Hola chicas antes que nada quería dejarles un pequeño aviso del capítulo que viene: este capítulo es muy esperado abarcara parte del otro también, solo queda mencionar que es una sorpresa que muchas me preguntaban en que capitulo lo íbamos a ver… Bueno aquí está ya!
Me gustaría saber en sus RW si acertaron de qué iba el capítulo o en si "sorpresa".
Capítulo Vl
Ninguna volvió a mencionar los acontecimientos de aquella noche fatídica, así que su convivencia continuó de manera más o menos serena, con las mismas pautas que había seguido hasta el momento.
La tensión entre ellas pareció remitir y la profesora se dijo que no había sido para tanto, que era algo que podría ocurrirle a cualquiera que viviese en las mismas circunstancias en que ellas lo hacían. Cada cual prosiguió con sus respectivas indagaciones con aparente normalidad; sin embargo, Emma notaba ciertas corrientes ocultas que fluían bajo la tranquila superficie.
Unos días después, tras hacer acopio de valor, decidió que había llegado el momento de dar un paso más en su relación con Sarah Fisher, así que resolvió pedirle que la acompañara a la ceremonia de entrega de premios. Como si hubiera estado esperando su petición desde hacía días, Sarah le contestó en ese tono suyo, algo seco, que tan solo unos meses antes se le antojaba un bálsamo y que ahora le resultaba un poco irritante:
—Estaré encantada de asistir contigo, Emma. Ya tengo preparado mi discurso, ¿y tú?
La profesora se revolvió el pelo en su gesto habitual.
—La verdad es que entre el seminario, las clases y todo lo demás no me ha dado tiempo. Espero poder ponerme pronto con él.
—¿Qué tal tu ayudante, la señorita Mills?
Preguntó Sarah con expresión indiferente, a pesar de que sus ojos, muy azules, no se apartaron ni un segundo del rostro femenino de Emma.
—A veces me gustaría recuperar la intimidad de mi hogar pero, bueno —se encogió de hombros—, no puedo negar que se defiende bien y resulta muy útil durante las clases.
—He oído que sale a menudo con Robin Ward-Hood.
A Emma le dio la sensación de que ella observaba su reacción con demasiada atención, así que volvió a encogerse de hombros y respondió con una indiferencia que le agradó:
—Mi sobrina es mayor de edad, puede salir con quien le parezca.
Algo más tranquila respecto a ese punto, la mujer dejó el tema y continuó hablando de otros menos personales y, de pronto, Emma cayó en la cuenta de que, cuando estaban juntas, Sarah y ella apenas hablaban de otra cosa que no fueran cuestiones relacionadas con el ámbito académico o asuntos de la universidad.
De súbito, la profesora sintió curiosidad por ver qué pensaba ella, en realidad, de su relación personal.
Sarah le estaba contando sus nuevos proyectos para incluir cambios en su asignatura, cuando Emma la interrumpió y preguntó sin rodeos:
—Sarah, ¿qué opinas de nosotras? —se aclaró la garganta un par de veces, un poco turbada—.Quiero decir, de nuestra relación.
Sarah Fisher la miró con sus imperturbables ojos azules.
—¿Qué quieres que te diga, Emma? Estoy contenta con la situación.
A la profesora, aquella respuesta le pareció bastante pobre.
—Pero lo que me gustaría saber es ¿qué esperas del futuro? ¿Cómo nos ves dentro de unos años? ¿Has pensado en casarte algún día y tener hijos? ¿Deseas...?
Sin poderlo evitar, habló atropelladamente y le molestó la forma en que ella alzó la mano para detenerla, como si fuera uno de sus díscolos alumnos.
—Vas muy deprisa, querida. Por supuesto que he pensado en casarme algún día, pero, desde luego, no tengo ninguna prisa por tener hijos. Primero quiero llegar lo más alto posible en mi carrera, después... ya veremos.
Al notar la expresión desilusionada de la rubia que permanecía a su lado, alargó un brazo y posó su mano, que estaba muy fría, sobre los delicados dedos femeninos, al tiempo que le decía en un tono comedido que ella debía considerar consolador:
—Es un poco pronto para hablar del futuro, Emma. Dejemos que las cosas vayan despacio, como hasta ahora. No tenemos ninguna prisa.
—Tienes razón, claro —asintió ella y le apretó la mano con ternura, aunque, en su fuero interno, notaba cierto desencanto.
Cuando unas horas después de anochecer Regina volvió a la acogedora casita que compartía con la catedrática percibió algo raro en el ambiente. La profesora, en vez de estar sentada frente al escritorio, sumergida en sus papeles como era habitual, se paseaba de lado a lado del salón, mientras cambiaba de sitio un libro aquí o un adorno allá.
Consciente de que a esa mujer la decoración de su hogar le parecía tan interesante como las votaciones de Eurovisión, la detective se olió que quería pedirle algo y no se atrevía, así que, con cierta malicia, decidió hacer como si no se diera cuenta de nada para ver su reacción.
—Una noche preciosa —comentó con calma, a pesar de que afuera caía un aguacero capaz de paliar la sequía en una región entera de la India.
—Sí, preciosa —asintió ella, distraída.
La detective reprimió una sonrisa, se sentó en el sillón y fingió enfrascarse en los documentos que guardaba en su carpeta, sin dejar de observar de reojo a la mujer que deambulaba de aquí para allá como una fiera enjaulada, hasta que, de repente, se detuvo frente a ella y se aclaró la garganta.
—Ejem.
Sin levantar la vista de sus papeles, Regina preguntó con suavidad:
—¿Necesitas algo, profesora?
Como no estaba segura de la forma más conveniente de exponer lo que en realidad deseaba decirle, Emma se salió por la tangente y preguntó, irritada:
—¿Se puede saber por qué me sigues llamando profesora?
Esta vez, Regina sí alzó los ojos hacia ella y la miró con una mueca irónica en sus labios.
—¿Prefieres que te llame tía?
—¡Por supuesto que no! Pero no entiendo por qué no me puedes llamar Emma, simplemente.
—¿Emma? —pareció considerarlo, muy seria—. No sé, sentiría que me estoy tomando muchas confianzas...
A pesar de que Regina mantenía una expresión solemne en el rostro, la profesora detectó el brillo travieso de sus ojos y le irritó notar que, una vez más, la señorita Mills se burlaba de ella.
—Quiero que a partir de ahora me llames Emma —exigió con severidad.
—¡A sus órdenes, profesora!
Emma sintió el deseo, casi incontenible, de agarrarla por los brazos y sacudirla hasta que le castañetearan los dientes. Asustada por las violentas emociones que la insolente detective despertaba en ella, trató de controlarse y apretó las mandíbulas con tanta fuerza, que pensó que se le partiría una muela.
—Eres una chica insoportable —Fue lo único que acertó a decir.
—¿Por qué, porque no dejo que me digas cómo debo llamarte? Venga, profesora, estás molesta por algo y lo estás pagando conmigo.
—¡No estoy molesta! —Negó la evidencia—. Solo quería pedirte una cosa, pero veo que lo único que lograré es que te rías de mí.
Al ver su aspecto dolido, Regina se apiadó de ella y le dirigió su sonrisa más dulce.
—Haber empezado por ahí, profesora. Nada me gustaría más que poder devolverte el favor que me haces al dejarme vivir en tu casa.
Emma agitó la mano en el aire, como si negara la necesidad de recibir ningún tipo de agradecimiento
—. Me encantaría serte de alguna utilidad, de verdad.
Durante unos segundos, escrutó los ojos negros alzados hacia ella que, por una vez, aparecían afables y tiernos, se agarró al respaldo del sillón con fuerza y, sin detenerse a tomar aire, lo soltó de golpe:
—Quiero que me modernices un poco. Siempre dices que estoy anticuada, pues bien, quiero que me devuelvas a este siglo.
Regina estuvo a punto de soltar una carcajada, pero al observar el rostro turbado de la preciosa rubia que tenía enfrente, se contuvo y, con total seriedad, contestó:
—Por supuesto, profesora. Estaré encantada de ayudarte. ¿Tienes una cita con la señorita Fisher?
La profesora Swan se revolvió, incómoda, pero por fin respondió:
—Le he pedido que me acompañe a la ceremonia de entrega de premios.
Regina aplaudió su decisión.
—¡Perfecto! Quedan tres días; tiempo más que suficiente. Yo también asistiré, me han invitado.
Emma frunció el ceño.
—¿Quién te ha invitado? ¿Daniel?
—El profesor Baker me invitó, en efecto, pero tuve que negarme pues ya había aceptado la invitación del profesor Ward-Hood.
—¡Hood! —El nombre sonó igual que un escupitajo en la boca de Emma.
—¿Qué ocurre? ¿No te cae bien?
La detective la miró con interés y vio que se encogía de hombros.
—No puedo decir que el profesor Hood sea santo de mi devoción, es cierto.
Nunca nos hemos llevado bien.
Decidida a averiguar algo más, Regina continuó con sus preguntas:
—Tengo entendido que, aunque tú llegaste después al departamento, has ascendido más rápido que él, ¿no es así?
—Esa es una de las razones, además...
La profesora interrumpió lo que iba a decir y la curiosidad de la joven aumentó unos cuantos niveles.
—Además... —la animó a continuar.
—Nada, no quiero hablar del tema. Un asunto académico sin importancia.
La detective pensó que la profesora mentía fatal, pero decidió dejarlo pasar.
Por el momento.
—¡Bueno, será mejor que empecemos cuanto antes! —exclamó Regina con entusiasmo, cambiando de tema.
—¿Qué es lo que tenemos que empezar? —preguntó, desconcertada.
—Pues qué va a ser, a cambiar tu imagen, por supuesto. A ver, siéntate aquí para que pueda verte bien —ordenó, al tiempo que golpeaba el asiento a su lado con impaciencia.
A pesar de su reticencia, a Emma no le quedó más remedio que sentarse donde ella le indicaba.
Regina alargó las manos y, con suavidad, le quitó las anticuadas gafas de pasta y permaneció en silencio contemplando la mirada, dulce y miope de la profesora. Ella parpadeó un par de veces y se sintió indefensa, mientras esperaba el veredicto.
—Es un crimen esconder tus ojos tras estas horribles gafas —comentó por fin—, tienes unos ojos preciosos.
En verdad lo eran, grandes, entre verdes y azules, y rodeados de espesas pestañas. Divertida, Regina observó el modo en que aquella rubia, hecha y derecha, enrojecía ante su comentario.
—Mañana —continuó—, ya que no hay clase, iremos a encargar unas lentillas. Después, aprovecharemos para comprar algo de ropa y, más tarde, yo misma te cortaré el pelo.
—¿Tú? —La profesora enarcó una ceja con desconfianza.
—¿No te he contado que trabajé de peluquera para pagarme mis estudios? Te prometo que hubiera hecho una buena carrera si me hubiera dedicado a ello, no se me daba nada mal.
Al oír aquello, Emma comentó con suavidad:
—Me gustaría conocer algo más de ti, Regina. Llevas casi un mes viviendo en mi casa y lo único que sé de tu vida es que eres detective de Scotland Yard, que te gusta hacer ejercicio y que te apasiona el chocolate.
Ella soltó una carcajada.
—No pensé que te hubieras dado cuenta, profesora.
—Apenas queda sitio en la nevera para otra cosa que no sean tus chocolatinas —bromeó ella—. Y no cambies de tema.
Regina observó sus manos, pensativa, antes de contestar.
—Verás, no hay mucho que contar. Soy hija única de madre soltera. Cuando yo nací, a mi madre le dijeron que no podría tener más hijos; de lo que doy gracias a Dios, porque, si no, a estas alturas tendría una larga lista de hermanastros, cada uno de un padre distinto. A los dieciséis años me fui de casa, así que tuve que ponerme a trabajar para poder seguir estudiando al mismo tiempo. Por fin conseguí llegar a la universidad y, después, me convertí en detective de Scotland Yard, que es un trabajo que me apasiona.
A pesar de su tono sereno y de que nada en sus delicadas facciones ni en la historia que acababa de contar dejaba traslucir ninguna emoción, Emma se dio cuenta de que la detective Mills no había tenido una vida fácil. Observó su bonito rostro, tan cerca del suyo, y sintió ganas de cogerla entre sus brazos, apretarla contra su pecho y protegerla del mundo. Sin embargo, sabía que Regina Mills era muy capaz de cuidarse sola y lo más probable era que la rechazara, dándole de paso un puñetazo en la boca. Ahora entendía esa actitud fría, casi indiferente, de la que hacía gala en algunas ocasiones, su feroz independencia y su reluctancia a mostrar sus sentimientos.
—¿Vives sola?
—Sí, ya casi he terminado de pagar mi piso —afirmó muy ufana.
A Emma le enterneció el orgullo con el que hablaba y, justo en ese instante, notó que algo, a lo que no era capaz de dar nombre, empezaba a crecer en su interior.
—¡Y ya basta de hablar de mí, no es un tema que me interese mucho! —declaró, mientras le colocaba de nuevo las gafas.
Con ellas puestas, Emma dejó de sentirse desnuda, y la deliciosa cicatriz de Regina recobró su nitidez.
—Entonces, ¿te ocuparás de mí? —La miró, anhelante.
—Por supuesto, profesora, cuando acabe contigo tendrás que caminar apartando a las mujeres a manotazos —prometió.
Emma echó la cabeza hacia atrás y empezó a reír de forma contagiosa, al tiempo que en sus mejillas se marcaban aquellos atractivos pliegues. Al verlos, Regina esbozó una sonrisa y se dijo que tendría que andarse con cuidado con esa engañosa rubia. Así que se levantó del sillón y comentó:
—Será mejor que nos vayamos a dormir, mañana será un día agitado.
—Tienes razón. Debo acumular fuerzas para lo que me espera. De hecho, no sé si ya me estoy arrepintiendo de haberte pedido ayuda...
—No permitiré que ahora te eches atrás, profesora —amenazó la detective.
—¿Sabías, Regina, que eres una mujer muy mandona?
Ella la miró con fingida seriedad y contestó:
—Ahora que lo dices, creo que sospechaba algo.
A la catedrática no le quedó más remedio que sonreír de nuevo.
—Anda, vete a la cama antes de que me dé por afirmar mis conocimientos y técnicas de lucha y te dé una paliza.
—Te aviso, profesora, de que soy cinturón negro de kickboxing... —Con esa última advertencia, Regina se despidió de ella y subió a acostarse.
S&M S&M S&M
Emma bajó a desayunar y se la encontró, como de costumbre, de pie junto a la nevera bebiendo directamente de una botella de plástico.
—¿Vuelves a correr por las mañanas?
—Según me dé ganas
Respondió antes de dar un largo trago de la botella y apartarse unos mechones húmedos de su frente. De mala gana, Emma se vio obligada a desviar la vista de aquella delicada garganta que se movía rítmicamente mientras bebía.
—. Te aconsejo que desayunes bien. Necesitarás todas tus energías para la mañana de compras que se avecina.
La profesora hizo una mueca.
—Estoy aterrorizada. Siempre he detestado ir de compras.
—No sé por qué me lo había imaginado —comentó la detective, burlona—. Pero hoy no te librarás, te lo advierto. Voy a ducharme.
Emma observó la figura, grácil y atlética, de Regina mientras se alejaba y suspiró; aquellas piernas esbeltas le producían pensamientos extraños. De repente, le vino a la cabeza la pequeña mariposa azul que adornaba su cadera y tuvo que sacudir la cabeza para alejar la nueva oleada de pensamientos, aún más extraños, que inundó su mente.
Cuando las dos estuvieron listas se reunieron en el salón. A pesar de que el cielo estaba de color gris, no llovía y la mañana era agradable.
—¿Vamos en bici o andando? —preguntó Regina.
—Creo que será mejor que aprovechemos que no llueve para ir en bicicleta.
Abrieron los candados que sujetaban las bicicletas a la reja de hierro del jardín, se montaron y se alejaron calle arriba pedaleando con rapidez. A la detective le encantaba que no fuera necesario coger el coche para casi nada en aquella pequeña ciudad; había alquilado la enorme bicicleta negra en cuanto llegó a Oxford y ya era una experta en deslizarse entre el tráfico de sus calles a toda velocidad.
La óptica no quedaba lejos y se divirtieron como niñas culebreando entre los coches. En un momento dado la sonrisa se borró de los labios de Emma al observar la temeridad de Regina y la hizo detenerse a un lado para regañarla con severidad.
Ella aguantó el chorreo con fingido arrepentimiento y, cuando la profesora terminó su reprimenda, se limitó a contestarle con un socarrón:
—Lo siento, tía Emma.
La rubia la miró irritada y pensó que perder la mañana yendo de compras con aquella exasperante mujer iba a resultar infernal. Sin embargo, durante el resto del trayecto hasta la óptica Regina se comportó y la profesora recuperó su buen humor.
La dependienta las atendió con una enorme sonrisa.
—¿Qué desean?
—Mi tía desea graduarse la vista y hacerse unas lentillas —se apresuró a contestar Regina, decidida a llevar la voz cantante.
—Muy bien, pasen por aquí.
A la mujer no le llevó mucho tiempo graduar la vista de la profesora y quedaron en que se pasarían por ahí en un par de días para recoger las lentes de contacto.
La dependienta, que era una gran vendedora, se dirigió a la detective directamente:
—Ya que están aquí, ¿no sería mejor que la dama se hiciera también unas gafas nuevas? Creo que las que lleva están un poco pasadas de moda.
—¡Es una idea excelente! —exclamó Regina, sin dejarle meter baza—. Y es usted muy diplomática, señorita, creo que las gafas de mi tía son dignas de figurar en el museo de la prehistoria.
—No es necesario —trató de protestar Emma—. ¿Qué les pasa a mis gafas? Veo bien con ellas.
La detective le tendió un par y ordenó:
—Pruébate estas, y estas... y estas también.
Abrumada, a Emma no le quedó más remedio que resignarse y cuando salieron de la óptica, además de las lentillas, había encargado unas gafas de montura moderna con unas lentes de policarbonato que permitían que los cristales fueran delicados y finos.
—Incluso podrías operarte —le comentó Regina al salir de la tienda.
—¡Operarme! —repitió ella, horrorizada—. No me metería en un quirófano a no ser que me llevaran a rastras.
—Eres muy aprensiva, ahora se opera todo el mundo —respondió la detective con un encogimiento de hombros—. Pero no me quejo, por lo menos algo es algo. Ahora iremos a comprar ropa. ¿Sabes dónde venden ropa de mujer por aquí?
La profesora la llevó a una pequeña tienda que tenía pinta de llevar allí desde la inauguración de la universidad y a Regina le bastó echar una ojeada al escaparate para negar con la cabeza.
—Esta ropa que se encuentra en el escaparate no se la pondría ni a mi abuelo —afirmó, despectiva—. ¿No hay otra tienda un poco más moderna? Mira, por allí viene el profesor Hood que siempre va muy bien vestido, le preguntaré a él sobre alguna tienda de interés.
Emma la agarró del brazo con fuerza.
—¡Ni se te ocurra! —masculló, furiosa.
En ese momento, Robin Ward-Hood levantó la vista y las descubrió paradas en mitad de la calle.
—¡Caramba, la esquiva profesora Swan ha salido de su guarida! —comentó con ironía.
Emma apretó las mandíbulas y deseó poder borrarle la estereotipada sonrisa de un puñetazo.
—Y la preciosa señorita Mills... —prosiguió, galante—. Es un placer verte, Gina, estoy impaciente por que llegue la ceremonia de entrega de premios.
—A mí también me apetece un montón, Robin.
La deslumbrante sonrisa que le dirigió hizo que ahora Emma sintiera ganas de asesinarla a ella.
—¿Qué hacéis por aquí?
—Oh, poca cosa, Robin. Necesitaba hacer unas compras y mi tía, muy amable, se ha ofrecido a acompañarme.
Cada vez de peor humor, su falsa tía la observó parpadear con coquetería.
—Qué detalle, Emma. No es propio de ti
Declaró Hood, malicioso, lo que provocó que la profesora rechinara los dientes
—. Las dejo que sigas con nuestras cosas, ya nos veremos por ahí. Hasta luego, Gina.
—Hasta luego, Robin.
—Hasta luego, Robin. —La imitó la rubia con un falsete lleno de sarcasmo en cuanto quedaron fuera del alcance de los oídos de aquel hombre.
—Te comportas como una niña pequeña —comentó la detective, desdeñosa—. ¿Puedes explicarme por qué motivo se detestan de semejante manera?
—No es asunto tuyo —respondió la rubia con los brazos cruzados sobre el pecho en una actitud pueril.
Regina elevó los ojos al cielo como si pidiera paciencia y dijo:
—Será mejor que sigamos con lo nuestro. Voy a preguntar allí.
La detective regresó al rato y la llevó a la tienda que le habían recomendado, mucho más a la moda.
—Mira, profesora —dijo, al tiempo que metía una serie de prendas en su probador—, puedes seguir manteniendo tu estilo ligero, pero al mismo tiempo ir a la moda. Pruébate todo esto y sal para que te vea.
— No pienso salir —refunfuñó la profesora.
—¡Saldrás o entraré a buscarte!
Su tono amenazador no dejaba lugar a la rebeldía, así que, a regañadientes, Emma salió del probador luciendo el primer modelito: unos pantalones verde oliva de raso de algodón y una blusa beige, a la medida y ajustándose a los lugares adecuados.
Regina la miró de arriba abajo con admiración.
—Te quedan fenomenal. Tienes un cuerpo impresionante y tienes que lucirlo. Pruébate también esta chaqueta, es del estilo de las que llevas, pero con dos siglos menos y no hace bultos.
Al final, la profesora compró un par de pantalones, varias camisas, unos vaqueros y un par de playeras de algodón, una chaqueta, un elegante vestido oscuro, tres pares de zapatos bajos y dos pares de zapatos altos elegantes y encargó que se lo hicieran llegar a su casa esa misma tarde.
—Espero que tengas suficiente dinero para pagar todo esto —comentó un tanto inquieta la detective.
—No te preocupes por eso, pero ya hemos terminado, ¿verdad? —preguntó la rubia con expresión esperanzada.
—Por ahora. Vamos a comer algo. Luego volveremos a casa, mandaré unos cuantos correos que tengo pendientes y, después, te cortaré el pelo.
—Venga, te invito a mi restaurante favorito. —Feliz, Emma le dirigió una alegre sonrisa.
—No es necesario que me invites, yo puedo pagar mi parte.
—Ya sé que puedes pagar tu parte, señorita independiente «no-quiero-deberle-nada-a-nadie», pero me apetece invitarte, ¿puedes entenderlo? ¿Es mucho pedir?
Preguntó, exasperada.
—Bueno, profesora, no hace falta que te pongas así. Por supuesto que puedes invitarme
Respondió ella, al tiempo que le dirigía una sonrisa angelical.
—Regina Mills, a veces me sacas de quicio
Se montó en su bicicleta y ordenó:
— ¡Sígueme!
Gracias a las que siguen la historias, a las que dejan sus RW y lectoras silenciosas que andan por aquí cosa que me gustaría que cambiara, que pasaran de fantasmas a apariciones perooo bueh!... espero algún día pierdan la pena aquí nadie muerde.
Antes que nada espero que el capítulo haya llenado sus expectativas con respecto a la nueva Emma (un deseo de muchas que pasara) y aún hay mas solo es una pequeña probada de lo que viene en el próximo.
También me preguntaron si sabríamos pronto de quien era el ladrón; la verdad no se cuánto falta ni quien es, me sorprenderé al igual que ustedes (ya no recuerdo cómo va la historia, la descubro de nuevo cada capítulo).
Y me despido con una disculpa si la ropa elegida por Emma no fue de su agrado, no soy muy ducha en eso. Se los compensare con una escena XXX algo en lo que si soy buena :O (jaja es broma, o no?)
Y como siempre dedicatoria a: Harpohe1989 (pdt amo tus historias) 15marday, Tanin 1323, Ruth Maria, sjl82, Gloes,Mills1 (:D), y a todos los Guest (me gustaría identificarlos con sus nombres si no es mucha molestia).
Que me han dejado un hermoso RW. Gracias a estas chicas especiales.
Bueno por último, creo cumplí mi promesa de no flojear tanto. Y de nuevo una disculpa por el texto al inicio y el texto extenso del final, tenía cosas por decirles 3, los amo!
Sin más, gracias por pasarse bonita noche/tarde/ día.
Pdta. ¡Actualización basada en RW, besos!
Nos vemos muy pronto.
Alguna falta de ante mano una disculpa.
