Capítulo IX
Entre el retraso del avión y el atasco monumental que encontró en la carretera a causa de un accidente, cuando Regina llegó a la vivienda de la profesora Swan, ella ya se había marchado.
La detective se dio una ducha rápida y se arregló a toda velocidad. Desde el taxi había llamado a Robin Ward-Hood para avisarle de que se retrasaría y la información no pareció hacerle muy feliz. Por suerte, antes de irse había dejado listo lo que pensaba ponerse para la ocasión: un vestido negro con escote palabra de honor, que dejaba al descubierto la canela piel de sus hombros y se ajustaba a su pecho y a su estrecha cintura, para luego convertirse en una vaporosa falda que le llegaba por encima de las rodillas. No era el tipo de vestido que ella solía lucir, pero lo había visto en un escaparate de King's Road hacía meses y no había podido resistirse; esa noche por fin lo estrenaría.
Regina se dejó el pelo suelto, se aplicó una ligera capa de maquillaje sobre el rostro y, como único adorno, eligió unos pendientes de brillantes que se había regalado a sí misma el día que se graduó en la universidad. Al contemplar su reflejo en el espejo tuvo que admitir, sin falsa modestia, que no había estado más guapa en su vida. Justo en ese momento, sonó el timbre de la entrada y cuando abrió la puerta, Robin Ward-Hood se la quedó mirando sin poder ocultar su admiración.
—Ha merecido la pena esperarte, Gina, estás deslumbrante
Afirmó con galantería, al tiempo que se inclinaba sobre su mano y depositaba un beso ligero en el dorso.
—Muchas gracias, Robin, tú también estás muy elegante
Respondió ella en el mismo tono.
Hood lucía un traje oscuro, camisa blanca y corbata de lazo también blanca, y llevaba una pesada toga negra sobre los hombros que le hacía parecer más alto.
Regina cogió un abrigado chal de cachemir y su bolso, y dijo:
—Ya podemos irnos.
Sin apresurarse, caminaron en dirección al Sheldonian Theatre donde tendría lugar la ceremonia. El trayecto no era largo, y el otro lo aprovechó para volcar sobre ella todo el encanto de que era capaz.
Regina no podía negar que Robin Ward-Hood era un tipo atractivo; sin embargo, había algo en él que no acababa de gustarle.
En el vestíbulo se vieron rodeados por una pequeña multitud de mujeres que lucían sus mejores galas, y hombres vestidos de forma similar a Robin.
La detective conversaba con una pareja de mediana edad que había saludado a su acompañante cuando sintió un leve toque en el hombro. Se giró de inmediato y apenas reconoció a la mujer que se encontraba tras ella.
¡¿Podía ser aquella atractiva individua la misma profesora Swan en cuya casa había vivido durante las últimas semanas?!
La examinó con infinito asombro. La profesora vestía un hermoso vestido azul eléctrico elegante que le daba a Emma una imagen imponente y maravillosa; el maravilloso tono del vestido daba la sensación de un tono más claro de piel al igual que modificaba el tono de sus ojos verdes, dándole la sensación de un tono azul llamativo e hipnótico que ya no se ocultaban tras los gruesos cristales de sus gafas. A diferencia del cabello que le caía en ondas enmarcando cada lado de su cara de forma hermosa y delicada.
—¿De veras eres tú, profesora?
Preguntó sin poder creer del todo aquella sensacional transformación en la que ella misma había tomado parte activa
—. ¡Estás guapísima!
La inconfundible sinceridad de su voz hizo que el rostro femenino se cubriera con un leve rubor; sin embargo, descartó sus palabras con un gesto de la mano.
—Siempre tan exagerada, Regina. Me alegro de verte, pensé que no llegarías a tiempo.
—La verdad es que todo parecía conspirar en contra —respondió, sonriente—, pero, aunque un poco más tarde de lo que había planeado, aquí me tienes.
Los cálidos ojos de tonalidades que iban del azul al verde se deslizaron por el cuerpo femenino con la suavidad de una caricia.
—Estás muy...
La profesora se detuvo, turbada; no estaba acostumbrada a decirles piropos a las mujeres. Al mirarla, lo único en lo que podía pensar era en lo curioso que resultaba que Regina, nacida en el seno de una familia humilde, en un barrio más humilde todavía, fuera tan grácil y delicada y que todos sus movimientos, aunque precisos, revelasen una refinada elegancia. La joven era un caso claro de que la distinción era algo innato que no podía aprenderse mediante la educación o la experiencia.
—¿Muy...? —preguntó, al tiempo que enarcaba una ceja, zumbona.
—Estás bellísima. —La sinceridad que rezumaba aquella voz profunda le provocó un escalofrío.
—Ahora eres tú la que exagera —respondió ella en un tono ligero, mientras trataba de sacudirse la extraña turbación que la había envuelto durante unos segundos
—. ¿Qué te ha dicho Sarah de tu nuevo look?
—Me ha dicho que me notaba rara.
Una de aquellas seductoras sonrisas se extendió por su rostro, con lentitud, y el corazón de Regina dejó de latir durante una décima de segundo.
—Creo que tu novia también necesita un par de lentillas...
—¡Gina, preciosa, veo que has encontrado a la querida Emma!
Robin acababa de terminar de hablar con sus amigos y, con gesto desenvuelto, rodeó la cintura de la detective con un brazo.
Emma notó el ademán posesivo y, por unos segundos, deseó borrar la sonrisa de aquel rubio repeinado de un puñetazo. Como si pudiera leerle los pensamientos, la sonrisa de Hood se hizo aún más amplia. Por fortuna, en ese momento una exclamación de alegría rompió la tensión que se había creado a su alrededor.
—¡Gina, ya estás aquí!
La silueta, alta y elegante, de Mary se inclinó sobre la detective y la envolvió en un cálido abrazo.
—¡Hola, Mary, me alegro de verte! —Regina le devolvió el saludo con cariño.
La hermana de Emma se volvió con desparpajo hacia los dos individuos que las contemplaban en silencio y dijo:
—Bueno, no les importa que me lleve un rato a Gina, ¿verdad? Tengo que hablar con ella de un asunto urgente.
Sin darle a ninguno de los dos la oportunidad de protestar, Mary la cogió del brazo y la arrastró hasta un pequeño cuarto que había en el lado derecho de la sala.
—Eres una bruja, ¿verdad? Nunca pensé que pudieras darle semejante cambiazo a Emma en solo unas pocas semanas. Yo llevo intentándolo toda mi vida.
Regina no pudo evitar soltar una carcajada, Mary siempre la hacía reír.
—Debo confesar que tenías razón, Mary. Aún estoy en estado de shock. Nunca sospeché que debajo de aquellas ropas anticuadas, ese corte de pelo terrorífico y las gafas de culo de vaso estuviera escondida una mujer tan atractiva.
—Emma me ha dicho que la acompañaste de compras y que tú misma le cortaste el pelo —comentó la morena, desconcertada.
—Cierto, pero hasta esta noche no había visto el efecto final de pelo, ropa y lentillas... Confieso que me he quedado sin respiración.
Mary la miró con sus ojillos maliciosos.
—¿Sin respiración?
—¡Mary White, por Dios, no empieces de nuevo! —Regina alzó los ojos al cielo, divertida y exasperada a la vez—. Reconozco que a tu hermana la podrían nombrar profesora del año y no precisamente por sus méritos académicos, pero te recuerdo que sigue enamorada de la gélida Sarah Fisher y yo no estoy de humor para embarcarme en una relación seria.
—Por la forma en que te mira Emma, yo diría que la gélida Sarah lo va a tener difícil para descongelarse...
—No digas tonterías, Mary —la riñó la detective sin poder contener la risa—. Tienes una imaginación delirante.
—Umm. Ya veremos... Ahora será mejor que volvamos, parece que la ceremonia va a empezar.
Mary se reunió con su marido y Regina lo hizo con Robin Ward-Hood. Cuando se sentaron en una de las gradas de madera del antiguo teatro del siglo XVII, la joven tuvo la sensación de que algo molestaba a su pareja.
—¿Ocurre algo, Robin?
—Nada en absoluto
Negó él con una sonrisa que, una vez más, no tocó sus ojos. Sin embargo, unos segundos más tarde añadió:
— Me pregunto si has sido tú la artífice del cambio que se ha operado en la querida Emma.
—¿Yo?
Regina compuso su expresión más inocente
—. Tan solo la acompañé un día de compras, pero reconozco que ha mejorado mucho. Seguro que su novia está muy satisfecha con su nueva imagen.
—Seguramente —asintió con formalidad—. Ahora será mejor que nos callemos. Va a empezar el espectáculo.
A ella la ceremonia, solemne y tradicional como todas las que se celebraban en Oxford, le pareció muy emocionante. Los premiados dieron unos discursos, algunos más breves que otros, y la detective notó que el de Emma Swan fue el único que los asistentes siguieron con verdadero interés.
Regina no podía apartar los ojos de la magnífica figura de la mujer que en ese momento hablaba desde el estrado; resultaba increíble lo que un buen corte de pelo, ropa elegante y unas lentillas habían conseguido. De hecho, era una de las personas más atractivas con quien se había topado jamás.
A la luz de las enormes lámparas que colgaban del techo, su pelo rubio lanzaba destellos dorados, en tanto que sus facciones, tan pequeñas y delicadas, parecían cinceladas por un Fidias o por un Praxíteles, aquellos escultores de la Grecia clásica a los que ella tanto admiraba. A su lado, escuchó comentar a dos mujeres que la miraban arrobadas lo increíblemente atractiva que estaba la profesora Swan en esa noche.
Mientras Emma hablaba, la detective, siguiendo un impulso, se volvió a mirar a su acompañante y, por unos segundos, le sobresaltó el brillo de odio que detectó en sus pupilas.
Robin se dio cuenta de que ella lo observaba con curiosidad y trató de disimular su expresión, pero ya era tarde. Regina anotó mentalmente que debía preguntarle sin falta a la profesora Swan cuál era el motivo de la evidente antipatía que reinaba entre ellos.
—Ha sido una ceremonia muy interesante, ¿no crees?
El profesor Hood se encogió de hombros, indiferente.
—Imagino que cuando es la enésima que ves, el asunto va perdiendo emoción.
—Me pareció fascinante el discurso de mi tía, no hay duda de que es una de las profesoras más brillantes de Oxford, ¿no te parece? —comentó con entusiasmo, sin apartar la vista del rostro del hombre que tenía a su lado.
Robin hizo una mueca, desdeñosa.
—Es cierto que la profesora Swan es una tipa brillante, pero quizá habría que preguntarse si todo el mérito es suyo.
—¿Qué quieres decir? —preguntó, sorprendida.
Hood hizo como que se arrepentía de haber hablado más de la cuenta; sin embargo, no logró engañarla.
—Olvídalo. No debería haber dicho nada. Hablemos de ti, por ejemplo, es un tema mucho más interesante —cambió de asunto, al tiempo que le dirigía una mirada ardiente.
Ella fingió morder el anzuelo y coqueteó con él durante un buen rato. Después de la ceremonia, todos los invitados se trasladaron a un hotel próximo donde se sirvió un cóctel, seguido de un baile a cargo de una pequeña orquesta local. Allí se reunieron de nuevo con Emma y Sarah, y Mary y su marido, tan simpático como ella, y estuvieron charlando muy animados.
En cuanto se escucharon los primeros acordes de una romántica balada, Robin la sacó a bailar. Su pareja resultó ser un gran bailarín; no la estrechaba con excesiva familiaridad y la guiaba con soltura, pero, a pesar de todo, a su lado Regina experimentó una vaga sensación de incomodidad. Tenía la impresión de que las emociones que bullían en el pecho de su compañero de baile nunca se reflejaban en sus ojos; era como si el profesor Hood se refugiara tras una máscara de enorme encanto.
La profesora Swan y Sarah Fisher pasaron bailando junto a ellos, y la detective las observó con disimulo. A ella se la veía bastante agarrotada entre los brazos de la profesora, y saltaba a la vista que Emma no era una gran bailarina, así que la sensación que producían ambas era de cierto envaramiento y rigidez. En cambio, Mary y David formaban una excelente pareja de baile y se adaptaban el uno al otro a la perfección. Cuando terminó la canción se reunieron de nuevo en una de las esquinas del amplio salón.
—Me encanta bailar —confesó Mary, luego bajó la voz y añadió—: ¿Has visto lo insípida que es esa mujer?
Regina no tuvo ninguna duda de a quién se refería su amiga.
—Más rígida que el palo de una escoba —sentenció.
—Me pregunto si Emma es imbécil o qué. —La morena sacudió la corta melena, indignada—. ¿Puede saberse qué demonios ha podido ver en semejante avefría?
—Ya sabes lo que dicen: el amor es ciego —replicó su interlocutora, divertida.
Mary le lanzó una mirada calculadora por debajo de sus pestañas.
—¿Y qué tal Robin Ward-Hood? Reconozco que es atractivo y una maravillosa pareja de baile, pero hay algo en él...
—Sí, yo también lo he notado —asintió Regina.
—Me alegra que te hayas dado cuenta —declaró su interlocutora muy satisfecha—. Por un momento temí que pudieras enamorarte de ese tipo.
—Mary, no tienes remedio. —Sonrió, divertida—. Ya te he dicho que no pretendo enamorarme de nadie. Estoy aquí para llevar a cabo una investigación, no para buscar novio o novia sea cual sea el caso.
—Bueno, lo uno no quita lo otro —respondió la hermana de la profesora, obstinada—. ¡Shhh! Aquí llega Emma.
—¿Bailas conmigo, Regina? —De nuevo sonaba una canción lenta.
—Encantada, profesora.
Mary le guiñó un ojo sin que Emma se diera cuenta y se reunió con su marido para pedirle que sacara a bailar a Sarah que permanecía conversando con una pareja madura de profesores, con cara de pocos amigos.
—Caramba, profesora, eres un poco alta en comparación mía —declaró la detective, al tiempo que apoyaba las palmas de sus manos sobre los descubiertos y delicados hombros. A pesar de los altísimos tacones que llevaba, apenas conseguía mirarla a los ojos, sus estaturas eran similares con el uso de tacones por parte de la detective Mills.
—Sí, ya me contaste que te gustaban más bajitas para... —Emma se interrumpió en el acto y una oleada de oscuro rubor cubrió sus mejillas.
—Bueno, no me negarás que resulta más cómodo. Yo voy a acabar con tortícolis por alzar la cabeza, y a ti te va a doler la espalda por agacharte.
—Tonterías, estoy muy a gusto —declaró la profesora, al tiempo que apretaba más las manos en torno a la esbelta cintura femenina.
De hecho, aunque sabía de sobra que no era una gran bailarina, sentía que su cuerpo se amoldaba al de Regina mucho mejor de lo que lo había hecho antes al de Sarah. Disgustada consigo misma, se reprendió mentalmente por aquellos pensamientos poco leales y trató de apartarlos de su cabeza.
—¿Te ha gustado la ceremonia? —Optó por cambiar de tema.
—Ha sido impresionante —respondió con una amplia sonrisa—. Te felicito por tu discurso, profesora, interesante y conciso, no se puede pedir más.
—Últimamente estás muy aduladora conmigo, me pregunto a qué se debe.
Regina no pudo evitar una carcajada y le dirigió una mirada tierna y risueña a la vez que hizo que a la profesora le temblaran las rodillas. Sarah Fisher, que bailaba con David cerca de ellas, no les quitaba ojo y tenía una expresión disgustada, así que su pareja hizo un par de giros y consiguió alejarla de allí con habilidad.
—¿Crees que albergo propósitos inconfesables sobre tu virtud? —La miró con burla.
El rostro de la profesora recobró su aire adusto.
—No me gusta que bromees sobre esos temas como una chiquilla frívola y malcriada.
—Ya te he dicho que no soy ninguna chiquilla —le recordó.
—Pues lo pareces. Así que, ¡compórtate! —zanjó la discusión con brusquedad.
Ella hizo un cómico puchero.
—Acabo de regresar y ya me estás regañando —protestó—. Pensé que quizá me habrías echado de menos.
—Ha sido agradable recuperar la tranquilidad de mi hogar durante unos días
Replicó, mordaz, a pesar de saber muy bien que la había extrañado más de lo que era prudente.
—Bueno, profesora, no te preocupes, espero llegar en breve a alguna conclusión y así te librarás de mí para siempre.
Al oír aquellas palabras, pronunciadas con tanta alegría, Emma sintió un ahogo que no supo a qué atribuir y pensó que quizá le había sentado mal algo que había cenado. Justo en ese instante terminó la canción, y ambas se separaron con rapidez. Durante el resto de la velada no volvieron a bailar juntas, a pesar de lo cuál a la detective no le faltaron parejas.
El mal humor que se había apoderado de Emma desde que la sacó a bailar no la abandonó en toda la noche, en especial, cuando vio la forma en que ella flirteaba con el estúpido de Hood. Muy disgustada, se dijo que Regina era una coqueta y que lo mejor sería no darle la menor importancia a su comportamiento, frívolo y superficial. En ese momento, Sarah sugirió que se fueran antes de que acabara la fiesta y ella aceptó, encantada, así que se despidió de su hermana y de su marido, y la acompañó caminando hasta sus aposentos en el Magdalen College.
La noche era fría, pero al menos la lluvia les daba un respiro y no resultaba desagradable volver dando un paseo. Cuando se detuvieron frente al antiguo edificio de piedra, Emma la condujo hasta una zona alejada de la vista de cualquiera que acertara a pasar por ahí.
—Sarah... —susurró, antes de rodear con sus brazos la cintura de la mujer y bajar la cabeza hasta posar sus labios sobre la boca femenina.
Sin oponer la menor resistencia, Sarah Fisher respondió a su beso sin excesivo ardor y a Emma le sorprendió comprobar la poca excitación que sentía al besarla.
En ese momento, abrió los ojos y, a la tenue claridad de una farola cercana, se encontró con sus pupilas fijas en ella. De repente, las palabras de Regina resonaron en su cabeza: «nada más verla, me pareció el tipo de mujer que besa con los ojos abiertos y los labios bien cerrados». Maldijo en silencio y se apartó de Sarah con suavidad.
—Buenas noches, Sarah.
—Buenas noches, Emma.
La mujer se alejó de ella caminando con calma y, al llegar a la verja de hierro, se volvió y se despidió de nuevo agitando una mano. La profesora le devolvió el saludo y, cuando Sarah desapareció en el interior del edificio, dio media vuelta y regresó despacio a su casa.
Durante el trayecto, siguió pensando en la escasa pasión que había experimentado al besar a Sarah. No entendía qué le ocurría; hasta hacía pocas semanas, estaba convencido de que Sarah Fisher era el tipo de mujer con la que le gustaría casarse. Admiraba su trabajo como profesora y, aunque era cierto que no provocaba en ella una lujuria desenfrenada, pensaba que la primera vez que se besaran sería algo especial. Era extraño que no se hubiera percatado antes de su frialdad.
¡Por Dios, estaba empleando las mismas palabras que había utilizado Regina al describirla!
¿Acaso esa criatura impertinente, con la que no tenía nada en común, le había arrebatado la capacidad de establecer sus propios juicios hasta ese punto? Sacudió la cabeza, enojada, y trató de alejar la imagen de unos burlones ojos negros de su mente.
De repente, cuando estaba a escasos metros de distancia de su casa, el sonido de unas voces la hizo detenerse en seco. Se ocultó detrás de unos arbustos y observó a la pareja que se despedía en ese mismo momento frente a la puerta de entrada; la detective Mills y Hood. Curioso, trató de escuchar lo que decían, pero estaba demasiado lejos. En un momento dado, él inclinó la cabeza y la besó en los labios con intensidad. Regina no se resistió, pero tampoco pareció responder y, pocos segundos después, abría la puerta de la vivienda y desaparecía en su interior.
La violenta oleada de rabia que recorrió a Emma al contemplar la escena la sobrecogió, y tuvo que apretar los puños con fuerza y luchar por mantenerlos pegados a sus costados. Hirviendo de furia, Emma esperó a que el otro desapareciera calle abajo y entró en tromba en la casa. Encontró a la detective en la cocina. Estaba descalza y en una de sus manos sujetaba los zapatos, mientras que en la otra sostenía un vaso de agua.
—¡Bonito espectáculo!
Ella alzó la vista, sorprendida.
—Hola, profesora, no esperaba verte aquí esta noche. Pensé que la pasarías con tu novia.
El enojo de la profesora se triplicó al verla allí, tan tranquila, preguntando por cosas que no eran en absoluto de su incumbencia.
—¡Quizá por eso aprovechaste para besar a Hood delante de la puerta de casa donde todo el mundo pudiera veros bien, como si a estas alturas no supieras todavía que los oxonienses se alimentan de chismorreos y habladurías! —bramó.
—Lo siento, profesora, o quizá debería llamarte tía Emma por el modo en que te preocupas por mi reputación... —Aquel tonillo burlón acabó de sacarla de quicio.
—¡Está claro que no te preocupa nada lo que digan de ti! —la acusó, indignada.
—En efecto, no me preocupa lo más mínimo. Lo que me gustaría saber es a qué se debe este inesperado ataque por tu parte. ¿No será que estás furiosa porque besaste a la encantadora Sarah y ella no respondió a tus expectativas?
El comentario estuvo tan cerca de dar en el blanco que la furia de Emma se desbordó.
—¡No sabes de lo que hablas! —Con ojos chispeantes se acercó a ella, la sujetó con fuerza por los brazos y empezó a sacudirla.
—¡Suéltame! —ordenó la detective, al tiempo que levantaba una rodilla dispuesta a estrellarla contra el firme abdomen de su agresora.
La profesora adivinó sus intenciones y, reaccionando con increíble rapidez, la apretó contra ella con tanta firmeza, que Regina pudo percibir con claridad hasta el último detalle del relieve de su cuerpo. Por primera vez en su vida, Regina se sintió completamente indefensa; era la segunda vez que esa mujer la tomaba por sorpresa y, una vez más, sintió la extraordinaria fortaleza de sus músculos. Sin embargo, no perdió la calma y decidió emplear la misma táctica que utilizaba con los delincuentes cuando todo lo demás fallaba.
—Vamos, Emma —le dijo con dulzura—, no sé qué te pasa esta noche, pero no entiendo que lo pagues conmigo.
El tono sereno de su voz y la utilización de su nombre de pila surtieron efecto. La profesora bajó la mirada hacia aquellas pupilas que la miraban sin asomo de temor, a pesar de que Regina sabía, tan bien como ella, que estaba por completo a su merced.
—¡Dios mío, me estás tratando como a uno de esos criminales con los que sueles codearte! —La profesora la soltó con brusquedad y se alejó unos pasos mientras se pasaba, una y otra vez, una mano temblorosa por la frente.
Ella se le quedó mirando sin decir nada; saltaba a la vista la intensidad de las emociones que se agitaban en el delicado pecho femenino de la profesora Swan y se preguntó con curiosidad qué demonios habría ocurrido con la señorita Fisher. Sin embargo, al ver el atractivo rostro femenino tan alterado, sintió una vaga compasión por ella, así que apoyó una mano sobre su brazo y le preguntó con delicadeza:
—¿Qué ha ocurrido, profesora? ¿Quieres contármelo?
La profesora apartó el brazo de su mano como si quemara.
—¡No te atrevas a sentir lástima de mí, Regina Mills! —Y, después de escupir aquellas palabras, salió de la cocina y se refugió a toda prisa en su habitación dando un fuerte portazo.
Tumbada de espaldas sobre la cama, con las manos cruzadas detrás de la nuca, Emma escuchaba los ruidos ahogados que hacía la joven al acostarse. Todavía no entendía qué diablos se había apoderado de ella esa noche. Cierto que le había afectado comprobar hasta qué punto besar a Sarah Fisher la había dejado indiferente, pero no entendía por qué lo había pagado con Regina.
Al final tuvo que admitir que había sido la visión de Robin Ward-Hood besándola lo que la había sacado de sus casillas, pero no porque estuviera celosa ni nada de eso. No. Lo que había desencadenado su ataque de furia era saber que el único enemigo que tenía en la Universidad de Oxford se atrevía a besar, delante de la puerta de su casa para que todo el mundo lo viera, a la que creía su sobrina. Que en realidad Regina no fuera nada suyo no tenía la menor importancia; el otro no lo sabía y ella, Emma Swan, no estaba dispuesta a consentirlo.
Satisfecha por haber llegado a una conclusión razonable, la profesora se abrazó a la almohada y trató de dormir un poco, pero le costó conciliar el sueño y, cuando al fin lo logró, unos sueños extraños, con la detective Mills como protagonista, la atormentaron.
Hola chicas siento en verdad la demora pero por causas mayores (se me descompuso mi lap y ya RIP) el motivo de mi ausencia, asi que tuve que comprar otro y me llevo una semana, y un poco mas volver a reescribir el capitulo, (si ya lo tenia listo para subir cuando a mi lap le dio por fallar) una disculpa ante todo, el piense es volver de inmediato, en verdad lo siento.
Gracias a las que siguen la historias, a las que dejan sus RW y lectoras silenciosas que andan por aquí.
Y como siempre dedicatoria a: Harpohe1989, 15marday, Ruth Maria, sjl82, Gloes,Mills1, Jazz.
Que me han dejado un hermoso RW. Gracias a estas chicas especiales.
Me da mucho gusto verlos de nuevo y saber que siguen aquí, significa mucho para mí.
Sin más, gracias por pasarse bonita noche/tarde/ día.
Pdta. ¡Actualización basada en RW, besos!
Nos vemos muy pronto.
Alguna falta de ante mano una disculpa.
