La oficina nunca la sintió tan fría como esa mañana, ni tan espeluznante. Tal vez no se debía a que justo ese día amaneciera lloviendo con posibilidades de tormenta eléctrica ni al dueño de la oficina que ahora vestía un traje de caballero oscuro de la época medieval. No, realmente era por su ánimo, desde el día que Kyoko lo había encontrado abrazando a Miyuki, la situación entre ellos había estado algo tensa. Algo no era una palabra adecuada para describirla, y si pudiera hacerse una comparación, una cuerda de guitarra a punto de romperse sería justo la descripción.

—Yashiro-san, adelante —si desde la puerta el presidente era imponente, ahora con una espada que parecía ser real, y que Yashiro no dudaba de que lo fuera, bueno, la situación que tenía que confesarle se estaba haciendo sumamente difícil de decir.

—Buenos días, presidente.

—Yashiro, ayer cuando me hablaste te escuché bastante tenso. ¿Cuál es el asunto tan urgente del cual quieres hablarme?

—Verá, presidente, yo... Eh... Er... —Yashiro se pasó un dedo por el cuello de la camisa, justo esa mañana las corbatas le quedaban más justas de lo normal, sentía que lo ahorcaban. ¡Malditas corbatas, todas y cada una se habían encogido!

—Y bueno, Yashiro, en todo el tiempo que hace que te conozco, nunca te había visto estar tan nervioso como ahora. Si tú eres la personificación misma de la corrección y la frialdad en situaciones importantes. Tú que con solo una mirada dejabas heladas a las seguidoras de Ren. Tú, que eras como Moisés ante el Mar Rojo, tú... —mientras lo iba describiendo, el presidente se paró atrás del sillón de donde estaba sentado y blandía la espada como luchando ante enemigos invisibles.

—Entiendo, por favor, ya no siga —Yashiro levantó una mano ante la cara del presidente, mientras giraba la cara no pudiéndolo ver a los ojos.

—Vamos, Yashiro, ni que fueras a decirme que te vas a casar...

—Es que sí me voy a casar... —la sala quedó en absoluto silencio, solo roto por el sonido del metal chocando contra el piso. La espada había desaparecido de las manos de Lory para ir a parar unos metros más adelante. Yashiro se alegró de que en el momento que la soltó, el presidente la estuviera blandiendo hacia el frente, porque si hubiera sido como unos instantes anteriores que había sido hacia él... Bien, no tendría que preocuparse por aclarar la situación ante él. El presidente se había quedado frío e inmóvil como estatua. Por fin se giró para ver a Yashiro frente a frente.

—Perdón, ¿dijiste qué cosa? Creo que te escuché muy mal, ha de haber sido el casco, permíteme quitármelo porque creo que escuché que te ibas a casar.

—Justo eso fue lo que dije.

—¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Con quién? Pero si no se te conoce ni a una sola novia. Eres peor que Kuon cuando era Ren, es decir...

—Por favor, presidente, permítame aclararle la situación porque creo que voy a necesitar de su ayuda —aunque Yashiro no sabía si era lo correcto o lo mejor, pedirle ayuda, sabía que tenía que hacerlo si después quería aclarar las cosas con Kyoko.

Lory, anonadado y curioso, muy intrigado, mejor dicho, se sentó viendo fijamente a Yashiro, sin perder ni un solo detalle de todo lo que le iba relatando Yashiro, quien empezaba a pensar que hubiera sido mejor quedarse callado ante la penetrante e inquisitiva mirada de Lory. Al terminar Lory suspiró y dijo:

—¿Estás realmente seguro de que esto es lo que quieres hacer?

—Ella es una muy buena amiga, nos conocemos desde la infancia y si esto la puede ayudar a que su novio por fin se decida ya sea a dar el siguiente paso o a dejarla libre, creo que sí.

—Pero, ¿sabes bien lo que puede llegar a costarte, Yashiro?

—¿Costarme? No entiendo a qué se refiere, presidente. Sé que puedo terminar con un ojo morado, porque como cualquier hombre, si yo viera a mi novia en brazos de otro..., ni qué decir —mientras Yashiro se encogía de hombros, Lory suspiró, varias veces, de hecho.

—Y yo que creí que Kyoko-kun era la densa —replicó en susurros, poniendo a la vez los ojos en blanco.

—Perdón, ¿decía algo?

—Dije que dejes todo en mis manos, yo haré lo posible para que este compromiso falso parezca lo más real posible —la sonrisa del gato que se comió al canario que apareció de pronto en la cara de Lory, hizo que a Yashiro un fuerte estremecimiento lo recorriera desde los pies hasta el último cabello, poniéndole, como dicen por ahí, literalmente los pelos de punta.

—¡Oh, dioses! ¿Qué he hecho?

—¿Dijiste algo, Yashiro-san?

—Dije que se lo agradezco —replicó con una gran y falsa sonrisa.

—Bien, bien, entonces lleva a tu prometida mañana por la noche a mi casa —le dijo mientras le daba unas palmadas a Yashiro en la espalda que sintió como si le estuviera clavando la espada, y lo acompañaba delicadamente por la fuerza a la puerta de salida. Yashiro volteó hacia donde él había visto la espada la última vez pero esta había desaparecido misteriosamente.

—¿A su casa, presidente?

—Sí, por supuesto, si vamos a hacer esto, lo tenemos que hacer bien. Dicen que para engañar a tu enemigo, primero hay que engañar a tu amigo —Yashiro tragó grueso, eso no se había escuchado nada bien, nada, nada bien, más bien, era algo muy malo. Mientras más grande la sonrisa, peor para él, y esa sonrisa era enorme.

Yashiro llegó con Miyuki a la casa del presidente a las seis y media, era algo temprano pero quería que él la conociera antes de que intentara llevar a cabo alguno de sus malévolos planes. El recorrido hacia la casa del presidente lo habían hecho en completo silencio, ella no había podido decir ni media palabra debido al semblante de él. Nunca lo había visto así, si no lo conociera podría decir que no estaba nervioso sino más bien aterrorizado. Así que cuando por fin se estacionaron y él se iba a bajar, ella le pone la mano en el brazo y lo detiene preguntándole:

—Yuto, ¿algo va mal? —él se voltea a verla inseguro

—No, ¿por qué lo preguntas?

—Yuto, soy yo, por favor, ¿qué sucede? —él bajó los hombros, suspiró y por fin se atrevió a confesarse.

—Es que ayer fui a contarle todo al presidente, si queremos que todo salga bien y tu novio nos crea, debemos tener ayuda y a eso fui. A pedírsela.

—Y, ¿por qué creo que pedírsela fue algo de lo cual te arrepientes?

—Porque siento que me he metido en camisa de once varas —se llevó la mano a la cabeza pasándosela por el cabello—. Verás, el presidente..., tiene tendencia a cierta vena dramática, por decirlo de una forma sutil. Pero en él no hay nada sutil, ni sencillo. Así que temo realmente a lo que nos podamos encontrar detrás de esas puertas —señaló con un dedo las enormes puertas de la mansión. Dicho esto se bajó del carro y lo rodeó para poder ayudarle a ella a salir.

—Bueno, entonces no hay de otra, ¿verdad? —él miró los ojos de su amiga que relucían con una mirada pícara y traviesa y logró sonreír a su vez.

—No, no hay de otra. Tendí mi cama y ahora...

—A brincar en ella —terminó su frase y soltó una carcajada ante la cara de asombro de su amigo. Yashiro le dio el brazo y se dirigieron juntos hacia la casa.