Capítulo Vll

En diez minutos llegaron a un restaurante cuyo cocinero, un español residente en Inglaterra desde hacía años, preparaba una comida exquisita. La profesora era cliente habitual, así que el mismo Pedro salió a recibirla y las acomodó en una de las mejores mesas, junto a un ventanal que daba a un bonito patio lleno de plantas.

—En verano es una delicia comer en el patio

Comentó Emma.

—Me gusta mucho este lugar, es muy acogedor.

La detective miró a su alrededor con agrado.

—Te encantará la comida, ya verás. ¿Te gustaría tomar vino tinto o prefieres otra cosa?

—El vino está bien, gracias.

La comida resultó un éxito, los platos eran a cual más delicioso y el vino, un Rioja que, aunque ella no era ninguna experta en el tema, le pareció extraordinario. La profesora, a pesar de haber pasado toda la mañana lejos de sus queridos libros, estaba muy animada y resultó una anfitriona amena y divertida.

Siempre que estaba con ella a solas, a Regina le sorprendía su gran sentido del humor; con su aspecto de sabia huraña y distraída era lo último que alguien esperaría de ella; pero era innegable que, a pesar de que no se parecían nada en lo físico, tenía mucho en común con su hermana Mary.

Cuando llegaron al postre, Regina se sentía agradablemente mareada.

—Espero que no hagan controles de alcoholemia a los ciclistas... —rogó, recostándose sobre el respaldo de su silla.

La profesora le dedicó una ligera sonrisa mientras observaba su aspecto satisfecho. La brillante melena oscura enmarcaba el rostro delicado, de manera que sus ojos se veían enormes. Sus mejillas lucían un ligero tinte rosado y, una vez más, Emma no pudo evitar pensar que era una chica preciosa.

—Muchas gracias por la invitación, profesora, creo que ha sido una de las comidas más deliciosas que he disfrutado en mi vida.

Se palmeó el estómago con un expresivo gesto.

—Soy yo la que debo darte las gracias, Regina. Me has dedicado toda la mañana y, a pesar de que en principio el plan no parecía muy prometedor, reconozco que lo he pasado muy bien.

La profesora le dirigió una de sus seductoras sonrisas y ella, con la guardia algo más baja que de costumbre por efecto del vino, acusó el impacto. El pensamiento de que esa mujer podía resultar peligrosa se coló de nuevo en su cabeza, pero, con la sensación de invulnerabilidad propia del que ha consumido más alcohol de la cuenta, lo hizo a un lado sin darle mayor importancia.

Volvieron pedaleando con precaución y cuando llegaron a la casa, la detective suspiró.

—En realidad lo que me apetece es dormir una buena siesta.

—Pues no seas tonta y échate un rato. —La profesora abrió la puerta y la sujetó para que pasara.

—Tengo un montón de cosas pendientes... —respondió, dubitativa.

—Prometo despertarte en una hora. Si estás medio dormida no vas a rendir mucho.

Sus palabras le parecieron a Regina de una lógica aplastante.

—Tienes razón, subiré a acostarme un rato pero, por favor, no me dejes dormir más de una hora, si no, sé que me levantaré de un humor de perros.

Emma sacudió la cabeza.

—No te preocupes, no creo que me gustara verte de mal humor. Tu carácter ya es lo bastante difícil, para añadirle también el enojo.

Regina hizo una mueca y, sin contestar, se dio media vuelta y subió con rapidez las escaleras.

Divertida, la profesora se sentó en su escritorio y se puso a trabajar. Al cabo de lo que se le antojaron tan solo unos minutos miró el reloj y vio que había pasado una hora y cuarto. Con rapidez, subió la escalera y abrió la puerta del dormitorio muy despacio.

Regina tan solo se había quitado los zapatos y estaba acurrucada sobre la cama con las dos manos unidas bajo la almohada. Sus pequeños pechos subían y bajaban al ritmo de su respiración regular.

Emma permaneció un buen rato contemplando las largas pestañas que reposaban sobre sus hermosas mejillas; luego se inclinó sobre ella, retiró el mechón de oscuros cabellos que tapaba su cara y lo colocó detrás de una de sus orejas con delicadeza.

—Regina —llamó con suavidad, pero ella siguió profundamente dormida.

La catedrática se sentó sobre el colchón a su lado y recorrió la suave piel de su mejilla con el dorso de los dedos. Regina abrió los párpados en el acto y se lo quedó mirando, aturdida, como si no supiera muy bien de dónde había salido.

—Ya ha pasado la hora que me dijiste.

Al instante, la expresión de alarma desapareció de sus ojos y se desperezó poco a poco.

—Creo que bebí más de la cuenta —confesó con una débil sonrisa.

—¿Quieres paracetamol o alguna otra cosa?

—No, gracias, lo único que tengo es sueño. —Sacudió la cabeza y se incorporó.

De mala gana, Emma se levantó de la cama y salió de la habitación. Cuando Regina bajó al salón, se la veía mucho más despejada; se acomodó en su lugar habitual y se puso a teclear a toda velocidad en el ordenador.

—¡Caramba, un hombre ha denunciado que han tratado de venderle las ilustraciones del libro de Aristóteles!

Emma se volvió hacia ella y la miró con interés.

—¿De veras? ¿Dónde?

—Es un anticuario de Edimburgo.

La detective iba leyendo el correo a medida que lo comentaba

—. Mi jefe quiere que vaya para allá cuanto antes. Debo interrogarlo.

—¿Te vas? —preguntó, conmocionada.

Regina asintió, distraída, mientras estudiaba la página web de una compañía aérea.

—Volaré mañana a Escocia. Espero estar de vuelta antes de la entrega de premios.

—¿Es necesario que estés allí tanto tiempo?

Le sorprendió la extraña reluctancia que sentía ante el hecho de que la detective se ausentara unos pocos días.

Al oírla, Regina alzó la cabeza en el acto.

—¿Qué ocurre? ¿Acaso te has acostumbrado tanto a mi presencia que no vas a poder vivir sin mí?

—interrogó, burlona.

A Emma le hubiera gustado darle unos buenos azotes, pero trató de aparentar indiferencia y replicó:

—Puedes hacer lo que te venga en gana, por supuesto, pero es verdad que te echaré de menos en las clases, eres una buena ayudante. Además, Mary va a venir a la ceremonia y pensé que quizá te gustaría volver a verla.

—Ah, ¿es por eso? Lástima, pensé que igual te estaba empezando a gustar un poquito...

Respondió ella y parpadeó con fingida timidez.

—Te recuerdo —dijo la profesora en un tono redicho que ni siquiera emplearía para dar una lección magistral a un grupo de alumnos—, que salgo con una mujer.

Regina chasqueó los dedos.

—Cierto, por unos segundos me había olvidado de Sarah, la mujer de hielo.

—¡No es una mujer de hielo! —replicó, enfadada.

—Ah, ¿no? Me pregunto si la has besado ya.

—Eso no es en absoluto de tu incumbencia —contestó completamente enervada.

—Tienes razón, perdona profesora. —Le dirigió una de aquellas cálidas sonrisas que a Emma le daban ardor de estómago—. Además, no tengo tiempo para discutir, todavía me queda mucho por hacer. Me pregunto por qué nuestro villano no ha dado aún señales de vida. Si mi teoría de que es algo más que un simple ladrón es cierta, a estas alturas tendría que haberse hecho notar de alguna manera.

—Recuerda que estuviste a punto de atraparlo en la capilla cuando yo, ejem... te interrumpí.

Regina se encogió de hombros y respondió un poco desmoralizada:

—Me pareció ver la luz de una linterna y luego creí escuchar el ruido de pasos que se alejaban a la carrera, pero ya ni siquiera estoy segura de ello. Quizá está esperando a sorprendernos con un golpe sonado y por eso ahora está tan silencioso.

A cane muto et aqua silente cave tibi.

Regina escuchó un clic en su cerebro; dos piezas acababan de encajar. Clavó en Emma sus ojos negros con avidez y preguntó:

—¿Qué has dicho?

La profesora se alborotó una vez más sus dorados cabellos entre los dedos.

—Es un proverbio latino. Traducido vendría a ser algo así como «cuidado con el perro que no ladra y el agua silenciosa».

—¡Eso es! —exclamó excitada, al tiempo que se levantaba de un salto del sofá y le pasaba un cuaderno con varias anotaciones.

—Escríbelo aquí por favor.

La profesora anotó la frase con cuidado y la detective, que había estado rebuscando frenética en su carpeta, se acercó a ella con una fotografía en la mano.

—¡Mira, coincide!

Casi bailando de excitación, Regina acercó la instantánea de la pintada de la biblioteca y la puso al lado de la frase que acababa de escribir la profesora.

En efecto, las letras que alguien había pintado sobre la mesa de la biblioteca ACM et

ASCT correspondían con exactitud a las iniciales de cada una de las palabras de la frase en latín que lacatedrática acababa de escribir en el cuaderno.

—¡Regina, eres un portento!

La profesora colocó el brazo sobre los hombros delicados y le dio un fuerte apretón.

La detective alzó su rostro sonriente hacia ella y, por unos instantes, Emma se quedó colgada de aquellos chispeantes ojos negros —no entendía cómo había podido considerar jamás que esos ojos eran

fríos—, incapaz de pensar en nada más.

—Ahora, hay que averiguar qué significado tiene esta frase para la persona que la escribió.

Las palabras de Regina sacaron a la profesora de su arrobamiento

—. En general, los mensajes que los malhechores dejan en el lugar del crimen son pequeñas pistas para la policía. Se creen tan listos que piensan que seremos incapaces de descifrarlas.

Emma trató de concentrarse en el asunto que se traían entre manos y sugirió:

—Quizá hace referencia a alguien que la gente pasa por alto porque no hace ruido.

—Puede ser. Alguien al que han dejado de lado de alguna manera... No sé, es demasiado vago. Sin embargo, estoy convencida que merece la pena seguir este rastro.

Echó un vistazo a su reloj de pulsera y añadió:

— Pero por ahora lo dejaremos estar, se está haciendo tarde y todavía tengo que cortarte el pelo.

—No hace falta, de verdad. Podemos dejarlo para otro momento.

—No hay otro momento, profesora —rechazó ella con firmeza—. Me voy mañana a primera hora y no sé cuándo volveré.

—Está bien... —aceptó de mala gana.

A Emma le dio la sensación de que siempre era ella el que acababa sometiéndose a la voluntad de aquella tirana en miniatura.

—Venga, vamos al cuarto de baño.

Resignada, la profesora subió despacio los escalones, con el mismo entusiasmo que si fuera camino del patíbulo.

—Siéntate aquí

Ordenó la detective y señaló un taburete que había colocado frente al espejo

—.Voy a buscar el equipo.

Al poco rato, regresó con unas tijeras muy afiladas y un pulverizador lleno de agua.

Sacó un peine de su bolsa de aseo, colocó una toalla sobre los hombros de la profesora y anunció:

—Voy a empezar, quítate las gafas.

—Pero si me las quito, no veré nada. ¿Cómo sabré entonces que no me estás dejando hecho un adefesio? —protestó la profesora.

Regina le dio un ligero tirón de pelo.

—Te he dicho que trabajé mucho tiempo de peluquera y que era bastante buena. Además, ni a propósito podría hacerte un corte más horroroso que el que llevas.

—Sin faltar al respeto, por favor. ¿Puede saberse cuánto hace que no le cortas el pelo a alguna persona?

—¡Bah!

Se encogió de hombros, despreocupada

— Eso es como montar en bicicleta, profesora, no se olvida nunca.

—No creo que...

—¡Silencio, cobardica! —la interrumpió sin contemplaciones—. Necesito concentración, si no, podría clavarte las tijeras en el cuello.

Aterrada, Emma se calló en el acto. La detective cogió el pulverizador y empezó a rociarle el cabello hasta que quedó empapado, luego repartió el pelo en secciones, tomó un mechón entre los dedos y comenzó a cortarlo.

—Qué cantidad de pelo tienes, profesora.

Emma permaneció en silencio, inmóvil por completo, mientras notaba cómo los dedos, hábiles y delicados, de Regina se enredaban en su pelo y rozaban su cuero cabelludo. La sensación era tan placentera que, sin querer, cerró los párpados, como si buscase disfrutarla sin distracciones de ninguna clase.

—¡Ya está!

Emma abrió los ojos, delicadamente sin perder el contacto con aquellos dedos acariciadores.

—No veo nada sin mis gafas —le recordó.

—Espera, no te las pongas todavía. Primero te quitaré un poco la humedad con el secador.

Después de unos pocos minutos, Regina apagó el aparato y le pasó las gafas

—. ¡Listo!

La profesora se las puso y se miró al espejo con curiosidad. Su pelo estaba mucho más delicado, en orden y lleno de vida. Parte del cabello ya no caía sobre su frente; el corte que le había hecho Regina le caía ligeramente sobre sus bordes dándole una sensación de movimiento y libertad.

—¿Te gusta? Te acabo de quitar diez años de encima —afirmó ella admirando su obra, complacida.

—No sé... Me veo rara —dudó sin dejar de mover la cabeza a un lado y a otro.

Regina alzó los ojos al cielo con desesperación.

—¿Cómo no te vas a ver rara después de haberte pasado más de veinte años de tu vida con el mismo peinado espantoso?

—Bueno, está bien —aceptó, al fin—. Confieso que pensé que sería peor todavía.

—¡Muchas gracias! —respondió Regina, sarcástica—. Espero que cuando tu novia caiga desmayada entre tus brazos, al menos me lo agradezcas como Dios manda.

—¿Desmayada de amor o de terror? —Le dirigió una sonrisa maliciosa que la hizo parecer aún más joven.

—Por desagradecida, ahora te toca recoger.

Regina señaló los pelos que alfombraban el suelo del baño

— Mientras, iré a hacer la maleta, cenaré algo y me acostaré temprano. Mi avión sale a primera hora de la mañana.

Al cabo de un rato, ambas se reunieron en la cocina y prepararon, codo con codo, unos sándwiches a la plancha; en cuanto terminaron de cenar y recoger la detective se despidió de ella.

—Buenas noches, profesora. Me da pena perderme tus próximas clases, reconozco que la vida de los romanos comienza a parecerme más interesante que CSI.

—¿Y eso qué es? —preguntó, extrañada.

—Una serie de televisión —explicó ella con paciencia.

—Yo... Espero... Espero que tu investigación vaya bien y logres averiguar algo relevante. —Sin saber muy bien por qué, Emma se sentía un poco turbada, así que se pasó una mano nerviosa por la frente, solo para descubrir que los familiares mechones de pelo ya no estaban allí.

—Muchas gracias, profesora, eso espero yo también. ¡Ah! Y no te olvides de recoger tus lentillas y tus gafas nuevas. ¡Hasta la vista!

Regina subió la escalera con rapidez y desapareció en el descansillo.


Les dejo una buena nueva, esta semana será una semana muy activa, así que espero mirarlas por aquí, a todas y cada una de ustedes y sobre todo a mis anónimos, espérenlas que ya están en el horno.

Gracias a las que siguen la historias, a las que dejan sus RW y lectoras silenciosas que andan por aquí.

Y como siempre dedicatoria a: Harpohe1989, 15marday, Ruth Maria, sjl82, Gloes,Mills1, Jazz.

Que me han dejado un hermoso RW. Gracias a estas chicas especiales.

Me da mucho gusto verlos de nuevo y saber que siguen aquí, significa mucho para mí.

Sin más, gracias por pasarse bonita noche/tarde/ día.

Pdta. ¡Actualización basada en RW, besos!

Nos vemos muy pronto.

Alguna falta de ante mano una disculpa.