Capítulo XlV

Buenos días, Gina, te estaba esperando.

Por primera vez desde que lo conocía, la detective notó que la voz del profesor Hood tenía una pronunciación excesivamente correcta. El hombre de cabellos rubios permanecía repantingado en una silla con las piernas cruzadas, tranquilamente. A sus pies, sentada sobre el suelo de cemento, con la espalda apoyada en uno de los pilares de la casa y los brazos atados alrededor, se encontraba la profesora Swan. Estaba muy pálida y en su frente quedaban aún restos de sangre seca, un signo claro de que había sido golpeada con un objeto contundente. La mano de Hood sujetaba un cuchillo que permanecía apoyado, flojamente, en la garganta de la profesora.

—Buenos días, profesor Robin Ward-Hood. —La detective le devolvió el saludo con calma, sin dejar de apuntarlo con la pistola que sujetaba entre sus manos—. El perro que no ladra, ¿no es cierto?

—Así que lo has averiguado, querida. Hace tiempo que sospechaba que tú eras mucho más que la sobrina de la querida Emma. —La sonrisa de Hood que, como de costumbre, no alcanzaba sus ojos resultaba estremecedora—. Has llegado antes de lo que esperaba. Eres de la policía, ¿no es cierto?

—La detective Mills, para servirte —respondió sin bajar la guardia un instante.

—Interesante, muy interesante —afirmó, al tiempo que se golpeaba el mentón con la punta del índice—. Me enteré de que una mujer había ayudado a detener a esos dos estúpidos que contraté y enseguida me di cuenta de que tú no eras lo que parecías.

—Bueno, una vez finalizadas las preguntas corteses, te agradecería que soltaras a la profesora Swan. —La voz de Regina sonaba muy serena.

Los labios de su interlocutor se fruncieron en un gesto desdeñoso.

—¿Crees que me he tomado todas estas molestias para soltarla ahora solo porque tú me lo pidas?

La detective se encogió de hombros sin dejar de apuntarlo con el arma.

—Si las cosas no van a más, todavía estás a tiempo de librarte de una buena. Incluso renunciaré a acusarte de secuestro... lo dejaríamos en un caso de detención ilegal.

—¡Qué generosa!

El tonillo burlón de Hood hizo que a Regina le entraran ganas de pegarle un buen puñetazo. Sin embargo, mantuvo su rostro inexpresivo; no estaba dispuesta a mostrarle a ese tipo sus emociones.

La detective apartó los ojos de él y los posó, durante unos segundos, en la cara desencajada de la profesora que no había despegado los labios durante todo ese tiempo. Le pareció que estaba aún más pálida y rogó por que se encontrara bien.

—¿Qué le has hecho? —preguntó Regina y señaló a Emma con un gesto de la barbilla.

—Nada demasiado terrible —contestó el otro de buen humor, al tiempo que sus labios esbozaban una mueca de diversión—. Tuve que golpearla un poco con una barra de hierro para que consintiera en bajar al sótano. Cayó en la trampa que le tendí como un corderillo inocente, fue enternecedor.

—¿Qué fue lo que le dijiste? —Lo que más necesitaban en ese momento era ganar tiempo, así que era importante hacerle hablar todo lo que pudiera.

—Le dije que su preciosa Regina había sufrido un accidente mientras corría cerca de mi casa. Me parece que sus sentimientos por ti son mucho más intensos que los que una tía decente debería albergar hacia su sobrina. —Su inquietante sonrisa estaba cargada de malicia.

Emma trató de mover la cabeza, pero Hood la agarró con fuerza por los pelos y se lo impidió.

—¡Quietecita...! —exclamó en tono amenazador. Al ver la innecesaria violencia que el tipo empleaba con la profesora, la detective sintió que se le revolvía el estómago; saltaba a la vista que aquel detestable individuo estaba disfrutando de lo lindo con toda la escena.

Tenía ganas de matarlo, pero, en cambio, trató de sonar conciliadora.

—Mira, Robin, aún no es tarde para soltarla y que todos salgamos de aquí por nuestro propio pie. ¿Qué pensabas hacer con ella?

—No me preguntes qué pensaba, pregúntame qué pienso hacer con ella. —La forma en que recalcó el tiempo verbal no le gustó nada.

—Está bien: ¿qué piensas hacer con ella?

—Primero, quiero que sueltes la pistola.

—Ni hablar, no me fío un pelo de ti —rechazó la idea con firmeza.

—Si no la sueltas— aquella voz sedosa se hizo todavía más suave y a Regina se le erizaron los pelos de la nuca—, le cortaré el cuello a mi amiga Emma.

—Entonces yo te dispararía —afirmó la detective tratando de mantener ella también un tono indiferente como si, en realidad, todo aquel asunto no tuviera excesiva importancia.

—Podemos apostar a ver quién mata antes a quién. Puede ser divertido...

Sin previa advertencia, Robin aferró el cuchillo con firmeza y lo acercó aún más al cuello de la profesora; al instante, un hilo de sangre comenzó a brotar de la garganta de Emma y Regina perdió algo de la frialdad que había demostrado hasta el momento.

—¡Suéltala de una vez, maldito animal!

—Querida Regina, ¿no me digas que sientes algo por esta cosa?

Sus palabras mantenían el mismo matiz perezoso, pero, detrás de la aparente inocencia de la pregunta, la detective detectó algo que hizo saltar las alarmas en su cerebro. La soberbia y el egocentrismo de Hood eran tan grandes que supo al instante que, si manifestaba el más mínimo interés por Emma, la profesora estaría condenada sin remedio. Así que se encogió de hombros una vez más en un intento de disimular su inquietud:

—Por supuesto que no siento nada por esa mujer, pero soy policía y estoy obligada a minimizar las bajas humanas en lo posible. —Regina se dio cuenta de que Emma la examinaba con fijeza, pero notaba los ojos de Robin Hood clavados en ella y no se atrevió a hacer ningún gesto para tranquilizarla.

—Ya sabía yo que no podías tener tan mal gusto —afirmó por fin Hood, satisfecho—. Y basta de cháchara. Dame la pistola o está la pagará.

Apretó un poco más la afilada hoja contra la garganta de la profesora y el hilo de sangre se hizo más ancho, y su color rojo resaltó como un grito contra la tela blanca de su playera. Al observar que la detective vacilaba, Emma ignoró el peligro que corría y gritó:

—¡No se la des, Regina, o nos matará a las dos! ¡Está completamente loco!

—Shhhh —susurró Hood, amenazador, al oído de la profesora mientras hundía aún más el cuchillo en su cuello.

—¡Basta! ¡Te daré la pistola, pero suéltala! —prometió Regina, apremiante.

—Así me gusta, que seamos razonables. —Una vez más, aquella desagradable sonrisa apareció en los crueles labios de Robin Hood—. Agáchate, despacio, muy despacio.

Ella hizo lo que le decía, obediente.

—Deposita la pistola en el suelo. Con suavidad. —De nuevo, hizo lo que le ordenaba—. Y ahora, lánzala con el pie hacia aquí. —Regina le dio una patada y, cuando estuvo a su alcance, Hood se agachó y recogió el arma con rapidez.

—Perfecto —declaró, muy complacido, al tiempo que soltaba a la profesora y se guardaba el cuchillo en uno de los bolsillos de su chaqueta. Luego le hizo una seña con el dedo a Regina y ordenó—: Ven aquí, querida.

La detective se acercó a él muy despacio.

—Acércate más. No tendrás miedo de mí, ¿verdad?

Ella alzó la barbilla, desafiante.

—No, no me das miedo, Robin.

—¿No? Pues te garantizo que dentro de poco lo tendrás, querida. —Algo en su expresión le confirmó a la detective Mills que aquel hombre había perdido el juicio—. Mi amiga Emma, siempre tan brillante, tenía razón, ¿sabes? No deberías haber soltado la pistola, lo único que has conseguido con ello es que ahora las tendré que matar a las dos.

Robin se pegó a ella por detrás y apoyó el arma en su sien. Luego apartó el cabello mojado, se inclinó sobre su cuello y lo mordió con fuerza, hasta dejar en la suave piel la marca de sus dientes.

—Umm. Delicioso —afirmó sin dejar de examinar, burlón, el rostro cada vez más pálido de la profesora.

A pesar del odio que la ahogaba, Emma procuró no traicionar cuánto le afectaba el que aquel maníaco tuviera a Regina a su merced; sabía que, si demostraba lo mucho que la amaba, el castigo destinado a ella sería aún mayor. Desde que oyó a la detective bajar la escalera, sentía que había envejecido diez años. Durante la noche infernal que había pasado en el sótano de esa casa, la profesora había tenido mucho tiempo para pensar; era consciente de que Hood no tenía ninguna intención de dejarla salir viva de allí, y lo único que Emma lamentaba era no haber hecho el amor una vez más con Regina. Si le quedaba alguna duda sobre lo que sentía por ella, el espantoso temor que la había invadido al escuchar los pasos sigilosos de la detective en la escalera, la había disipado. Ahora ambas estaban en manos de aquel chalado y ella debía impedir a toda costa que a Regina le ocurriera nada.

Sin que su raptor se diera cuenta, había estado moviendo las manos y las muñecas todo el tiempo, tratando de aflojar el nudo de la cuerda que mantenía sus brazos sujetos alrededor del pilar. Sentía la piel en carne viva, pero, por primera vez, notaba que, milímetro a milímetro, las ligaduras se iban aflojando.

Emma posó sus ojos una vez más sobre el precioso rostro que, como de costumbre, no mostraba ningún temor y se sintió terriblemente orgullosa de ella. No sabía si saldrían de allí con vida, pero se prometió a sí misma que, si lo conseguían, no renunciaría hasta que la detective Regina Mills aceptara ser suya.

Para siempre.

—Me gustas, Regina —ronroneó el rubio en el oído de la joven—, estoy pensando en tomarte delante de la querida Emma. Seguro que tu admirada profesora Swan no tiene ni idea de cómo se hace el amor a una hermosa mujer.

Hood introdujo una mano por debajo de su blusa y apretó uno de sus pechos con violencia, causándole un fuerte dolor.

—Te equivocas, Hood, me he acostado con la detective Mills un par de veces y me ha suplicado más, pero, sinceramente, para mí ha sido más que suficiente. No me importa que la pruebes si te apetece, yo ya no tengo el menor interés en ella. —El tono de la profesora Swan era tan indiferente que Regina no pudo evitar un respingo.

—¡Mientes! —gritó el hombre, enfurecido.

—Pregúntaselo a ella si no me crees —respondió Emma con un encogimiento de hombros.

—¿Es eso cierto? ¿Has sido la amante de esta mujer? —El cañón de la pistola se clavó con más fuerza en la sien de la detective y, por un momento, la profesora pensó que había ido demasiado lejos.

—Sí, es cierto que me he acostado con ella en un par de ocasiones y debo admitir que no lo hacía mal —reconoció Regina con calma.

—¡Puta asquerosa! —Hood la golpeó con la culata en la cabeza y la detective cayó al suelo de rodillas, aturdida—. Tú te lo pierdes, ya no te follaré. No me gustan las cosas usadas y menos por una basura como esta. —Lanzó una patada brutal que golpeó a la profesora en un costado y le cortó la respiración—. Pero no creas que se van a ir de aquí de rositas, queridas, me veo obligado a cambiar mis planes ligeramente, pero no será un gran problema.

—¿Puede saberse cuáles son esos planes? —preguntó Regina cuando consiguió recuperar el aliento después del tremendo golpe recibido.

—Algo muy sencillo, mi querida detective Mills. Las cosas sencillas son siempre las que dan mejor resultado. —Los ojos del hombre rubio brillaban con un punto de locura.

—¿Por qué robaste el báculo y las ilustraciones? ¿Dónde se encuentran en este momento?

—¿No lo adivinas, Regina? Creía que eras más lista. Sustraje las ilustraciones porque necesitaba dinero; pero el báculo lo robé para vengarme de la Congregación del college. Esos malditos estúpidos le otorgaron mi merecido ascenso a esta caricatura de mujer —dijo, al tiempo que señalaba el cuerpo encogido de la profesora con desprecio—. Creían que sus méritos eran superiores a los míos, pero les demostraré que estaban muy equivocados. En cuanto la querida Emma desaparezca del cuadro yo ocuparé su puesto.

La detective se levantó despacio sin apartar la vista de Hood, a la espera de que cometiera algún error, pero él permanecía vigilante, apuntándola en todo momento con la pistola.

—¿Cuál era tu plan? —Siguió hablando en un intento por distraerlo.

—Mi plan era que tanto Emma como el báculo desaparecieran para siempre. De ese modo, las sospechas recaerían sobre ella; pero ahora estás tú también, aunque no creas que este pequeño contratiempo supone un gran problema para mí. Desde que me di cuenta de que no eras lo que parecías, supe que tenía que cambiar mis planes. Durante el tiempo que he permanecido aquí con la querida Swan he estado pensando y he llegado a la conclusión de que quizá resulte incluso positivo.

Regina, consciente de que la profesora estaba haciendo ímprobos esfuerzos para librarse de sus ataduras, continuó hablando, procurando atraer sobre ella toda la atención de su captor.

—¿Positivo? Yo diría que el asesinato de una policía complicará bastante más el asunto. Ya sabes el corporativismo que reina en el cuerpo, no pararán hasta encontrarte.

Hood chasqueó la lengua con arrogancia.

—Eso es porque no tienes fe en mi inteligencia, querida. Como todos esos estúpidos de la universidad, tú también me subestimas, Gina, pero pronto comprobarás lo equivocada que estás.

—¿Cómo harás para librarte de Emma y de mí al mismo tiempo? —preguntó ella con amable interés como si, en vez de estar discutiendo los aspectos de su más que probable asesinato, estuvieran hablando del tiempo previsto para la semana siguiente.

—Verás, dentro de unos días, cuando se reanuden las clases y ninguna de ustedes dos haya aparecido, la gente empezará a preguntarse dónde se encuentran la admirada profesora y su preciosa sobrina. Quizá sea la propia hermana de la profesora la que se encargue de dar la voz de alarma...

Hood hizo una pausa teatral para darle más emoción a sus palabras.

—¿Y entonces? —Quiso saber la chica.

—Entonces, entrarán en la casa de la profesora y se encontrarán con un cuadro dantesco. La brillante profesora Emma Swan y la atractiva detective Regina Mills aparecerán muertas de sendos disparos de la misma arma, con signos evidentes de haber estado envueltas en una violenta pelea. ¿Y sabes a qué conclusión llegarán los imbéciles de la policía?

—No. Dímelo tú.

—La conclusión será que la detective Mills encontró el báculo en casa de la profesora y que cuando esta se vio descubierta, luchó con ella. La detective disparó y la hirió de gravedad, pero, a pesar de ello, la profesora consiguió arrebatarle el arma y acabar con la vida de la pobre Regina. Al final, ambas murieron desangradas y el báculo fue el único testigo de lo que allí sucedió. Por si quedara alguna duda, también encontrarán las ilustraciones de la Ética nicomáquea escondidas en uno de los libros de la biblioteca del salón.

—¿Quieres decir que el báculo está en casa de la profesora?

—Bien embalado y escondido en el sótano. —Su remedo de sonrisa se amplió aún más—. Como sabían no podía sacarlo del college.

—Un plan brillante —afirmó ella con fingida admiración.

Hood hizo una burlona reverencia, como si agradeciera sus palabras, y Regina, que había estado muy atenta a la menor distracción, aprovechó el momento y se abalanzó sobre él tratando de tomarlo por sorpresa. Desconcertado ante el inesperado ataque, el hombre perdió ligeramente el equilibrio, pero, a pesar de ello, consiguió apuntarla con su arma y disparó casi a quemarropa.

Justo cinco segundos antes, la profesora había conseguido liberar sus manos y, con la sensación de estar dentro de una película en la que todo ocurriera a cámara lenta, Regina percibió tan solo un movimiento por el rabillo del ojo antes de que el cuerpo de Emma se interpusiera en la trayectoria de la bala, y fue el pecho femenino el que recibió el impacto de lleno.

—¡No! —gritó, desolada.

En un acto reflejo, la detective se arrojó sobre Hood antes de que este pudiera disparar por segunda vez. Forcejearon uno encima del otro y la pistola salió despedida hacia un oscuro rincón del sótano. Regina le dio un fuerte puñetazo en la mandíbula, haciendo que el hombre aflojara la presa que había hecho en sus brazos y, con rapidez, sacó el cuchillo que Hood se había guardado minutos antes en el bolsillo de su chaqueta.

La detective apuntó la afilada hoja contra la cara de su agresor, pero él la sujetó con fuerza de la muñeca impidiendo que lo acercara más. Una vez más, rodaron por el suelo y, en esta ocasión, fue él quien logró ponerse sobre ella y la obligó a soltar el arma, pero Regina se revolvió bajo su cuerpo y consiguió propinarle un feroz rodillazo en la entrepierna. Hood soltó un aullido de dolor y, ciego de furia, se abalanzó de nuevo sobre ella, rodeó con sus dedos el esbelto cuello y empezó a apretar. Medio asfixiada, Regina alargó el brazo y su mano tanteó a ciegas, hasta que topó con el mango del cuchillo; lo agarró con todas sus fuerzas y lo hundió en el cuello de su agresor hasta la empuñadura.

A los ojos de Hood asomó una expresión de sorpresa casi cómica; luego, se inclinó hacia adelante y cayó sobre ella mortalmente herido. Regina empujó con todas sus fuerzas para liberarse de aquel peso muerto, se incorporó con rapidez y se acercó al Emma que yacía en el suelo; con la mano sobre la herida del pecho, de la que no paraba de manar sangre.

—¡Emma!

Regina se arrodilló a su lado. Con rapidez, se quitó el jersey, y lo utilizó a modo de compresa para contener la hemorragia. Presionó con fuerza el tórax con una mano, mientras que con la otra sacaba el móvil del bolsillo trasero de su pantalón y, con dedos temblorosos, marcaba el teléfono de Urgencias.

—Aquí la detective Mills, de Scotland Yard. Necesito que manden una ambulancia a esta dirección. ¡Es urgente! Hay un hombre muerto y una mujer gravemente herida. ¡Es urgente, repito! —gritó una vez más.

Después, volvió su mirada hacia los ojos verde-azules de Emma que todavía permanecía consciente, a pesar de que su rostro había adquirido un matiz cerúleo.

—Cómo te gusta hacer el papel de caballero de brillante armadura —trató de bromear con una voz no muy firme, sin dejar de apretar la herida con todas sus fuerzas.

—La dama... lo merece —respondió ella, débilmente, con una mirada llena de ternura.

—¡Emma, por favor, no te mueras, resiste un poco más! —Las lágrimas resbalaban, incontenibles, por sus mejillas, sin que ella hiciera nada por detenerlas.

—Estás... llorando, Regina... Eso es que... me quieres un poco... —La profesora intentó esbozar una sonrisa, pero las fuerzas la abandonaban a toda velocidad y, por fin, perdió el conocimiento.

—¡Pues claro que te quiero, maldita sea! —gritó Regina, pero ella ya no podía oírla

En ese momento, la detective percibió el sonido de las sirenas de la ambulancia y los coches patrulla que se acercaban a la casa.

Gracias a las que siguen la historias, a las que dejan sus RW y lectoras silenciosas que andan por aquí.

Y como siempre dedicatoria a: 15marday, Ruth Maria, dcromeror, LoreLane, JBlack, Gloes,Mills1, Guest.

Que me han dejado un hermoso RW. A ellas muchas gracias a estas chicas especiales.

Sin más, gracias por pasarse bonita noche/tarde/ día.

Pdta. ¡Actualización basada en RW, besos!

Nos vemos muy pronto.

Alguna falta de ante mano una disculpa.

jajaja, gracias por sus comentarios los amo, son lo mejor, me encanta como sacan esa violencia en contra de robin.

Ruth maria, por supuesto que voy a terminar la historia, nunca las dejo incompletas, estoy tardando un poco pero siempre tendrán su final, despreocúpate. gracias por leer.

Por ultimo, al hecho de que esta historia esta por terminar les guaria que volviera con alguna otra historia, otra adaptación? espero su rw :)