Capítulo XI
—¡Buen trabajo, profesora! —la felicitó Gina con entusiasmo, a pesar de que, incluso a la escasa luz de la farola, se notaba que estaba muy pálida.
—¿Te ha hecho daño este malnacido? —preguntó Emma, intranquila.
—Nada que una buena pomada antiinflamatoria no pueda arreglar. —Bajo el tono despreocupado, Emma percibió un atisbo de dolor.
La detective se volvió hacia el guarda de seguridad que lo observaba todo con los ojos muy abiertos, incapaz de dar crédito a lo que estaba ocurriendo aquella noche delante de sus narices. El suceso más emocionante al que se había enfrentado durante los cuatro años que llevaba de vigilante en el college había sido una pelea entre dos estudiantes en sujetador, completamente borrachas, que se tiraban de los pelos con saña.
—Llévelos al calabozo de la comisaría más próxima —ordenó la detective, al tiempo que le mostraba su placa—, y dígales que mañana se pasará por allí la detective Mills, de Scotland Yard, para interrogarlos. Que los encierren separados. Y sea discreto, amigo.
—Sí, señorita. —El admirado vigilante estuvo a punto de cuadrarse ante ella.
—Será mejor que volvamos a casa, profesora.
Emma asintió y, sin decir nada, le pasó un brazo por la cintura, para ayudarla a recorrer los pocos metros que las separaban de la vivienda.
Al percibir de nuevo la palidez de su rostro la profesora preguntó:
—¿Quieres que te lleve a urgencias?
—No es necesario, de verdad. Por mi profesión sé lo bastante de medicina para darme cuenta de que no es más que una simple contusión.
Al ver como la detective se mordía el labio inferior al intentar subir el primer escalón de piedra de la entrada, Emma la cogió en brazos y, como si no pesara más que un bebé, la llevó hasta el salón y la depositó con suavidad sobre uno de los sofás.
—No te muevas —ordenó.
Ella estaba tan dolorida que, por una vez, obedeció sin rechistar. La profesora fue a la cocina, buscó en el botiquín que guardaba en uno de los armarios y volvió enseguida con unas pastillas, un vaso de agua y una pomada.
—Tómate una de estas —dijo, al tiempo que le tendía el vaso y un analgésico.
Gina se tomó la pastilla y bebió un buen trago de agua.
—Gracias, profesora.
—Te ayudaré a quitarte la chaqueta. —Con dedos torpes, bajó la cremallera de la sudadera de algodón y se la quitó con mucho cuidado—. Date la vuelta y túmbate en el sofá.
—De verdad, no es nece...
—Será mejor que obedezcas, Regina Mills, o te prometo que te llevaré ahora mismo al hospital más cercano —la interrumpió sin contemplaciones.
—No me gusta que me des órdenes, no soy una niña, además... —Sin dejar de protestar, la detective hizo lo que le decía y se tumbó sobre el sofá boca abajo. Los labios de Emma esbozaron una sonrisa de diversión al oírla refunfuñar.
Con suavidad, levantó la camiseta de algodón y se detuvo, pudorosamente, justo antes de llegar a la tira del sujetador. Gina llevaba unos pantalones de chándal de cintura baja y, una vez más, la pequeña mariposa azul, que resaltaba, llamativa, sobre la piel cremosa, atrajo las pupilas de Emma como un imán. Sacudió la cabeza, enojada consigo misma, y anunció en un tono que esperó que fuera lo más normal posible:
—Se te está formando un enorme cardenal a la altura del riñón.
—Sí, ese bastardo tenía buena puntería —reconoció, dolorida.
—No me gusta que digas palabrotas —la regañó.
Al oírla, Gina puso los ojos en blanco y replicó:
—Ni que fueras mi madre.
Aquella idea le pareció alarmante, así que la profesora trató de poner las cosas en su sitio.
—No podría ser tu madre, no soy tan mayor.
—Digo que te comportas como una madre. Una madre victoriana, para más señas.
—¿Qué es esta cicatriz que tienes aquí? —preguntó Emma con curiosidad, al tiempo que pasaba el índice con ligereza sobre la delgada línea blanca que recorría buena parte de su costado izquierdo.
—Un drogadicto me dio una puñalada. Tuve suerte, la hoja del cuchillo me pasó entre el bazo y el estómago. Unos cuantos puntos y solucionado. —Se encogió de hombros con indiferencia.
—Si esto es el pan nuestro de cada día en tu profesión, Gina, más te valdría cambiarla por otra menos arriesgada —declaró Emma con severidad, al tiempo que le quitaba el tapón al bote de crema y echaba un poco en su mano derecha.
—Me gusta mi profesión, pero, como todas, tiene sus pequeños inconvenientes.
La profesora soltó un gruñido por toda respuesta y empezó a extender la crema con suavidad sobre el inmenso moratón. Complacida, escuchó el suspiro de alivio que exhaló la joven.
—Qué maravilla...
Mientras masajeaba con delicadeza aquella piel sedosa a Emma le invadió la misma excitación que sintió cuando estrechó Gina entre sus brazos y, como si tuviera voluntad propia, su dedo índice se posó sobre la diminuta mariposa azul y la acarició con suavidad.
—¿Qué haces? —La pregunta la devolvió bruscamente a la realidad.
—Pensé que era una mancha —mintió con torpeza, tratando de que a su voz no asomara el deseo que la consumía—. ¿Tiene algún significado este tatuaje?
—Me lo hice cuando me largué de casa —respondió ella con voz somnolienta—. Supongo que significaba que sería capaz de escapar, de salir de aquel horrible barrio que parecía una cárcel y alejarme volando de él.
Los largos dedos de la profesora continuaban deslizándose por su espalda con ligereza, mientras esparcían bienestar a su paso.
—Bueno, al final lo conseguiste.
—Sí, lo conseguí —suspiró Gina antes de sumirse en un sueño profundo.
La profesora se dio cuenta de que se había quedado dormida y sonrió con ternura una vez más. La detective Mills era una mujer fuerte y admirable en muchos aspectos, se dijo, pero había veces que le parecía una niña indefensa y, a su lado, ella se veía como una vejestoria aburrida.
Siguiendo un impulso, agachó la cabeza y posó sus labios sobre la diminuta mariposa azul y, al instante, una intensa descarga de deseo la recorrió de arriba abajo; no sabía por qué, pero la señorita Mills sabía pulsar unas teclas que la señorita Fisher ni siquiera sabía que existían. De hecho, ella misma ni siquiera había sospechado su existencia hasta esa misma noche.
Con cuidado, le dio la vuelta y la cogió de nuevo entre sus brazos. La pequeña detective no pesaba mucho más que sus sobrinos. Subió hasta su habitación y la dejó con cuidado sobre la cama. La profesora se sentó en el borde del colchón y, con su habitual torpeza, desabrochó los cordones de las zapatillas de deporte y se las quitó, pero no se atrevió a pasar de ahí a pesar de que Gina ni siquiera se había movido. Luego la tapó con el edredón y permaneció un rato contemplándola en silencio.
Con delicadeza, apartó de su rostro un mechón de pelo castaño oscuro y se quedó mirando embelesada aquellos delicados rasgos, relajados por el sueño, que le daban una engañosa impresión de fragilidad. De repente, un pensamiento tan súbito como un rayo que desgarra el cielo durante una noche de tormenta, se abrió paso en su mente:
¡Estaba enamorada de la detective Regina Mills!
Ahora entendía su violenta reacción el día que descubrió a Hood besándola frente a la puerta de su casa; los celos le habían nublado el juicio. También recordó el desasosiego inexplicable que a menudo le producía su sola presencia, el vacío que sintió cuando ella tuvo que viajar a Edimburgo...
Atónita, comprendió que, por primera vez en su vida, se había enamorado y lo había hecho de una diminuta mujer con la que apenas tenía nada en común; con una profesión muy diferente de la suya y que a menudo la ponía en peligro. Una mujer ferozmente independiente que había pasado toda su vida luchando en solitario y que, sin embargo, suscitaba en ella una ternura inexplicable, acompañada por la necesidad imperiosa de protegerla de cualquier cosa que pudiera hacerle daño.
Fascinada, observó la pequeña cicatriz en su labio superior que siempre le había encantado. De nuevo sintió el impulso de besarla y en esta ocasión no lo reprimió, sino que se inclinó sobre ella y depositó un delicado beso en la comisura de sus labios muy cerca de su pequeña cicatriz. Emma notó que su respiración se aceleraba. Ardía en deseos de abrazarla y hacerle el amor, pero, con un esfuerzo sobrehumano, evitó rendirse a aquellas confusas y violentas emociones que amenazaban con dominarla.
Mientras permanecía sentada a su lado sobre el colchón sin apartar la vista de ella, la profesora empezó a pensar en la vida que había llevado durante los últimos veinte años, dedicada casi por completo al estudio y, de repente, se le antojó una existencia absurda. Se dijo que no era más que una solterona impenitente y ridícula que, de improviso, se sentía desbordada por la conmoción que esos nuevos sentimientos, hasta entonces desconocidos, provocaban en ella; más intensos si cabe por la falta de ternura que siempre había reinado a su alrededor. Le hubiera gustado negar aquellas emociones; sin embargo, Emma Swan no era una mujer que se engañara a sí misma, así que se inclinó sobre ella una vez más y le susurró al oído:
—Te quiero, Regina.
Una suave sonrisa apareció en los labios llenos de la joven, que se arrebujó un poco más en el cálido edredón y siguió durmiendo con placidez. Con un profundo suspiro, Emma abandonó la habitación y cerró la puerta tras de sí con suavidad.
Regina se despertó sintiéndose mucho mejor. Sorprendida, se dio cuenta de que estaba completamente vestida y comprendió que la profesora debía de haberla llevado en brazos a la cama. Revivió los acontecimientos de la noche anterior y, de nuevo, un agradable calorcillo se extendió por su cuerpo al pensar en los ávidos labios de Emma sobre los suyos. Nunca habría imaginado que la estirada profesora Swan pudiera provocar semejantes sensaciones en ella.
Sin embargo, sacudió la cabeza con determinación. Ahora no tenía tiempo para pensar en besos, se dijo. Lo más urgente era vestirse y marcharse a la comisaría para interrogar a los dos sospechosos. Con decisión, se levantó, se dio una larga ducha caliente y bajó las escaleras. La profesora estaba en la cocina; había preparado el café y tostado un poco de pan.
—El desayuno está listo —anunció.
—No tengo tiempo, debo ir a la comisaría.
Emma frunció el ceño y la miró con la misma desaprobación con la que miraría a un alumno rebelde.
—Desayuna —ordenó—. Es sábado, así que te acompañaré a la comisaría.
Al oír aquel tono autoritario, Gina replicó, desafiante:
—Puedo ir sola, no necesito que cuides de mí como una gallina clueca.
—Ándate con ojo, Regina, o te tumbaré sobre mis rodillas y te sacudiré como a una alfombra —amenazó Emma con su expresión más adusta.
—¡Uhh, me muero de miedo!
—No seas impertinente.
Estaba claro que la profesora estaba decidida a salirse con la suya, así que, resignada, la detective se sentó a la mesa, se sirvió café en una taza y empezó a untar una tostada con mantequilla.
—¿Sabes que tú también eres muy mandona? —le dijo antes de darle un mordisco a la apetitosa tostada.
—No me digas... —respondió sin inmutarse.
—Sí, lo eres. Si no fuera porque te estoy muy agradecida por tus cuidados de anoche, te haría una demostración del caso que suelo hacer a las mujeres autoritarias.
La profesora esbozó una de sus seductoras sonrisas.
—Me alegra que seas razonable.
Gina soltó un bufido de indignación y siguió comiendo.
En cuanto terminaron, cogieron las bicicletas y se dirigieron a la comisaría. La detective mostró su placa y uno de los policías la condujo sin dilación a la sala de interrogatorios. Emma se quedó en el cuarto contiguo, desde donde podía observarlo todo a través de un cristal.
El primer hombre al que hicieron pasar a la destartalada sala, ocupada tan solo por una mesa, dos sillas y un enorme espejo que cubría una de las paredes, lucía un ojo morado.
—Siéntate —ordenó la detective señalando la silla vacía. Ojeó unos documentos que había sobre la mesa y leyó en voz alta—: John Paul Brown, detenido en innumerables ocasiones por robo con fuerza y desórdenes públicos.
—Ese soy yo —contestó el tipo con insolencia.
—Quiero que me digas qué hacías anoche en la biblioteca del college.
—¿No lo sabes, preciosa? —preguntó a su vez en un tono insinuante.
—Soy la detective Mills. Procura no pasarte un pelo conmigo o te daré un puñetazo en el otro ojo y cada vez que intentes abrir los párpados pensarás que te los han cosido con una viga de hierro —replicó Gina, muy tranquila, mientras clavaba en él sus ojos oscuros con absoluta frialdad.
El hombre pareció encogerse ante aquella mirada gélida y decidió colaborar.
—Era un encargo.
—¿Un encargo?
—Un tipo nos ofreció trescientas libras por hacer unas cuantas pintadas en la biblioteca.
—¿Fuisteis vosotros los que hicisteis la primera pintada?
El sujeto asintió con la cabeza.
—¿Qué era lo que teníais que escribir esta vez? —La detective formulaba una pregunta tras otra, incansable.
—Esta vez, además de los insultos a los miembros de la Congregación, debíamos hacer unas amenazas más concretas.
—Te escucho —dijo Gina, al tiempo que apoyaba las manos en su regazo, sin apartar la vista del rostro de aquel individuo.
—Teníamos que acusar a un tal Sommers de homosexual, a Killian Jones de apropiarse de los fondos del college para sus gastos personales, a Daniel de chismoso impenitente y anunciarle a Elen... no, a Emma Swan, que se le está acabando el tiempo.
Un escalofrío recorrió la columna vertebral de la detective Mills, a pesar de lo cual mantuvo el rostro impasible.
—¿Algo más?
—Solo la firma.
—¿La firma?
—Como en la ocasión anterior, debíamos firmar ACM et ASCT.
—¿Sabes el significado de esas letras?
El hombre se encogió de hombros.
—Ni puñetera idea.
—¿Quién os encargó el trabajito?
—Nos reunimos una noche en un tugurio de Bath con un tipo de pelo negro, barba y perilla.
—¿Tuviste la impresión de que pudiera tratarse de un disfraz?
—Seguramente —respondió, indiferente, con un nuevo encogimiento de hombros.
—¿Cómo se puso en contacto con vosotros?
—Eso no es difícil —se frotó la barba incipiente con un gesto maquinal—, basta con hacer las preguntas adecuadas en los lugares adecuados.
—Entiendo. —Gina golpeó las hojas con el bolígrafo que sostenía en la mano—. ¿Algún detalle que recuerdes de ese hombre?
—Tenía una voz muy educada, como esos mamarrachos de la universidad.
Un destello de profundo interés brilló en los iris negros.
—¿Crees que podría ser un estudiante? ¿Quizá un profesor?
—No sabría decirlo, pero si fuera un estudiante en algún momento quizá hubiera utilizado una expresión... no sé, más moderna, por decirlo de alguna manera. Hablaba como un presentador de la BBC de los años cincuenta.
—¿Alguna cosa más que pudiera serme útil y ayudarte a ti, de paso, a salir un poco mejor parado del aprieto en el que te encuentras?
El hombre se quedó pensativo y por fin contestó:
—Tan solo que no me pareció un tipo con el que pudieras bromear.
—¿En qué sentido?
—No sé explicarlo. Es una sensación. —Sacudió la cabeza—. Hay tíos que solo con cruzar con ellos dos palabras hacen que se te revuelvan las tripas.
La detective se dio cuenta de que no iba a obtener más información del tal John Paul Brown, así que llamó al policía que permanecía en la puerta para que se lo llevara y trajera a su compinche. Regina lo sometió también a un interrogatorio exhaustivo, pero lo que le dijo no difería mucho de lo que ya había sonsacado a su compañero, por lo que se limitó a hacer la denuncia pertinente y abandonó la comisaría en compañía de la profesora.
Emma la invitó a comer en un pub cercano.
—No parece que hayan sido de mucha ayuda —comentó una vez que el camarero depositó un par de cervezas y unos sándwiches sobre la mesa y se alejó.
—Creo que sabemos algo más. Primero, las amenazas se hacen más concretas; está claro que nuestro hombre es alguien que conoce bien a los miembros del college. Lo que me hace recordar que quería preguntarte qué demonios tiene Robin Ward-Hood contra ti.
—¿Sospechas de él? —preguntó, curiosa.
—Sospecho de todo el mundo, pero me extraña esa especie de odio que asoma a sus pupilas cada vez que te mira.
—Sí, anoche lo demostró en la sala de armas...
La detective le pidió una explicación, y Emma le contó, brevemente, los sucesos previos a la agitada aventura que vivieron juntos.
—Así que lo pillaste copiando el trabajo de un alumno... —comentó Gina por fin.
—Tuve acceso al ensayo de Hood justo antes de que lo publicaran en una de las revistas de divulgación científica de la universidad y reconocí párrafos enteros de la tesis que un alumno suyo me había rogado que le corrigiera. Así que me enfrenté a él y le dije que retirara su trabajo si no quería que fuera con el cuento a Jones. No es que sea una cosa poco habitual; a veces, la obligación de publicar somete a los profesores a un estrés extraordinario y puedo entenderlo, aunque no lo comparta; pero no me gustó nada la actitud chulesca que adoptó Hood.
—Así que desde entonces es tu enemigo acérrimo. —Por unos segundos, la detective se olvidó del sándwich que tenía entre las manos y la miró con interés.
—Bueno, reconozco que ninguno de los dos nos tenemos mucho aprecio, pero de ahí a pensar que pudiera causarme daño físico va un abismo —afirmó, escéptica.
Ella examinó su rostro, sonriente, y comentó:
—Será mejor que no bajes la guardia, profesora. Recuerda el combate de ayer...
—Bah. —Su interlocutora descartó la idea con un gesto despreocupado de la mano y cambió de tema—. Dime a qué conclusiones has llegado tras los interrogatorios de nuestros delincuentes nocturnos.
Los iris negros brillaban de excitación mientras le contaba sus sospechas.
—Tanto mi informador de Edimburgo, como estos dos han coincidido en que la voz del sujeto es muy educada y que no utiliza la jerga o giros modernos que en un momento dado pudiera utilizar un joven estudiante, así que estoy casi segura de que nuestro amigo es un profesor.
Emma asintió con la cabeza; la deducción le pareció razonable.
—Además —prosiguió la chica—, creo que nos enfrentamos a un tipo peligroso en extremo.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Emma, sorprendida—. Al fin y al cabo, se ha limitado a hacer unas pintadas y robar un báculo. En ninguna de sus actuaciones ha existido el menor asomo de violencia.
—Piénsalo, profesora. Es alguien que se permite el lujo de dejarle pistas a la policía, lo que demuestra soberbia y una sobrevaloración de su persona. Se sirve de un disfraz, pero no teme reunirse con gente del hampa a la que amenaza con frialdad, y llega hasta el extremo de utilizar un cuchillo y hacer un corte en la garganta de un delincuente. Por lo que sabemos de la cita en latín, es una persona que está convencida de que no se tiene en cuenta su valía, que gente con menos méritos que él le pasa por encima. La conducta de este sujeto (el robo de objetos muy difíciles de vender, pero que, sin embargo, tienen un profundo significado) implica, de alguna manera, cierta ritualización. En resumen y a grandes rasgos, es el típico retrato de un psicópata.
La profesora la miró con admiración.
—¿Cómo piensas detenerlo?
Regina dio un sorbo a su cerveza y se apartó un mechón de pelo del rostro con ademán impaciente.
—Estoy casi segura de que va a hacer un movimiento en breve. En cuanto sepa que hemos detenido a sus esbirros se lo va a tomar como un desafío personal y creo, firmemente, que va a responder a él con contundencia. Este tipo de individuos no toleran que alguien pueda pensar que son más listos que ellos, pero, al mismo tiempo, no tienen un pelo de tontos, así que tendremos que extremar las precauciones.
—¡Bravo, detective Mills!
Ella le dirigió una sonrisa afectuosa.
—Es muy pronto para las felicitaciones, profesora, aún estoy muy lejos de haber cazado al culpable.
—Eres una mujer fascinante, ¿lo sabías? —La acariciadora mirada de aquellos ojos azul-verdosos hizo que Gina se sonrojara casi por primera vez en su vida, lo que le hizo revolverse, incómoda, en su taburete.
—No digas tonterías.
Emma notó su turbación y sonrió, divertida, al percatarse de que la detective Mills no ejercía un control tan férreo sobre sus emociones como le gustaría. Sin embargo, que decidió apiadarse de ella y volvió al asunto que les ocupaba.
—Puede que nuestro amigo esté esperando un poco para su gran show; Michaelmas está a punto de terminar, así que igual prefiere que hayan vuelto todos para lucirse.
—Quizá. No puedo presumir de manejar su agenda secreta... La verdad, es que los profesores aquí tenéis suerte de trabajar tan solo ocho semanas por periodo lectivo, desde luego no es una mala vida. ¿Qué haces tú en tus vacaciones, profesora?
—Suelo aprovechar para pasar más tiempo en la biblioteca y organizar los exámenes, pero este año Mary ha decidido venir de visita unos días con su marido y mis sobrinos. Conociéndola como la conozco, dudo que me sobre mucho tiempo para el estudio.
A Regina le hizo gracia el aspecto abatido de la atractiva profesora.
—¿Y dónde van a quedarse? Me siento culpable por estar ocupando tu casa.
—No te preocupes por eso, son demasiados para instalarse allí. Cuando vienen todos, suelen alojarse en el bed and breakfast que hay unas calles más allá. Los conocen desde hace años y no suelen protestar demasiado cuando los niños hacen de las suyas.
—La idea de que vengan no parece hacerte muy feliz.
La profesora se encogió de hombros.
—Quiero mucho a mis sobrinos, pero con ellos aquí puedo garantizarte que se acabó la tranquilidad. Mary se empeñará en embarcarme en todo tipo de excursiones por los alrededores, ya sabes: Bath, los Cotswolds, picnics a cero grados de temperatura... El paquete completo, vamos.
—Suena divertido —afirmó Gina quien, por lo general, no salía casi nunca de Londres.
—Reconozco que lo es, pero ya te darás cuenta de que también resulta agotador.
—¿Me incluyes a mí en el paquete? —La miró, divertida—. Te recuerdo que yo no estoy de vacaciones, sigo buscando al culpable y no parece que me encuentre mucho más cerca de él que cuando llegué a Oxford. Mi jefe está empezando a impacientarse, no le gusta que sus limitados efectivos dediquen demasiado tiempo a un solo caso.
—A alguna excursión tendrás que venir. Parece que no conoces a Mary. —Abrió mucho los ojos como hacía su hermana, sacudió la cabeza igual que ella y exclamó con voz de falsete—: ¡Gina, no puedes fallarme!
A Gina le entró un ataque de risa.
—Cómo te pille Mary imitándola te vas a enterar —comentó secándose las lágrimas.
La profesora deslizó una mirada cargada de ternura por su bonito rostro, aún congestionado por las carcajadas, y sintió unas intensas ganas de besarla. Alguna de esas emociones debió asomar a sus ojos, porque Regina recobró la seriedad en el acto y se despidió de ella apresuradamente.
—Voy a ver si me entero de algo por ahí. ¡Hasta luego! —Cogió su bolso, dejó un billete sobre la mesa y, antes de que Emma pudiera reaccionar, ya había salido del local.
Gracias a las que siguen la historias, a las que dejan sus RW y lectoras silenciosas que andan por aquí. Espero conocerlas muy pronto, como lo prometido vuelvo con una rapidez envidiable.
Y como siempre dedicatoria a: 15marday, Ruth Maria, sjl82, Gloes,Mills1, anaxis, Guest.
Que me han dejado un hermoso RW. A ellas muchas gracias a estas chicas especiales.
Me da mucho gusto verlos de nuevo y saber que siguen aquí, significa mucho para mí.
Sin más, gracias por pasarse bonita noche/tarde/ día.
Pdta. ¡Actualización basada en RW, besos!
Nos vemos muy pronto.
Alguna falta de ante mano una disculpa.
