Adaptación. La historia y los personajes de OUAT no me pertenecen
Capítulo II
El resto de la semana, la profesora Swan estuvo tan concentrada en su trabajo que apenas tuvo tiempo para pensar en nada que no fuera el tema de su seminario: «Las provincias occidentales del Imperio. El caso de Hispania». Una noche, tras terminar de cenar en la cocina con un libro frente a ella, el sonido estridente del teléfono interrumpió de golpe el ambiente de recogimiento que solía reinar en su hogar.
—¿Dígame?
—Hola, Emma, ¿qué tal va todo por ahí?
La profesora disimuló un suspiro. Cada vez que la llamaba su hermana, ya podía hacerse a la idea de olvidarse de su trabajo durante al menos media hora.
—Como siempre, Mary. ¿Qué tal está David? ¿Y los niños?
Su hermana no había tenido hijos de su primer matrimonio; en cambio, cuando se casó con su actual esposo, a pesar de no ser ya una jovencita, había tenido dos seguidos. Dos chicos revoltosos que, de vez en cuando, caían sobre la tranquila existencia de Emma como una plaga de langostas.
—Estamos todos bien gracias a Dios. Los niños no paran de preguntarme por su querida tía
Emma, están deseando ir a tu casa a pasar unos días.
Emma reprimió un estremecimiento mientras recordaba lo que había sido la última visita.
—Sí, bueno... ahora es imposible, ya lo sabes.
—Sí, lo sé, estuve hablando con la detective Mills. Es una chica encantadora.
Emma se alegró de que Mary no pudiera ver la mueca que se dibujó en sus labios al escuchar sus palabras
—Le he dicho que la acompañaré cuando vaya a Oxford; quedará todo mucho más natural si estoy yo allí para hacer las presentaciones. ¿Se lo has dicho a alguien ya?
—Solo a Tom.
—Más que suficiente, querida, puedes contar con ese viejo cotilla para que la noticia llegue hasta el último rincón del college.
—No me gusta que hables así de Tom, ya lo sabes —gruñó, irritada.
—Sí, sí ya sé que es tu amigo. Por cierto, Emma
Añadió, con uno de aquellos súbitos cambios de tema que abundaban en su conversación y que hacían que a su hermana le costara trabajo seguirla
— ¿Qué opinas tú de Regina?
— ¿Regina...?
Preguntó, perpleja
—. Ah, te refieres a la detective Mills.
—No hace falta que seamos tan formales, Regina es una chica muy simpática. Creo que un poco de compañía femenina no te vendrá nada mal, la verdad.
A Emma le parecía estar viendo a su hermana mayor asentir mientras su corta melena, oscura y lisa, acompañaba el movimiento de su cabeza.
La conocía demasiado bien.
— ¡Por Dios, Mary, ¿no estarás tratando de buscarme novia otra vez?! Creía que ya habíamos terminado con eso hace tiempo. Además, el otro día conocí a la señorita Regina Mills y, créeme, es la última mujer hacia la que me sentiría atraída.
—Me extraña que digas eso, a mí me pareció una chica muy guapa.
A Emma le vino a la cabeza el rostro cerúleo y los labios negros de la joven, así como sus fríos ojos negros y pensó que su hermana debía estar desesperada.
—No quiero seguir hablando de este tema, Mary
Replicó con firmeza
—. Bastante molesto va a ser tener que aguantarla en esta casa, que no es ni mucho menos una mansión, durante Dios sabe cuánto tiempo, para que, encima, mi hermana empiece a actuar de celestina.
—Pero, Emma, es que llevas una vida tan triste...
—A mí me gusta la vida que llevo. Además, para tu información, te diré que desde hace algunos meses salgo con una persona.
En cuanto aquellas palabras salieron de sus labios se arrepintió; ahora no habría forma de librarse de la curiosidad fraterna y, encima, había exagerado un poco.
Bueno, en parte era verdad; había acudido en un par de ocasiones con Sarah Fisher, una profesora de latín del Magdalen, a escuchar al famoso coro del New College.
— ¡Nooooo, cuenta, cuenta...! ¿Es guapa? ¿Simpática? ¿La has besado ya?
Preguntó llena de excitación.
— ¡Mary, eso no es de tu incumbencia!
La cortó, enojada.
—Tienes razón, Emma, perdona
Se disculpó, aunque su hermana sabía bien que no estaba en absoluto arrepentida
— Pero es que tengo tantas ganas de que dejes de ser una solterona aburrida...
— ¡Muchas gracias por tu preocupación, Mary!
El tono que empleó rezumaba sarcasmo
— Mira, la verdad es que tengo mucho trabajo. Tengo que preparar el seminario de noviembre y encima con el otro asunto...
—Está bien, está bien
La interrumpió ella
— Sé captar una indirecta cuando la oigo. Espero que me presentes a tu novia cuando vaya con Regina. Adiós, Emma, cuídate y procura comprarte algo de ropa. Seguro que todavía usas ese viejo jersey de lana gris para estar en casa y que aún conservas la costrosa chaqueta roja que compraste hace años. Serías una mujer muy atractiva si te arreglaras un poco, hermanita...
Con esa última palabra, Mary cortó la comunicación.
Aliviada, Emma colocó el teléfono en su lugar y se quedó mirando la manga de su jersey gris, que lucía varios enganchones.
Luego dirigió la vista hacia el perchero de madera del minúsculo vestíbulo y contempló durante un segundo la vieja chaqueta que colgaba de él.
Después, se encogió de hombros y, dirigiéndose hacia el escritorio situado en un rincón del salón, se sentó en la incómoda silla que tenía delante y siguió trabajando hasta la hora de acostarse.
El sábado siguiente llamaron a la puerta y, a regañadientes, Emma dejó lo que estaba haciendo y acudió a abrir.
Al otro lado del umbral aguardaba una mujer no muy alta, con una ondulada melena castaño oscuro que brillaba bajo el sol.
—No deseo comprar nada
Advirtió la profesora, procurando que su tono no traicionara lo molesta que se sentía por la interrupción.
—Emma, querida, ¿no te acuerdas de Regina?
Su hermana Mary, que hasta ese momento había permanecido al fondo del pequeño jardín tratando de sujetar la rama de un rosal a la celosía de madera, se acercó a la puerta.
Incrédula, Emma permaneció muy quieta contemplando a la diminuta joven de esbeltas caderas que permanecía en silencio frente a ella. Vestía un pantalón vaquero y una camisa de color coral que resaltaba su cálida piel y el tono de su cabello, no tan oscuro como la última vez que la vio, al igual que su piel, que ahora se mostraba de un color canelo a diferencia de la vez anterior.
Ningún arete desfiguraba hoy su nariz, cuyo puente era, recto y corto. Lo único que seguía siendo como Emma recordaba eran esos inquietantes ojos negros, aunque ahora no parecían tan fríos.
—Parece que no.
Al sentir aquella mirada socarrona deslizarse sobre ella, la profesora notó que se sonrojaba como una damisela, lo que no contribuyó a mejorar su humor.
— ¡Vamos Emma, no te quedes ahí como un pasmarote y déjanos entrar!
La voz impaciente de su hermana la hizo reaccionar y se hizo a un lado para que ambas pasaran.
A la detective Mills, la pequeña casita de piedra dentro del recinto del college le pareció muy acogedora algo que, tras conocer la profesora Swan en persona, no había imaginado. Sus sospechas se vieron confirmadas cuando escuchó a Mary decirle a su hermana:
—Parece mentira, Emma, lo único que tenías que hacer era llevar esta banqueta al tapicero; incluso te había pegado el paquete con la tela encima y ya ves, vuelvo dos meses más tarde y me encuentro que todo sigue como lo dejé.
—Lo siento, Mary, se me olvidó por completo.
A la detective le divirtió la expresión contrariada de Emma.
— ¡Eres un auténtico desastre!
Afirmó su hermana, exasperada
— Ven, Regina, te lo mostraré todo. La casa es pequeña. Dos dormitorios, un baño, una sala de estar y una diminuta cocina.
Mary decidió ejercer de anfitriona, así que empezaron el recorrido por la planta baja. A Regina le gustó lo que vio.
En el salón, delante de una de las dos ventanas de guillotina que daban al minúsculo pero coqueto jardín, habían colocado un gran escritorio antiguo y una silla del mismo periodo con pinta de incómoda.
Un par de sofás de dos plazas, tapizados en tonos neutros y situados frente a la chimenea de piedra, invitaban a sentarse.
En el suelo, mullidas alfombras cubrían buena parte de los desgastados tablones de madera y le daban al conjunto, neutro, una apariencia cálida y acogedora.
La cocina, en efecto, era diminuta, pero estaba equipada con todo lo necesario.
Después subieron por la angosta escalera que conducía a la planta superior. Mary le mostró primero el dormitorio de Emma, en tonos grises, y el cuarto de baño;
—que tendría que compartir con ella— bastante grande y con una amplia y moderna ducha que hizo que la detective suspirara, aliviada.
—Y este será tu cuarto
Anunció por fin
— Aquí es donde me suelo quedar yo cuando vengo de visita. Los niños duermen en uno de los sofás-cama del salón.
—Es encantador
Afirmó Regina con sinceridad.
La habitación era mucho más alegre que la otra. Un papel pintado en tonos verdes y blancos cubría las paredes, y la amplia cama de hierro decapado ocupaba la mayor parte del espacio.
También había un armario antiguo y un pequeño escritorio formado por la propia repisa de la ventana que daba al Garden Quadrangle, alrededor del cual se erguían los magníficos edificios de piedra del siglo XVII y XVIII que servían de vivienda a los miembros del college y a los estudiantes.
Mary la miró sonriente.
—Me alegro de que te guste. Como ya habrás imaginado, tuve que ocuparme yo misma de la decoración. Apartar a Emma de sus libracos para dedicarla a actividades más terrenales resulta misión imposible
Admitió con un suspiro.
Regina sonrió a su vez al escucharla.
—Sí. Confieso que la primera vez que vi a la profesora me pareció como si se hubiera quedado atrapada en otro siglo.
Mary sacudió la cabeza con pesar.
—Lamentablemente, ese es el efecto que Emma produce en todo el mundo, y lo peor es que, si se arreglara un poco, resultaría una mujer muy atractiva.
Mary no vio cómo la detective alzaba las cejas, escéptica
— No sé qué pasó cuando tenía veintitantos; un desengaño amoroso o algo así. Hasta entonces había sido una joven completamente normal, a la que le gustaba una buena juerga y mucho más. El caso es que se refugió en sus estudios y ahora parece haber olvidado que existe un mundo real en el que no habitan los romanos o los griegos, o cualquiera de esos tipos a los que les gustaba pasearse con falditas por ahí.
Regina soltó una carcajada.
Debía reconocer que Mary Margaret Blanchard le caía muy bien. Las dos habían simpatizado desde el principio a pesar de la diferencia de edad y del hecho de que sus vidas transcurrieran por caminos completamente distintos.
Mary estaba dedicada por entero a su marido y a sus hijos a los que era evidente que adoraba; vivía en un inmenso piso en el elegante barrio londinense de Kensigton y Chelsea y tenía a su alcance todo lo que el dinero pudiera comprar.
Regina Mills, en cambio, llevaba trabajando desde que a los dieciséis años se marchó de su casa.
A pesar de lo joven que era entonces, sabía muy bien que, si quería salir de las sórdidas calles en las que había crecido, tendría que seguir estudiando al mismo tiempo. No había sido fácil, pero su ambición y su tenacidad la impulsaron a alcanzar sus metas y, pocos años más tarde, se convertía en una de las detectives más jóvenes y brillantes de Scotland Yard.
Ahora era una mujer independiente y solitaria, consciente de que nadie regalaba nada y de que solo su propio esfuerzo la llevaría a donde quisiera llegar.
Sin embargo, allí estaban las dos, riendo como si fueran amigas de toda la vida. Aquellas risas atrajeron la atención de Emma que había subido a su cuarto a tomar uno de sus cuadernos.
—Bueno, Regina, dime la verdad: ¿qué te parece Emma?
Sin pensar, la profesora se detuvo en el descansillo de la escalera y permaneció escuchando.
—Querida Mary, no se habrá pasado por tu mente soñadora emparejarnos, ¿verdad?
Regina levantó una ceja, maliciosa.
Su interlocutora suspiró una vez más.
—Confieso que algo de eso se me había ocurrido. Verás, con la vida que lleva Emma es muy difícil, por no decir imposible, que pueda llegar a conocer a una chica atractiva como tú.
La explosiva carcajada que soltó la detective hizo que Emma, de pie al otro lado de la pared, rechinara los dientes.
—Mira, Mary, voy a ser completamente sincera contigo
Afirmó Regina en cuanto se calmó un poco
— Si tu hermana no me pareciera la mujer más anticuada y con el peor corte de pelo que he visto en mi vida; si no pensara que la ropa deforme que lleva parece salida de un museo; si a pesar de todo eso me hubiera enamorado con locura de ella, aun así, sé que no tendría la menor posibilidad...
¡Cada vez que me mira parece que estuviera chupando un limón!
Ante semejante comparación, Mary no pudo contenerse y las dos rieron hasta que se les saltaron las lágrimas.
Al otro lado de la puerta, los dedos de Emma se cerraron con fuerza sobre el cuaderno que sujetaba y sus nudillos se volvieron de color blanco.
Así que esa era la opinión que esa detective Mills, impertinente y sabelotodo, tenía sobre ella, ¿no? Pues bien, no le importaba lo más mínimo.
¿Y podía saberse qué tenía de malo su cabello? Llevaba casi veinte años acudiendo al mismo sitio cuando consideraba que le faltaba una manita de gato. ¡Bah! Sacudió la cabeza, decidida.
No perdería ni un segundo más de su valioso tiempo pensando en las absurdas palabras de esa joven descarada, se dijo.
Muy satisfecha de haber tomado aquella firme resolución, bajó la escalera y se puso a trabajar en su seminario.
Mary se sentó en la cama mientras la detective vaciaba su maleta y colocaba la ropa en el armario.
—Esta tarde se jubila un viejo catedrático y hay una copa de despedida. Lo mejor será ir y presentarte a todo el mundo. No quiero que te tomen por una aventura de la pobre Emma.
—Dudo de que quien la conozca mínimamente pueda llegar a pensarlo
Comentó Regina, al tiempo que colocaba su portátil sobre el escritorio
— Esta es una comunidad muy extraña, ¿no?
Mary puso los ojos en blanco.
— ¡No te puedes imaginar hasta qué punto! Gracias a Dios que conocí enseguida a David, mi segundo marido. Después de mi divorcio, me refugié unos meses en casa de Emma y estuve a punto de casarme con uno de los profesores.
Encogió los hombros como si reprimiera un escalofrío.
Regina le dirigió una mirada maliciosa y replicó:
— ¿Y no te planteaste en ningún momento seguir soltera?
—Ni por un segundo
Confesó la chica de cabello corto con una franqueza aplastante
— Verás, me encantan los hombres y me gusta tener uno a mi lado, solo para mí. Este lugar es tan tranquilo, tan bucólico... No sé, te da una sensación de falsa seguridad que estuvo a punto de engañarme. Menos mal que en uno de mis viajes a Londres para renovar mi vestuario conocí a David. ¡Imagínate lo que hubiera sido mi vida aquí!
Al ver su expresión de espanto, la detective soltó una carcajada y preguntó:
— ¿Cuándo vuelves a Londres?
—Regreso mañana, no me gusta dejar solos a mis chicos durante mucho tiempo. Si no, cuando llego a casa, no sé lo que me voy a encontrar.
— ¿Vas a dormir aquí conmigo? —Señaló la cama.
— ¡Ni hablar!
Mary sacudió la cabeza con firmeza
— Dormiré en el cuarto de Emma. Ella puede hacerlo en el sofá-cama del salón.
Una vez más, Regina soltó una carcajada.
—Me da pena tu pobre hermana. No solo invadimos su casa, sino que, además, la echamos de su propia habitación. No me extraña que no haya dejado de fruncir el ceño desde que llegamos.
Mary se rio con ella.
— ¡Pobrecilla, no asusta ni a un niño de pecho! Mi hermana es como uno de esos enormes osos de peluche que venden en Hamleys; de aspecto fiero, pero confortable. Por cierto, ¿qué tipo de ropa has traído?
Preguntó, curiosa.
—Lo que me dijiste: cosas sencillas, en colores no muy estridentes. Salvo…
Confesó Regina, al tiempo que le guiñaba un ojo, traviesa.
— algún as en la manga que guardo para una ocasión especial.
La morena sacudió su corta melena con su gesto habitual.
—Definitivamente, esta noche no será una de esas ocasiones. Visualiza un grupo de profesores más bien mayorcitos que solo saben hablar de cosas que sucedieron hace varios siglos. No se te ocurra hablar de temas de actualidad a no ser que sea de política; te mirarían así:
Bizqueó y sacó la lengua en una mueca cómica que les provocó otro ataque de risa. Un poco más calmada, Mary echó una ojeada a su reloj de pulsera y exclamó:
— ¡Venga, date prisa! Aprovecharé para enseñarte un poco todo esto.
—Me alegro de haberte conocido, Mary, no recuerdo haber conocido nunca a otra mujer con la que conectara tan bien
Reconoció Regina al salir del cuarto.
Mary le devolvió la sonrisa.
—A mí me ocurre lo mismo.
Bajó mucho el tono y añadió:
— ¿De verdad no te gustaría convertirte en mi hermana? ¡Espera!
Alzó una mano, imperativa
— No hace falta que contestes ahora; piénsatelo bien, es importante.
De nuevo, sus risas resonaron en la pequeña casita de piedra y la profesora, sentada muy rígida frente a su escritorio, fingió no oírlas.
No sabía a qué venía tanta hilaridad, se dijo, parecían dos adolescentes bobas hablando de sus ídolos musicales.
— ¡Hasta luego, Emma, me voy con Regina a dar una vuelta por el college!
Su hermana se limitó a lanzar un gruñido, sin molestarse siquiera en volver la cabeza.
El New College, a pesar de su nombre, era uno de los colleges más antiguos de Oxford.
La majestuosidad de sus espectaculares edificios de piedra, construidos alrededor de lo que en arquitectura se llama un cuadrángulo —un espacio o patio generalmente rectangular—, resaltaba aún más contra los macizos de plantas herbáceas y las interminables praderas de césped.
A Regina, más acostumbrada al gris del asfalto de las calles de Londres, la belleza de aquel lugar le cortó el aliento.
— ¡Es sensacional!
—Lo es
Asintió Mary satisfecha por su entusiasmo
— Pero espera a ver la capilla y el claustro. New College es famoso por su coro de niños, así que no pierdas la oportunidad de ir a alguno de los conciertos que tienen lugar en la capilla.
Exploraron con entusiasmo hasta que se cansaron y decidieron regresar a la casa.
La profesora seguía exactamente en el mismo sitio en el que la habían dejado.
—Emma, vamos a descansar un poco antes de la copa de esta noche
Anunció Mary nada más entrar.
Y, de nuevo, un gruñido fue toda la respuesta que obtuvo.
—Tu hermana es una auténtica Demóstenes
Susurró Regina al oído de la morena que en el acto arrugó la nariz, perpleja.
— ¿Y ese quién es?
La detective se encogió de hombros.
—Lo leí en uno de los libros que me recomendó tu hermana. Por lo visto, fue uno de los oradores más importantes de la Grecia clásica.
Las carcajadas de ambas retumbaron en la escalera y Emma dio un brinco sobre su asiento.
Desesperada, hundió la cabeza entre sus manos y rogó por que llegara pronto el día en que se viera libre de la presencia de esas dos ruidosas mujeres y pudiera recuperar, al fin, la tranquilidad casi monacal de su hogar.
Glosario:
Cerúleo: Color azul cielo.
Celestina: Mujer que procura, encubre o facilita una relación amorosa o sexual entre dos personas (alcahueta).
Pasmarote: Persona pasmada o embobada.
Bucólico: Que trata asuntos relacionados con la vida campestre (pastoral).
Monacal: Del monje o relacionado con este tipo de vida religiosa y/o sus reglas.
Gracias a las que siguen la historias, a las que dejan sus RW, sus hermosos saluditos y por qué no también a esas lectoras silenciosas que andan por aquí (espero pronto mirarlas en los RW, por qué no, saber quiénes son o como miran que pinta la historia), repórtense pequeñas.
harpohe1989, 15marday, Mills1. Que me han dejado sus saludos. Gracias a estas chicas especiales, espero no me abandonen, que esto se va a poner de maravilla.
Bueno estamos empezando no se alarmen aún, que falta introducir mas personajes e ir mejorando la trama.
Sigan aquí y no olviden sus lindos RW, espero ver más que la vez anterior, y sobre todo nombrecitos conocidos.
Las quiero mis niñas
¡Cualquier cosa RW, Saludos!
Pdta. ¡Actualización basada en RW, besos!
