Capitulo X
El golpeteo del acero, acompañado por el murmullo de conversaciones, resonaba en la antigua sala de armas cuyas paredes y techo estaban forrados con paneles de madera oscura.
—Buenas noches, maestro.
—Buenas noches, Emma. ¿Vienes con ganas de un buen asalto?
El maestro era un hombre de apariencia juvenil, pero que, en realidad, andaba ya más cerca de los sesenta que de los cincuenta; sin embargo, la práctica regular de la esgrima lo mantenía ágil y en forma.
—No me vendría mal eliminar un poco de tensión acumulada —respondió la profesora con una sonrisa mientras se ajustaba el guante—. ¿Tienes tiempo para un asalto, maestro?
—Estoy comprometido con Williams. Pero, si quieres, Hood está libre.
Emma se fijó en el hombre rubio que permanecía en pie cerca de ellos, escuchando su conversación sin disimulo.
—Mi querida Emma, espero que no tendrás inconveniente en que disputemos un par de asaltos —dijo y se inclinó en una burlona reverencia.
A la profesora no le hizo mucha gracia la idea. Sabía que Hood era un buen tirador, pero nunca se había enfrentado a él; de hecho, lo evitaba en lo posible. Así que lo ignoró, como si no hubiera escuchado su comentario.
—¿No hay otro tirador libre?
Consciente de la hostilidad latente entre ambos, el maestro los miró, confuso, pero antes de que pudiera responder, Robin Hood habló de nuevo:
—No tendrás miedo, ¿verdad, querida Emma? Quizá podríamos jugarnos algo. ¿Qué tal una noche de amor con tu sobrina? —Aquel tonillo irritante resultaba ofensivo en extremo.
—¡No te consiento que hables así de mi sobrina! —exclamó la profesora, al tiempo que daba un paso hacia él con una expresión asesina en los ojos.
Al instante, el maestro se interpuso entre los dos.
—Calma, calma —rogó—. No permitiré ninguna pelea en mi local. Si queréis dirimir alguna cuestión personal, será mejor que lo hagáis sobre la pista.
Emma tomó su careta y su sable y declaró:
—No tengo inconveniente.
—Para mí será un placer. —Robin le lanzó una mirada cargada de veneno.
Ambos se situaron sobre la estrecha pista metálica, se colocaron las caretas y se conectaron al aparato eléctrico que llevaba la cuenta de los tocados. Cuando estuvieron listos, el maestro de armas preguntó:
—¿A cuánto será el asalto? ¿Cinco tocados en tres minutos o preferís algo más formal... digamos quince tocados en nueve minutos, con un minuto de pausa cada tres?
—Yo haría durar este agradable momento todo lo posible. — Robin esbozó una mueca maliciosa.
—No tengo inconveniente —repitió la profesora.
—¡Perfecto! Entonces será un asalto de nueve minutos a quince tocados. ¿Estáis listos?
Emma y Robin asintieron tras sus caretas. Con un gesto, el maestro les indicó que se pusieran en guardia y exclamó:
—¡Adelante!
El combate empezó y, enseguida, se hizo evidente que la maestría de ambos tiradores era grande y estaba bastante igualada. Los dos se batían con ferocidad y, en pocos instantes, la pista se vio rodeada por el resto de tiradores que se habían ido acercando, curiosos. Los combates con sable eran los más rápidos y los que mayor habilidad y forma física requerían. Al cabo de unos minutos, en la sala de armas tan solo se escuchaba el ruido metálico de las brillantes hojas al chocar entre sí y, tras las caretas, el sudor cubría la frente de los espadachines.
Al final del primer tiempo, Robin llevaba cinco tocados válidos contra tres de Emma. Se detuvieron durante un minuto y ambos se quitaron las caretas para secarse la transpiración. La profesora se alegraba de llevar puestas sus nuevas lentillas; su visión había mejorado mucho y no resbalaban de su nariz ni se empañaban a causa del sudor como hacían sus gafas.
El maestro de armas les hizo seña de que se colocaran de nuevo las caretas, y los dos volvieron a sus puestos y se pusieron en guardia. El asalto se reanudó con la misma furia, y ese segundo tiempo terminó con empate a ocho tocados. Cuando se disponían a finalizar el asalto, los dos estaban casi sin resuello. Iban trece a nueve a favor de Emma en el último tiempo, cuando Hood susurró:
—Disfrutaré cuando me folle a tu preciosa sobrinita, sé que lo está deseando... —Una rabia salvaje invadió a la profesora; aunque trató de dominarse. Era consciente del juego que su oponente se traía entre manos y no estaba dispuesta a caer en una trampa tan burda. Sin embargo, los comentarios insidiosos continuaron—: Seguro que yo le daré más satisfacción en la cama que su brillante tía.
—Al menos —respondió Emma con un jadeo—, mi brillo es mío. Yo no plagio los trabajos de mis alumnos para conseguir un ascenso.
Al oír esas palabras, Hood se llenó de una furia homicida y la violencia de su ataque se triplicó, lo que hizo que Emma rebasara la línea de fondo. Los cables que los mantenían a ambos conectados a la máquina saltaron por los aires, a pesar de lo cual su rival no solo no se detuvo, sino que la persiguió por toda la sala sin dejar de lanzarle sablazos.
—¡Alto! —gritó el maestro de armas, pero Robin no pareció escucharlo.
Emma se defendió como pudo y paró las violentas estocadas con toda la habilidad de la que era capaz. Una de las veces, su enemigo utilizó incluso el brazo libre para golpearla.
—¡Alto! —repitió el maestro, enfurecido, pero Hood seguía fuera de sí y no le prestó la menor atención—. ¡Hood, deténgase de una vez! ¡Tarjeta negra directa! ¡Está usted descalificado!
El hombre se detuvo al fin, se arrancó la careta con violencia y le dirigió a la profesora una mirada asesina.
—Te juro que esto no quedará así —prometió, jadeante, antes de darse media vuelta y salir a toda prisa de la sala de armas.
El rumor de conversaciones en la amplia estancia sonaba tan agitado como el zumbido de una colmena de abejas; en poco tiempo, los comentarios sobre lo ocurrido esa tarde en la sala de armas se extenderían por toda la universidad. Muy despacio, Emma se quitó la careta. Estaba exhausta y no tenía duda de que al día siguiente luciría una buena cantidad de moratones por todo el cuerpo a causa de los golpes de su rival.
El maestro se acercó a ella, aturdido.
—Caramba, Emma, no entiendo qué demonios le ha pasado. Ese hombre no volverá a poner un pie en este lugar. ¡Te lo aseguro!
La profesora se encogió de hombros, se despidió y se alejó en dirección a los vestuarios para darse una ducha. Por fortuna, no se encontró a Robin por ningún lado. El agua caliente tonificó sus doloridos músculos y, algo más relajada, se dirigió caminando a su casa.
Al pasar delante de la biblioteca le pareció detectar una sombra agazapada tras un arbusto; examinó el lugar con atención y distinguió a la detective Mills, enfrascada de nuevo en sus pesquisas. El recuerdo de la última vez que se acercó a ella en circunstancias similares estaba muy vivo en su mente, así que carraspeó un par de veces antes de aproximarse despacio.
—¿Otra vez tú, profesora? —susurró, al tiempo que la agarraba del brazo y la arrastraba detrás del mismo arbusto que a ella le servía de protección.
—¿Qué ocurre? ¿Has visto algo? —preguntó a su vez Emma en voz muy baja.
—No, pero he pensado que esta es la semana ideal para que ocurra algo, muchos estudiantes se han marchado ya de vacaciones y estas noches habrá luna nueva.
—Sí, tiene sentido...
—¡Shhh!
La profesora se calló en el acto y, al instante, escuchó las sonoras pisadas de uno de los vigilantes nocturnos del college que se dirigía hacia ellas. Sin pararse a pensar, Regina se puso de puntillas, pasó una mano por detrás de la nuca de Emma, atrajo su cabeza hacia sí y la besó.
Fue como acercar una cerilla a la pinaza reseca.
Durante un segundo, Emma se quedó paralizada por la sorpresa, pero enseguida reaccionó al delicado contacto de aquella boca con una pasión devoradora. La envolvió con sus brazos y la estrechó con violencia contra su pecho mientras enredaba sus delicados dedos entre los cabellos oscuros. Ante la avidez de sus labios, la boca de Regina se entreabrió, sumisa, y la profesora se asomó a la húmeda suavidad de su piel y la saboreó, insaciable.
En una respuesta instintiva, ella se apretó aún más contra el delicado pecho femenino y, entonces, la excitación de Emma se desbordó con la violencia de una riada. Sin embargo, a pesar de aquella lujuria desenfrenada que la consumía fue consciente, al mismo tiempo, de una sensación mucho más difícil de explicar que el simple deseo.
Por un momento sintió que había llegado a casa.
En ese mismo instante, el haz de luz de una linterna la enfocó directamente a los ojos y, muy a su pesar, se vio obligada a abrirlos. Observó que Regina mantenía los suyos cerrados y, hechizada, se fijó en el modo en que las largas pestañas alabeadas oscurecían sus mejillas.
—Perdón, profesora Swan, ya me voy —se disculpó, turbado, el vigilante y se alejó con rapidez del lugar.
Emma suspiró. En breve, correría por toda la universidad el rumor de que la profesora Swan, como un simple estudiante con las hormonas enloquecidas, había sido sorprendida besando con pasión a una mujer. Al menos, pensó tratando de consolarse, Regina le daba la espalda al vigilante y este no había podido reconocerla. La detective, todavía entre sus brazos, abrió los párpados con lentitud y Emma pudo distinguir sin dificultad los rescoldos de la pasión en sus pupilas.
—Caramba, profesora, no tenía ni idea de que supieras besar así. —Su voz, baja y sensual, hizo que a Emma se le erizase el vello de los brazos.
Al ver que la impactada y confusa Emma no hacía ningún amago de dejarla marchar, Regina, algo más calmada, le dijo:
—Profesora, ya puedes soltarme. Perdona que te besara, pero fue lo único que se me ocurrió cuando escuché que se acercaba el vigilante. No quería que nos pillara husmeando por aquí.
La profesora deshizo por fin el abrazo en el que la mantenía atrapada y replicó en un tono ronco:
—Ahora has arruinado, definitivamente, mi buen nombre.
—De verdad que lo siento —Ella se disculpó una vez más, bastante turbada—. Esperemos que no se entere tu novia. Aunque siempre podrás negarlo, decir que el vigilante se confundió de persona...
—Se nota que mentir se te da de miedo —comentó, sarcástica, mientras la miraba con el ceño fruncido. Todavía tenía que hacer esfuerzos titánicos para respirar con normalidad; era tremendo el poder que aquella preciosa mujer ejercía sobre ella.
—Solo es una mentirijilla sin importancia para evitar hacer daño a otra persona. No ha sido un beso de verdad. —Al percibir cómo temblaban aún sus rodillas, Regina se sintió ridícula y trató de aclararse, aunque lo único que consiguió fue embrollarlo todo un poco más—. Quiero decir que ha sido una... una artimaña operativa, es decir, la respuesta rápida ante una situación de emergencia, estoo... una treta inevitable...
—Déjalo. No hace falta que sigas. Me hago una idea —la interrumpió con sequedad.
—Me alegro —respondió, muy aliviada.
De repente, ambas oyeron unos ruidos ahogados provenientes del interior de la biblioteca. En el acto, la detective recuperó su serenidad, se quedó escuchando, muy quieta, y apoyó una mano en el brazo de la profesora para indicarle que no se moviera. A pesar de lo peliagudo de la situación, en lo único en que Emma podía pensar era en el calor que desprendía aquella delicada mano que traspasaba la tela de su chaqueta y le quemaba la piel.
Lo que sucedió entonces ocurrió con tal rapidez que a la profesora apenas le dio tiempo a registrarlo. Una figura, vestida completamente de negro, se descolgó con agilidad por una ventana de la biblioteca. La detective Mills salió como una exhalación y, sin darle tiempo a reaccionar, se abalanzó sobre ella.
A la tenue luz de las estrellas y de la única farola que había en las proximidades, se desarrolló un espectáculo que Emma no olvidaría jamás. El tipo, que a juzgar por su tamaño era un hombre hecho y derecho, y de una envergadura considerable, arremetió contra la esbelta detective con la furia de un toro bravo. Al verlo, Emma se quedó paralizada y tan solo le dio tiempo a pensar, horrorizada, que aquel energúmeno la iba a matar. Sin embargo, ella le hizo frente sin vacilar y empezó a dar patadas y lanzar puñetazos a una velocidad tan increíble que, a los pocos minutos, la oscura silueta permanecía inmóvil en el suelo, mientras Regina, acuclillada a su lado, le ataba las manos.
La profesora estaba a punto de vitorearla cuando, de entre las sombras, surgió otro oscuro personaje que se arrojó sobre la desprevenida detective Mills y le dio dos brutales puñetazos en la espalda que la hicieron gemir de dolor. Emma rugió con rabia y se aproximó a toda prisa al agresor quien, al verla, salió corriendo, pero antes de que Emma pudiera acercarse a la detective para socorrerla, la oyó gritar:
—¡Atrápalo, profesora! ¡No dejes que se escape!
Como si su voz hubiera oprimido un resorte, Emma salió disparada detrás del hombre que huía a toda velocidad. El sujeto era muy rápido, pero, a pesar de que todavía le dolían las magulladuras después de su enfrentamiento con Hood, la profesora se dijo a sí misma que no podía fallarle a Regina, así que aceleró el paso aún más y alcanzó a su presa justo cuando intentaba encaramarse al muro de piedra que rodeaba el college. Consiguió agarrarlo del tobillo y lo derribó de un fuerte tirón; sin embargo, el hombre recuperó el equilibrio casi al instante y se volvió con los puños en alto dispuesto enfrentarse a ella. Pero Emma estaba preparada; con una destreza impresionante, le lanzó dos directos, uno detrás de otro, y su puño impactó con tanta fuerza contra el rostro de su rival que el tipo se desplomó en el suelo sin conocimiento.
—¡Así aprenderás que nunca se debe pegar a una dama! —lo reprendió, enojada, a pesar de que el pobre hombre ya no podía escucharla.
La profesora se agachó junto a la figura inconsciente y, haciendo uso de toda su fuerza, se lo cargó al hombro como si fuera un fardo y regresó despacio al lugar donde se encontraba la detective con el otro detenido. El vigilante del college se hallaba a su lado.
_Gracias a las que siguen la historias, a las que dejan sus RW y lectoras silenciosas que andan por aquí. Espero conocerlas muy pronto, como lo prometido vuelvo con una rapidez envidiable.
Y como siempre dedicatoria a: Harpohe1989, 15marday, Ruth Maria, sjl82, Gloes,Mills1, Jazz87, Tanin 1323, Guest, LoreLane, ineheram, Andy09.
Que me han dejado un hermoso RW. A ellas muchas gracias a estas chicas especiales.
Me da mucho gusto verlos de nuevo y saber que siguen aquí, significa mucho para mí.
Sin más, gracias por pasarse bonita noche/tarde/ día.
Pdta. ¡Actualización basada en RW, besos!
Nos vemos muy pronto.
Alguna falta de ante mano una disculpa.
