Yo monto un circo y me crecen los enanos. No sé si alguien habrá jugado ya el episodio 38 (o se lo ha spoileado como yo, que aún voy por el 37) y me he encontrado con un trasfondo de ciertos personajes que me han descolocado por como los tenía planteados en el fic, y odio no ceñirme al canon. Pero bueno, no es algo que no se pueda remediar, de hecho ya se me ha ocurrido el modo de meter esos matices, pero lo haré más adelante. No voy a dar nombres por si no queréis haceros spoilers (?)
El sonido de los dedos de varias personas tecleando en los diferentes ordenadores y las varias conversaciones que iban iniciándose en cada uno de los cubículos creaban una especie de cacofonía que hacía que el cerebro de Gabriella se embotase. No soportaba el ruido, pero era consciente de que, si quería salir del pozo en el que se estaba hundiendo iba a tener que pasar por el aro. Puede que la oferta de trabajo a la que se había apuntado fuera para un puesto estresante, que se sintiera sobrecualificada para todo aquello, pero el dinero era el dinero, y ella lo necesitaba.
Había visto la oferta en una conocida página de internet que se definía como un portal mediante el cual todo el mundo que quisiera podría encontrar un empleo. Había mandado currículums a casi todas las ofertas, pero debido a que apenas tenía experiencia, nadie la llamó. La única confirmación que había tenido era para un puesto de teleoperadora en la otra punta de la ciudad. Dudaba que el suelo fuera a ser la panacea, sobre todo teniendo en cuenta el dinero que iba a tener que dejarse en el transporte público, mas algo siempre era mejor que nada.
Sentada en una silla de plástico, aferrada al bolso que siempre llevaba a las entrevistas de trabajo para que nadie viera que le temblaban las manos, miraba fijamente al hombre de mediana edad que la observaba de forma inquisitiva con sus oscuros ojos.
—En su currículum he leído que es universitaria —a Gabriella no le hacía mucha gracia la forma en la que la estaba tratando, como si fuera una especie de niña tonta, pero no estaba en posición de quejarse.
—Sí, estoy en mi tercer año —contestó, prefiriendo responder únicamente a lo que le preguntaran y no dar excesiva información, cosa que siempre hacía cuando no confiaba del todo en alguien y, desde luego, en aquel hombre con pinta de depredador de negocios no confiaba demasiado.
—¿Estudias Bellas Artes? —la chica pudo reconocer el clásico tono de chanza que muchas personas usaban para referirse a su carrera. No era el primero que se burlaba de la misma, pues más de una vez había escuchado a personas decirle que era mejor que dejara de estudiar una carrera que la condenaba al paro y a la miseria y se pusiera a hacer otra cosa más productiva con su vida.
—Sí —fue su escueta respuesta, sus dedos apretándose aún más contra su bolso. Menudo idiota le había tocado en gracia, pero no pensaba darle el gusto de que la viera exasperada. Puso su mejor cara de inocente mientras se preparaba para lo que estuviera al venir.
—Voy a serle sincero, Gabriella —el hombre se reclinó en su silla como si tal cosa —Este es un trabajo duro, muy duro. Necesitamos a gente que sepa vender, que pueda conseguir que los clientes acepten las ofertas que les hacen sin que un fracaso les haga venirse abajo, por lo que no podemos seleccionar a cualquiera.
Gabriella lo observó en silencio, sus cejas brevemente alzadas. No sabía qué era lo que le estaba proponiendo aquel tipo, pero algo le decía que no era algo bueno del todo.
—Nos gustaría tenerte en tu equipo, pero antes tendrías que pasar una pequeña prueba —el tono del hombre sonaba cauto, como si estuviera hablándole a un animal peligroso. Gabriella tuvo la impresión de que probablemente más de una vez habría tenido que vérselas con personas que, ante dicha propuesta, reaccionaron a la tremenda, cosa que no era para menos. Se olía lo que podría ser la prueba y no le hacía especial gracia —Nada del otro mundo, simplemente tendrías que intentar hacer una venta a lo largo de esta tarde. Si consigues una, estás dentro; de lo contrario... bueno, tendríamos que hablarlo...
—¿Y cuánto ganaría al mes? —Gabriella sabía que aquello no dejaba de ser una negociación —¿Y cómo sería la jornada?
—Ganarías 500 euros al mes, más comisiones —la palabra comisiones nunca era señal de nada bueno, pero al menos le estaban ofreciendo una fuente de ingresos —Y trabajarías a jornada parcial, de mañana o de tarde, en el turno en que te pongamos.
Gabriella no dejó traslucir nada, pero interiormente temía que le tocara por la mañana, cuando precisamente tenía sus clases. Pero como tampoco podía ponerse delicada, decidió confiar en su suerte.
—Está bien, haré la prueba.
Armin se aburría como una ostra. Odiaba estar sin hacer nada, pero al parecer era lo que le tocaba hasta que los testers dieran el visto bueno a su última creación, un videojuego shooter ambientado en una guerra mundial futurista.
Tirado en la silla de su escritorio se dedicaba a refrescar la página de youtube, intentando encontrar algún vídeo que lo sacara del tedio. Era una imagen curiosa que un treintañero con más dinero en el banco del que jamás hubiera imaginado que tendría cuando decidió hacerse desarrollador de videojuegos estuviera pasando la tarde como si fuera un adolescente, mas en cierto modo Armin aún vivía a veces en esos años de su vida, quizás una especie de síndrome de Peter Pan.
Se detuvo cuando le apareció un vídeo de un canal que hacía mini reportajes sobre temas de actualidad. La miniatura del mismo mostraba una imagen de unos labios chupando una piruleta; su título rezaba "Sugar Babies, ¿prostitución universitaria?".
Le pudo la curiosidad, de modo que abrió el mismo. El reportaje duraba unos quince minutos y en él se hablaba de que algunas chicas, movida por la necesidad, se convertían algo así como en señoritas de compañía de hombres adinerados, los cuales solían costearle los estudios. Daba incluso el nombre de la página que usaban la mayoría de ellas para que los hombres se pusieran en contacto con las jóvenes.
Armin podía ser muchas cosas y, sobre todo, un curioso redomado. No podía quedarse quieto por más que quisiera, siempre que encontraba algo que le llamara la atención se lanzaba hacia lo mismo como un misil teledirigido y no paraba hasta enterarse de todo.
Encontró la página sin problema alguno, empezando a curiosear por la misma, sintiéndose tanto sorprendido como asqueado por la situación que habría llevado a tantas personas a recurrir a algo semejante. Armin no siempre había nadado en la abundancia, de hecho tuvo que depender de varias becas para poder terminar sus estudios de informática, pero contó con la suerte de que, cuando terminó la universidad, se encontró con que una empresa se interesó por su proyecto de un videojuego que llevaba desarrollando desde el instituto y a los pocos años ya tenía ingresos suficientes para vivir con holgura.
Claro que no todo el mundo tenía esa suerte, y teniendo en cuenta el estado de la economía del país, las personas que no tenían ayudas para sus estudios debían muchas veces dejarlos para ponerse a trabajar de lo que fuera. Quizás esas chicas intentaban encontrar una salida desesperada a sus problemas.
—¿Hasta qué punto hemos llegado? —murmuró en voz alta mientras comenzaba a examinar los perfiles de las candidatas. Necesitaba un nuevo diseñador gráfico, pues el suyo lo había dejado en la estacada y, si bien no tenía ningún proyecto próximo a desarrollarse, le gustaba cuidarse las espaldas. Si encontraba a alguna chica que cumpliera sus requisitos quizás la contratase para tratar de ayudarla.
A fin de cuentas todos necesitaban una oportunidad.
El pitido de la línea telefónica fue similar a una corona de espinas que se clavara un poco más sobre la cabeza de Gabriella. Llevaba toda la tarde llamando a personas elegidas al azar por un programa del ordenador, ofreciéndoles cambiarse de compañía telefónica, pero el resultado siempre era el mismo: unos la insultaban, otros la despachaban más amablemente y algunos directamente ni descolgaban el teléfono. Fuera como fuese, nunca conseguía cerrar una venta y los minutos se le agotaban.
Ella no valía para eso, le faltaba el descaro necesario para conseguir convencer a personas que no tenía delante de que comprasen un paquete de telefonía. Quizás cara a cara tendría menos problemas, pues consideraba que el trato con la gente no se le daba mal, pero por el teléfono todo era mucho más frío e impersonal. Se sentía igual que un contestador automático repitiendo siempre las mismas frases con un falso tono alegre, aunque comenzaba a estar algo mosca.
Cuando la jornada terminó, no había conseguido ni una sola venta, por lo que el encargado no se anduvo con pelos en la lengua: ella no era apta para el puesto, de modo que a la calle y muchas gracias. La habían tenido toda la tarde trabajando para ellos sin pagarle un mísero céntimo. Se sentía estafada.
Salió del edificio llena de rabia contra aquella empresa, contra el profesor con el que se encaró hacía unos años y por el que le habían quitado la beca, contra el que decidió que las tasas universitarias fueran tan caras. Parecía que el mundo se hubiera empeñado en ponerse en su contra para que no pudiera terminar sus estudios.
Con gesto distraído sacó su teléfono móvil, recordando la página que Isabelle les había enseñado. En su momento decidió descartar la idea deseando probar suerte en otros puestos, mas estaba claro que no iba a conseguir nada por esa vía.
Abrió la web de contactos con parsimoniosa lentitud, mientras que a su mente volvían imágenes de su madre vestida con ropa bastante reveladora, saliendo cada noche a buscar unos "ingresos extras". Su madre había vendido todo lo que tenía, literalmente todo, para poder costear la educación de su hija. Gabriella no se sentía avergonzada de que su madre hubiera ejercido la profesión más antigua del mundo, de hecho valoraba su sacrificio, pero no olvidaba lo duro que siempre decía que era ese trabajo. ¿Sería ella capaz de llegar al mismo extremo que su progenitora? Claro que no tendría que ser necesariamente el mismo; Isabelle habló de que no era necesario como tal acostarse con quienes las llamaran.
—De perdidos al río —dijo antes de meter sus datos. Más se perdió en la guerra.
Isabelle tenía miedo, pero no podía echarse atrás. Necesitaba el dinero y el tal Evan iba a dárselo, de modo que poco importaba que no le cayera del todo bien. Así pues, alzó la cabeza para darse ánimos y pulsó el botón del porterillo del edificio que él le había indicado poco antes por teléfono. Le había pedido que fuera a su casa esa misma tarde para hacerle compañía, cosa que no le hizo del todo gracia a la chica, mas acabó aceptando.
La puerta no tardó en abrirse y, a los pocos segundos, tras un breve viaje en ascensor, se encontró llamando a la puerta correspondiente a la vivienda, la cual se abrió al instante, encontrándose la morena con Evan, el cual parecía vestir más informal que la vez anterior.
—Puntual —dijo con un ronroneo bajo —Eso me gusta, guapa. Pasa, pasa.
Isabelle tragó saliva y entró, sintiendo que se estaba metiendo en la boca del lobo.
Y se acabó, pienso dejaros con la intriga una semana más. No me odiéis (?).
He de decir que me estoy planteando subir un oneshot sobre una stalker, aunque me da cierta cosa porque si bien se va a mencionar a un personaje de CdM, no serían personajes del juego como tales, de hecho serían esbozos de tipos de personas. Sería un oneshot basado en parte a una experiencia que viví al cosplayearme de Lys y de una conversación que tuve con unos amigos al volver del salón al que fuimos.
Si queréis que lo suba y/o si os ha gustado el cap, ya sabéis, ¡dejad reviews, que son gratis!
