Capítulo XII

Mary y su familia descendieron tres días después sobre sus plácidas vidas y, como la cola de un tornado, lo pusieron todo patas arriba. Gina no tenía mucha experiencia en el trato con niños, pero Will y Neal, de ocho y diez años respectivamente, le cayeron bien desde el principio. Desde luego, no podía decirse que fueran niños modélicos —la mayoría de las veces no se les ocurría nada bueno—, pero la detective, que conocía bien la psicología humana, captó a la primera ojeada que no tenían mal fondo.

Como había predicho la profesora, enseguida empezó un maratón de excursiones por los alrededores: Stow on the Wold, Broadway, Burford, Castle Combe... Gina, que nunca había visitado los Costwolds, quedó encantada con la visión de aquellos idílicos pueblecitos. Otro día lo pasaron en Bath; visitaron sus termas y el resto de la elegante ciudad que había sido el lugar de veraneo favorito de la aristocracia inglesa durante la época de la Regencia.

A la detective, que carecía de parientes, la convivencia con la alegre y turbulenta familia de la profesora Swan le pareció encantadora. Mary era la hermana que nunca había tenido y no recordaba una época en su vida en la que se hubiera reído más. El ceño de la profesora se fruncía con frecuencia al mirarlas desternillarse de las cosas más absurdas. En cambio, David, el marido de Mary, parecía disfrutar viendo a su esposa feliz y Gina sintió una envidia sana al notar lo enamorado que estaba de su mujer.

Una gélida mañana de diciembre en la que, a pesar de que no llovía, el cielo semejaba una helada bóveda gris, Mary decidió que saldrían a dar un paseo en barca y llevarían lo necesario para hacer un picnic después.

—¡Estás como una cabra, Mary! ¿Quieres que nos quedemos congelados y muramos todos de pulmonía? —protestó la profesora ante la propuesta de su hermana.

—¡Por Dios, Emma, no exageres! —Mientras hablaba, Mary no permanecía ociosa y añadía nuevas delicatessen a la enorme cesta de picnic—. Si tuviéramos que esperar al buen tiempo para hacer excursiones, no nos moveríamos del sillón junto a la chimenea hasta bien entrada la primavera y, quizá, ni siquiera entonces tendríamos asegurado un día en condiciones. Lo único que tienen que hacer todos es abrigarse bien.

—Estás loca, yo no voy —declaró Emma, tajante, con su expresión más severa.

Su hermana dejó lo que estaba haciendo y suplicó:

—¡Por favor, Emma, no puedes fallarme ahora!

A Mary no se le escapó la mirada cómplice que intercambiaron Emma y Gina.

—No estarán riéndose de mí, ¿verdad? —preguntó, al tiempo que las examinaba con suspicacia. Sin embargo, las dos le devolvieron sus miradas más inocentes y ella se tranquilizó en el acto.

—Entonces decidido. Ya tengo lista la cesta para el picnic, ¡se va a chupar los dedos!

Un poco más tarde, la familia al completo, reunida en el interior de la caseta de madera que había en el pequeño muelle cerca del Magdalen Bridge, negociaba el alquiler de un par de punts, unas embarcaciones de fondo plano que se manejaban con unas largas varas de madera. A diferencia de lo que ocurría en pleno verano cuando Oxford era invadida por hordas de turistas, aquel día eran los únicos clientes. El frío era intenso, y hasta el hombre que les alquiló las barcas los miró como si pensara que no estaban muy bien de la cabeza; sin embargo, ante la insistencia de Mary llevaban tantas capas de ropa que casi ni lo notaban.

Media hora después, las dos embarcaciones se deslizaban con placidez por el río Isis, nombre que recibía el Támesis a su paso por la ciudad de Oxford. La profesora y David impulsaban los punts clavando las varas en el fondo arenoso. Parecía muy sencillo, pero, cuando Will convenció a su tía para que le dejara probar, la vara se quedó clavada en mitad del río mientras la barca seguía avanzando por pura inercia.

Los tripulantes del punt de David empezaron a burlarse de ellos y se rieron con tantas ganas que estuvieron a punto de volcar, y fue entonces cuando le llegó el turno a la tripulación de la otra barca de mofarse de ellos sin piedad. Finalmente, con una hábil maniobra, el marido de Mary consiguió recuperar la vara y prosiguieron la agradable excursión por el solitario cauce desde el que podían contemplar los majestuosos edificios de piedra dorada de la universidad.

Por indicación de Emma, la alegre cuadrilla de marineros hizo un alto en una pequeña playa natural donde ataron las embarcaciones a las ramas de un sauce llorón que crecía al borde del agua y, entre la profesora y David, desembarcaron la enorme cesta de picnic.

—¡Mamá, tenemos hambre! Vamos a comer ya —gritaron a la vez Neal y Will, impacientes.

—Hijos, dejadme al menos organizarlo todo un poco.

—¡Will, Neal, David, vamos a jugar un partido! Somos demasiado pocos para un partido de cricket, así que jugaremos al béisbol. Dejemos que las débiles mujeres preparen el alimento de los poderosos atletas.

La profesora le guiñó un ojo a Gina, maliciosa, pero ella le lanzó una mirada torva y replicó, retadora:

—Está débil mujer te va a dar una lección que no olvidarás, profesora Swan.

—Y esta también —añadió Mary que arrojó al suelo las servilletas que acababa de sacar de la cesta y se colocó al lado de Gina con los brazos en jarras.

—¡Perfecto, un desafío en toda regla! —anunció Emma, frotándose las manos, complacida—. Muy bien, yo haré los equipos: las chicas y David, contra el trío más poderoso del hemisferio norte.

Los niños lanzaron unos ensordecedores gritos de guerra y se dirigieron hacia una extensa pradera que quedaba a menos de doscientos metros de allí. Comenzó el partido y pronto se vio que ni David ni la pobre Mary habían sido llamados a ser estrellas del béisbol; sin embargo, la destreza y la rapidez de Gina compensaban con creces esa pequeña carencia. Casi una hora después, iban empatados y a la detective le tocaba batear.

—¡Chicos, esta es nuestra oportunidad, no debemos fallar! ¡No podemos permitir que una frágil damisela gane a dos hombres de pelo en pecho y a una guerrera como yo! —arengó Emma a los niños, quienes, una vez más, soltaron sus infernales aullidos, dispuestos a luchar hasta el final o a morir en el intento.

Gina balanceaba el bate con calma, sin dejarse impresionar por su cháchara.

—¡Vamos, tira ya, profesora, que la voy a mandar hasta tu despacho! —exclamó, desafiante, al tiempo que se apartaba un oscuro mechón de la frente de un soplido.

Emma la examinó de arriba abajo con superioridad.

—¡Ja! Ya veremos si eres capaz de devolver el famosísimo e imparable lanzamiento Swan.

—¡Tira de una vez, pesada! ¡Gina te va a machacar! —gritó Mary, a la que lo de animar a su equipo se le daba de miedo.

—Muy bien, ¡allá va!

Con un teatral movimiento de lanzador profesional, Emma arrojó por fin la pelota con todas sus fuerzas, pero, a pesar de la potencia que llevaba la bola, Gina consiguió batearla con habilidad. Al darse cuenta de que el tiro había sido muy bueno, la propia Emma salió disparada detrás de la pelota y en cuanto la cogió se dirigió como una exhalación hacia la chica que trataba de llegar a la tercera base. Sin dudarlo un instante, se arrojó en plancha para impedírselo, la derribó y se quedó tumbada sobre ella, todo a lo largo que ella era.

—Perdona, Gina, ¿te he hecho daño? —preguntó, preocupada, al sentir el frágil cuerpo femenino debajo del suyo.

—¡Uff! —La detective soltó todo el aire de golpe—. Casi me matas profesora. Está claro que te tomas lo de ganar muy en serio.

La profesora contempló aquel rostro delicado tan cerca del suyo y esbozó una lenta sonrisa que dejó al descubierto su blanquísima dentadura, y las atractivas arrugas que se le marcaban en las mejillas. Al ver la mirada acariciadora que asomaba a aquellos bonitos ojos de color verdes con pintitas azules, Gina se vio obligada a tragar saliva un par de veces.

—No lo sabes tú bien —susurró Emma y acercó sus labios aún más a la boca femenina, privándola así del poco oxígeno que le quedaba en los pulmones.

—¡Gina! ¿Estás entera? —Mary, David y los dos niños se acercaban a toda prisa, lo que provocó que se rompiera el hechizo.

Muy a su pesar, Emma se quitó de encima de la detective y le tendió una mano para ayudarla a levantarse. Mary entrecerró los párpados, al tiempo que les lanzaba una mirada de soslayo, rebosante de curiosidad, que provocó una incómoda afluencia de sangre en el rostro de Gina.

—Sí, sí, no os preocupéis. Por fortuna, parece que mis huesos siguen intactos. —Trató de bromear sin mirarlo.

—Será mejor que dejemos el partido por hoy —decidió Mary sin hacer el menor caso de las protestas de sus hijos—. ¡Vamos a comer!

Tendieron una manta escocesa impermeable sobre el césped húmedo y la hermana de Emma comenzó a repartir platos y vasos. Luego vinieron los emparedados de queso con pepino, tartaletas rellenas de cosas ricas, galletas de chocolate y un montón de delicias más. De beber, coca-cola para los pequeños y un exquisito vino tinto para los mayores, que enseguida les provocó una agradable sensación de bienestar.

—Caramba, Mary, ha sido el mejor picnic de mi vida —comentó Gina, somnolienta. Se recostó contra el tronco de un árbol en un extremo de la manta escocesa, apoyó las manos sobre su estómago repleto y añadió—: Vas a tener que llamar a los bomberos para moverme de aquí.

—Gina, ¿vienes a jugar con nosotros? —preguntó Neal con la pelota en la mano.

—No, gracias, me voy a quedar un rato aquí descansando —contestó ella y cerró los párpados.

Ningún adulto se animó a continuar jugando, así que los niños se alejaron corriendo en dirección a la pradera.

—A mí en cambio me apetece dar un paseo para bajar la comida, ¿me acompañas David? —Mary le guiñó un ojo a su marido con disimulo.

—Eh... Bueno, sí... un paseo estará bien —aceptó, resignado, el amable David que estaba a punto de quedarse dormido.

Enseguida desaparecieron los dos por un sendero que corría paralelo al río. Emma, dedicada a meter lo que había sobrado en la cesta, no se percató de la maquiavélica maniobra de su hermana. Cuando terminó, se sentó sobre la manta con las piernas cruzadas y contempló a Regina que descansaba con los ojos cerrados. A lo lejos sonaban los gritos de los niños, entretenidos en sus juegos.

Fascinada, observó las brillantes ondas de cabello oscuro que caían a ambos lados de su rostro y la piel, canela, en contraste. Por una vez, los inquisitivos ojos negros estaban ocultos tras sus párpados, coronados por larguísimas pestañas y, de nuevo, su delicada belleza la dejó sin aliento.

Con suavidad, se acercó a ella un poco más y deslizó sus nudillos con la levedad de un suspiro por la tersa mejilla. Gina abrió los párpados, repentinamente alerta, y los iris negros chocaron con los iris verdosos.

El impacto hizo saltar una miríada de chispas.

—Tenías una araña —mintió la profesora con la voz ronca.

Ella se limitó a mirarla sin decir nada y, muy despacio, Emma se acercó aún más, sujetó la mandíbula delicada entre sus largos dedos con exquisita delicadeza, alzó su boca hacia ella y la besó de lleno en los labios.

Ninguna de las dos estaba preparada para la oleada de deseo voraz que se apoderó de ellas. El beso, que empezó con delicada ternura, al cabo de pocos segundos se transformó en un combate salvaje que no produjo heridos. Los labios de ambas se abrieron y sus lenguas exploraron, ávidas, las húmedas cavidades. La profesora atrapó entre sus dedos la delicada nuca femenina y la pegó todavía más a ella mientras Regina se aferraba a su cuello con violencia en un intento desesperado de fundirla contra su piel.

—¿Qué crees que era lo que acabamos de ver, David? ¿Un ganso o un cisne?

La absurda pregunta de Mary, hecha en voz muy alta con la inconfundible finalidad de hacerles saber que se acercaban, hizo que se separaran en el acto. Su hermana y la detective se levantaron de un salto y empezaron a doblar la manta escocesa, muy concentradas, evitando en todo momento cualquier contacto visual. Sus pechos subían y bajaban a toda velocidad, igual que si acabaran de correr una maratón.

En Inglaterra anochecía muy pronto durante el invierno, así que decidieron que ya iba siendo hora de recoger. David fue a avisar a los niños y entre todos metieron los bártulos en los punts y regresaron al embarcadero. Ni Gina ni Emma hablaron mucho durante el camino de vuelta, pero, por fortuna, su silencio pasó desapercibido entre la animación general.

David, Mary y los niños tenían planeado regresar temprano a Londres al día siguiente, así que se despidieron frente al pintoresco hotel en el que se alojaban.

—Adiós, chicas, lo hemos pasado muy bien. —Mary besó a Emma con cariño y luego se acercó a abrazar a la detective—. Bueno, Gina, ya te llamaré un día para charlar.

Su mirada era tan maliciosa que Gina notó, una vez más, que se ponía colorada; sin embargo, trató de responder con calma:

—Muchas gracias por hacerme un hueco en su familia, Mary, hacía mucho tiempo que no lo pasaba tan bien.

Después de besar a los niños y despedirse de David, Gina y la profesora regresaron caminando en silencio hasta la casa. Una vez dentro, ambas empezaron a hablar al mismo tiempo.

—Yo...

—Regina...

Callaron de nuevo, se miraron expectantes y, como si la fuerza de un poderoso imán las atrajera de forma irresistible, la profesora se abalanzó sobre ella al tiempo que la detective saltaba sobre ella, rodeaba el cuello delicado de Emma con sus brazos y enredaba las piernas en su cintura. Igual que si un juez invisible hubiera dado el pistoletazo de salida, al instante empezaron a besarse con furia salvaje mientras cada una iba despojando a la otra de las innumerables prendas de ropa que las cubrían como las capas de una cebolla.

Jadeantes, trataron de subir la escalera, pero la intensidad de su pasión las hizo caer sobre los escalones donde continuaron devorándose con besos hambrientos. Emma consiguió quitarle el jersey, mientras Regina luchaba con los botones de la camisa de ella con tanta impaciencia que dos de ellos saltaron por los aires.

Las manos de ambas recorrían con frenética curiosidad hasta el último rincón de sus cuerpos. Medio enloquecida de deseo, Emma la alzó en sus brazos y consiguió terminar de subir el pequeño tramo de escalera que conducía a la segunda planta. Sin separar sus labios de los de Regina, la depositó sobre la cama, se despojó de la camisa que ya estaba desabrochada por completo a toda velocidad y se tumbó sobre ella. Con una mano, apartó los largos cabellos a un lado, hundió la cara en el hueco de su garganta y mordisqueó la suave piel con avidez.

El gemido de placer que brotó de la garganta de Regina aumentó la excitación de la profesora hasta un grado casi insoportable. Con dedos temblorosos desabrochó los primeros botones de su blusa y, de un violento tirón, consiguió sacársela por la cabeza. Acto seguido, apartó el sujetador de encaje a un lado y se abalanzó sobre uno de sus pechos. Al sentir el contacto de aquellos labios voraces contra la tierna piel de su seno, Regina se arqueó contra ella con la mente nublada por el deseo, al tiempo que hundía sus uñas en los músculos de su espalda.

Como si se hubieran puesto de acuerdo, ambas se deshicieron de sus pantalones con toda la rapidez de la que fueron capaces. Medio desnudas, se abrazaron de nuevo, se besaron una vez más con frenesí y rodaron entre las sábanas en un combate, apasionado y feroz, en el que la única arma permitida era la lujuria.

La cálida mano de la profesora recorrió la piel sedosa del vientre femenino y se deslizó a continuación entre sus muslos con una provocativa curiosidad que hizo que Regina perdiera el aliento; sin embargo, ella no se quedó atrás y, respirando agitadamente, le devolvió caricia por caricia, hasta que Emma pensó que no podría resistirlo más.

Casi sin resuello, temblando y sudorosas se arrancaron la una a la otra las escasas prendas que todavía llevaban puestas hasta que quedaron desnudas por completo y, sin más preámbulos y con escasa delicadeza, Emma le separó las rodillas y con un poderoso impulso se introdujo hasta el fondo en su húmedo interior. Regina la imito, llevo sus manos a sus muslos y ambas comenzaron a moverse a un ritmo cada vez más frenético, en un vaivén enloquecido que, casi al mismo tiempo, las llevó directas a un explosivo clímax que las dejó exhaustas.

Cuando por fin sus respiraciones se normalizaron un poco, permanecieron estrechamente abrazadas —con la piel resbaladiza por el sudor y la profesora aún dentro de ella—, mientras, impresionadas, trataban de asimilar la maravilla de lo que acababan de compartir.

—Regina... —susurró Emma, al tiempo que rodaba hacia un lado para liberarla del peso de su cuerpo, pero sin soltarla ni un instante.

—Shhh, no digas nada. —Ella la abrazó más fuerte, apoyó la cabeza sobre el suave y delicado torso y se quedó dormida en el acto.

La profesora sintió la cálida respiración de la chica sobre su pecho desnudo y, deslumbrada todavía por lo que acababa de ocurrir, la besó en la frente con suavidad.

—Te quiero, mi amor —musitó en su oído.

Instantes después, Emma también se sumía en un sueño, profundo y satisfecho.

S&M S&M

La fría claridad de la mañana que entraba en la habitación despertó a la profesora Swan y, poco a poco, las escenas de lo ocurrido la noche anterior volvieron a su mente. Abrió los ojos en el acto para comprobar que no habían sido producto de su imaginación y descubrió a Regina tumbada a su lado, profundamente dormida. Fascinada, contempló el cabello oscuro desparramado sobre la almohada; las negras pestañas, largas y tupidas, que resaltaban contra sus sedosas mejillas; aquella boca encantadora de labios llenos y jugosos que sabía besar con fiero abandono...

Sin apartar la vista de ella, Emma enrolló con mucho cuidado un mechón de su larga melena alrededor de su dedo índice y notó la suavidad sedosa de las brillantes hebras. Las sábanas, con las que Regina debía haberse tapado al sentir frío en mitad de la noche, habían resbalado un poco, y un hombro cremoso y parte de un seno asomaban, en una clara invitación. Tragó saliva y, con dedos temblorosos, bajó la sábana un poco más hasta que la aterciopelada curva de su cadera quedó al descubierto y, sin poder reprimirse, alargó la mano y las yemas de sus dedos se deslizaron —rozándola apenas— por aquella piel, tersa y sin imperfecciones, que la tentaba con su calidez.

El delicado contacto despertó a Regina de su sueño. Muy despacio, abrió los párpados y sus pupilas se clavaron en aquellos dulces ojos azul-verdosos que la contemplaban con infinita ternura.

—Buenos días —musitó Emma con voz ronca, al tiempo que se inclinaba sobre ella y depositaba un beso ligero sobre la adorable cicatriz de su labio superior.

Los carnosos labios femeninos esbozaron una lenta y seductora sonrisa y, al verla, Emma, hechizada por completo, se inclinó de nuevo y comenzó a besarlos con delicadeza, y aquello fue su perdición. En cuanto sus bocas se tocaron, una ola de excitación se propagó por su cuerpo con la rapidez del fuego sobre una línea de pólvora.

Sin embargo, en esta ocasión, la profesora se tomó su tiempo para explorar —con manos, labios y lengua— todos los rincones secretos de aquel cuerpo esbelto y firme que la volvía loca y, por primera vez en su intensa vida amorosa, una lánguida y sensual Regina permitió que otra que no fuera ella llevara la iniciativa.

En un momento dado, Emma le dio la vuelta y ella permaneció muy quieta, boca abajo sobre el colchón, mientras seguía, atenta y con la respiración cada vez más agitada, el cálido rastro de la lluvia de besos que aquella boca embriagadora derramaba sobre ella sin perdonar ni un solo centímetro de su piel.

Con delicadeza, Emma lamió la pequeña mariposa azul que decoraba su cadera —algo que, inconscientemente, había deseado hacer desde el instante en que posó por primera vez los ojos sobre aquel incitante tatuaje— y, al sentir el húmedo contacto de su lengua, Regina no pudo reprimir un gemido.

—Emma... —susurró su nombre, suplicante, incapaz de resistir por más tiempo aquella dulce tortura.

Entonces Emma volvió a girarla, se colocó sobre ella, sobre su cuerpo, sintiendo su cálido centro tocarse sin piedad y, muy despacio, con la mirada clavada en su rostro, se deslizó centímetro a centímetro sobre su piel resbaladiza que la invitaba locamente, al momento que introducía una mano curiosa entre sus muslos y le hizo el amor con enloquecedora lentitud, arremetiendo y apartándose, una y otra vez, con embestidas profundas, hasta que la detective pensó que perdería la razón.

—Emma... —repitió sin aliento al sentir la proximidad de un intenso orgasmo.

—Quiero que sea perfecto, quiero que sea... —Aquella voz rasposa fue el detonante que provocó que Regina se olvidara del mundo durante unos instantes, perdida por completo en aquel agudo placer.

Al notar las intensas contracciones de sus músculos internos, y el golpeteo constante de sus centros, Emma sintió la necesidad de dejar de pensar, dejarse ir, ya no pudo contenerse más, llegó la liberación, tan brutal, que se le doblaron los brazos y se desplomó encima de ella con un gruñido. Una vez más, permanecieron abrazadas sobre las sábanas revueltas, con los cuerpos ardientes empapados en sudor mientras los pechos de ambas subían y bajaban, agitados, y sus pupilas establecían una comunicación silenciosa.

Mucho más tarde, la profesora depositó un tierno beso sobre el brillante cabello oscuro y preguntó sin dejar de abrazarla:

—¿Cuándo nos casaremos, Regina? No quiero esperar.

—Emma... —protestó ella.

Con suavidad, se apartó de ella, se envolvió en una de las sábanas y se apoyó en el cabecero. Su rostro estaba más pálido que de costumbre, pero Emma no se dio cuenta y prosiguió llena de entusiasmo:

—Podemos cambiarnos a una casa más grande. Espero que te gusten los niños, a mí me encantan. Me gustaría adoptar o tener unos cuantos, ya hablaremos sobre ello. ¡Ah! Te prometo que compraré una televisión...

—Emma, por favor, para, no te embales. No... no puedes hablar en serio —la interrumpió, aturdida.

—¿Cómo que no? —Emma se incorporó a su vez, agarró sus manos que retorcía, nerviosa, sobre el regazo y depositó un beso cargado de ternura primero en una palma y luego en la otra—. Hablo muy en serio, Regina. Sé que eres la mujer de mi vida y quiero casarme contigo.

Ella fijó la vista en el delicado pecho cubierto con una delicada sabana, pecho que subía con rapidez conforme transcurría la conversación, Regina era incapaz de enfrentarse a esas afectuosas pupilas que se deslizaban por su rostro como una caricia.

—Emma... —A la profesora le encantaba cómo sonaba su nombre en los labios de Regina—. Vivimos en el siglo XXI, nadie se casa por haber hecho el amor un par de veces. ¡Es ridículo!

—Estás equivocada, yo no quiero casarme contigo porque hayamos hecho el amor un par de veces. —La profesora adoptó su tono más didáctico, como si pretendiera despejar cualquier duda que ella pudiera abrigar al respecto—. Yo quiero casarme contigo porque me he enamorado de ti, Regina. Creo que, a pesar de lo rara que me pareciste cuando te conocí, ya desde la primera vez que hablamos en tu despacho noté que algo en mi interior se revolvía. Ocurrió nada más verte.

—¡No digas eso! —Frunció el ceño y replicó con un tono más seco de lo que pretendía—: Te estás comportando como un absurdo caballero andante de tiempos pasados; como si pretendieras hacerme sentir bien por permitir que ocurriera algo que no tendría que haber sucedido.

Emma la miró y sacudió la cabeza, confundida.

—No te entiendo, Regina, ¿estás tratando de decirme que lo que ha pasado entre las dos no tiene importancia para ti? ¿Que no ha sido más que un error?

La expresión de auténtico dolor que asomó a las ingenuas pupilas de la profesora fue más de lo que la detective podía resistir.

—¡Por supuesto que no, Emma! —Regina alargó una mano y acarició su delicada mejilla, en la que ya caía una pequeña e imperceptible lagrima.

Emma echó la cabeza hacia atrás con brusquedad, como si su tacto la quemara, y preguntó a bocajarro:

—¿Y si hubieses estado con un hombre y quedaras embarazada, te casarías con él?

—No sé cuál es el punto de esta conversación, pero te preocupes por eso, yo utilizo métodos anticonceptivos —contestó, serena.

La súbita arremetida de unos celos violentos hizo que a la profesora se le revolviera el estómago. De pronto, su enojo se desbordó, incontenible, y se encontró casi gritando:

—¡¿Quieres decir que llevas una vida sexual tan intensa que vas siempre preparada?!

—La intensidad de mi vida sexual no es asunto tuyo —replicó ella, desafiante; sin embargo, sabía que la había herido y no quería causarle más daño que el que ya le había hecho, así que añadió—: Pero, para tu información, hace más de un año que no me acuesto con nadie, es solo que...

La detective se detuvo, al tiempo que se mordía el labio inferior. No estaba acostumbrada a dar explicaciones a nadie sobre sus actos, pero la expresión dolida de Emma con quien acababa de compartir una noche de asombrosa pasión, la obligó a continuar.

—Siempre me ha horrorizado la idea de quedarme embarazada y que luego el tipo se largue sin más, como le ocurrió a mi madre. Por eso, desde los dieciocho años he utilizado métodos anticonceptivos incluso cuando no tenía pareja.

Aquella aclaración pareció tranquilizarla un poco; sin embargo, Emma necesitaba llegar hasta el fondo de la cuestión, así que siguió preguntando, implacable:

—Entonces, ¿no sientes nada por mí?

Regina no estaba acostumbrada a ser la destinataria de rigurosos interrogatorios, pero, a pesar de ello, se apartó con ademán nervioso un mechón de pelo del rostro y trató de contestar sin perder la calma.

—Pues claro que siento algo por ti, profesora, ha sido una experiencia maravillosa. Está claro que entre nosotras hay una intensa atracción física, y una química impresionante de las que podemos disfrutar durante un tiempo como dos adultos libres y responsables. Creía que el sueño de cualquier mujer era mantener una relación con una pareja que no le exija un compromiso permanente.

—No sé qué clase de personas has conocido hasta ahora, Regina —replicó la profesora con desdén, y el ceño fruncido una vez más —. Puede que yo sea un bicho raro, una pobre idiota, anticuada y estrafalaria, que no sabe los usos del mundo moderno; pero, para mí, el sexo por el sexo no significa nada en absoluto. Si es eso lo único que quieres de mí, lamento decirte que no puedo complacerte.

Con mucha dignidad, la profesora se levantó de la cama, mostrando su magnífica desnudez, y caminó despacio hacia la puerta.

—¡Emma...!

La detective trató de detenerla, pero ella no hizo el menor caso y, sin mirarla, salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí con suavidad. Enojada y confusa, Regina cogió una de las almohadas y la golpeó con fuerza con el puño.

—¡Mierda, mierda y mierda!

S&M S&M

Emma se metió debajo del chorro caliente de la ducha. La reacción de Regina a su propuesta la había herido tanto como si, en vez de palabras, acabaran de intercambiar un rosario de golpes. Sin embargo, trató de mantener la cabeza fría para analizar la situación, como hacía con los viejos legajos con los que luego elaboraba sus hipótesis de trabajo.

Cuestión primera: estaba locamente enamorada de Regina Mills; sin embargo, lo único que sentía Regina por ella era deseo físico.

Cuestión segunda: quería casarse y tener una familia con ella más de lo que había deseado nada en el mundo. A Regina Mills, en cambio, le horrorizaban los compromisos; estaba tan acostumbrada a valerse por sí misma que era evidente que la idea de apoyarse en otra persona y que esta pudiera fallarle le aterraba.

Conclusión: tenía dos opciones.

Primera opción: olvidarse de ella y buscar otra mujer, tipo Sarah Fisher, con un estilo de vida más acorde con el suyo, por la que jamás podría sentir la misma enloquecedora pasión, pero junto a la cual su vida transcurriría sin sobresaltos, dentro de una agradable placidez.

Segunda opción: tratar de convencer a la obstinada señorita Mills de que ella no solo era una mujer honorable y completamente de fiar, sino que, además, era ella la única capaz de hacerla feliz.

No necesitó más de un segundo para sopesar las distintas alternativas y hacer su elección. Era la primera vez en toda su vida, después de tantas decisiones tomadas, de tantas personas cruzadas en su camino, de todo lo que ha vivido, era la primera y única vez que sentía que había encontrado a la única persona en el universo destinada para ella y, desde luego, no estaba dispuesta a dejarla escapar. En verdad, la detective Mill y la profesora Swan eran dos personas muy distintas, cuyas profesiones no tenían nada que ver y que ni siquiera vivían en la misma ciudad, pero ¿quién dijo que el amor tenía que ser fácil? Desde luego ninguno de sus admirados personajes de la antigua Grecia o Roma.

Hasta ahora, ninguno de los retos a los que se había enfrentado en su vida se le había resistido; cierto que todos ellos habían sido de índole intelectual, pero no veía qué importancia podía tener aquello. Estaba dispuesta a luchar por Regina Mills como un Marco Aurelio en Germania o un Leónidas en el desfiladero de las Termópilas. Ya descubriría esa diminuta mujer que ella también podía ser obstinada si era necesario...

Gracias a las que siguen la historias, a las que dejan sus RW y lectoras silenciosas que andan por aquí.

Espero disfruten de este capítulo dos en uno, más que necesario y requerido.

Y como siempre dedicatoria a: 15marday, harpohe1989 Ruth Maria, dcromeror, Gloes,Mills1, Guest.

Que me han dejado un hermoso RW. A ellas muchas gracias a estas chicas especiales.

Sin más, gracias por pasarse bonita noche/tarde/ día.

Pdta. ¡Actualización basada en RW, besos!

Nos vemos muy pronto.

Alguna falta de ante mano una disculpa.