Dije que iba a subir la continuación con algo más de tiempo, pero es que me habéis spammeado a base de bien con las fichas. Quince fichas, concretamente.

He de decir que lo he pasado muy mal seleccionado las OCs porque me da mucha lástima dejar a gente fuera que ha tenido la molestia de crear un personaje para este fic. Si por mi fuera los metería a todos, pero entonces me acabaría volviendo loca porque se me iría de las manos el fic con tantos personajes, de modo que al final ha tocado tener que cribar. Y estas son las seleccionadas.

Anthea Russó de Sabr1

Gabriella Allard de SnakeHandsDoll

Felicity Bonheur de Sakiiii

Annelise Ferrut Coté de A Dreamless Singer

Orfeo Vryzas Di Lunna de BoxOfGlitter

Y ya sin más, toca entrar en materia. He de avisar que he cambiado el nombre de mi personaje de Lizzie (Elizabeth) a Isabelle, pues no me cuadraba que si era francesa tuviera un nombre inglés. No creo que marque mucha diferencia tampoco, ¿no?


La luz del sol que entraba por los ventanales del salón comenzaba a hacerse más y más mortecina pero aún alumbraba lo suficiente como para que las cinco chicas que se congregaban en la estancia se pudieran ver las caras perfectamente sin necesidad de encender la luz. Todas ellas estaban envueltas en sendas mantas o aún llevaban los abrigos que usaban para salir a la calle; estaban a finales de otoño y ya hacía frío si no se encendía la calefacción, pero claro, las mantas y los abrigos eran mucho más económicos que usar el gas.

—¿Se puede saber a qué estamos esperando? —inquirió una de las congregadas, una chica de espesa cabellera negra azulada y ojos color ambarinos —Tengo que terminar un ensayo para el cabronazo de Teoría de la Literatura y si no me pongo ya con ello no me va a dar tiempo.

—Cálmate de una vez, Orfeo —Isabelle intentó mantener la calma, pues lo último que quería era que empezara una discusión. Entendía que las demás tenían cosas que hacer, pero también era consciente de que la situación hacia la que iban era más que peliaguda. Ella no creía en las casualidades, de modo que aquella página que había encontrado casi por azar bien podía ser una llave para salir de aquella debacle en la que se estaban hundiendo —Estamos esperando a que Felicity vuelva de su entrevista de trabajo para que todas os enteréis de lo que pasa a la vez.

—¿Crees que la aceptarán? —Isabelle se giró hacia la que había intervenido ahora. Se trataba de Annelise, que miraba a todos con sus grandes ojos miel al mismo tiempo que jugueteaba distraídamente con un mechón de cabello caoba que se le había soltado del moño que solía usar como peinado —Ninguna de nosotras ha tenido suerte a la hora de encontrar un empleo, ojalá ella sea capaz de romper con la mala racha.

Isabelle no dijo nada, se limitó a morderse el labio de forma pensativa. Quería creer en su amiga, pero conocía bien a Felicity, una chica tan buena y amable como tímida y retraída. Teniendo en cuenta que la entrevista era para cubrir un puesto de venta al público, las opciones que tenía de ser elegida eran bastante pocas. Además, no la querrían por el hecho de que no podría trabajar a tiempo completo, o simplemente porque en los tiempos que corrían se estaba poniendo de moda no elegir a universitarios pues consideraban que escogerlos era tirar la formación a la basura, pues en cuanto a estos se le presentara una mejor oferta de trabajo, se irían. Por eso todas ellas languidecían entre montañas de facturas atrasadas que cada vez eran más altas.

—Seamos realistas —masculló la chica que se encontraba sentada más cerca de la ventana. Se había envuelto por completo en una manta, de tal modo que lo único que se veía de ella eran un par de ojos negros y algunos mechones de cabello en el mismo tono —No la van a elegir, del mismo modo que no nos eligieron a nosotras cuando tuvimos la ocasión. Es frustrante haber pasado toda la vida estudiando para que, cuando intentamos entrar aunque sea por la puerta de atrás al mercado laboral, nos den una patada a cada una.

La chica que tenía más cerca, una joven de ojos grises con una melena cobriza de puntas decoloradas, le dio un par de palmaditas en la espalda a modo de consuelo, gesto que la morena agradeció con una sonrisa.

—Se que es frustrante Gabriella, pero tenemos que ser optimistas. Si no tuviéramos estudios puede que incluso estuviéramos peor.

—O tal vez no, Anthea —Orfeo volvió a la carga, con un deje de amargura en su voz —Puede que al tener menos titulación nos conformásemos con cualquier puesto, o tal vez nos aceptaran porque no considerarían que nos vamos a ir con viento fresco a la primera de cambio.

Isabelle guardó silencio, observando a las demás conversar. Interiormente había cruzado los dedos, rezando por que Felicity lo hubiera conseguido, pues si ella comenzaba a trabajar tal vez podrían olvidarse por completo de ese asunto tan turbio de las páginas de citas. La verdad es que no le hacía ninguna ilusión eso de convertirse en sugar baby mas también era consciente de que las opciones se le estaban acabando. ¿Prefería ser una de esas chicas o tener que volverse a casa y dejar los estudios?

El sonido de unas llaves cortó de raíz sus pensamientos. Como si todas se hubieran sincronizado, giraron la cabeza a la vez para ver entrar en el salón a una chica pecosa, de cabello pelirrojo que no dejaba de apretarse nerviosamente las gafas que usaba contra la nariz.

—¿Cómo ha ido? —Gabriella asomó un poco el rostro de la manta en la que se había envuelto —¡Dime que te han dado el trabajo!

Pero no hizo falta respuesta alguna, pues las lágrimas que rodaron por el rostro de la chica sirvieron de contestación. Todas a la vez se levantaron y fueron a abrazar en conjunto a la desdichada, que parecía haber visto la peor calamidad posible.

—Me han dicho que no doy el perfil —murmuró con un hilo de voz.

—Olvídate de ellos, no valen la pena fijo —Annelise forzó la voz para que sonara animada —Seguro que a la próxima lo consigues.

Isabelle volvió a sentarse en el sofá, tomando el portátil que había dejado a un lado, aprovechando para calentarse sus dedos helados con el calor que desprendía. Lo había cerrado cuando las demás comenzaron a llegar, pero no había quitado la pestaña donde había dejado abierta la página de citas. Estaba claro que debían dar el siguiente paso, visto que ninguna cosa les salía bien. Esperó a que las demás chicas le hicieran un hueco a Felicity y, cuando esta fue envuelta en la misma manta que venía usando Gabriella, colocó el ordenador en su regazo y con una parsimoniosa lentitud lo abrió, girándolo luego para que todas pudieran ver la pantalla.

—No quiero que habléis de esto todavía —dijo en voz baja. No solía usar un tono tan quedo, pero tenía cierto temor a que los vecinos escucharan lo que estaba diciendo —Simplemente confío en que penséis en la situación que tenemos y en las opciones que nos quedan. Estamos hasta arriba de deudas; debemos ya unos meses de alquiler, no hemos pagado el contrato del internet y para más inri creo que a todas la universidad nos está acribillando para que paguemos las primeras cuotas de la matrícula.

Un silencio tenso siguió a aquellas palabras. Las chicas miraban primero a Isabelle y luego a la página que ésta les enseñaba como si fuera el mayor secreto del mundo. En los rostros de algunas de ellas comenzaron a dibujarse expresiones de incredulidad conforme comenzaban a hilar ideas y se aproximaban al punto al que la morena quería llegar.

—Yo no puedo permitirme seguir gastando dinero sin tener ingresos —prosiguió con voz temblorosa —Y sabe Dios que he intentado todo lo posible habido y por haber... así que he tomado la decisión de convertirme en una de ellas —añadió, señalando hacia la página con una mano que temblaba tanto de frío como por vergüenza.

—¿Vas a hacerte prostituta? —el tono de incredulidad en la voz de Felicity fue casi una puñalada, pero Isabelle se forzó a seguir estoica. Había tomado la decisión movida por la desesperación, ahora no valía amilanarse.

—No voy a acostarme con nadie —sentenció —Esa es una frontera que no quiero cruzar. Pero me he estado documentando, al parecer se basa en convertirse en una especie de chica que acompaña a hombres ricos y algo mayores que nosotras a eventos, a cenas y cosas así. No siempre son citas sociales como tal, pero no creo que tenga nada de malo acompañar a una persona sin pasar a mayores.

—Viene a ser lo mismo que hacen las geishas en Japón —sentenció Orfeo —Entretienen a hombre de negocios pero nunca llegan a más. ¿Pagan bien? —añadió, alzando una ceja de forma inquisitiva. La idea de encontrar una fuente de ingresos no podía serle más tentadora.

—Dicen que tienes que acordar el dinero con la persona que te contacte, pero que normalmente siempre se comprometen a pagarte tus estudios —musitó Isabelle, colocando con cuidado el ordenador sobre la pequeña mesita auxiliar, de tal forma que dejara de abrasarle las piernas —Ya he dicho que yo pienso intentarlo, aunque sólo sea para asegurarme la matrícula de este año. Si otra más quiere unirse...

—¿Por qué no? —Orfeo parecía la menos incómoda de las seis —El dinero es dinero venga de donde venga, y si supuestamente no tengo que acostarme con ninguno de esos babosos ni tan mal.

Isabelle observó a las demás, que parecían divididas entre la confusión y la necesidad.

—Pensadlo —dijo finalmente —Nadie va a obligaros a nada... pero quizás este sea el último tiro que nos queda en la recámara antes de que nos ahoguemos por completo.

Tras pronunciar aquellas palabras, tomó de nuevo el portátil y, con una lentitud mayor de lo habitual, metió sus datos en la página de contactos, para luego tenderle el ordenador a Orfeo, que hizo lo propio. Ellas dos habían cedido a la necesidad.

Ahora quedaba por ver si las demás también.


Hasta aquí. Quiero introducir a los chicos en el próximo cap, pero la verdad es que voy a tomarme algo de tiempo para que se encuentren, pues no tiene sentido que a la primera consigan a alguien decente. Quiero que se encuentren con toda la fauna que pulula por este tipo de páginas.

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