Capítulo III
Cuando Mary descendió las empinadas escaleras de madera envuelta en una nube de exquisito perfume, se encontró a su hermana inclinada sobres sus papeles, en la misma postura en que la había dejado dos horas antes.
—¡No me lo puedo creer! ¡Emma, la copa de despedida de Williams empieza en quince minutos!
Su hermana dio un respingo y pareció regresar de algún lugar lejano.
—¿Qué copa? —La miró, confusa.
Mary puso los ojos en blanco.
—Williams. Jubilación. Ahora. Cámbiate. Ya.
La profesora se quitó las gafas y se masajeó el puente de la nariz entre el índice y el pulgar mientras cerraba los ojos.
—¿De verdad tengo que ir?
Preguntó como una niña pequeña
—. Estoy cansada.
—¡Vamos, Emma, no puedes fallarme, mueve el culo!
Gritó su hermana, exasperada.
—Está bien, está bien, no hace falta que te pongas así...
Subió tan rápido que en el descansillo estuvo a punto de chocar con Regina que justo en ese momento salía de su habitación.
—Perdón.
Agarró su brazo desnudo para evitar que se cayera mientras recorría con la mirada la atractiva figura femenina enfundada en un vestido discreto que realzaba su bonito cuerpo.
Observó que el pelo de la detective, recogido en un moño bajo, dejaba escapar algunas guedejas que brillaban como la madera de wengué recién pulida y, de pronto, el ligero perfume que la rodeaba, fresco y sugerente, se coló por sus fosas nasales y penetró hasta su cerebro, produciéndole un ligero mareo.
Ella le dirigió una amable sonrisa.
—No se preocupe, profesora. Imagino que resulta difícil acostumbrarse a no tener la casa para usted sola.
Sin contestar, Emma la soltó y se metió en su cuarto. Con un movimiento compulsivo abrió y cerró varias veces la mano; las yemas de los dedos todavía le cosquilleaban después de haber tocado aquella suave piel.
Un cuarto de hora después, tras darse una ducha y ponerse uno de los pocos vestidos que colgaban en su armario, unos zapatos a juego y los primeros accesorios que encontró en un cajón, Emma se reunió abajo con las mujeres que la esperaban impacientes.
—¿De dónde ha salido ese atuendo? ¿Lo has comprado en una tienda de segunda mano?
La profesora miró a su hermana, perpleja.
—¿Qué le pasa a mi vestido? Lo tengo desde hace años.
—No hace falta que lo jures
Contestó su hermana, sardónica
—. Llevas un vestido desagradable sin mencionar esos zapatos y podías haberte tomado la molestia de arreglarte un poco más.
—¡Pero si me he peinado y maquillado...!
Protestó confusa Emma.
—Ya no tienes remedio
Suspiró, resignada
—Debemos irnos si no queremos llegar tarde.
Aliviada al no ser ya el centro de atención, Emma abrió la puerta para que pasaran y no se le escapó la mirada divertida que le lanzó la pequeña detective. Molesta, frunció el ceño y salió detrás de ellas.
—Aquí está todo bastante cerca
Explicó Mary
— La gente suele ir a todas partes andando o en bicicleta. Mi hermana, por ejemplo, hace años que no conduce. Por cierto, querida, ¿estará en la fiesta esa noviecita tuya de la que me hablaste? Estoy deseando conocerla.
—No hace falta que todo el mundo conozca mis intimidades
Contestó la profesora, muy irritada.
—¡Tonterías!
Su hermana sacudió la melena con decisión
— Regina es ya como una hija para mí. Imagínate que es en verdad tu sobrina.
—Nada me gustaría más que tener por tía una catedrática tan brillante...
El tono burlón de la detective no le pasó desapercibido y Emma sintió que su indignación crecía por momentos.
—La señorita Regina Mills
Declaró la profesora, enfatizando la palabra
— no es nada mío, Mary. Así que te agradecería que no hablaras de mis asuntos personales delante de ella.
—Lástima. Me hacía tanta ilusión llamarla tía Emma...
Replicó la aludida haciendo un puchero.
Mary soltó una carcajada.
—Ya hemos llegado, será mejor que ustedes dos dejen de pelearse.
La profesora se limitó a apretar los dientes y presionó un par de veces el timbre con furia.
La casita del profesor Williams se encontraba llena de miembros del college —la mayoría del sexo masculino— y sus esposas, y Mary aprovechó para presentarle a la detective a un montón de gente.
En cuanto vio quién acababa de entrar por la puerta, Dan Baker, el amigo de Emma, se acercó hacia ellos con su caminar tranquilo.
—Hola, Emma. Hola, Mary, dichosos los ojos.
El orondo Daniel, depositó un beso en la maquillada mejilla de la morena. Luego se volvió hacia Regina, lleno de curiosidad, y comentó:
— Así que esta es la misteriosa sobrina...
—De misteriosa tiene poco.
Mary entró al quite con rapidez
— Esta es Regina Mills. Es la hija de mi primer marido. Ha estado durante los últimos diez años estudiando en el extranjero y ahora quiere hacer unas prácticas con Emma para conseguir trabajo en un colegio italiano.
—Creía que tu ex se apellidaba Johnson.
Daniel la miró con los ojos entornados, pero, sin mover ni una pestaña, Mary respondió con total naturalidad.
—Querido Dan, como siempre tan bien informado. En efecto, su apellido es Johnson, pero Regina decidió cambiarlo por el de su madre. Una especie de homenaje póstumo, ¿no es cierto, querida?
—Así es, Mary.
—¿Y cuál es su especialidad, Regina?
Preguntó Daniel, recorriendo el esbelto cuerpo femenino con abierto interés.
A Emma no se le escapó su mirada de admiración y, una vez más, frunció el ceño.
—Tutéame, por favor. No puedo decir que sea especialista en nada en concreto, Daniel, pero me encanta el periodo clásico y el puesto que me han ofrecido en el colegio italiano es de profesora de Historia.
—Desde luego has venido al lugar adecuado, Regina. Emma es una eminencia en la materia. Yo, en cambio, solo soy un humilde profesor de Literatura Inglesa
Declaró Dan lleno de falsa modestia, al tiempo que le lanzaba lo que él consideraba una de sus sonrisas más seductoras.
—Buenas noches, Swan, Baker.
Un hombre de mediana estatura muy bien vestido, con el pelo rubio peinado hacia atrás y unos atractivos ojos azules, se acercó a ellos y se quedó mirando a Regina con curiosidad.
Enarcó una de sus cejas con ironía y preguntó:
—¿No vas a presentarnos?
Los dos amigos cruzaron la mirada, incómodos, y por fin Emma tomó la palabra.
—Regina, te presento a Robin Ward-Hood, también es profesor en el departamento de Historia Antigua. Robin, Regina Mills, mi sobrina.
El profesor Hood le dirigió una sonrisa llena de calculado encanto.
—Incluso podría decirse que a veces somos rivales, ¿no es cierto, querida Emma?
La aludida se encogió de hombros. Al lado del apuesto recién llegado, La profesora Swan parecía aún más desaliñada que de costumbre.
—Pues si se trata de una competencia
Intercaló Daniel, con evidente mala idea
— Yo sé quién va perdiendo. ¿Sabías, Regina, que tu tía ha ascendido varios puestos en el departamento tras el trabajo de campo que realizó el trimestre pasado en un yacimiento arqueológico en España? De hecho, va a recibir un premio en los próximos días y van a publicar un artículo sobre sus teorías en una de las revistas de la universidad.
—No, no lo sabía.
Regina negó con la cabeza, al tiempo que le dirigía a Emma una deslumbrante sonrisa que le hizo parpadear varias veces
— Tía Emma es muy modesta y no le gusta hablar de sus éxitos.
—Baker siempre disfruta manteniéndonos al día sobre las últimas novedades
Comentó Robin Ward-Hood, dirigiéndole una fría sonrisa que no rozó sus ojos
— Pero quizá deberías ocuparte más de tus propias competencias. He oído que Parker, el nuevo profesor de Literatura Inglesa, está haciendo méritos para pasarte por encima. Los de mantenimiento tan solo tendrían que cambiar la B por una P en la puerta de tu despacho.
Tras lanzar ese pequeño dardo, Robin Ward-Hood se volvió de nuevo hacia Regina.
—Ha sido un placer conocerla, señorita Mills. Espero que nos veamos a menudo.
—Me encantaría, pero llámame Regina, por favor.
La detective lo miró con coquetería por debajo de sus largas pestañas, y a Emma le dieron ganas de sacudirla como a un olivo.
—Perfecto, Regina.
El hombre la acarició con los ojos antes de darse media vuelta para ir a reunirse con un grupo de personas que charlaba unos metros más allá.
Durante el resto de la velada, el patético espectáculo de los sesudos miembros del college, incluidos los casados, revoloteando igual que polillas deslumbradas alrededor de Regina y Mary, hizo que a Emma se le revolviera el estómago.
—Es mona tu sobrina
Comentó Sarah con su voz fría y contenida. Desde que había llegado, permanecía al lado de la profesora dando pequeños sorbos a su copa de vino blanco.
—No entiendo mucho de lo que tú llamas belleza femenina
Respondió ella con visible desinterés.
A ella pareció alegrarle su seca respuesta.
—A pesar de su papel de madrastra, tu hermana y ella parecen llevarse muy bien; da la impresión de que les interesan las mismas cosas siempre que estas, claro está, no rocen aguas excesivamente profundas...
Emma se revolvió, incómoda, ante la velada crítica a su hermana, pero prefirió dejarlo pasar, así que cambió de tema al instante y, durante el resto de la velada, se limitaron a charlar de asuntos académicos.
En un momento dado, Mary agarró a Regina del brazo y la arrastró hasta un rincón para hablar con ella.
—¿Has averiguado algo?
Preguntó en voz baja.
—Solo que los hombres son iguales en todas partes
Respondió la detective en el mismo tono.
—¿Pues qué esperabas?
Mary se encogió de hombros
— Aquí son incluso peores porque cualquier novedad es como un acontecimiento planetario. Te he visto hablar mucho rato con Robin Ward-Hood y no te culpo. Es la única persona atractiva de la reunión.
Su interlocutora alzó una ceja y preguntó con ironía:
—Con excepción de tu hermana, La mujer más guapa de la reunión, ¿no?
—Por supuesto
Asintió, convencida
— Si eres capaz de atravesar esa capa superficial de... llamémoslo sencillez, algún día te darás cuenta de que Emma le da cien vueltas al relamido de Robin.
—No me la vendas, Mary, no pretendo comprarme a ninguno de los dos. Además, parece que tu hermana tiene otros intereses
Respondió la detective, al tiempo que le lanzaba una mirada cargada de significado.
Mary dirigió la vista en dirección al lugar donde su hermana hablaba con una mujer muy alta y delgada, de pelo rubio ceniza y ojos azules, que tendría aproximadamente su misma edad.
—¿Qué opinas?
Regina la examinó con disimulo durante unos instantes y, al fin, emitió su veredicto:
—Fría y calculadora como una máquina tragaperras.
—Yo he pensado lo mismo. Es la última mujer que me gusta para Emma. Una compañera así solo haría que se volviera aún más ermitaña y excéntrica de lo que ya es. Tenemos que hacer algo.
¡Ayúdame, Regina, no puedes fallarme!
La detective observó el rostro angustiado de su nueva amiga y sus ojos negros brillaron, llenos de diversión.
—Mary, te recuerdo que he venido aquí a trabajar, no puedo hacer de niñera de tu hermana.
—No te pido que te enamores de ella ni nada por el estilo
Contemporizó la morena
— Solo que, con disimulo, le hagas ver que esa arpía no le conviene. Sé que eres el tipo de mujer a la que nada se le pone por delante, y yo no voy a estar aquí para proteger a mi pobre hermanita. ¿Puedo contar contigo?
Enfrentada a aquellas pupilas suplicantes, Regina no pudo evitar ablandarse.
—Está bien, haré lo que esté en mis manos. ¡Pero no te prometo nada!
—¡Sabía que podía contar contigo!
Muy satisfecha, Mary le apretó el brazo, agradecida.
Antes de la medianoche empezaron las despedidas y, poco a poco, todo el mundo se fue marchando a sus respectivas casas.
A pesar de que sabía que le iba tocar dormir en el incómodo sofá-cama del salón, Emma se alegró de que la velada acabara por fin; los eventos sociales le daban cien patadas.
Cuando la profesora y su hermana bajaron a desayunar al día siguiente se encontraron a Regina de pie junto a la nevera, bebiendo a morro de una botella de plástico llena de un líquido verde brillante.
Emma, enfundada en un informal batín corte inglés, recorrió con los ojos ocultos tras los cristales de sus gafas la esbelta silueta con detenimiento. La detective llevaba puestos unos pantalones cortos de algodón y una camiseta gris empapada en sudor, y su pelo estaba recogido en una cola de caballo de la que escapaban algunos mechones húmedos.
Todo en ella indicaba una energía y una vitalidad poderosas, y el estómago de la profesora se retorció de una forma extraña. Mary la examinó con ojos soñolientos.
—Caramba, Regina, no puedo creer que hayas madrugado para correr. Está claro…
Prosiguió mirándola con una cierta envidia
— que si tienes ese tipazo es por algo.
—Hacer ejercicio temprano me despeja la mente
Contestó con una amplia sonrisa
—. ¿Quieren que less prepare alguna cosa? No soy muy buena en la cocina, pero me atrevo con unas tostadas.
—No, gracias, no hace falta
Contestó la profesora, con sequedad y empezó a sacar cosas de la nevera.
—Pues yo te lo agradecería, Regina, todavía estoy muerta de sueño.
—¡Marchando café, tostadas y un zumo!
Exclamó la joven y se puso manos a la obra a su vez.
Como la cocina no era muy grande, los cuerpos de ambas se rozaban a menudo mientras cada una se ocupaba de preparar lo suyo.
—Perdona.
Sin levantar la cabeza de lo que estaba haciendo en ese momento, Regina se excusó una vez más en un tono indiferente la tercera vez que su cuerpo sudoroso chocó contra ella y Emma se vio obligado a respirar hondo un par de veces antes de proseguir con su tarea.
Cuando por fin estuvo todo listo, las tres se sentaron alrededor de la pequeña mesa de la cocina.
Mary y Regina no pararon de charlar; sin embargo, la profesora se limitaba a gruñir cada vez que su hermana trataba de introducirla en la conversación.
Al tercer intento, Mary sacudió su corta melena, exasperada.
—La verdad, Regina, es que me da pena que te quedes a solas con mi hermana. Con estas parrafadas tan interesantes con las que nos deleita, te vas a aburrir como una ostra.
—No te preocupes por mí, Mary, yo también tengo mucha vida interior.
Emma levantó la vista de su plato y fijó sus pupilas en ella con el ceño fruncido.
—¿Se burla de mí?
—¿Yooo?
Regina abrió los ojos como platos, con fingida inocencia.
—Pues claro que se burla de ti, querida. ¿Quién no lo haría?
Intervino su hermana sin morderse la lengua.
Furiosa, la profesora golpeó la mesa con las palmas de las manos y se levantó arrastrando la silla.
—¡Me voy a vestir!
Las dos mujeres permanecieron un rato en silencio, escuchando los fuertes pasos furiosos rumbo a la escalera.
—Así, desde luego, no conseguirás que se enamore de ti
Afirmó Mary, muy tranquila, mientras estudiaba sus uñas con atención.
Regina chasqueó los dedos y exclamó:
—¡Vaya por Dios!
Como de costumbre, les entró la risa.
Cuando terminó de recoger sus cosas y Emma ayudado a cargarlas en el coche, Mary se volvió hacia Regina y la abrazó con fuerza.
—Adiós, querida, prometo que pronto te haré otra visita. Espero que tengas suerte con tu investigación. Te llamaré por teléfono de vez en cuando. Y ya sabes... acuérdate de lo que me has prometido.
Le guiñó un ojo, cómplice.
—Lo recordaré, no te preocupes. Adiós, Mary.
La profesora las miraba intrigada, pero antes de que pudiera preguntar nada, su hermana se volvió hacia ella, la abrazó con fuerza y la besó en la mejilla.
—Cuídate, hermanita.
—Tú también. Da recuerdos a David y a los niños.
Al fin se agotaron las despedidas, Mary se subió al coche y, poco después, el pequeño deportivo desaparecía en una de las curvas de la calle.
Emma y la detective permanecieron de pie en la acera, mientras contemplaban cómo se alejaba el vehículo y, en cuanto se perdió de vista, regresaron a la casa sumidas en un silencio un tanto incómodo.
Nada más entrar, Regina se volvió hacia ella.
—Profesora Swan, quizá sea un buen momento para llegar a algunos acuerdos y hacer que la convivencia entre nosotras resulte lo más agradable posible.
—Tengo que...
—Serán tan solo unos minutos
La interrumpió con firmeza, al tiempo que señalaba uno de los sillones del salón para que tomara asiento.
Irritada consigo misma por mostrarse tan obediente ante las órdenes de aquella tirana, Emma se sentó y ella lo hizo a su lado.
—Usted no tiene por qué cargar con los gastos que ocasione mi estancia aquí. Así que, si le parece bien, haré mi propia compra y ocuparé una pequeña parte de la nevera para poner mis cosas.
Al oírla, la profesora frunció el ceño, irritada.
—Usted es una invitada en mi casa...
Empezó, seca.
—No, no lo soy.
Sin hacer caso de su interrupción, Emma siguió hablando:
—La señora Brown viene todos los días a limpiar un poco y deja preparado algo de comer; espero que no le importe compartir lo que sea. Ella también se encarga de la compra. Si por algún motivo usted deseara comer otra cosa, puede indicárselo, pero no permitiré que pague nada, ¿entendido?
A Regina le sorprendió el tono firme y seguro de la profesora. A pesar de esa pinta que tenía de sabia distraída, era evidente que estaba acostumbrada a que los demás la obedecieran. Sería mejor que se diera cuenta cuanto antes de que ella solo recibía órdenes de su jefe, se dijo, y, eso, solo a veces.
—No estoy de acuerdo, profesora Swan
Replicó con calma, sin apartar los ojos Negros de los gruesos cristales de sus gafas
—. Mi presencia aquí le ha venido impuesta. Estoy acostumbrada a hacerme yo misma las cosas y, por supuesto, mis gastos corren de mi cuenta.
—Señorita Mills, ¿conoce usted el significado de la palabra «hospitalidad»? Le recuerdo que está usted en mi casa y eso sería un insulto para mí.
La detective adivinó por su tono que realmente la había ofendido y sopesó el asunto, preguntándose si, tal vez, no sería más inteligente no hacer de ese tema un punto más de fricción. Aquella profesora tan peculiar era una mujer de conceptos anticuados que creía a pies juntillas que las cosas debían hacerse de cierta manera. Tampoco era una cuestión que tuviera excesiva importancia, así que decidió ceder sin armar más jaleo.
—Está bien
Aceptó muy seria.
—Perfecto.
Por primera vez, la profesora le dirigió una amplia sonrisa que mostró sus dientes, blancos y parejos, mientras en sus mejillas se formaban unos pliegues muy atractivos y Regina se vio obligada a reconocer que aquella mujer tenía una de las sonrisas más seductoras que había visto jamás. Lástima que no sonriera más a menudo, pensó.
—Creo que será mejor que deje de llamarme señorita Mills. Si en verdad fuese una especie de sobrina suya, resultaría de lo más extraño. Además, debe tutearme. Yo la llamaré profesora en presencia de sus alumnos, como muestra de respeto, pero, si no le importa, el resto del tiempo la tutearé
Declaró sin apartar la mirada de los desordenados mechones de pelo Rubio que se arremolinaban sobre la frente de la profesora, y tuvo que reprimir el impulso, casi irresistible, de alargar la mano y apartarlos a un lado.
—Está bien. Yo te llamaré Regina.
La detective frunció el ceño.
—Prefiero que me llames Jeann, no me gusta mucho mi nombre.
—Te llamaré Regina
Insistió la profesora como una niña testaruda
— No me gustan las mujeres con nombres masculinos.
Ella alzó los ojos al techo, exasperada.
—Eres la mujer más anticuada que conozco.
—Voy a devolverte el cumplido. Nunca había conocido una muchacha tan extraña como tú.
—En realidad, no parece que conozcas a muchas muchachas, extrañas o no, profesora
Replicó, sarcástica.
Emma decidió que sería más prudente cambiar de tema.
—¿Has leído los libros que te recomendé?
—Sí, los he leído.
—Mañana te presentaré en clase como mi ayudante. Quiero que cuando encienda el proyector y te pida que pases a uno u otro documento, sepas de qué estoy hablando. Vamos a hacer una prueba.
La profesora comenzó entonces a disparar una batería de preguntas a las que Regina respondió sin apenas titubeos.
—Impresionante
Afirmó Emma con expresión de admiración
—. ¿Habías estudiado antes Historia Antigua?
—Las cuatro cosas que te enseñan en el colegio
Respondió ella con un encogimiento de hombros
—. No creas que tiene demasiado mérito, tengo una memoria casi fotográfica.
Ella sacudió la cabeza, poco convencida.
—Pero no te limitas a repetir las cosas como un loro. Has sido capaz de establecer relaciones que a algunos de mis alumnos ni siquiera se les habrían pasado por la cabeza.
Regina sonrió y la profesora, al ver como se iluminaban sus ojos negros, cayó en la cuenta, de repente, de lo hermosa que era.
—Es mi trabajo. Consiste básicamente en establecer vínculos entre unos hechos y otros. A veces, alguna de esas relaciones que, en principio, puede parecer descabellada, al final resulta la clave que permite resolver un caso...
Regina titubeó un instante antes de preguntar:
— Profesora, ¿no hay televisión en esta casa?
—¿Televisión?
Por la cara que puso, parecía que era la primera vez que oía esa palabra
—. Nunca he tenido una. No sé, supongo que no me interesa.
—Imagino que tendré que acostumbrarme
Suspiró, resignada.
—¿Quieres una televisión? No te preocupes, te conseguiré una.
—No es necesario, en el fondo me vendrá bien. Así aprovecharé para leer un poquito más y tratar así de ponerme a tu altura
Dijo con una amplia sonrisa.
—¿Seguro?
—Segurísimo, gracias. Ahora puedes volver a tu trabajo, profesora, no te molestaré más.
Glosario:
Guedejas: Cabello suelto, especialmente el que cae sobre los hombros sin recoger ni trenzar.
Wengué: Se denomina a la madera producida por un árbol tropical.
Gracias a las que siguen la historias, a las que dejan sus RW y lectoras silenciosas que andan por aquí.
Saludos a: Julianny, Mills1, Guest. Que me han dejado un hermoso RW. Gracias a estas chicas especiales, espero no me abandonen, que esto se va a poner de maravilla.
¡Cualquier cosa RW, Saludos!
Pdta. ¡Actualización basada en RW, besos!
Nos vemos muy pronto.
