Antes que nada, MissKisho, deja de hatear, mala persona (?) Okno, de hecho se agradecen tus hateos, hace que me pique conmigo misma para mejorar algunas cosas y se agradece. ¿Y por qué pongo esto aquí en vez de contestar por MP? Simple, porque me daba pereza abrir una pestaña nueva.

Os preguntaréis por qué estoy subiendo esto hoy, si este fic toca los martes. Bueno, el motivo es simple: estoy adelantando esta semana las actualizaciones para poder subir todos los fics antes del 24. Aviso también de que no sé si la semana del 25 podré actualizar, pues viene familia a mi casa por las fiestas, de modo que lo voy a tener complicado para subir.


La mente de Isabelle iba a toda velocidad, intentando encontrar una manera de salir de todo aquello. Se concentraba en sus opciones, barajando, maquinando, todo para sentir lo menos posible esa lengua que reclamaba su boca como si fuera una parcela de tierra a disputar, ni para notar esas enormes manos que acariciaban su cuerpo del mismo modo que quizás lo harían con un montón de barro a modelar. Las caricias de Evan eran muy fuertes, quizás intentando dejar marcas en su cuerpo que la señalara como suya, como un objeto de su propiedad.

Objeto... sí, esa era la palabra que definía a la perfección lo que Isabelle sentía que era en esos momentos, un objeto sexual que seguramente aquella bestia se dispondría a utilizar muy pronto, sobre todo si le dejaba avanzar de aquel modo. Había pensado que su pasividad quizás le quitara las ganas, pues siempre había escuchado a chicos quejarse de que les había tocado en suerte una especie de "novia cadáver" a la hora de acostarse con una chica, cosa que no parecía de su agrado. Ilusa. Quizás no le excitara tanto como someter a una chica que se le resistiera, aunque viendo el modo en que se pegaba a su cuerpo, buscando la máxima cercanía posible mientras que la tocaba con cada vez menos recato bien podría ser señal de que también le gustaban las chicas sumisas que se dejaban hacer de todo.

Miedo era una palabra demasiado suave para definir lo que sentía la morena. Notaba en cada gesto que él hacía sobre su cuerpo una especie de amenaza velada, una forma de reclamarla y de recordarle que, ya que había pagado por su compañía, pensaba hacerle todo lo que se le pasara por la cabeza. Parecía el típico niño que, cuando recibe un juguete, lo maltrata, repitiendo siempre una y otra vez que lo hacía porque era suyo y ya que le pertenecía podía usarlo como le apeteciera.

Sin previo aviso, Evan deslizó una de sus manos hacia el pecho de la chica, apretando el seno por encima de la ropa. Un gemido de dolor y vergüenza brotó inconscientemente de los labios de Isabelle ante aquel gesto, sonido que pareció estimularle, pues volvió a apretar el pecho con más fuerza incluso. El hombre respiraba algo alterado ya, negándose a romper el beso que él mismo había hecho; Isabelle estaba comenzando a sentir arcadas del regusto a nicotina que su lengua dejaba en su boca.

No pudo soportarlo más, no quería que siguiera besándola con tanta brusquedad ni tocándola de esa manera, sobre todo teniendo en cuenta que la otra mano que hasta ese momento había dejado en su espalda, estaba bajando peligrosamente. Le daba igual el hecho de que quizás si se resistía le haría tomarla con más ganas, lo único que le importaba era alejarse de él de una vez por todas.

Giró el rostro, lo único que tenía libre, respirando agitadamente, pues comenzaba a faltarle el aire. No fue un gran avance, sobre todo porque Evan pareció tomarse aquel gesto como una especie de ofrecimiento de la chica a que atacara su cuello, pues el alivio de liberar su boca de aquella intrusión le duró poco; un relámpago de dolor la hizo gimotear. Evan había atacado su cuello expuesto, mordiéndola con ferocidad, succionando, marcándola. Parecía dispuesto a dejarle uno de esos hematomas que a veces quedaban en el cuello después de un "encuentro apasionado" viendo la fiereza con la que succionaba su piel.

—Para —masculló, intentando apartarle. Ya le daba igual no resistirse, lo único que quería era que la dejara en paz de una vez —¡Para, joder! —exclamó, empujándole con más fuerza.

Evan se quedó quieto, aún con parte de la piel de su cuello entre sus dientes. Reclinó la cabeza hacia atrás, haciendo que dicha piel se deslizara centímetro a centímetro entre sus dientes, haciendo que Isabelle se estremeciera de incomodidad. La sensación le recordó a un perro de presa soltando el agarre, pero con la firme intención de volver a su víctima en cuanto le hubiera dado el golpe necesario para que no le pusiera las cosas más difíciles. El hombre deslizó su rostro por la mejilla de Isabelle, hasta llegar a la altura de su oído.

—¿Por qué me pides que pare si en el fondo también te gusta? —ronroneó. Isabelle pudo notar que la mano que había bajado por su espalda se deslizaba ahora entre sus piernas, presionando entre las mismas con poco cuidado. Quizás él creía que eso le gustaba o simplemente gozaba viéndola padecer, el caso era que Isabelle no sintió placer alguno, pues con esa presión Evan estaba consiguiendo que la costura de sus vaqueros se clavara dolorosamente contra su centro —Recuerda que me sales cara, Isabelle, de modo que entiende que quiera aprovechar cada céntimo que invierto en tu compañía. Cada... céntimo —repitió, lamiendo el lóbulo de su oreja —Esto es un negocio; tú quieres mi dinero, yo te quiero a ti. Gánate el sustento, como hace todo el mundo. ¿O es que acaso tienes miedo porque eres más inocente de lo que parece? —añadió con cierta sorna, volviendo a presionar entre las piernas de la chica.

Una idea brotó en su mente tan repentinamente como una chispa, inspirada por las palabras del moreno. Tal vez si se hacía la inexperta la mandaba a paseo o no se propasaba tanto con ella; siempre se decía que, si bien antes los hombres las preferían vírgenes para ser ellos quienes las desvirgaran, hoy en día se buscaba más la experiencia de aquellas que ya habían probado el sexo antes que la inocencia de aquellas que seguían intactas.

—Entiéndeme, es la primera vez que hago esto con alguien... —mintió lo mejor que pudo. Isabelle no era muy dada a las relaciones, pero había tenido pareja durante sus años de bachillerato, por lo que inocente no era.

Una risita brotó de la garganta de Evan, el cual liberó su pecho, pero volviendo a apresarla con su brazo, pegándola a él por completo. Parecía haberse excitado más con las palabras de la joven viendo su reacción.

—Entonces déjame ser el primero —si bien sus palabras eran las propias de una petición, el tono en el que las pronunció dejaba claro que era una orden más que nada. Isabelle no sabía qué hacer, viendo que todo lo que intentaba acababa saliendo al revés: ni resistencia pasiva, ni oponerse directamente, ni decir ser virgen. Daba la impresión de que Evan simplemente quería acostarse con ella a cualquier precio, sin importarle cualquier excusa que la joven pudiera encontrar.

Abrió la boca para responder, pero Evan volvió a besarla con más fiereza incluso que antes, sus dedos intentando soltar el botón de los vaqueros de la chica. Isabelle se retorció del mismo modo que una anguila, pero él la tenía bien sujeta. No quería entregarse de ese modo, pero también era consciente de que resistirse sólo alargaría la agonía, pues haría que todo se ralentizase. Pero, ¿cooperar con que un tipo se la follara cuando ella misma le había dejado claro que no? Cierto era que aún no le había dicho "no quiero follar contigo" pero sí que le había pedido que se detuviera y había seguido como si nada. No hacía falta ser un genio para saber que, cuando llegara el momento, ignoraría sus palabras y la tomaría queriendo ella o no.

El sonido de un móvil rompió la tensión que se estaba creando en la estancia. Por un fugaz segundo Isabelle creyó que iba a responder, pero el hombre parecía dispuesto a ignorarlo. Sin embargo, fuera quien fuese quien estaba llamando, parecía ser por algo importante, pues cuando la llamada se cortó, volvió a marcar.

—Me cago en... —murmuró Evan, soltando a la chica para responder —¿No tenías otro momento para llamar, Kentin? —le espetó al móvil.

Isabelle se encontraba rígida, su cuerpo paralizado por la intrusión. Se sentía sucia y manoseada, pero tampoco era idiota, había encontrado algo de tiempo para pensar en algo que evitara lo que hasta unos segundos parecía inevitable. Su primer impulso fue levantarse y salir corriendo de allí, pero una parte de su cabeza le recordó el dinero. Si huía, Evan podía perfectamente perseguirla y reducirla, además de que no cobraría lo que él le había prometido. Y maldita sea, se le estaba agotando el plazo para reunir el dinero que debía, por lo que, como él le había dicho antes, tenía que ganarse el suelo. Pero una cosa era soportarle y otra muy diferente es que ese bestia quisiera someter a una (falsa) virgen. Tenía que ganar tiempo, pero si se quedaba allí no podría disponer de mucho; el tono de Evan por el móvil daba a entender que no quería seguir manteniendo esa conversación sobre unos supuestos problemas en el entrenamiento de una escuela militar donde al parecer trabajaba.

—Necesito ir al baño —dijo Isabelle entre dientes, escabulléndose del sofá —Yo lo busco, no creo que me pierda —añadió con voz temblorosa, pues tampoco quería que él la siguiera. Quería alejarse de aquel hombre para poder pensar en alguna forma de salir de aquello en lo que ella solita se había metido.

Corrió pasillo abajo, abriendo cada puerta que se encontró en su camino. A la tercera dio con un amplio baño, donde se encerró, comprobando dos veces que había echado el pestillo antes de dejarse caer al suelo, su espalda apoyada contra la puerta.

Quería vomitar, frotarse el cuerpo con un estropajo, tragar la pasta de dientes más fuerte que hubiera, todo con tal de borrar cualquier rastro de Evan de ella. Notaba aún su sabor en la boca y cada vez que movía el cuello sentía un dolor punzante en la zona que él había marcado con sus dientes. Le daba la impresión de ser una de esas muñecas hinchables que algunos usaban para desfogarse, un producto que abrir, usar y luego deshechar como si tal cosa. Muerta. Prescindible.

Sus manos temblaban mientras se mordía las uñas. Si el piso hubiera estado al nivel de la calle puede que incluso se hubiera atrevido a saltar por la ventana del baño, pero se encontraban en un octavo; esa opción quedaba descartada. ¿Entonces?

Flexionó las piernas, notando algo duro clavarse contra su muslo. Era su teléfono móvil; tenía la costumbre de llevarlo siempre en el bolsillo de los pantalones que usaba en ese momento, por si acaso alguien quería contactarla. Pensó de nuevo en la llamada que había recibido Evan, y entonces una luz se prendió en su mente. ¿Y si ponía la alarma del móvil y fingía que era una llamada? No era una mala idea, pero recordó que Evan seguramente estaría completamente pegado a ella, por lo que vería que no había pantalla de llamada como tal. No, eso no valía. Pero sí que podía pactar una llamada...

Abrió con la mayor rapidez posible la aplicación de mensajería que usaba para hablar con sus amigas, donde seleccionó el primer contacto que vio en la lista de chats, concretamente, el de Orfeo.

"Llámame en tres minutos diciendo que eres de la secretaría de la universidad y tienes algún problema conmigo" tecleó lo más deprisa que pudo. Sus manos temblorosas no auydaban mucho, pero confiaba en que aquello no le estaba llevando demasiado tiempo.

Observó con ansiedad el mensaje, hasta que se marcó como leído. Orfeo no tardó en contestar.

"¿En qué andas metida?" respondió.

"Te juro que cuando llegue a casa te lo cuento, pero hazme el favor, llámame una y otra vez hasta que conteste" tecleó.

Pasaron unos segundos hasta que Orfeo respondió con un simple OK, pero a ella le bastó.

Borró la conversación y cambió el nombre del contacto de su amiga por "Secretaría Universidad", decidiendo que, si Evan le preguntaba por el hecho de tener ese número memorizado, le diría que lo hacía para hacer consultas a veces sobre los horarios de la biblioteca y los plazos para la presentación de las becas. Cuando lo hubo hecho, tiró de la cisterna para fingir que había usado el baño, volviendo al salón. Pero apenas pudo poner un pie en el mismo, pues Evan se abalanzó sobre ella, pegando su cuerpo al suyo con deseo.

—No pienso perder más tiempo —dijo entre beso y beso, apretando el trasero de la chica con los dedos —Me pones demasiado...

Isabelle tomó aliento, mientras que interiormente rezaba para que Orfeo no tardara. Tenía que confiar a Evan si quería irse de allí sin ser perseguida por él. El dinero comenzaba a darle igual a esas alturas.

—Sólo ten cuidado —murmuró la típica frase arquetípica de chica virginal que se entrega. Si le hacía creer que consentía, quizás la dejara en paz con la idea de un futuro encuentro, el cual Isabelle dudaba mucho que sucediera.

—Te va a gustar, ya verás —ronroneó él, acariciando de nuevo su trasero, logrando que Isabelle sintiera náuseas.

El sonido de su teléfono móvil nunca fue mejor recibido por ella cuando, en ese preciso momento, comenzó a sonar. Retorciéndose, logró sacarlo de su bolsillo, esbozando una mueca de preocupación al ver el nombre que ella misma había puesto minutos antes. Orfeo había sido puntual como un reloj suizo.

—¿Sí? —inquirió mientras Evan parecía dispuesto a arrastrarla al dormitorio.

—¿Isabelle Billancourt? —Orfeo parecía haberse metido bien en su papel —Le llamamos de la secretaría de la facultad de filología. Parece que ha habido un pequeño problema con su último pago, por lo que necesitamos que venga en cuanto pueda. Según se nos notifica, la cuenta bancaria que dio no es la correcta, y ya sabe que el plazo de pago expiraba hoy.

—Mierda —Isabelle le siguió el rollo, observando de reojo que Evan parecía entender que algo no marchaba del todo bien —¿Tiene que ser ahora?

—Eso me temo —sabía que Orfeo le iba a estar soltando comentarios al respecto de aquello hasta al menos dos años después, pero valía la pena por salir de aquello.

—Está bien —murmuró la morena con un tono falsamente afligido —Iré ahora mismo.

Colgó, observando a Evan, que la miraba con rabia y frustración a partes iguales. Fue a murmurar una disculpa, pero él se limitó a meter la mano en uno de los bolsillos de su pantalón y a sacar su cartera, extrayendo de la misma unos quinientos euros que le tendió a la chica.

—Esto por lo de hoy, pero si quieres los mil quinientos que faltan, ya sabes lo que tienes que hacer —repuso, acercándose a ella hasta que apenas les separaron unos centímetros —De la próxima no te escapas.

Isabelle asintió, jugando de nuevo a la colegiala tímida, para luego salir con paso apresurado de aquel piso. Ni siquiera llamó al ascensor, sino que bajó por las escaleras, comenzando a correr en cuanto supo que Evan no podía verla. Corría cuando salió a la calle, tropezando con sus propios pies, deteniéndose únicamente en un callejón para vomitar, pues todo aquello le había revuelto el estómago. Aún tambaleante volvió a correr, y no paró hasta que consiguió subirse a última hora a un autobús que la llevaba a casa.

Le daba igual el dinero, le daba igual todo, pero tenía una cosa muy clara: nunca volvería a verse con él.

Jamás.


Sé que las demás no salen, pero tenía que librar a Isabelle de todo aquello. Si hay alguna fan de Evan repito, le ha tocado ser un cretino aquí. Tengo planeado que más adelante se enmiende un poco para ser fiel al canon del juego, pero para eso aún queda.