Hora del siguiente cap y de ir metiendo a algunos de los chicos (y de paso que las chicas que ya han dado el paso vayan sabiendo lo que es ese mundo y otras se vayan planteando la opción de entrar)
Los ojos violáceos de aquel tipo la miraban del mismo modo que si fuera un trozo de carne, haciendo que Isabelle se sintiera cuanto menos, con ganas de vomitar; pero a pesar del desagrado intentó mantener el rostro lo más sereno posible. No olvidaba que todo lo que estaba haciendo era por poder acabar sus estudios, y para eso necesitaba dinero, el cual aquel tipo parecía dispuesto a darle.
Había sido todo mucho más rápido de lo que esperaba, pues a los veinte minutos de haberse registrado en aquella web de citas le llegó un mensaje de un interesado. Isabelle admitía que no entendía del todo el motivo por el que aquel tipo había decidido decantarse por ella, sobre todo teniendo en cuenta el anuncio más bien sosillo que había colgado (directamente puso que era una universitaria con buena conversación que necesitaba poder costear sus estudios de Filología Alemana, nada más; no era demasiado buena a la hora de redactar textos en los que tuviera que ofrecer algo). El mensaje venía de un tal Evan, que le pedía citarse esa misma tarde en un café algo apartado, cerca de la rivera del río que cruzaba la ciudad.
Dejó que Orfeo le prestara algunas prendas más elegantes para no parecer una fregona y, tragándose el orgullo, acudió al lugar acordado, encontrándose con un hombre de pelo moreno y que no pasaría de los treinta y cinco, vestido con prendas de estilo militar y que no dejó de mirarla de arriba a abajo mientras ella tomaba asiento en la mesa de turno y esperaba a que alguien llegara para poder pedir algo de beber.
—Eres más guapa en persona que en la foto —dijo finalmente el hombre por todo saludo, haciendo que Isabelle tuviera que recurrir a todo su autocontrol para no hacer una mueca. ¿Pero qué esperaba? Ambos estaban allí no para coquetear, sino para establecer los términos de un acuerdo mediante el cual ella se convertiría más o menos en la escort de aquel tipo. Sólo esperaba que no quisiera más que su compañía, pues de lo contrario iba a verse en una situación algo incómoda en la que tendría que dejarle claro a ese extraño que no pensaba consentir el acercamiento físico. Quizás debería haberlo especificado más en su perfil...
—Bueno, no soy alguien muy fotogénica —querría haber aceptado el cumplido con una sonrisa propia de un anuncio de pasta de dientes, pero no se encontraba con ánimos de hacer tal cosa. Tenía miedo de aquella situación, miedo de aquel desconocido que la miraba del mismo modo que un león a su presa, por lo que no medía del todo bien sus palabras.
—Ni tampoco alguien con pelos en la lengua —añadió el hombre mientras una sonrisa torcía sus labios. Al menos parecía haber encajado bien el comentario de la chica, cosa que a Isabelle le importaba más de lo que hubiera esperado, pues no olvidaba que él podía suponer la diferencia entre acabar sin un euro y tener que volver con su familia, o poder seguir en la universidad. Más le valía interpretar el rol que se suponía que debía tener.
—Creo que aún no me ha dicho su nombre —el trato de usted le salió sin apenas darse cuenta, pero no podía evitar usarlo para alguien que era mayor que ella, como forma de deferencia.
—Trátame de tú, tampoco soy tan mayor —el hombre pareció bromear, pero ella no estaba del todo segura —Puedes llamarme Evan.
—Un placer —la joven le tendió la mano por encima de la mesa —Yo soy Isabelle Billancourt —sabía que lo habitual era dar tres besos a la hora de presentarse, pero con ese gesto quería remarcar un poco la distancia entre ellos, dejar claro que no pensaba confiarse demasiado.
El tal Evan volvió a mirarla de arriba a abajo, apoyando el rostro en su mano derecha, dando la impresión de que estuviera tasándola. Isabelle le mantuvo la mirada con la mayor calma posible, sin atreverse a romper el silencio hasta que, finalmente, él habló.
—No me gusta andarme con rodeos innecesarios —murmuró con un tono muy calmado —Ambos somos adultos y no creo que hayamos sacrificado nuestro tiempo para una charla insulsa. Hablemos de negocios —Isabelle sintió un estremecimiento ante la palabra —¿Cuánto es lo que quieres?
La morena alzó la barbilla, intentando seguir manteniendo un aspecto seguro. Ahora era cuando menos debía mostrarse débil, pues una negociación mal hecha podía ser perjudicial para ella. Quizás si ese hombre la trataba bien y le daba una buena suma de dinero podría incluso darse de baja de la página.
—Lo necesario para cubrir mis gastos universitarios y mis gastos de alquiler, comida y demás —sentenció —La matrícula ronda los mil euros y el alquiler me sale por trescientos al mes, más cien para intentar subsistir.
Evan no musitó palabra durante un buen rato, durante el cual trajeron las bebidas que habían pedido; un café oscuro para él y una taza de té para ella. Isabelle se refugió en su humeante infusión, esperando las palabras del chico hasta que, finalmente, este habló.
—Te ofrezco dos mil, quedando dos veces por semana los días que yo decida. ¿Aceptas?
Isabelle se tragó el orgullo que le quedaba con un sorbo de té antes de asentir con la cabeza.
Sentada en su escritorio ante su ordenador, Felicity no podía dejar de temblar. Hacía ya tiempo que las demás chicas se habían retirado a sus habitaciones, en teoría a dormir, pero ella seguía despierta, observando la pantalla con ojos vacíos, tan resecos que unas lágrimas rodaban por sus mejillas. Quería limpiarlas, pero no se atrevía a empañar más sus gafas, pues ya estaban bastante sucias por las veces que se había frotado los ojos tras los cristales.
Sus pupilas se deslizaron sobre la pestaña de inscripción a aquella infame página de cuya existencia se había enterado aquella misma tarde, esa página que Isabelle y Orfeo habían visto como una especie de tabla de salvación. De hecho la primera había regresado poco antes de la hora de cenar diciendo que parecía haber conseguido un posible contrato a cambio de dos mil al mes. Felicity nunca había visto tanta suma de dinero en su vida.
Observó por el rabillo del ojo sus apuntes de farmacología, los cuales parecían abandonados a su suerte. Había luchado lo imposible por poder entrar en Enfermería, una meta que se había autoimpuesto tanto por admiración a los que desempeñaban ese cargo como una especie de terapia para vencer su timidez, pues al tener que estar en continuo contacto con el paciente, no tendría otra que irla superando. Pero, ¿de qué serviría todo el esfuerzo invertido en llegar hasta allí si ahora tuviera que marcharse?
Observó de nuevo la página, pensando en la cifra de dinero que Isabelle había anunciado. Con esa cantidad podría pagar su carrera y vivir holgadamente mientras intentaba buscar un empleo mejor. Quizás era la hora de decir adiós a la timidez...
La imagen mental de su familia, hasta arriba de deudas por los estudios de sus hijos, fue el detonante que hizo que, con nuevas lágrimas en sus mejillas, metiera sus datos en la página.
Sentado de cualquier manera sobre el sofá de su piso, Kentin dejaba vagar la mirada desde la televisión donde estaba viendo una película que tampoco le interesaba demasiado, al teléfono, donde tenía una conversación abierta con su viejo amigo Evan.
Ambos se habían conocido en una escuela militar, cuando Kentin fue enviado allí por orden expresa de su padre debido a su comportamiento retraído y tímido. Si bien al principio no lo pasó nada bien, encontró una especie de hermano en aquel chico de pelo negro que, a diferencia de los demás, no se burló del recién llegado por ser más débil que los demás alumnos. Se hicieron amigos con el paso del tiempo y, cuando Kentin abandonó aquella institución, ambos siguieron en contacto, volviendo a entrar en la vida militar cuando acabaron los estudios universitarios, con el objetivo de poder acceder a rangos más elevados que aquellos que hacían las pruebas para entrar en el ejército sin estudios superiores.
Les iba bien. Habían conseguido puestos de oficiales y desde no hacía mucho tiempo, les permitían vivir lejos de las instalaciones militares. Siendo poseedor de un buen sueldo, Kentin se había podido permitir comprarse un enorme piso a las afueras, en una zona acomodada. Teniendo en cuenta que muchos treintañeros de su generación se las veían para subsistir, se consideraba cuanto menos afortunado. Vivía bien, podía permitirse todos sus caprichos y además le gustaba su trabajo.
Un zumbido hizo que el chico centrara de nuevo su atención en el teléfono. Evan acababa de enviarle una foto de una chica de unos veinte años, de pelo corto negro y ojos azules que parecía mirar a la cámara como si fuera a acabar con su vida.
"¿Quién es?" escribió el chico castaño con cierta curiosidad. No era extraño que Evan le mandara fotos de las chicas con las que estaba, pero siempre se mostraba curioso al respecto.
"Mi nuevo entretenimiento: una universitaria desesperada por dinero que va a hacer todo cuanto le pida."
Kentin dejó escapar un bufido, creyendo que era otro de los vaciles de su amigo. Lo conocía bien como para saber que a veces podía pecar de ser algo fantasma.
"Ahora en serio" tecleó rápidamente. La respuesta de Evan no se hizo esperar.
"No es ninguna broma. Sabes que tú también podrías tener una, ¿verdad? Las hay a puñados, sólo tienes que ofrecerles algo de dinero y podrás hacer todo lo que desees con ellas. A fin de cuentas todo el mundo tiene un precio."
El castaño negó un poco con la cabeza, no muy convencido. Siempre había visto a Evan como un referente, una persona incondicional a su lado pasara lo que pasase, pero no estaba del todo seguro con ese tema. ¿Una universitaria desesperada por algo de dinero que se entregaba a alguien? ¿Acaso no era eso prostitución?
Evan pareció leerle la mente, pues le llegó un nuevo mensaje.
"No son putas si es lo que estás pensando. Ellas quieren dinero, tú compañía. Es más bien un intercambio. ¿Por qué no te animas? Hace mucho que no le das una alegría al cuerpo."
Kentin leyó el mensaje varias veces, mientras cavilaba. Era cierto que hacía mucho que no estaba con una chica, pero si en teoría nada de aquello estaba relacionado con la prostitución, ¿por qué lo decía Evan con ese tono? ¿Acaso era una especie de contrato a pactar?
Un nuevo mensaje de parte de su amigo hizo que su teléfono vibrase. Se trataba de un enlace a una página donde podía contactar con alguna de esas chicas. Con cierta curiosidad, entró en la misma.
Total, si su amigo lo hacía, ¿qué iba a tener de malo?
Pues aquí tenemos al primer chico que ha entrado en la "famosa" página. La verdad es que me interesaba escribir sobre un Kentin totalmente influenciado por Evan, y aquí he tenido la oportunidad.
En el siguiente cap iran apareciendo más chicos y otras chicas caerán en la necesidad, del mismo modo que las que ya han caído tendrán que empezar a mentalizarse del mundo en el que se están metiendo.
Como digo siempre, si os ha gustado, ¿por qué no dejar un review? Son gratis y me hacen muy feliz :)
