Capítulo XV
Después de que los enfermeros terminaran de estabilizarla, subió con Emma a la UVI móvil; entonces, el conductor arrancó y las condujo rumbo al hospital con la máxima celeridad. La profesora permanecía inconsciente y Regina mantuvo sujeta su mano durante todo el trayecto, sin parar de hablarle. Ya ni siquiera sabía lo que decía, pero, de alguna manera, tenía la certeza de que era importante que siguiera hablando; de que ella podía escucharla.
Al llegar al hospital, dos hombres bajaron la camilla de la ambulancia y la empujaron a toda velocidad por la rampa de las urgencias. La detective los seguía de cerca, pero cuando la camilla traspasó las puertas batientes del quirófano, uno de los enfermeros le impidió seguir adelante y le indicó que aguardara en la sala de espera, así que no le quedó más remedio que sentarse en una de las sillas de plástico y esperar allí a que le dieran alguna noticia. Con dedos trémulos, sacó su móvil del bolsillo y aprovechó para llamar a la hermana de Emma.
—¡Hola, Gina! Precisamente pensaba llamarte hoy para comentar lo que pasó el otro día entre Emma y tú. —El tono de Mary sonó, alegre, al otro lado del teléfono.
—Mary, ha ocurrido algo... —La detective se detuvo y tragó saliva, incapaz de continuar.
—¿Qué pasa, Gina? ¿Te encuentras bien? ¿Se trata de Emma? ¿Le ha ocurrido algo?
—Tranquila, Mary —trató de calmarla, aunque ella misma distaba mucho de estar tranquila—. En este momento están operando a Emma. Robin Hood le ha disparado en el pecho y los médicos están ahora con ella. No puedo decirte nada más, pero creo que deberías venir.
Al otro lado de la línea se hizo un profundo silencio.
—Llamaré a David ahora mismo para que venga a ocuparse de los niños y cogeré el primer tren hacia Oxford. —Una vez más, se produjo un silencio y, segundos después, la voz contenida de Mary volvió a escucharse—. Creo que, en estas circunstancias, es mejor que me olvide de conducir.
—Sí, será lo mejor, Mary. Estoy en las urgencias del Radcliffe. En cuanto me entere de algo más te llamaré. Lo siento tanto... —Un sollozo incontenible escapó de sus labios.
—Voy para allá. Nos vemos. —Se limitó a decir la hermana de la profesora antes de colgar.
La detective se sentía impotente; deseaba hacer algo, pero no sabía qué. Se acercó al mostrador donde un par de enfermeras charlaban ajenas por completo al drama que estaba viviendo. Regina las saludó y se dirigió a una de ellas con voz no muy firme:
—Quería ofrecer mi sangre por si fuera necesaria. Verá, soy amiga de la mujer a la que están operando en este momento; sé que ha perdido mucha sangre y mi grupo sanguíneo es el cero negativo. Soy donante universal.
La enfermera percibió al instante la expresión desesperada de su rostro, el pelo revuelto y las pavorosas manchas de sangre seca de su blusa y respondió con suavidad:
—Muchas gracias, hablaré con el doctor Whale. Precisamente, esta mañana comentaba que nuestras reservas de sangre están bajo mínimos.
Media hora después, mientras una máquina extraía poco a poco la sangre necesaria, la detective, tumbada sobre una camilla con los ojos fijos en el techo, daba vueltas a lo ocurrido durante las últimas semanas. El atractivo rostro de Emma no se le iba de la cabeza; podía verla inclinada sobre sus libros, su mirada tierna cuando se posaba sobre ella, sus finas manos de dedos, largos y delicados, tan hábiles cuando acariciaban su cuerpo... Con un gemido, Regina trató de cambiar el rumbo de sus pensamientos para no volverse loca. Concentró su atención en rezar todas las oraciones que había aprendido en su infancia y en las que, durante muchos años, no había vuelto a pensar; pero, al final, las únicas palabras que era capaz de repetir en silencio eran:
—Por favor, por favor.
Cuando terminó de donar sangre le dieron un bocadillo y un refresco. Trató de comer un poco; sin embargo, después del primer mordisco lo tiró a una de las papeleras. Volvió a la sala de espera y decidió llamar a su jefe para explicarle lo que había ocurrido. Con una voz inexpresiva, que no le pareció la suya, lo puso al tanto de los últimos acontecimientos y aceptó con profunda gratitud su ofrecimiento de hacerse cargo de todo. Las preguntas podían esperar, le dijo el inspector Humbert con amabilidad. La detective le dio las gracias por su comprensión y colgó.
Ya no le quedaba nada más por hacer, y las horas pasaban con lentitud enervante. Se levantó un par de veces a preguntar en el mostrador, pero nadie sabía nada. Desesperada, anduvo de un lado a otro de la sala de espera, sintiendo que su impotencia crecía por momentos y cuando, mucho más tarde, apareció Mary con el rostro pálido y la oscura melena muy despeinada se fundieron en un estrecho abrazo.
—¿Sabes algo? —preguntó.
La detective negó con la cabeza y, al ver sus ojos hinchados y enrojecidos, supo que su amiga había estado llorando. El aspecto de los suyos no debía ser mucho mejor, se dijo. Desde que se marchó de la casa de su madre podía contar con los dedos de una mano, y aún le sobraban bastantes, las veces que había llorado. Pero desde que Hood disparó a la profesora no podía controlarse; parecía que alguien hubiera abierto las compuertas de una presa y ahora no fuera capaz de cerrarlas.
Las dos se sentaron en las incómodas sillas de plástico y continuaron en aquella tensa espera de noticias, incapaces de hablar siquiera. Por fin, dos horas después, salió un médico y se dirigió hacia ellas, al tiempo que se desataba la mascarilla verde que le cubrían nariz y boca. Ambas se levantaron a la vez, como impulsadas por un resorte, y se acercaron a él.
—¿Son familiares de Emma Swan?
—Sí, somos su hermana y su novia —declaró Regina sin darle tiempo a su amiga de contestar.
—Buenas noches, soy el doctor Whale. La operación ha ido bien y hemos extraído la bala, pero el proyectil ha perforado el pericardio y, aunque no ha atravesado el corazón, el riesgo de que desarrolle una endocarditis es muy alto. No puedo mentirles; las siguientes veinticuatro horas van a ser críticas. La profesora Swan parece una mujer muy fuerte y su recuperación depende de ello en gran medida —miró aquellos rostros angustiados y añadió—: Tengo entendido que una de ustedes ha donado su propia sangre para la operación y le estoy muy agradecido, pues nos ha venido de maravilla. Ahora lo han llevado a la UCI. Estamos tratándolo con una combinación de antibióticos muy agresiva y hay que esperar a ver cómo evoluciona. Lo único que queda es mantener la calma y confiar en que todo vaya bien.
—¿Podemos verla?
—Está bien, pueden subir a verla un momento, pero les aviso que la paciente continúa sedada.
Mary y Regina se dirigieron a la tercera planta, mientras trataban de digerir las noticias que les había dado el médico. El horario de visitas había terminado hacía rato y la planta estaba casi vacía. Se dirigieron a un mostrador tras el que otras dos enfermeras permanecían atentas a cualquier alarma que pudiera saltar en alguna de las pantallas.
—Queríamos ver a una paciente que acaba de ingresar.
—El horario de visitas hace tiempo que finalizó —dijo una de ellas sin prestarles mucha atención.
—El doctor Whale ha dicho que podíamos subir un momento a verla —replicó la detective Mills, y sus ojos negros se clavaron en la enfermera con tanta frialdad que la pobre mujer accedió con rapidez a sus demandas.
—Habitación 113. La acaban de subir de quirófano y permanece sedada —contestó más amable.
—Muchas gracias, enfermera... —Mary bajó un momento la vista hasta la identificación sujeta con un imperdible al uniforme de la mujer— Curtis.
El rostro desencajado de la hermana de Emma y su amago de sonrisa hicieron que la mujer las mirara, por primera vez, con algo de humanidad:
—Tendrán que lavarse las manos antes y después de la visita, y aunque no es necesario que se pongan calzas ni gorro, sería conveniente que llevaran una mascarilla. Tengan. —le tendió una mascarilla a cada una y les señaló unos aseos donde podrían lavarse.
Ambas siguieron sus instrucciones, salieron de nuevo al pasillo y empujaron con suavidad la puerta indicada. La habitación era minúscula; solo había espacio para una cama y un mueble lleno de aparatos de aspecto inquietante coronado con un monitor que emitía unos sonidos regulares mientras, en la pantalla, unas gráficas color verde mostraban las constantes vitales del paciente.
Regina se detuvo al pie de la cama y sintió que se le revolvía el estómago al ver la profusión de tubos que taladraban la piel de Emma. Uno más grueso que el resto se introducía por su boca para ayudarla a respirar.
—Oh, Emma...
Mary no pudo contenerse por más tiempo y empezó a sollozar. La detective pasó un brazo por los hombros trémulos de su amiga en un infructuoso intento de tranquilizarla, pero, aunque en esos momentos sus propios ojos permanecían secos por completo, sentía un dolor profundo en el pecho, como si fuera ella la que hubiera recibido el disparo en el corazón.
A pesar de que alguien había limpiado la sangre seca de su frente, la profesora aún tenía algunos mechones de pelo apelmazados. Su delicado pecho cubierto con una fina bata subía y bajaba con regularidad gracias al respirador artificial. A pesar de que Regina había visto muchos horrores en su vida, sintió que nada la había impresionado más que esa visión de Emma, inmóvil y mortalmente pálida. Despacio, se acercó más y rozó su mano con los nudillos; estaba muy fría y en el dorso tenía clavada una vía. Con decisión, la detective se volvió hacia Mary.
—Amanda, ha sido un día muy largo. Vete a casa, yo me quedaré aquí con Emma.
—En la UCI no permiten que la gente se quede a dormir. —Había dejado de llorar; pero, de vez en cuando, un estremecimiento hacía temblar su cuerpo con violencia.
—No te preocupes por eso, a mí me lo permitirán —afirmó Regina, decidida.
Veinte minutos después, la enfermera Curtis se asomó a la habitación y les dijo que era hora de que se marcharan. Mary se levantó y depositó un beso ligero sobre la frente de su hermana antes de dirigirse hacia la puerta.
—Yo me quedaré.
La enfermera miró a aquella pequeña mujer que le hablaba con tanta seguridad, desconcertada.
—En la unidad de cuidados intensivos no se permiten las visitas... —empezó.
Sin embargo, la detective sacó su placa de un bolsillo e interrumpió la explicación en el acto.
—Soy policía, esta mujer está bajo mi custodia y voy a quedarme aquí esta noche.
La mujer abrió la boca para protestar, pero debió leer en aquellos ojos negros algo de la desesperación que la embargaba, así que volvió a cerrar la boca y le dirigió una mirada comprensiva antes de acceder a su demanda.
—Está bien. Le traeré una silla, pero le advierto que va a ser una noche muy larga. ¿Qué tiene usted ahí? —Abrió mucho los ojos al ver las marcas violáceas que los dedos de Hood habían dejado en torno a su cuello.
—No es nada —respondió Regina, indiferente, al tiempo que se abrochaba un botón más de su blusa manchada.
La enfermera se encogió de hombros y fue en busca de la silla prometida.
—Buenas noches, Mary, te veré mañana.
—Toma, póntela. —La hermana de Emma se volvió un momento y le entregó la chaqueta de lana que llevaba puesta—. La necesitarás.
—Gracias, Mary. —Regina clavó sus pupilas en las suyas y prometió—: Te juro que no permitiré que le ocurra nada malo.
Su amiga vio la profunda determinación que latía en sus expresivos ojos negros y pareció tranquilizarse un poco.
—Sé que, si Emma estuviera consciente, desearía que fueras tú la que se quedara con ella esta noche. Vendré mañana a primera hora para que puedas ir a casa a ducharte y a dormir un rato —prometió.
Entonces, ambas se abrazaron con fuerza y, sin decir nada más, Mary se marchó y la dejó sola. Justo en ese momento, regresó la enfermera con la silla prometida y Regina le dio las gracias con amabilidad. La colocó junto a la cabecera de la cama, se sentó y agarró la mano de la mujer inconsciente, con cuidado de no tocar la vía de plástico.
Regina permaneció toda la noche en vela sin dejar de hablar a la profesora. La enfermera Curtis, que bajo su aspecto brusco y autoritario escondía un corazón demasiado tierno para el duro trabajo que desempeñaba, apareció un poco más tarde con un sándwich y un botellín de agua que dejó cerca de ella.
—Será mejor que coma algo. Tiene que conservar las fuerzas.
Regina le dirigió una mirada de agradecimiento, pero declinó la oferta con amabilidad:
—Muchas gracias, pero creo que, si intentara tragar algo en este momento, se me quedaría atascado en la garganta y me ahogaría.
—Lo dejaré aquí, por si luego le apetece —insistió la mujer.
Pero la detective ya no la oía; seguía hablando con Emma ajena a todo y, llena de curiosidad, la enfermera Curtis permaneció un rato escuchando lo que decía con curiosidad.
—Y tienes que volver a contarme la historia de la tal Mesalina. Esa aristócrata medio ninfómana, casada con un emperador, que se apostó con la prostituta más famosa de Roma que ella sería capaz de complacer a más hombres en una sola noche y ganó la apuesta...
Al oír aquello, la mujer movió la cabeza, desconcertada, y salió de la habitación sigilosamente. Regina permaneció horas y horas charlando sin pausa. A veces notaba que se le secaba la garganta y se veía obligada a beber un poco de agua, pero enseguida retomaba el hilo de su largo monólogo. La enfermera Curtis regresó en otra ocasión para ver si necesitaba algo y se la encontró en la misma postura en que la había dejado, sujetando entre las suyas la mano de ella y hablando sin parar a pesar de que empezaba a quedarse ronca.
—Desde luego, si pretendes que me case contigo tendrás que comprar una tele. Ya no puedo perderme más capítulos de CSI. A este paso, cuando vuelva a ver la serie los protagonistas tendrán canas...
—¿Necesita algo? —susurró la enfermera Curtis.
Al oírla, Regina se sobresaltó y la miró como si no supiera quién era. Parpadeó un par de veces, confusa, mientras trataba de recobrarse; sentía los ojos tan secos como si tuviera arena dentro.
—No, muchas gracias. —Le lanzó una débil sonrisa, se volvió de nuevo hacia la herida y, de nuevo, pareció olvidar su presencia.
—Además, te prometo que no volveré a cantar en la ducha, puede que la música no sea lo mío. Bueno, está bien, reconozco que desafino de una manera terrible... hasta estoy dispuesta a tener los hijos que quieras, eso sí, siempre que no pretendas formar un equipo de cricket. Dos o tres, algo razonable...
Una vez más, la enfermera salió de puntillas de la habitación; pero, en esta ocasión, iba enjugándose los ojos con el dorso de la mano.
Cuando Mary llegó a la mañana siguiente, el estado de Emma no había variado; sin embargo, el rostro de Regina lucía unas profundas huellas oscuras debajo de los ojos enrojecidos por la fatiga y la falta de sueño.
—Vete ahora mismo a casa a dormir —ordenó Mary al observar su expresión exhausta.
—En cuanto venga el médico y nos diga cómo va Emma me iré. Te lo prometo.
El doctor Whale apareció un par de horas después. Examinó a Emma con minuciosidad y declaró que todo seguía igual; la profesora no parecía haber mejorado, pero tampoco estaba peor.
Las dos mujeres tuvieron que conformarse con eso. Poco después, Regina estaba de vuelta en casa de la profesora; se dio una larga ducha caliente, se acostó y, en el acto, se sumió en un sueño profundo y reparador.
S&M S&M S&M
Los días transcurrieron con enervante lentitud, sumidos en una rutina forzosa. Mary aparecía en el hospital a eso de las seis de la mañana, Regina se iba como a las nueve, regresaba a las cinco y pasaba la noche en la incómoda silla, junto a la cama de Emma.
La enfermera Curtis a esas alturas no solo no ponía pegas, sino que se ofrecía con amabilidad para proporcionarles cualquier cosa que pudieran necesitar. La única novedad era que el doctor Whale había decidido desintubar al paciente, y ahora Emma respiraba por sí sola.
El amanecer del cuarto día de estancia de Emma en la UCI, encontró a Regina en su postura habitual, con los fríos dedos de la profesora entre los suyos mientras le contaba la discusión que ese mismo día la enfermera Curtis había tenido con uno de los otros pacientes, cuando, de pronto se interrumpió. Le había parecido notar un ligero apretón, tan débil, que pensó que lo había imaginado; intrigada, miró hacia arriba y vio que Emma había abierto los párpados.
—¡Emma! —Su corazón empezó a bombear a toda velocidad.
Con rapidez, se asomó a la puerta y gritó sin importarle las severas reglas que imperaban en esa planta.
—¡Enfermera Curtis, venga enseguida! ¡Se ha despertado!
La enfermera llegó corriendo a la habitación con toda la rapidez que le permitían sus gruesas piernas varicosas y, después de echar un rápido vistazo a los aparatos que monitorizaban a la profesora, anunció:
—Avisaré al doctor Whale.
A solas con Emma una vez más, Regina se acercó a la cama, se inclinó sobre sus labios resecos y la besó con delicadeza, al tiempo que acariciaba con un dedo su pálida mejilla.
—¡Menudo susto nos has dado, profesora!
Ella intentó decir algo, pero la garganta le dolía de una manera horrorosa y fue incapaz de emitir ningún sonido.
—No trates de hablar. —La detective apoyó las yemas de los dedos con suavidad sobre su boca—. Ayer te quitaron el tubo que te ayudaba a respirar y debes tener la garganta irritada.
Regina sintió la leve presión de los labios de Emma contra sus dedos, y aquel ligero contacto provocó que las lágrimas, que se habían resistido a manar durante aquellos interminables días transcurridos en el hospital, empezaban a fluir de nuevo. En ese momento, llegaron a la vez Mary, el doctor Whale y la enfermera Curtis, y la joven se volvió con discreción, mientras secaba con disimulo sus empapadas mejillas con la manga del jersey.
Después de comprobar todos los aparatos, el Doctor Whale acercó una pequeña linterna a los ojos de su paciente y examinó con detenimiento la reactividad de las pupilas. Después de unos mintutos que a las dos se les antojaron eterno, por fin, el médico anunció, satisfecho:
—Esto está mucho mejor. La profesora Swan es una mujer muy fuerte, en un par de días podremos bajarla a planta.
Un saludo a todos los Rw y seguidores silenciosos, ya estamos en la recta final.
Espero tengan un excelente año nuevo y navidad (retardado).
La pasen excelente
Gracias a todos por leer, sin más nos vemos a la próxima.
