Capítulo V

Entre las dos recogieron la cocina y después se pusieron a trabajar. La profesora en su escritorio, y Regina con su portátil y sus papeles extendidos por todo el sillón. En un momento dado, Emma soltó una maldición mientras miraba disgustada la pantalla de su ordenador.

—¿Qué ocurre?

—¡Maldito invento! Nunca encuentro lo que busco. Tardo menos si voy a la biblioteca que si me quedo aquí mirando como una idiota este cacharro.

Se pasó una de sus blancas manos por su alborotada melena rubia con desesperación.

—A ver, déjame a mí.

La detective se levantó del sofá, se dirigió hacia el escritorio y se inclinó por encima del hombro de la profesora para ver la pantalla. La rubia se quedó muy quieta y trató de no pensar en aquel suave pecho que, de vez en cuando, rozaba su hombro. Sin querer, aspiró el perfume de sus oscuros cabellos y, una vez más, se sintió mareada.

—¿Es esto lo que querías?

Preguntó, servicial, mientras sus dedos volaban por el teclado.

La profesora sentía que le costaba respirar, pero trató de concentrarse de nuevo en su tarea y, cuando vio la página de internet abierta en la pantalla, se quedó pasmada.

—¡Justo lo que buscaba! Como dicen mis alumnos, eres un crack de la informática, Regina.

La detective volvió la cara hacia ella con una deliciosa sonrisa en sus labios sensuales, y su rostro quedó tan cerca del suyo que la graciosa y pequeña cicatriz de su labio parecieron invitarla a posar sus labios sobre ella.

—No es para tanto, pero reconozco que me divierte.

La profesora Swan apenas escuchó lo que decía, concentrada como estaba en refrenar el absurdo impulso que la había asaltado. ¡Por Dios, ¿qué demonios le ocurría?! Esperaba no estar a punto de enfermar; últimamente se sentía un poco extraña.

—Muchas gracias

Consiguió decir, por fin, con una algo voz más ronca de lo habitual.

—De nada

Respondió ella antes de volver a su sitio.

Aliviada, Emma volvió a respirar con normalidad.

—¿Qué tal va tu investigación?

Preguntó algo más tranquila.

—No muy bien, la verdad, estoy tratando de averiguar si se han producido robos parecidos en otros lugares, pero no he encontrado nada. De todas formas, estoy casi convencida de que la respuesta al enigma está dentro del propio college.

Emma la miró con interés.

—Tus pesquisas me recuerdan un poco a mis propias investigaciones históricas.

—Entonces quizá podrías ayudarme.

La profesora se levantó del escritorio y se sentó en el sillón junto a ella.

—Mira.

Regina le mostró una fotografía

— Esta es la pintada que apareció en la mesa de la biblioteca. La policía científica ha analizado una muestra de la pintura y la conclusión es que se trata de una marca fácil de encontrar en cualquier almacén de bricolaje. He estado husmeando un poco por aquí y por allá y he descubierto un bote con esa misma mezcla en un cobertizo del jardín. El cobertizo no está cerrado con llave, así que cualquiera pudo tener acceso a ella.

Emma examinó la foto con detenimiento y dijo al fin:

—Es curioso, los nombres de todos los miembros de la Congregación, seguidos de un desagradable adjetivo calificativo, y una amenaza bastante simple: Lo pagaréis caro. Parece una mala película de mafiosos. Y luego esas letras mayúsculas: ACM et ASCT.

—Por la palabra «et» que aparece en el medio, podría tratarse de una frase en francés. «Et» significa «y», ¿no es cierto?

Aventuró Regina, dudosa.

—O quizá algo más habitual en un lugar como este

Sugirió la profesora

— En latín «et» también es la conjunción «y».

—¡Una frase en latín! Pues claro. ¡Qué tonta!

Exclamó, al tiempo que se golpeaba la frente con una mano

— Gracias profesora, me has sido de gran ayuda.

Emma Swan contempló aquellos iris negros que brillaban de excitación y no pudo contener una sonrisa.

—Me temo que podría ser cualquier frase, ni siquiera es seguro que sea en latín.

—Me da aquí que es así

Respondió ella llevándose el puño al pecho

—. Ahora no tengo más que averiguar a qué se refiere.

De repente, Regina echó una ojeada a su reloj.

—¡Caramba, qué tarde es! Será mejor que vaya a arreglarme.

Con rapidez, recogió los papeles esparcidos por el sofá, apagó el portátil y subió los escalones de dos en dos.

Emma lamentó que la detective tuviera que marcharse; lo estaban pasando bien.

Era divertido poner las mentes de ambas a trabajar unidas. Por una vez, no le había importado que la apartasen de sus tareas y eso que, con el seminario en puertas, cada vez estaba más agobiada.

El timbre de la puerta la arrancó con brusquedad de sus pensamientos, se levantó y al abrir se encontró a August Booth al otro lado.

—Buenas tardes, profesora Swan. Vengo a buscar a su sobrina.

La profesora examinó de arriba abajo a su alumno que iba vestido con lo que parecían sus mejores galas: unos pantalones de algodón y una camisa blanca bastante bien planchada. Sus ojos se detuvieron en los rizos oscuros y los grandes ojos castaños, y pensó que el joven August nunca le había caído bien.

«Es porque tiene cara de niña», se dijo.

La llegada de Regina interrumpió el incómodo silencio que se había hecho entre los dos.

—¡Hola, August, ya estoy lista! No has tenido que esperar mucho, ¿verdad?

La joven llevaba la misma ropa que antes, pero se había soltado la brillante melena oscura que caía en suaves ondas por su espalda y se había aplicado una ligera capa de maquillaje.

Los grandes aretes de oro de sus orejas le daban un cierto aire de reina muy favorecedor y, desde luego, no parecía un día mayor que el propio August.

La profesora frunció el ceño.

—Espero que no llegues muy tarde, Regina, mañana tenemos mucho trabajo.

—No te preocupes, tía Emma —resaltó el parentesco con retintín.

Emma los siguió con la mirada mientras se alejaban caminando por el patio del college hasta que se perdieron de vista. Volvió a entrar y cerró la puerta. De repente, le pareció que la casa estaba vacía y triste.

«No seas estúpida», se dijo. Irritada consigo mismo, sacudió la cabeza, se sentó de nuevo frente a su escritorio y siguió trabajando.

El ruido de la puerta al abrirse la sacó de su abstracción y miró el reloj. Eran las doce de la noche.

—Buenas noches, profesora, ¿no me habrás estado esperando despierta como una tía preocupada?

El tono zumbón de aquella irritante detective la sacaba de quicio, pero trató de disimular.

—En absoluto, he estado trabajando en mi seminario y he perdido la noción del tiempo. ¿Lo has pasado bien?

Regina asintió con aire satisfecho.

—Muy bien. Este August es un tipo muy simpático. Lástima que sea tan jovencito

Regina no sabía por qué, pero sentía la necesidad de pinchar un poco a la severa profesora

—, si no, quizá hubiera considerado la posibilidad de... No importa. Pero es cierto que tiene la estatura perfecta.

La profesora se le quedó mirando sin comprender.

—¿La estatura perfecta?

—Me gusta que los hombres no sean muy altos. Es más cómodo.

—¿Más cómodo para qué? —volvió a preguntar, perpleja.

—¿Para qué va a ser? De veras, profesora, a veces, cuando hablo contigo, tengo la incómoda sensación de estar pervirtiendo a una niña pequeña.

Emma cayó en la cuenta, por fin, de lo que ella quería decir y notó que se ponía de todos los colores.

Al observar su turbación, ella contuvo una sonrisa perversa; resultaba divertido jugar con esa chica. Se tapó la boca con la mano, como si disimulara un bostezo y añadió:

— Bueno, me voy a dormir, estoy realmente cansada.

La profesora se le quedó mirando mientras subía los escalones de madera. Le daba rabia haberse sonrojado como una virginal doncella del siglo XIX. Definitivamente, la señorita Regina Mills la sacaba de quicio; disfrutaba escandalizándola y, continuamente, la hacía quedar como una estúpida.

Miró su escritorio abarrotado de papeles; le hubiera gustado seguir trabajando, pero estaba tan alterada que sabía que sería incapaz de concentrarse, así que decidió que ella también se iría a dormir.

Al pasar por delante del cuarto de la detective, tuvo ganas de abrir la puerta de golpe y gritar que ella no se escandalizaba con facilidad; que era una mujer de mundo, más que acostumbrada a las desenfrenadas orgías que organizaban los romanos, pero sabía bien que si hacía eso lo único que conseguiría sería sentirse más ridícula aún.

¡Maldita, mujer! Ojalá descubriera pronto lo que había ido a averiguar y se marchara de su casa de una vez para siempre.

S&M S&M S&M

Por la mañana, Regina, aún medio dormida, se dirigía al cuarto de baño cuando estuvo a punto de chocar contra la profesora Swan que salía de allí en ese instante con una toalla alrededor de su delicado cuerpo como si fuera su vestimenta.

—Disculpa, pensé que estarías corriendo como todas las mañanas.

Parecía completamente avergonzada de que ella la viera vestida de esa manera.

—Me ha dado pereza madrugar tanto.

La detective seguía en pie sin moverse mientras sus ojos, ahora completamente alertas, recorrían el delicado torso envuelto en una toalla de la profesora.

A pesar de que llevaba puestas sus horrorosas gafas de siempre, por una vez, el cabello mojado no le caía sobre la frente y Regina pensó que la hermana de Mary tenía un cuerpo en verdad impresionante.

—Veo que haces deporte

Declaró muy seria, sin quitarle la vista de encima

—. Esos músculos no los has desarrollado sentada frente a tu escritorio, precisamente.

—Yo... bueno, sí. Practico la esgrima varias veces por semana.

Emma sintió que comenzaba a sudar. La sensación de aquellos inquisitivos ojos negros recorriendo su cuerpo sin ningún disimulo la estaba empezando a trastornar, pero, a pesar de ello, era incapaz de escapar corriendo y encerrarse en su cuarto. Parecía como si esas pupilas oscuras la mantuvieran inmovilizada con un extraño encantamiento.

—Mary tenía razón —afirmó, críptica.

—¿A qué te refieres?

Notaba que le costaba pronunciar las palabras.

—A que si te arreglaras un poco, podrías ser una tipa espectacular.

La profesor sintió, una vez más, cómo la sangre inundaba sus mejillas, lo que la hizo sentirse aún más turbada, pero trató de disimularlo y respondió con lo que esperó fuera una dosis adecuada de indiferencia:

—Yo solo quiero ser una buena profesora, no me interesa lo más mínimo convertirme en una tipa espectacular.

Ella alzó los ojos al cielo y habló despacio, igual que si se dirigiera a una niña pequeña.

—Lo uno no es incompatible con lo otro. Piensa en la señorita Fisher, ¿no te gustaría que se sintiera orgullosa de ir de tu brazo no solo por tu cerebro, sino también por tu atractivo físico? Créeme no hay nada malo en ello. Seguro que todas tus alumnas se volverían locas por ti y te perseguirían sin tregua.

La expresión horrorizada que se dibujó en el rostro femenino le indicó que sería mejor no insistir en aquella argumentación, así que decidió cambiar de asunto.

—Dudo que la señorita Fisher sea consciente de lo afortunada que es, pero yo se lo haré ver. Se lo prometí a tu hermana.

De hecho, estaba segura que no habría nada que pudiera disgustar más a la gélida Sarah Fisher que el que su novia se convirtiera en la profesora más deseada de la universidad de la noche a la mañana.

—No necesito ningún tipo de ayuda —respondió ella, a la defensiva.

—Ya lo creo que sí. Déjalo en mis manos. Cuando tengas una cita avísame con tiempo; ya verás cómo, cuando yo termine contigo, tu novia caerá rendida a tus pies.

—Yo, no...

Regina la interrumpió sin contemplaciones.

—Será mejor que me dejes pasar, profesora, se está haciendo tarde.

Obediente, se hizo a un lado y ella entró en el baño y cerró la puerta a su espalda.

Emma se quedó dónde estaba durante unos segundos tratando de serenarse. A partir de ahora tendría que ir con más cuidado, pensó, no era decente que la señorita Regina Mills se la encontrara andando medio desnuda por toda la casa. De ese modo, evitaría que se le ocurrieran esas ideas absurdas.

Todavía sentía un agradable calorcillo cuando recordaba la manera en que los iris negros se habían deslizado con admiración sobre su cuerpo. Nerviosa, se pasó una mano por los cabellos, y sus mechones mojados cayeron una vez más sobre su frente. Empezaba a darse cuenta de que, por mucho que no tuvieran nada en común, el hecho de que vivieran solas bajo el mismo techo podía convertirse en una situación peligrosa...

Una agradable rutina se estableció entre ellas. Regina la acompañaba por las mañanas a sus clases y desempeñaba las labores de ayudante con una competencia tan admirable que, a veces, Emma incluso olvidaba a qué había ido a Oxford en realidad y se decía que, a pesar de todo, la echaría de menos cuando se fuera.

Solían comer juntas los platos que dejaba preparados la señora Brown y era en esos momentos cuando aprovechaban para intercambiar opiniones sobre el rumbo de las pesquisas de la detective o acerca de los temas que la profesora pensaba abordar en el seminario. Era como si, de pronto, ambas, acostumbradas a trabajar siempre en solitario, hubieran descubierto que al intercambiar comentarios en voz alta con otra persona, sus mentes eran capaces de percibir nuevos enfoques que resultaban muy útiles para sus respectivas investigaciones.

Por las tardes, mientras Emma iba a la biblioteca o trabajaba en el salón de la pequeña casita de piedra, Regina husmeaba por los rincones del college charlando con unos y otros en busca de pistas.

Ya no corría por las mañanas, sino que aprovechaba la noche para dar vueltas por los alrededores. Al fin y al cabo, los robos habían ocurrido cuando la mayoría de la gente se encontraba recogida en sus casas.

La detective había salido con August un par de veces más. El chico era una incesante fuente de información y la ponía al día sobre las espinosas cuestiones que agitaban el mundo estudiantil.

También había cenado en alguna ocasión con Robin Ward-Hood, el colega de la profesora Swan con el que este no parecía llevarse nada bien. Hood era un hombre educado, atento y muy atractivo; sin embargo, Regina no terminaba de sentirse a gusto con él.

Por fin, llegó el mes de noviembre y, con él, el seminario al que la profesora le había dedicado tanto tiempo y esfuerzo. Al final resultó un éxito, y los estudiantes que asistieron a él salieron entusiasmados. Regina había descubierto que la Historia Antigua podía resultar fascinante, en especial, cuando era la profesora Swan la que hablara del tema.

Durante casi una semana no dieron abasto. La detective se vio obligada a dejar un poco de lado su propia investigación y, muchas tardes, acompañaba a la profesora a la biblioteca para ayudarla con los últimos flecos de la documentación.

Una de esas tardes, cuando todos los estudiantes se habían marchado y eran las únicas que quedaban aún en la impresionante sala —las estanterías de madera llegaban hasta el techo y estaban abarrotadas de libros, alguno de los cuales eran valiosos incunables—, Regina, subida sobre una escalera de mano de madera, trataba de alcanzar uno de los viejos tomos de cuero que se encontraba en la fila más alta; sin embargo, a pesar de que se puso de puntillas en el último escalón, sus dedos apenas rozaban el lomo del volumen que deseaba coger.

Emma levantó los ojos del libro que consultaba en ese momento y, sin poder evitarlo, su mirada recorrió, apreciativa, las piernas, largas y esbeltas, que asomaban bajo la falda estrecha; pero, al percatarse de que la detective se sostenía de manera precaria en lo alto de la escalera, se quedó paralizada.

Unos segundos después, sacudió la cabeza y pareció volver en sí, se levantó con rapidez y corrió hacia ella, al tiempo que vociferaba, furiosa:

—¡¿Se puede saber qué demonios haces?!

La voz de Emma, enojada y profunda, sobresaltó a Regina y la hizo perder el equilibrio.

Asustada, trató de agarrarse a uno de los estantes de la librería, pero fue inútil, la escalera osciló peligrosamente, y ella cayó a plomo desde una considerable altura.

De manera automática, la profesora extendió los brazos y el cuerpo femenino, como un misil teledirigido al milímetro, aterrizó sobre ellos. El impacto la hizo tambalearse, pero, aun así, no la soltó y la miró enfurecida sin dejar de estrecharla contra su pecho.

—¡Dios mío, profesora, menos mal que tienes buenos reflejos!

Exclamó Regina tratando de reponerse del susto.

—Buenos reflejos y, lo más probable, los dos brazos rotos

Respondió con aspereza.

La respiración de la profesora sonaba agitada, aunque menos por el susto en sí que por el hecho de que la detective mantuviera los brazos entrelazados con fuerza alrededor de su cuello.

—En ese caso será mejor que me dejes en el suelo.

Sin embargo, Emma no tenía ganas de soltarla todavía, así que no lo hizo.

—¿Cómo se te ocurre hacer semejante tontería? —Sus cejas fruncidas casi se juntaban en su frente mientras la miraba de manera amenazadora—. ¿Acaso pretendías matarte?

La detective le devolvió la mirada y notó que ahora era ella la que empezaba a enfadarse.

—Intentaba alcanzar un libro que creí que podías necesitar. —Sus iris negros centelleaban.

—¿Y no pensaste que, al ser yo la más alta de las dos, lo más lógico era que me pidieras a mí que lo cogiera?

Replicó ella con el mismo tono que emplearía al dirigirse a una tonta de remate.

—¡Solo trataba de ayudarte! —exclamó, ofendida.

—¡Ayudarme! ¡Ja! Un poco más y me tienes que llevar a las urgencias más próximas. —Sus palabras rezumaban sarcasmo.

—¡Ha sido por tu culpa!

Afirmó roja de furia. Sus caras estaban tan cerca que podía ver las chispas de ira que despedían los ojos de Emma detrás de los gruesos cristales de sus gafas

—. ¿A quién se le ocurre ponerse a gritar y darme un susto de muerte?

—¡Has sido tú la que casi me matas a mí del susto! —respondió Emma con expresión ultrajada.

De repente, la detective pareció darse cuenta de lo absurdo de la situación; las dos peleándose igual que perros furiosos mientras la profesora aún la sostenía entre sus brazos.

—¡Suéltame de una vez!

—Encantada.

Emma dejó caer los brazos con brusquedad, lo que la obligó a aferrarse todavía con más fuerza a su cuello para evitar un batacazo.

Durante unos segundos mareantes, la profesora sintió el delicado cuerpo femenino pegado al suyo por completo y tuvo que apretar los puños con fuerza contra los muslos para evitar rodear la esbelta cintura de Regina con sus manos y estrecharla aún más contra sí.

La detective la soltó y dio un paso atrás, furiosa como una gata.

—Podías haberme bajado con algo más de delicadeza. —Los grandes ojos negros despedían llamaradas de hielo.

—Quizá lo habría hecho si tú me lo hubieras pedido de una forma más educada. —Alzó la barbilla muy digna.

—¡Eres insoportable! A partir de ahora no pienso ayudarte más. —Regina empezó a recoger sus cosas con rapidez.

—No necesito tu ayuda, he sobrevivido sin ella muchos años y pienso seguir haciéndolo muchos más

Replicó ella, al tiempo que alargaba la mano hacia su maletín y empezaba a meter dentro, de cualquier manera, los documentos que había desperdigados sobre una de las mesas.

—¡Perfecto! —Con decisión, la joven se dio media vuelta, y abandonó la sala a toda prisa.

En el acto, la profesora se arrepintió de sus palabras. No estaba siendo justa, se dijo; era cierto que la señorita Mills la había ayudado mucho durante todas esas semanas. Sin pensarlo dos veces, salió corriendo detrás de ella.

—¡Regina!

Alcanzó a la detective en la puerta de la biblioteca, la agarró del brazo y la obligó a volverse hacia ella.

—. Perdóname, sé que he sido injusta, pero es que me has dado un susto de muerte; pensé que ibas a matarte.

Al percibir su expresión contrita y la sinceridad de sus palabras, Regina se ablandó.

—Está bien, profesora, te perdono. Imagino que las dos estamos fatigadas... será mejor que volvamos a casa y nos tomemos un descanso.

Alzó el rostro hacia ella y le dirigió una dulce sonrisa que provocó un extraño efecto en el estómago de Emma.

—Quería decirte...

Empezó a decir, mientras regresaban andando a la pequeña casa de piedra.

—¿Qué?

Ella alzó la cabeza y le lanzó una suave mirada, y a Emma se le olvidó por completo lo que iba a decir.

—Nada. Olvídalo.

Regina se encogió de hombros y siguieron caminando hacia la casa en silencio.

S&M S&M S&M

Una tarde, Emma se encontró con Daniel Baker a la salida de la biblioteca y este la invitó a tomar unas cervezas en el pub que ambos solían frecuentar. En cuanto estuvieron sentados frente a dos pintas de Guinness negra, su amigo preguntó a quemarropa:

—¿Estás segura de que no hay nada entre tu ayudante y tú?

Emma estuvo a punto de atragantarse con la cerveza.

—¡Por supuesto que no! ¡Por Dios, Dan, es la hijastra de Mary, es como si fuera mi sobrina! ¿Cómo se te ocurre preguntar semejante cosa?

Su interlocutor hizo una mueca.

—A cualquiera se le ocurriría, ¿estás ciega o qué? La chica es una auténtica preciosidad y en la situación en la que estas, las dos viviendo solas en tu casa...

—¿Sabes lo que te digo, Dan? Que te estás volviendo un viejo verde. No hay nada de nada, además, sabes que estoy saliendo, más o menos, con Sarah Fisher.

El profesor miró a su amiga con el ceño fruncido.

—Pues perdona que te diga, Emma, pero no te veo muy entusiasmada con el asunto.

Daniel dio un largo trago a su cerveza sin quitarle la vista de encima.

—Precisamente quería preguntarte si tú crees que a Sarah le gustaría que la invitara a la ceremonia de entrega de premios de la próxima semana. ¿Piensas que es buena idea?

Emma, insegura, se tocó el colgante que tenía en su cuello.

Al escuchar aquello su amigo se recostó sobre la incómoda silla de madera, cruzó los brazos sobre su estómago y le dirigió una mirada cargada de impaciencia.

—¡Por supuesto que es una buena idea! Yo diría que lo está deseando.

—¿Tú crees?

Esta vez, Emma se pasó la mano por la frente muy agobiada, lo que hizo que su pelo, ya de por sí revuelto, se enmarañara aún más.

En un tono cargado de paciencia, Daniel trató de explicarle la situación tal y como él la veía:

—Créeme, nada le gustaría más a una mujer como Sarah que pescar a una tipa como tú. Una catedrática brillante y con el riñón bien cubierto. Además, como guinda del pastel, posees el título de reina de Fairfield que no utilizas. La mujer con la que te cases se convertirá automáticamente en princesa. ¿Qué más puede pedir?

—No me gusta que hables así, Dan.

De nuevo la miró con el ceño fruncido.

—¡Demonios, Emma, a veces te comportas como una auténtica mojigata!

Hizo un gesto impaciente con la mano

—. Dejemos esto y volvamos al tema que me interesa. ¿Crees que la señorita Mills saldría conmigo a cenar?

La profesora le contestó sin poder contener su irritación.

—Será mejor que le preguntes a ella, pero te aviso que no le faltan candidatos. Cuando no está cenando con el cargante de August Booth, se pasea por ahí con el engreído de Robin Ward-Hood. Casi no para en casa.

—Parece que te molesta... —comentó su amigo con curiosidad.

—¿A mí?

Emma, que acababa de dar un sorbo a su cerveza, se atragantó esta vez de verdad y empezó a toser. Su amigo se levantó de la silla con parsimonia y le dio unas cuantas palmadas en la espalda.

—Vamos, vamos, no te pongas nerviosa. Era una simple pregunta.

—No me pongo nerviosa

Declaró la profesora, muy digna, mientras se limpiaba las lágrimas con la manga de su chaqueta

—. Solo que se me ha ido la cerveza por mal sitio.

—Ya veo.

Dan alzó una ceja un tanto escéptico y enseguida añadió

—: entonces, ¿crees que debo invitarla o no?

—¡Haz lo que te dé la gana! ¡Yo no soy la guarda espaldas de Regina Mills!

—Bueeeno, no te enfades, Mujer. ¿Cómo va el seminario?

Aliviada con el cambio de tema, Emma le contó sus progresos y el resto de la velada estuvieron hablando sobre temas de trabajo.

Casi dos horas después, la profesora regresaba andando a su casa un poco mareada tras las dos cervezas que había bebido para acompañar la escasa e insípida comida que servían en el pub.

Al pasar cerca de la capilla del college, a la tenue luz de los escasos rayos de luna que lograban atravesar los negros nubarrones, descubrió a la detective Mills agazapada detrás de una columna de piedra. Procurando no hacer ruido para no asustarla, Emma se acercó a ella en silencio, extendió la mano y le tocó el hombro con ligereza.

De repente, sin saber cómo, se encontró tumbada de espaldas en el suelo, con los brazos arriba por encima de su cabeza, las muñecas unidas por unas esposas de plástico y sintiendo un dolor sordo en el abdomen. La detective, sentada a horcajadas sobre su pecho, se inclinó sobre ella mientras su rostro permanecía sumido en la penumbra.

—¿Estás loca o qué? Me has dejado sin... —Emma se mordió la lengua.

—¡Shhh!

Regina apoyó la palma de la mano sobre su boca y permaneció muy quieta, escuchando, y a Emma le pareció distinguir el sonido ahogado de unos pasos que se alejaban a toda prisa.

Por fin, ella retiró su mano y le preguntó en voz baja y furiosa

—: ¿Se puede saber por qué te acercas a mí por la espalda con tanto sigilo?

—No quería asustarte, eso es todo. Te vi detrás de la columna y me pregunté qué estarías haciendo.

—¿No crees que es obvio? —respondió, sarcástica.

La luna volvió a salir de entre las nubes y la profesora distinguió las chispas oscuras que centelleaban en sus ojos, pero era incapaz de razonar con claridad; sentir el cuerpo esbelto de la detective encima de su pecho, no estaba contribuyendo a despejar su mente, precisamente.

—Lo siento, no pensé...

—Está claro que no pensaste —afirmó Regina con desprecio—. Apestas a alcohol.

—¡No estoy borracha! Solo me he tomado dos cervezas...

Replicó, ofendida, pero ella posó una vez más las yemas de los dedos sobre sus labios y la interrumpió sin contemplaciones.

—¡Shh! Será mejor que nos larguemos de aquí antes de que llegue alguien y nos pregunte a qué tipo de perversiones nos dedicamos.

La detective se inclinó sobre ella para desatar sus muñecas y a Emma le pareció que el asunto le llevaba un tiempo considerable. Definitivamente, sentir aquellos senos tan cerca de su rostro la estaban mareando, tenía ganas de... de... Jadeante, prohibió a su mente continuar por esos derroteros.

Por fin, la detective consiguió liberarla, se bajó de su pecho y se puso en pie sin hacer ningún intento por ayudarla. Emma inspiró una buena bocanada de aire con profundo alivio y, más calmada, apoyó un codo en el suelo y se incorporó con dificultad.

Esa pequeña bruja la había golpeado con fuerza; tenía ganas de doblarse sobre sí misma y acunar con mimo entre sus manos su abdomen destrozado pero se contuvo.

Al ver su mueca de dolor, la detective se dirigió a ella con un poco más de amabilidad.

—¿Te he hecho daño?

—¿Tú qué crees? —replicó, disgustada—. ¡Dios, me siento como si me hubiera atropellado un tanque de dos toneladas!

—No exageres. Venga volvamos a casa, si lo necesitas puedes apoyarte en mi hombro.

A Emma le dio rabia que la tratara como a una debilucha. ¡Caramba, debía ser mayor y de altura superior, con conocimientos previos de lucha y persecución y esa pequeñaja era mucho más pequeña que ella! Era increíble que hubiera conseguido inmovilizarla con semejante facilidad, pero se prometió a sí misma que no se dejaría sorprender de nuevo por semejante fiera en miniatura.

En cuanto llegaron a la casa, la profesora se derrumbó sobre un sillón. Regina se dirigió a la cocina y volvió con un vaso de agua fresca que le tendió en silencio. Agradecida, Emma dio un largo trago y se sintió algo mejor.

—¿Me dirás qué era lo que observabas?

Ella se sentó a su lado, cogió el vaso que Emma había dejado sobre la mesa y, sin pedirle permiso, bebió también.

—Llevo varias noches corriendo a estas horas. Así aprovecho para vigilar un poco. Cuando he pasado por la capilla he visto el haz de luz de una linterna, aunque enseguida la han apagado. Me disponía a entrar cuando has llegado tú y has organizado tal alboroto que el ladrón, o quienquiera que fuese, se ha largado a toda prisa.

De nuevo sus bonitos ojos negros se posaron con frialdad sobre el rostro de la profesora.

—Ya te he dicho que lo sentía —respondió, enfurruñada.

—Lástima, una buena oportunidad perdida de la manera más tonta —continuó ella como si no la hubiera oído.

La profesora se sintió culpable y bastante avergonzada.

—De veras lo lamento. Si puedo ayudarte en algo...

La detective se ablandó un poco al observar su expresión arrepentida.

—No te preocupes, antes o después surgirá otra ocasión. Será mejor que me vaya a dormir, estoy agotada. Buenas noches, profesora... Siento el rodillazo que te he dado.

Al oírla, Emma hizo una mueca.

—Más lo siento yo. Has destrozado mi estómago y la posibilidad de digerir un buen alimento.

Regina se le quedó mirando con una enigmática sonrisa en sus sensuales labios que la dejó fascinada.

—Espero que no.

—Sin más, se dio la vuelta y subió a su habitación.

Recostada sobre el respaldo del sillón, la profesora Swan sacudió la cabeza. Debía reconocer que nunca entendería a la detective Mills ni tampoco las confusas emociones que provocaba en ella.

Emma se despertó muerta de sed. Miró el reloj despertador de su mesilla y vio que marcaba las dos de la madrugada. Maldiciendo las dos cervezas que se había bebido, se levantó, tanteó en la mesilla de noche hasta que tocó sus gafas, se las puso y, sin hacer ruido, bajó con cuidado la escalera y se dirigió a la cocina.

Le sorprendió ver que la luz estaba encendida y al cruzar el umbral de la puerta se detuvo en seco.

La detective Mills, luciendo unos pantalones cortos de algodón que dejaban a la vista sus maravillosas piernas, se inclinaba para sacar algo de la nevera. Una vez más, Emma percibió la mariposa azul que tenía tatuada en lo alto de la cadera y notó que empezaba a hiperventilar. ¡Santo Dios!, se dijo. Ese tatuaje la incitaba a todo tipo de pensamientos lascivos; los dedos le hormigueaban por el deseo de tocarlo.

En ese momento, Regina se percató de su presencia, se irguió y se dio la vuelta con una tableta de chocolate en la mano.

—Buenas noches, profesora, ¿tú tampoco puedes dormir?

Incapaz de contestar, Emma se limitó a negar con la cabeza. Al contemplar el modo en que la camiseta de tirantes se ajustaba a sus firmes pechos y los silueteaba de forma provocativa, sintió que ahora le faltaba el aire. Frunció el ceño con fuerza y, a duras penas, logró decir:

—No deberías pasearte medio desnuda por la casa, resulta escandaloso.

Regina bajó la cabeza y deslizó la mirada por su propio cuerpo, perpleja.

—No sé qué puede tener de escandaloso este viejo pijama.

Al oírla, la profesora replicó con expresión impaciente:

—Te recuerdo, Regina, que, en realidad, no nos une ningún tipo de parentesco y que yo soy una mujer a la cual le atraen estas, aunque en ocasiones tú parezcas ponerlo en duda. Si alguien entrara en este instante, no creería ni por un momento que tú y yo no somos amantes.

—Así que lo que te preocupa es tu buen nombre

Contestó ella y alzó una ceja, divertida, mientras se llevaba otra onza de chocolate a la boca.

Irritada, Emma se dirigió a la nevera y sacó una jarra de agua. Vertió un poco en un vaso y bebió despacio hasta que consideró que había recuperado el control necesario para responder:

—Quizá sea tu buen nombre lo que me preocupa.

La detective la miró, al tiempo que tomaba nota del conservador pijama de rayas y del cabello dorado, aún más revuelto que de costumbre.

—Querida profesora, no sé en qué mundo vives. Por si no te has dado cuenta, en estos tiempos las mujeres pueden hacer lo que quieran sin pensar en el qué dirán. Lo de conservar el buen nombre de una pasó a la historia hace años, gracias a Dios.

—Su tono sarcástico hizo que Emma se sintiera aún más furiosa y, sin poder contenerse, se acercó un poco más, la agarró por los brazos, inclinó su rostro sobre el de ella y susurró, amenazadora:

—A mí sí me importa lo que piense la gente y también me importa lo que yo pienso. Si andas vestida de semejante guisa por mi casa, nadie me culparía si me abalanzara sobre ti y te devorase.

—Creo que hace unas horas te demostré que puedo defenderme sola, así que: ¡suéltame!

Ordenó Regina sin que sus ojos negros, alzados con desafío hacia ella, mostraran el menor atisbo de temor.

La detective notó cómo los trabajados brazos femeninos la apretaban con más fuerza y, de pronto, fue consciente de que, bajo el aspecto de oso de peluche bonachón de la profesora Swan, había una mujer de extraordinarias técnicas de agarre a la que, en ese momento, no pillaría por sorpresa.

Miró el rostro de la profesora muy cerca del suyo y observó cómo se le dilataban las aletas de la nariz. Por un momento pensó, sorprendida, que la profesora iba a besarla; pero Emma, haciendo un esfuerzo sobrehumano, se apartó de ella y soltó sus brazos con delicadeza.

—Lo siento, Regina, no sé qué es lo que me ha ocurrido.

Nerviosa, se pasó la mano por la revuelta cabellera.

Ella se frotó los brazos en un intento de recuperar el riego sanguíneo; unas marcas rojizas en su piel daban testimonio de la fuerza del apretón. A Emma no se le escaparon ni el gesto ni las señales y, avergonzada, se disculpó de nuevo.

—Perdóname, jamás le había hecho daño a nadie mucho menos a una mujer.

Al ver su expresión, confundida y abochornada, Regina no pudo evitar experimentar una corriente de ternura, una emoción a la que no era muy propensa y era dirigida hacia la profesora que tenía a su lado.

—No te preocupes, profesora, no ha sido nada. Me imagino que se debe a la tensión del día de hoy. De verdad, no tiene la menor importancia. Será mejor que me vaya a dormir.

Extendió la mano y le acarició la mejilla con la ligereza de una pluma, sin que le pasara desapercibido la forma en que el delicado cuerpo femenino de la profesora se estremecía bajo su contacto. Desconcertada, decidió que lo más sensato sería despedirse y desaparecer cuanto antes

—. Hasta mañana.

—Hasta mañana.

Emma se quedó un rato más en la cocina, mientras trataba de digerir su insólito comportamiento. Todavía le ardía la sangre al pensar que había estado a punto de besar a la detective Mills.

«Y ni siquiera me gusta —afirmó en su soliloquio—. Imagino que es el peligro que tiene el que vivamos las dos solas bajo el mismo techo».

Bebió un poco más de agua y se fue a acostar, pero las tormentosas emociones que bullían en su pecho hicieron que le costara conciliar el sueño.

Gracias a las que siguen la historias, a las que dejan sus RW y lectoras silenciosas que andan por aquí.

Saludos a: 15marday, sjl82, Gloes Mills1, Michii15, GuestQue me han dejado un hermoso RW. Gracias a estas chicas especiales. ¡Cualquier cosa RW, Saludos!

Bueno por último, siento la demora, yo sé que no tengo perdón de dios, me tarde mucho más de lo normal y de nuevo les pido perdón, espero no vuelva a suceder, les prometo ponerme las pilas, solo espero que este capítulo compense la espera es extenso y muy interesante!

Sin más, gracias por pasarse bonita noche/día/tarde.

Pdta. ¡Actualización basada en RW, besos!

Nos vemos muy pronto.

Espero no encuentren alguna falta si es así de ante mano una disculpa.

PDT: Extrañaba tus RW y tus presiones :3