Antes de que preguntéis, aviso yo: sí, sé que hay dos chicos que aún no han aparecido, pero creo que me los voy a reservar para más adelante, de tal modo que vayan entrando en toda la dinámica por estar relacionados con algunos de los que ya están entrando poco a poco.

Y sin más...


—Sal de una vez, quiero ver cómo te queda.

Orfeo puso los ojos en blanco, mientras que se dedicaba una última mirada en el espejo del probador y abría la cortina con un gesto algo brusco, dejando que Dake la devorase con los ojos. Aquella era la primera vez que salían juntos desde que ambos acordaron las veces que se encontrarían, el tipo de relación que tendrían y el dinero que Dake le entregaría a la chica por acompañarle siempre que a él se le viniera en gana. No era una mala suma, le había asegurado que le daría, como mínimo, mil seiscientos, y si la joven necesitara más, no tendría inconveniente en subir la cantidad.

"—Vas a tener la universidad completamente asegurada, no te preocupes por eso" —le había dicho entonces.

Orfeo debía admitir que aquel hombre la había sorprendido para bien, pues en un principio se vio venir que sería el típico que se dedicaba a sobar a las chicas con las que estaba y a llevarlas como si fueran una especie de trofeo del que presumir, quizás debido a que su aspecto de surfista despreocupado incitaba a tal cosa. No le daba miedo bregar con ese tipo de personas, pues en cierto modo estaba habituada a ellas, pero para su sorpresa Dake rompió un poco el molde cuando le propuso que la primera salida que tendrían juntos sería para comprar algunas prendas que él necesitaba. Le había pedido consejo a Orfeo en lo referido al atuendo y, una vez conseguido lo que había acudido a buscar a aquellas tiendas de precios tan exagerados, le propuso a la joven que se probara algunas prendas que él elegiría para ella.

Ponerse aquella ropa que tenía el mismo valor que dos meses de su alquiler, se sentía un poco extraña. Siempre había sido consciente de que en el mundo había habido dinero, más dinero del que ella hubiera visto en su vida, pero una cosa era saberlo y otra muy diferente, era verlo. A su memoria no dejaban de regresar las quejas de sus amigas cuando tenían que enfrentarse a las facturas todos los meses. Conforme avanzaba el tiempo y sus deudas iban aumentando, las chicas se habían convertido en verdaderas artistas de la miseria, siendo capaces de hacer malabares con sus ajustados presupuestos... claro que ya muchas de ellas, por no decir todas, no eran capaces de mantenerse.

Dejó esos pensamientos de lado mientras que giraba sobre si misma, dejando que Dake observara el vestido negro de manga larga que había seleccionado para ella. Era una sensación curiosa, pues Orfeo no podía evitar sentirse un poco del mismo modo que una muñeca a la que su dueño le está probando vestiditos para ver cuál le queda mejor.

—Te sienta bien, te hace un buen trasero —Dake acompañó sus palabras con un guiño que Orfeo por pura inercia le devolvió (si les haces creer que estás en su juego, siempre son más generosos, era algo que había aprendido con los chicos con los que había estado. No olvidaba que a fin de cuentas todo aquello era un negocio en el que tenía que vender el producto, en este caso, ella misma).

—Sí tú lo dices —se hizo la desinteresada, no queriendo parecer demasiado avariciosa o materialista. Su instinto le decía que no era conveniente pecar de lanzada, más que nada porque podría considerarse incluso superficial, aunque a Orfeo no le costaba demasiado meterse en un papel, se había acostumbrado a ponerse una especie de máscara hacia los demás en cierta parte truculenta de su pasado que prefería no sacar a relucir.

—Quítatelo, te lo regalo. Aunque claro, todo tiene una condición... —las palabras de Dake quedaron en el aire junto con otro guiño de sus ojos azules. Orfeo fue capaz de intuir las intenciones ocultas bajo aquellas aparentemente inocuas palabras, aunque para eso aún quedaba, pues no quería gastar su mejor cartucho tan deprisa. Era consciente de que los hombres que frecuentaban ese tipo de páginas eran de voluntad voluble, por lo que, en cuanto obtenían lo que querían de la chica de turno, pasaban a la siguiente.

No tardó mucho en cambiarse, y en el tiempo que le llevó ponerse la ropa que había traído, Dake se encargó de pagar el vestido que ella previamente le pasó por debajo de la cortina, de tal modo que a los pocos minutos salían de la tienda, ambos con sendas bolsas en las manos.

Orfeo no sabía lo que vendría a continuación, pues Dake parecía de esos que preferían ir haciendo planes sobre la marcha, de modo que se resignó a esperar por lo que fuera, dejando vagar la vista mientras tanto. Se encontraban en uno de los barrios más acomodados de la ciudad, de hecho en aquella amplia calle donde se encontraba el local del que acababan de salir estaba jalonada por tiendas de reconocidas firmas y cafeterías típicamente francesas. Fue en una de estas últimas donde encontró algo que le llamó la atención sobremanera: una melena pelirroja recogida en una cola, que oscilaba hacia un lado y hacia otro. La chica se encontraba sentada de espaldas a ella, pero algo en su forma de sentarse, en la manera en la que encogía su cuerpo y parecía rehuír el contacto visual con su interlocutor le recordó sospechosamente a Felicity.

—¿Podemos ir a mirar esa tienda de ahí? —dijo como si nada, tirando del brazo de Dake. Aunque no estaba segura del todo sobre si aquella chica era su amiga, no podía evitar querer asegurarse, sobre todo porque no era normal que estuviera en esa zona de la ciudad en compañía de un hombre que parecía rondar los cincuenta años.

El aludido no puso objeción alguna, por lo que Orfeo caminó intentando mantener la calma, pues no quería parecer una histérica. Sin embargo, cuando la chica pelirroja a la que no le quitaba los ojos de encima giró la cara en un momento, pudiendo reconocer las facciones asustadas de su amiga en aquel rostro, apretó el paso. Felicity se estaba encogiendo en su silla mientras que aquel extraño parecía abalanzarse sobre ella. Quizás otra persona hubiera intentado escabullirse o plantarle cara, pero Felicity era demasiado tímida para ello. Orfeo solía compararla con un ratoncito asustadizo, comparación que hacía sin maldad, pero con bastante certeza.

A pocos pasos de la pelirroja, la chica alzó sus ojos y los clavó en los de la morena, dibujándose en su rostro una expresión de vergüenza al verse reconocida. Pero Orfeo no tenía ganas de dedicarse a tranquilizarla, no cuando vio que las manos de aquel hombre se perdían entre las piernas de la chica, que se retorcía de puro temor.

—No seas tímida, bonita; ambos sabemos de qué pie cojeáis las de tu calaña —la ronquera de la voz hizo que Orfeo sospechara que ese tipejo tenía ya cierto asunto "crecido" en los pantalones.

Felicity parecía muda de horror, de ahí que no reaccionara, pero Orfeo sentía que su sangre hervía como lava ardiendo. Sin pensar en la imagen que podría dar, sin plantearse en que quizás aquel extraño era un pez gordo, se plantó ante él y le abofeteó con todas sus fuerzas.


El piso de Evan parecía más grande que cualquiera en el que Isabelle hubiera estado nunca, además de que contaba con una decoración y unos muebles que poco tenían que ver con el mobiliario de Ikea que usaba en su piso de alquiler y en casa de sus padres. El lugar tenía un leve olor a madera pulida, el cual delataba que la calidad del mobiliario presente era muy superior de lo que aparentaba debido a su sencillez. Daba la impresión de que Evan era una de esas personas que siempre elegían una decoración moderna y minimalista, pero nunca reparaba en los gastos. Isabelle no tenía del todo claro a qué se dedicaba aquel hombre, pero si algo daba por sentado era de que debía tener dinero para poder permitirse darle a ella su peculiar sueldo todos los meses y encima vivir en esas condiciones.

Lo que no le agradaba de aquella casa eran las circunstancias por las que se encontraba allí. No le daba buena espina que la hubieran citado en el domicilio particular, pero por otro lado quería darle un voto de confianza a aquel tipo, aún a pesar de que no estaba segura de si le había comentado que ella se negaba a tener sexo con los que la contrataran. A veces tenía una memoria pésima, debido a que se despistaba y dejaba de prestar atención a las cosas que la rodeaban.

—Pasa al salón —Evan hizo un gesto a modo de invitación, de modo que Isabelle siguió su indicación y se dirigió a aquella estancia, tomando luego asiento en un enorme sofá gris que había en un lado del mismo, frente a un televiso que de tan grande que era parecía una ventana —¿Quieres tomar algo? —añadió como si tal cosa.

Isabelle negó con la cabeza, viendo como Evan se acercaba a ella, tomando asiento a su lado. Se sintió del mismo modo que un animalito ante un gran felino; aquel hombre emanaba un aire de depredador que no le gustaba en absoluto. Su cuerpo se tensó ante su proximidad, temiendo cualquier avance, pero demasiado consciente de que, si tuviera que salir corriendo, no las tenía todas consigo, pues entre la puerta de salida de aquella estancia y ella se encontraba aquel tipo.

—¿Por qué tan callada? —su voz sonó mucho más baja que de costumbre mientras se aproximaba a ella con una lentitud que no presagiaba nada bueno —¿No te gusta hablar o es que acaso te intimido?

Isabelle podía notar su aliento contra ella; apenas los separaban unos pocos centímetros. Arrinconada contra la pared vio con pasmo que Evan había puesto sus brazos a cada lado de ella, de tal modo que no tenía escapatoria.

—Hace un poco de calor —la chica soltó lo primero que se le ocurrió para intentar alejarle. No era una ocurrencia muy brillante, pero su mente estaba demasiado sobresaltada como para pensar en algo mejor —¿Por qué no abres la ventana para que entre algo de fresco?

La risita que soltó Evan a sus palabras fue el presagio de que nada bueno iba a seguir. Él parecía divertido ante la imagen de Isabelle agazapada en el rincón de su sofá, como si le gustara ver a una persona completamente indefensa mientras se iba acercando poco a poco.

—Vas a acabar teniendo más aún, de modo que entenderás que ignore tu petición —aunque Isabelle intentó retroceder un poco más, se encontró con la fría superficie de la pared contra su espalda, de tal modo que Evan consiguió acortar aún más las distancias. Pudo notar el calor que irradiaba su piel cuando sus rostros quedaron separados por apenas unos centímetros —Siempre puedes quitarte algo de ropa.

Isabelle se dispuso a protestar, molesta con todo aquello, odiando el modo en que él la estaba tratando, pero antes de que pudiera darse cuenta los brazos de Evan la apresaron con una fuerza mayor de la esperada mientras que él la besaba con brusquedad, de forma invasiva, llevando él el ritmo de aquel contacto. Isabelle notó que su respiración se detenía tanto por la sorpresa como por el miedo; temía que él no parara, que siguiera hasta un punto en el que aún no se atrevía a pensar. Debía admitir que un beso como tal no era algo que le quitara el sueño, pues aunque era un acto íntimo como tal, ella lo veía desde una perspectiva algo más "libre". Si Evan se hubiera acercado a ella de otra manera quizás incluso le habría seguido la corriente, pero aquel beso forzado era harina de otro costal.

Pudo notar que no conseguiría zafarse por mucho que lo intentara, pues apenas si podía mover los brazos que él sujetaba. Decidió que lo único que podía hacer era mantener la cabeza fría para poder intentar llevarle a su terreno y no resistirse, pues le daba la impresión de que eso era lo que él buscaba, que se resistiera, que prestara batalla, para así someterla.

De modo que volvió a tragarse su orgullo y a dejar que Evan la devorase como si tal cosa. Sólo esperaba que no le apeteciera seguir con algo más.


Felicity estaba sentada en el sofá del salón mientras que Orfeo y Annelise la observaban con rostros preocupados. La pelirroja parecía desear que la tierra se la tragara, sus ojos se habían quedado fijos en la leche con cacao que Annelise le había preparado y no se despegaban de la misma.

Orfeo la había llevado a casa tras enzarzarse en una pelea con aquel hombre, en la cual fue ayudada por Dake, que amenazó con llamar a la policía por tocar a una chica sin su consentimiento ("¿Y acaso no es una forma de violación?" dijo a modo de amenaza, logrando con esas palabras que aquel tipo acabara dándose por vencido). También se había ofrecido a acercar a las chicas a su casa, pero Orfeo se negó; siempre era mejor mantener en secreto la residencia de una por si alguna vez a algún cliente se le cruzaban los cables e intentaba asaltarlas en su vivienda.

Volvieron caminando, no queriendo gastar dinero en el metro o en el autobús, además de que a Felicity le vendría bien caminar para calmarse. A pesar de que parecía a punto de llorar, mantuvo la compostura en todo momento, incluso cuando ya en casa Adrianne la envolvió en una manta y fue a prepararle la mentada leche con cacao.

—¿Vas a decirme qué hacías con ese hombre? —Orfeo, aún a sabiendas de que no era momento para presionarla, no podía evitar ser brusca. Aunque quería a Felicity a veces su forma de ser la ponía algo nerviosa —Porque no creo que te lo hayas encontrado de casualidad, viendo como te tocaba. Parecía querer algo de ti. ¿Has entrado a la página acaso, tal y como hicimos Isabelle y yo? —añadió alzando el tono. No es que le molestara que las demás se unieran al "negocio", sobre todo teniendo en cuenta que la idea de Isabelle era que todas encontraran una forma de poder mantenerse a flote, pero en cierto modo temía que Felicity acabara mal en ese mundo. Las chicas tímidas y con problemas de autoestima como ella siempre eran carne de cañón.

Felicity, aún con la cabeza baja, asintió brevemente, mientras que por sus mejillas, ahora sí, comenzaban a rodar lágrimas.

—Necesito el dinero —respondió con voz temblorosa —Así que hice de tripas corazón y me apunté, pues lo que tampoco podía hacer era quedarme quieta mientras mis deudas acababan ahogándome.

—Y supongo que ese tipo te contactó —Annelise se animó a romper el silencio, soltando tras sus palabras un pequeño suspiro —En cierto modo, era de esperar. No digo que no haya buenas personas ahí, pero también habrá indeseables dispuestos a conseguir a una chica inocente a la que pervertir de mil y una maneras. Espero que tengamos más suerte en un futuro.

Orfeo alzó las cejas ante aquellas palabras, pues no esperaba que ellas dos también hubieran entrado en aquel mundillo. Ninguna de las chicas había vuelto a sacar el tema de las sugar babies tras la peculiar charla de Isabelle les dio aquel día, cuando se la encontraron en el salón con su ordenador y la página abierta en el mismo.

—¿Entonces las dos habéis entrado? —inquirió, mirándolas por turnos. Ambas asintieron con lentitud, quizás avergonzadas por su decisión.

—No encontraba otra manera de sacar dinero para pagar mis deudas —repuso Annelise con calma —Así que tomé esa decisión y me uní al club del azúcar.

—¿Y las demás? —la pregunta de Orfeo quedó en el aire hasta que Annelise se atrevió a contestar.

—Anthea también se apuntó —dijo finalmente —De la que no sé nada es de Gabriella. Sé que fue a una entrevista de trabajo hará un par de días, pero por lo que comentó, no parece que la seleccionaran.

—Probablemente también se haya metido —fue Felicity la que habló ahora —A fin de cuentas todas estamos en las mismas: sin dinero, endeudadas, queriendo acabar nuestros estudios y sin un trabajo decente a la vista. Antes de rendirse siempre hay que probarlo todo, como bien se dice.

Orfeo suspiró, mientras que observaba a sus dos amigas. En cierto modo le dolía que las demás se hubieran callado esa decisión cuando tanto Isabelle como ella dieron el paso ante todas, pero también entendía que era una decisión delicada, en la que los prejuicios y la vergüenza tomaban un papel fundamental. Claro que eso no quitaba que intentara reunir a todas las compañeras de piso para que cada una de ellas se sincerara y no volviera a haber secretos, al menos no entre ellas, ya que para el resto del mundo les tocaría ocultar a qué se dedicaban para no ser señaladas.


Hasta aquí. Lamento si hay entre los lectores algún defensor de Evan, pero le toca hacer de imbécil, no hay otra.

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NOTA: como tengo la cabeza a las 3 de la tarde llamé Adrianne a Annelise porque sí, porque YOLO, de modo que si os habéis preguntado de dónde ha salido ese personaje ha sido un gazapo mío, aunque ya está editado.