Capítulo 12: Redada.

La luna llena brillaba sobre el despejado, y apacible cielo, lucía majestuosa entre la inmensidad de la noche. Su luz atenuante caía sobre el muelle de ciudad Carmín. El agua del mar estaba agitada, con frecuencia, chocaba violentamente contra los barcos atracados al muelle.

–¿Está seguro de esto jefe?– preguntó un guardaespaldas desde el interior de un lujoso barco.

–Nunca nada es seguro cuando se trata de negocios pero la cantidad que nos prometieron vale la pena el riesgo– respondió un señor de voz prominente.

–Mientras bajemos yo seré feliz, no me agradan las noches como ésta; el mar está demasiado agitado– comentó un tercer hombre agregándose a la conversación. Se encontraba de espaldas a ellos en la cubierta del barco observando las olas.

–Y eso que nunca has estado en una tormenta en altamar– mencionó el guardaespaldas.

–¡Silencio los dos! – regañó el señor con su imponente voz mientras golpeaba la mesa frente a él con su puño. –Manténgase alerta, los quiero preparados en caso de que surjan problemas– agregó.

Ambos hombres guardaron silencio e hicieron lo que su jefe les indicó. Los tres hombres tomaron sus cosas y bajaron del barco. Se dirigieron a la sección designada para el trato en las afueras de ciudad Carmín.

–¿El equipo está listo?– preguntó Jen.

–Afirmativo– contestó el copiloto a la par que se acomodaba sus anteojos.

–Me agrada la tensión antes de un operativo, jamás sabes si regresarás con vida–

–No bromes con eso, no es gracioso– regañó Wheler.

–Bien, bien. Lo siento– dijo el oficial ubicado a la izquierda de Wheler desde la parte trasera del vehículo. Bajó su ventanilla, fumó por última vez su cigarrillo y lo arrojó fuera del auto.

Scott se encontraba sumamente callado, iba sentado a la derecha de Wheler. Se encontraba nervioso porque sabía que afrontaría, dentro de pocos minutos, el momento para el que lo habían preparado.

El viaje fue largo aunque a Scott le pareció corto. La patrulla se detuvo poco antes de llegar a ciudad Carmín, en una sección deshabitada.

–Bien, a partir de aquí el resto es a pie. Llama por radio e informa que estamos en posición– le ordenó Jen a Wheler.

Todos bajaron del auto y se prepararon para viajar hacia la zona designada. Una vieja fábrica abandonada ubicada en las afueras de ciudad Carmín. El último en bajar fue Scott, quien venía cargando una mochila negra, en la que supuestamente, se encontraban veinte cuernos de Nidoking. Tuvo un repentino malestar acompañado de una sensación de nauseas que lo obligó a inclinarse para vomitar. De su boca no salió nada excepto sonidos raros, seguidos por espasmos y algunas regurgitaciones acompañadas por saliva.

–Creo que comí algo que no me cayó bien– expresó.

–No es eso, lo que tienes son nervios mezclados con miedo. Tienes que calmarte, respira profundamente, eso te ayudará– comentó Wheler.

El malestar de Scott pasó al poco rato de estar caminando, el aire helado que sopló lo distrajo, temporalmente, lo hizo olvidar su nerviosismo. Conforme siguieron caminando se fueron adentrando más y más en el terreno lodoso que allí había. La zona era como se la habían descrito, un enorme complejo industrial abandonado rodeado de terreno lodoso resultado de las abundantes lluvias. El lugar estaba deshabitado debido a los desechos tóxicos que alguna vez hubo, los cuales obligaron a todo el que vivió cerca a abandonar el lugar. Para poder llegar a su destino, se abrieron paso por entre los pedazos de tubo oxidado; desperdigados en diferentes partes del suelo, estaban mezcladas piezas de metal, que creaban grandes montículos de desecho alrededor del complejo. Después de una caminata de veinte minutos, llegaron a la entrada de la fábrica.

–Bien ya saben qué hacer– indicó Jen.

–Sí, yo me quedo aquí a esperar a que se aparezcan– manifestó Scott.

Jen levantó su mano e hizo una señal que le indicó al grupo separarse en dos grupos. Cautelosamente, el primer grupo, conformado por una pareja, rodeó la fábrica y cubrió la salida trasera. El segundo grupo se adentró en la fábrica y subió al siguiente nivel para asegurar el área. Desde allí serían capaces de supervisar la operación.

Cinco minutos más tarde, a lo lejos, Scott vislumbró varias siluetas que venían acercándose hacia su dirección. No fue hasta que estuvieron más cerca que pudo ver a los seis hombres que venían caminando.

« No se supone que fueran seis, deberían ser tres » pensó alarmado al percatarse de que los superaban en número. Esto interfería con el plan inicial, comprendió entonces que la situación representaba un verdadero problema, por tanto, tendría que ajustarse a los cambios. Respiró profundamente por última vez, trató de calmarse mientras observaba a los hombres acercándose.

–¿Qué es esto? Nada más tú sin ningún tipo de guardaespaldas. Me decepcionas, ¿es que acaso tu gente no nos respeta?– dijo uno de los hombres al llegar.

En ese instante Scott se paralizó, aquella sensación lo hizo erguirse. Se sintió desconectado de la realidad, reconoció inmediatamente el tono de la voz. Sin dudas era la misma, pertenecía al mismo hombre que al de la grabadora de voz. Por esos breves segundos su mente lo teletransportó de vuelta a aquel callejón, donde escuchó a los hombres discutir sobre el cadáver del Nidoking. Un pensamiento lo hizo reaccionar, devolviéndolo a la realidad. No podía quedarse callado, su deber era cerrar el trato.

–El respeto se gana, si tienes el dinero procedamos. Además, ¿qué te hace pensar que necesito refuerzos para cerrar un trato?– dijo Scott de la manera más natural que pudo, luego miró hacia la mochila negra y la dejó en el suelo. Si el intercambio tenía éxito Scott abandonaría la fábrica y la policía los arrestaría.

El hombre frente a Scott extendió su mano, traía cargando un maletín color gris. El corazón de Scott se aceleró al verlo, sus ansías crecieron porque estaba a segundos de atraparlos. Lo único que tenía que hacer era tomar el maletín, verificar que tuviera el dinero y salir de ahí. Sus nervios lo hicieron comenzar a sudar, sintió la inminente necesidad de respirar hondo para calmarse pero se contuvo. Scott sabía que si hacía eso levantaría sospechas. Dispuesto a hacer lo que tenía en mente dio dos pasos hacia delante y se preparó para recibir el maletín en sus manos. Entonces contempló estupefacto como una mano, salida de entre las sombras, se posó en el hombro de la persona que cargaba el maletín, deteniéndolo en el acto.

Incrédulo, Scott miró la mano y vio que pertenecía a uno de los hombres que estaban detrás. Los tres hombres delante de Scott se apartaron para dejar pasar a su jefe; un hombre alto, fornido y de aspecto imponente. De todos los hombres ahí presentes él era el único que no traía puesto el emblemático uniforme negro del equipo Rocket.

–¿Con quién crees qué estás tratando? Por tu bien y el de nuestros negocios espero que tu jefe no esté jugando conmigo, vine aquí porque deseo la mercancía pero no me tomes por tonto. Sé bien que tú no eres más que un charlatán. Si voy a cerrar un trato quiero sea con tu jefe en persona, así que déjate de estupideces y pasemos al grano– dijo con voz autoritaria mientras arrebataba el maletín de las manos de su subordinado.

Scott se sintió intimidado, las palabras se le borraron de la mente después de haberlo escuchado. Hizo un esfuerzo interno por sobreponerse y fingir que todo estaba en orden. No podía mostrar ningún tipo de señal que lo delatara. Hizo lo primero que se le vino a la mente, improvisó.

–De acuerdo, pasen. Mi jefe los está esperando– dijo con voz firme.

Tomó la mochila, se dio la vuelta y comenzó a caminar. « ¿Qué hago? ¡Qué hago! » se preguntó una y otra vez aterrado a la par que guiaba a los hombres hacia el interior de la fábrica. Cada una de sus pisadas las percibió como fracciones de segundo. El tiempo a su alrededor se aceleró más conforme se acercaba hacia el centro de la fábrica. Se sintió agobiado, ¿qué iba a hacer al llegar? Scott no tenía la respuesta, tampoco podía darse el lujo de tardarse mucho pensando. Debía ser rápido y no cometer errores. « ¿Qué hago? » se preguntó desesperado. El tiempo se le escapaba de entre las manos a medida que continuaba aproximándose. No podía permitirse el mostrar alguna anomalía en su lenguaje corporal porque lo haría notorio. Al llegar, tuvo un momento de claridad, recordó lo que se suponía debía hacer en caso de haber problemas. Chifló tres veces seguidas, esto alertó a su equipo; era una especie de código.

–¿Y bien? ¿Tienen mi dinero?– se escuchó la lejana voz de Wheler al fondo.

Entró por la parte trasera de la fábrica y caminó hacia ellos. Scott se alivió al verlo, sintió que el peso del mundo se quitó de sus hombros para recaer sobre los de alguien más. Al verlo, observó la plena seguridad que proyectó el teniente, su porte no mostraba rastros de nerviosismo en lo absoluto. Scott no tuvo duda alguna de que así era como se veía un verdadero profesional, daba la apariencia de tener amplía experiencia participando en operaciones de ese tipo.

–Tengo el dinero, pero quiero que seas tú quien me los entregue– repuso el jefe.

–Bien, ya sabes cómo es esto. Me entregas el dinero y yo te entrego la mercancía– expresó el teniente.

Wheler se dirigió hasta el hombre al que llamaban jefe y revisó el contenido del maletín. Luego llamó a Scott para que lo tomara.

–¡Nathan ven aquí!– ordenó.

Scott se acercó a ellos pero se concentró tanto en no mostrarse nervioso que no se fijó en la varilla de fierro oxidada ubicada a unos cuantos centímetros bajo sus pies. Para cuando la sintió fue muy tarde, trastabilló, intentó reponerse pero su pie se atoró y terminó perdiendo el equilibrio.

–¡Maldición, eres un idiota! – exclamó Wheler furioso al verlo.

Scott sabía que el teniente estaba actuando pero se sorprendió al ver lo convincente que era. Se levantó del suelo, se acercó a él, recibió el maletín y entregó la mochila.

–Ni siquiera puedes caminar bien, eres un completo inútil– manifestó Wheler. –Desafortunadamente ya saben cómo es esto, es tan difícil conseguir buen personal hoy en día– dijo dirigiéndose hacia el resto de los hombres.

Su comentario hizo reír al guardaespaldas del jefe.

–Revisa la mercancía y dime si contiene la cantidad acordada– ordenó el líder a uno de sus subordinados.

El hombre se acercó, tomó la mochila y comenzó a examinar el contenido. Scott sintió presión al ver cómo examinaba tan minuciosamente la mercancía. No pudo dejar de pensar en lo que pasaría si descubrían que eran falsos. El hombre introdujo uno de los cuernos de vuelta a la mochila y la cerró.

–Todo parece estar en orden señor– indicó el subordinado.

El jefe miró a Wheler y luego a Scott, les sonrió complacido y tomó uno de los cuernos de la mochila.

–De modo que todo está en orden. Ya veo, entonces supongo que si hago una pequeña prueba no debería de haber inconvenientes ¿cierto?– dijo con una sonrisa sombría. Observó el cuerno que sostenía entre sus manos y lo arrojó con brutalidad al suelo.

El cuerno se fracturó tan pronto como entró en contacto con la superficie del suelo, terminó partiéndose en varios pedazos.

–¡Todos ustedes son unos completos inútiles!– gritó malhumorado dirigiéndose hacia sus hombres. –¡Si estos fueran cuernos genuinos no se habrían roto!–

El teniente y Scott comprendieron que la operación había fracasado, estaban en peligro. En ese momento una luz de neón se encendió desde el nivel superior, la cual, cegó brevemente al grupo de hombres.

–¡Policía, arriba las manos, todos ustedes quedan bajo arresto!– exclamó Jen.

El resto del equipo policiaco se movilizó, salieron de su escondite y rodearon al grupo de los Rocket. Dos de los subordinados se dieron la vuelta, empujaron a uno de los oficiales e inmediatamente comenzaron a correr. Dada la cercanía, Wheler no tuvo opción, decidió delatarse. Corrió detrás del primero y se abalanzó sobre él. Tan pronto como lo derribó, lo sometió y procedió a esposarlo. Miró entonces al otro hombre que estaba intentando escapar, hábilmente anticipó su ruta de escape, arrojó su pokebola y le ordenó a Machoke bloquear su camino. El Machoke obedeció al teniente sometiendo al otro hombre que estaba intentando escapar. El resto de los hombres se intentó defender sacando a sus pokemón pero los oficiales se los impidieron. Debido a la diferencia de números sólo dos lograron su cometido, de las pokebolas salieron un Raticate y un Primeape respectivamente. El Raticate mordió uno de los soportes que sostenía a un andamio de metal, ubicado a un costado del teniente, el cual se derrumbó sobre Wheler causando un estrepitoso sonido.

–¡NOOOO!–

Se oyó el grito afligido de la oficial Jen, que retumbó creando eco entre las viejas paredes de la fábrica.