvimos conversando, me pude dar cuenta de cuánto significa ella para ti.

—Exactamente, ¿qué quieres decir con eso? —preguntó achicando los ojos, ella podía ser muy observadora y no le iba a sonsacar nada más a él.

—Que si no te conociera, diría que estás enamorado de tu representada y amiga. Hizuri-san, ¿no es así? Aquella que era la esposa de Tsuruga-san —en eso tomó una foto de Kyoko con Ren, en donde sonreían muy felices a la cámara y algo le decía que quien había tomado la foto era Yashiro.

—Ella es para que tú lo sepas, la esposa de mi mejor amigo y...

—No, no lo es. Ya no —dejó la foto en el lugar de donde la había tomado y se dio la vuelta para encararlo—. Yuto, si tan solo pudieras abrir los ojos y ver por ti mismo. Ni ella es su esposa ni él es tu mejor amigo. Ya no. Él, aunque ustedes no lo quieran aceptar, está muerto. Ella es su viuda, no su esposa y él, lamentablemente para ti y para todos, ya está muerto y uno no puede ser el mejor amigo de un muerto. Él pudo ser tu mejor amigo, pero ya no lo es y nunca más lo volverá a ser. No es como si estuviera viviendo en otro país, Yuto. Entiéndelo. No quiero sonar ruda o grosera pero esa es la verdad. Por muy cruel que suene.

—Eso no importa. Ella aún lo ama.

—El hecho de que me digas que ella aún lo ama me quiere decir que tú estás enamorado de ella, ¿no es cierto?

Yashiro no pudo contestar. Se sentó a su lado, descansó sus manos sobre las rodillas y en ellas apoyó la cabeza. El silencio reinaba, se podía escuchar perfectamente el canto de los pajaritos que, sin conocer el ambiente tenso que existía dentro de la casa, trinaban alegres. De pronto el silencio fue roto por un gran suspiro proveniente del bulto en el que se había convertido el hombre a su lado.

—No sé lo que siento por ella, Miyuki. Cuando Kuon murió, fue... Oh, dioses, ni siquiera puedo llegar a describir el mundo que se nos vino a todos. No sé si sabes que él murió en mis brazos, yo lo sostuve en sus últimos momentos y me pidió... —Los ojos se le arrasaron de lágrimas—, me pidió que cuidara de Kyoko y de su hijo. Me los encomendó. Él sabía que iba a morir. Desde entonces estoy a su lado.

—Y por supuesto el papel de padre te tocó a ti —terminó ella su frase.

—Algo así. Digamos que el papel me tomó a mí más que yo a él.

—Yuto, no puedes permanecer impasible a lo largo de los años al lado de una mujer hermosa y de buen corazón. Es obvio.

—No te sigo, ¿qué es obvio?

—Por favor, Yuto, no me digas que no hubo veces que la abrazabas de alegría y no deseabas besarla. Porque sé la cara que pones cuando hablas de ella, por todos los cielos si tan solo te escucharas, tu tono de voz cambia, tus ojos brillan, Yuto, definitivamente estás enamorado de ella.

—No, eso no puede ser. No —Yashiro se levantó y estaba caminando en círculos frente a la ventana, levantando los brazos al cielo como implorando algo.

—¿Por qué?

—Porque no puedo... No... No puedo hacerle eso a Kuon —dejó caer los brazos a su costado y agachó la cabeza, derrotado por fin aceptando lo que lo detenía—. No puedo desear a su mujer aunque me parta el alma. No puedo amarla aunque ya lo haga... No puedo... porque no puedo competir contra un recuerdo —cuando levantó la cabeza sus ojos estaban anegados de gruesas lágrimas que no se permitía dejar caer, Miyuki se levantó del sofá y fue a su lado, lo abrazó fuertemente. Yashiro le correspondió el abrazo. Anhelando que fueran otros los brazos que lo rodeaban.

Una voz femenina se escuchó desde la entrada.

—Yuki, no contestabas y me preocupé. Te escuché algo raro así que decidí usar la... —Las palabras quedaron atascadas en su garganta ante la escena que se le presentaba frente a sí. La pareja se separó al escucharla, Yashiro levantó la cabeza y ella pudo observar que estaba muy turbado, con el rostro sonrojado.

—Kyoko...

—Yo..., lo siento... Cuando me hablaste te escuché mal. Me preocupé y quise venir a verte, lo lamento tanto. Yo... Me voy.

Antes de que Yashiro pudiera hacer algo, Kyoko había cerrado la puerta principal dejando a la pareja perpleja.

—Bueno, si algo se puede decir de lo que acaba de pasar, Yuto, es que ella definitivamente siente algo por ti.

—¿Eh?

—Nada de ¿eh?, que una mujer no se queda con esa cara, como la que puso ella, al ver a un hombre abrazado a otra mujer, si no siente algo por él.

—Claro que ella siente algo por mí, ¿no te dije que somos amigos?, es solo que se extrañó. Nunca me había visto abrazar a otra mujer que no sea ella.

—Tú lo has dicho.

—¿Qué cosa?

—Que no hay peor ciego que el que no quiere ver.