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Por ahí alguien dijo que más sabe el diablo por viejo, que por diablo...
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Julie entró a su casa con Ren de la mano y se quedó con la boca abierta, ahí, sobre los sillones de la sala se encontraban el presidente y su marido, ante una inmensa pantalla de televisión, de esas de última gama, los dos bien provistos de sendas cubetas llenas de palomitas de maíz de todos los sabores habidos y por haber, sobre la mesa de centro había además: una cubeta de cuatro litros de helado, botellas de refrescos de distintos sabores, y dulces y caramelos al por mayor. Además de una obscena cantidad de películas infantiles.
Ambos hombres se pararon de inmediato, al escucharla. Julie entrecerró los ojos y les dedicó su más fría mirada, bien aprendida de su marido. Se volteó hacia el niño con la sonrisa más dulce que podía dedicarle.
—Ren, corazón, ¿me podrías hacer un enorme favor? —se agachó para quedar a su misma altura.
—Sí, abuelita.
—¿Podrías subir a tu cuarto a jugar un rato, mientras yo hablo de algunas cosas con ese par de locos que tienes por abuelos?
Al escuchar cómo se refería Julie a su abuelo Lory y su abuelito Kuu, algo dentro de Ren le hizo saber que ellos estaban en serios problemas y que era mejor hacer lo que le decía si no quería ser incluido en el regaño.
—¿Hicieron algo muy malo, abuelita? —Julie sorprendida por la rapidez mental del niño, preguntó:
—¿Por qué lo dices, cariñito?
—Porque cuando le dices a mi abuelo Lory viejo loco —Lory que había alcanzado a escuchar eso levantó una ceja y se volteó a mirar a Kuu, quien solo se encogió de hombros como pasándole la bolita a su mujer—, es que hizo algo malo. ¿Los vas a regañar muy fuerte?
Julie sonrió, ese era su nieto, con una agilidad mental y una memoria igual a la de su padre. Le dio un beso en la frente y sonrió.
—No, te prometo que no mucho, pero necesito hablar con ellos —Ren asintió con la cabeza y se dirigió hacia las escaleras.
Cuando Julie se aseguró de que el niño ya las había subido, se volteó hacia donde estaban los dos hombres supuestamente maduros con cara de culpabilidad, y entonces ardió Troya.
—¿Se puede saber en qué diantres estaban ustedes dos pensando? —dijo mientras les iba señalando con la mano cada una de las golosinas, refrescos y botes de palomitas que vio—. No quiero ni pensar que esto se trata de una vil forma de chantaje o confesión contra Ren.
Kuu y Lory tuvieron la sabiduría de quedarse callados mientras ella seguía con la perorata. Pero Lory de vez en cuando echaba miraditas hacia la puerta principal tratando de imaginar cuánto tiempo podría hacer en salir corriendo de ahí, no es que huyera, pero siempre está el instinto de conservación. Seguía pensando en eso cuando escuchó la voz femenina.
—Ni se te ocurra, jefe. Ahora mismo ustedes me van a explicar, qué estaban tratando de hacer, enfermando al niño de por medio con soberana carga de dulces. Y no quisiera ser yo la que le dijera a Kyoko que su hijo terminó en el hospital porque sus dos locos, irresponsables e inmaduros abuelos, le trajeron dulces y golosinas como para un regimiento.
Al escuchar que uno de los dos o ambos tendrían que darle las explicaciones a Kyoko, palidecieron, porque la furia de Julie no se parecería en nada a la de Kyoko y luego, de refilón, a la de Yashiro. Si en algo el hombre era cuidadoso, era en la salud y bienestar del niño.
—¿Es que acaso creían que con semejante despliegue de dulce le iban a sonsacar la verdad? —Lory y Kuu tuvieron la decencia de sonrojarse ante la verdad dura y cruda—. Nunca lo hubiera creído de usted, jefe, ni de ti, cariño —dijo agachada, poniendo su mejor cara de decepción, aunque ella había sido una de las mejores modelos, había vivido entre actores durante muchos años y algo se aprende con el tiempo—, que pudieran ser tan insensatos. Intentar chantajear a su propio nieto. Con dulces y películas —se agachó para tomar una de la gran torre—. Solo díganme algo, ¿qué le iban a decir a Kyoko cuando Ren le platicara que estuvo todo un día comiendo dulces, acolchonado en un sofá viendo películas, sobre todo cuando ustedes —los señaló a cada uno con el dedo—, saben perfectamente que no le gusta que Ren vea televisión en exceso? —al ver que ellos no decían nada, continuó—. Eso pensé. Ahora, por favor, ordenen este chiquero, y pongan las películas en el mueble de los videos, porque una de vez en cuando no hace daño y hasta eso, eligieron bien.
Y dicho eso, se dirigió hacia las escaleras, cuando los dos hombres grandes y dizque maduros empezaron a recoger todo su dulcería, les habló.
—Y por cierto, si ustedes lo que querían saber es lo que en realidad pasó en casa de Kyoko con lo de Yashiro, no tenían necesidad de todo eso —señaló la improvisada sala de cine—. Con una ida al parque y un cono de helado sencillo, yo lo he podido saber.
Con una sonrisa pícara se dio la media vuelta y subió las escaleras muy dignamente mientras dejaba a los dos hombres literalmente con la boca abierta. Viéndose el uno al otro y luego a ella como si de un juego de ping-pong se tratara. Hasta que ambos soltaron lo que tenían entre manos y se dirigieron a las escaleras lo más rápido que pudieron gritando a la vez:
—¡Cariño!
—¡Julie!
