Parece que he tenido un respiro en estos días y por fin he podido encontrar tiempo para actualizar, aunque tampoco esperéis nada demasiado largo, pues tampoco es que disponga de mucho tiempo.
Aviso también a las que siguen Hoist: seguramente me retrase en subir el cap de ese fic, pues me está dando problemas. Estoy trabajando en él, pero no consigo quedar satisfecha, por lo que no lo subiré hasta que me sienta a gusto con lo que queda. De momento trato de cuadrarlo lo mejor posible, espero que lo comprendáis.
Cuando Isabelle entró en casa, prácticamente se derrumbó en los brazos de Orfeo, que había salido al recibidor en cuanto escuchó la llave girar en la cerradura. Ahora que la adrenalina había abandonado su cuerpo, comenzaba a sentirse agotada por toda la tensión vivida, lo que hacía que sus piernas casi no la sostuvieran, pues se limitaban a temblar como locas.
—¿Se puede saber ahora qué es lo que te ha pasado para pedirme ayuda de ese modo? —a pesar de que Orfeo era consciente de que la chica no se encontraba en el mejor momento para responder, el hecho de no saber el motivo por el que había efectuado aquella peculiar llamada de auxilio la estaba carcomiendo por dentro. No soportaba la idea de que una de sus amigas hubiera estado en una situación delicada y no quisiera contar nada al respecto, aunque dudaba que Isabelle callara; normalmente era alguien que odiaba tener secretos con sus allegados.
Desde el salón, Felicity y Annelise observaban a las chicas con gesto interrogante. Felicity seguía envuelta en la manta, seguramente intentando recomponerse aún de lo que había sucedido en la calle comercial. Comprendía que Isabelle necesitaba calma en esos momentos, motivo por el que no fue a atosigarla; sabía que ella ya hablaría cuando fuera el momento.
—Os lo contaré a todas cuando... cuando... —Isabelle parecía al borde de un ataque de ansiedad, dado que estaba costándole hablar. Annelise salió al recibidor, tirando de la joven hacia el salón, donde la sentó al lado de la bolita que era Felicity, envolviendo a la morena en otra manta, de tal modo que al final ambas chicas parecían pequeños montículos.
—Creo que Anthea y Gabriella están al caer —Orfeo también entró en la estancia, cerrando la puerta tras ella para que no se fuera el calor que emitían los radiadores. Los habían encendido de forma extraordinaria, pues normalmente los dejaban apagados, y no podían permitirse malgastar más calefacción de lo normal —Creo que todas tenemos algo que confesar a las demás, ¿no es cierto? —añadió observando a las tres chicas, que asintieron con cierto alivio. A ninguna de ellas les gustaba la idea de tener secretos entre personas con las que debían convivir día sí y día también. Isabelle no entendía mucho de lo que estaba pasando, su mente aún confusa, pero le daba la impresión de que, si sus sospechas eran ciertas, ella y Orfeo quizás no eran las únicas que habían entrado en el mundo de las citas remuneradas.
La primera en llegar fue Gabriella, que había tenido una tutoría con uno de sus profesores. No le dio tiempo ni a soltar los lienzos que llevaba en una carpeta bajo el brazo; Orfeo la hizo entrar al salón y la sentó frente a una taza de chocolate caliente. Fue ese líquido oscuro y humeante el que alertó a la morena de que algo no iba del todo bien; en la cocina siempre guardaban un bote de chocolate instantáneo que únicamente sacaban cuando las cosas iban especialmente más, como una especie de terapia de grupo: todas se reunían en el salón, tomaban una taza de chocolate y trataban de animarse entre ellas.
A la media hora, entró Anthea. Parecía algo aturullada, dando la impresión de que no quería hablar mucho sobre lo que había estado haciendo, pero del mismo modo que sucedió con Gabriella, se encontró en el salón, junto con las demás chicas y delante de la taza delatora.
Orfeo se había erigido como una especie de líder de aquella reunión, ya que, a fin de cuentas, la idea había sido suya. Observó a las chicas por turnos, todas ellas con su respectiva taza de chocolate en las manos. Si no fuera por el piso cutremente decorado y por las vestimentas tan dispares que llevaban (algunas iban algo más arregladas como era el caso de Anthea, pero otras como Gabriella iban vestidas de cualquier manera) bien podría ser uno de esos salones de los resorts de esquí donde la gente se congregaba a beber chocolate después de un largo día en las pistas cubiertas de nieve.
—Tenemos que hablar —dijo finalmente. Quizás aquella reunión había sido más precipitada de lo que ella hubiera deseado, pero opinaba que, teniendo en cuenta el mundo en el que se estaban metiendo, era mejor que todas se sincerasen, para poder hacerse una piña. Iban a necesitar el consuelo de las demás cuando tuvieran que pasar por situaciones incómodas, lo sabía por experiencia —Sé que todas las que estamos aquí tenemos que guardar un secreto para la gente de ahí afuera...
—¿Y cómo se supone que te has enterado de que tenemos "un secreto"? —Gabriella no pudo contenerse. No le importaba que las demás supieran que había entrado en aquella página (teniendo en cuenta que desde que Isabelle les contó la existencia de aquel negocio casi todas ellas habían cuchicheado con una o con otra sobre la opción de entrar, por lo que las opciones de que fuera otra cosa no eran muchas. A fin de cuentas ese era su único secreto).
—Se dice el pecado, pero no el pecador —Orfeo derrochaba seguridad en si misma mientras se cruzaba de brazos —No voy a juzgaros por querer callaros algo, pero permitidme que os de un consejo y, de paso, me sincere yo también del todo con vosotras.
Las chicas cruzaron miradas, confusas por aquellas palabras. ¿Por qué habría de sincerarse Orfeo cuando había entrado en la página delante de todas? Daba la impresión de que se estaba cociendo algo más, pero ninguna quiso abrir la boca, pues querían dejar que su amiga contara todo lo que tenía que contar.
—Vender mi compañía no es algo nuevo para mi —comenzó, hablando con calma, dando la impresión de que estaba seleccionando cuidadosamente las palabras —Puede que no hasta este nivel, pero sí es cierto que me he visto en la situación de encuentros íntimos con desconocidos.
—¿Practicaste algún tipo de prostitución? —inquirió Gabriella, con tono neutro, mientras observaba a Orfeo por encima del borde de su taza.
—No —prosiguió la aludida —Digamos que frecuentaba un local donde... bueno, donde podías apalabrar con un desconocido un tipo concreto de relación íntima que no siempre debía ir ligada al sexo —no quería mencionar directamente que el local del que era asidua era un club de BDSM. Sabía que esas prácticas aún eran vistas de un modo peculiar, tanto por lo "extraño" de las mismas como por culpa de la mala fama que la literatura erótica barata le había dado últimamente. Además, era consciente de que si decía el tipo de local, las chicas harían preguntas y no le convenía, pues en ese caso eran ellas las que debían sincerarse —No había dinero de por medio, por lo que las situaciones no eran tan rocambolescas como otras que me han contado personas de... otros sectores, por decirlo de algún modo, pero más de una vez he tenido que ayudar a alguna conocida a recomponerse de algún loco que quería más de ella por el simple hecho de estar en un lugar como ese.
—¿A qué punto quieres llegar? —Anthea fue la que hizo la pregunta ahora.
—A que creo que todas las que estamos aquí somos Sugar Babies —soltó finalmente Orfeo, logrando que un silencio tenso se instalara en la sala.
—Entonces, ¿seguisteis mi idea? —Isabelle miró a las demás, con ojos sorprendidos. Le dolía en cierto modo que no le hubieran dicho nada cuando ella misma se registró en la página delante de las demás, pero entendía que quizás las otras tendrían sus motivos.
—Sí —Annelise dejó su taza sobre la mesita con aire pensativo —No quise decir nada del mismo hasta que empezara a tener citas como tal, supongo que a modo de superstición. Ya sabes el dicho de "no vendas la piel del oso antes de cazarlo".
—Pero a mi me convenciste para entrar diciendo que te habías unido —Anthea parecía sorprendida —Si no querías decir nada, ¿por qué a mi sí me lo contaste?
—Porque vi que si no te animaba yo, nunca darías el paso —respondió la aludida con calma —A veces siempre necesitamos a alguien que nos empuje para que seamos capaces de saltar. De todos modos te recuerdo que no te obligué a nada, simplemente te puse las cartas sobre la mesa, las mismas que todas estamos jugando: somos universitarias sin recursos, estamos endeudadas hasta las cejas y no sabemos si vamos a poder seguir estudiando si esta situación se mantiene. Isabelle y Orfeo se lanzaron, y te vi tan desesperada pero tan indecisa que intenté ayudarte.
Anthea guardó silencio, asimilando esas palabras. Admitía que a veces Annelise podía ser muy brusca, pero tampoco estaba diciendo una mentira: todas ellas estaban en una situación crítica.
—Supongo que no hace falta que diga que yo también —añadió, girándose hacia Felicity a modo de pregunta. La chica parecía a punto de estallar en una crisis nerviosa, seguramente incómoda por la situación.
—Yo también me uní —murmuró —Necesitaba el dinero así que di el paso. Pero no sé si aguantaré; el señor con el que me reuní intentó propasarse conmigo... ¿acaso todos serán así?
Isabelle dejó escapar un bufido, sacando el móvil de su pantalón y abriendo el usuario de Evan en la página, girando luego el aparato de tal modo que las demás pudieran ver la foto.
—A mi este tipo casi me fuerza —murmuró, aún le costaba asimilar lo sucedido, pues su mente no lograba aceptar que se había escapado por los pelos de una posible violación —Se propasó conmigo por el simple hecho de que yo estaba aceptando su dinero. Si os contacta, no respondáis... —hizo una pausa, antes de mirar a Orfeo —Aquí tienes el motivo por el que te pedí ayuda; fuiste el primer contacto que encontré que iba a aceptar echarme una mano sin pedirme explicaciones en el momento.
Guardó el teléfono, volviendo a tomar su taza y bebiendo un sorbo. Sentía vergüenza y asco hacia si misma por haberse dejado toquetear, pero internamente no dejaba de repetirse que había hecho lo único que podía hacer en esa situación, aunque eso no quitaba el rechazo que estaba empezando a sentir. Siempre se consideraba alguien fuerte, pero esa experiencia le estaba haciendo replantearse si quizás no era más que una debilucha que se rendía al miedo.
—En todos lados hay buenas personas y cretinos —Gabriella habló en un tono de voz muy bajo, mientras que en su mente rememoraba las palabras de su madre sobre los clientes a los que les tocaba atender —Lo único que pasa en este tipo de páginas es que las buenas personas no suelen abundar, pero tenemos que ser más fuertes que ellos. Quizás por eso Orfeo quería que no ocultásemos el hecho de que todas nos dedicamos a esto, para que nos ayudemos entre nosotras. Y sí, yo también he entrado en este mundillo —añadió con calma. No le daba demasiada importancia a todo aquello, de hecho no había dicho nada antes porque se le olvidó con la frustración de la entrevista y el ajetreo de las clases.
Fue a decir algo más, pero la vibración de su teléfono móvil la detuvo. Con cierta discreción, abrió el mensaje que había recibido en la página de citas. Se trataba de un tal "ZeldaPeach", pero el curioso nombre quedó en nada en comparación con el contenido:
"He visto que en tu perfil pone que eres estudiante de Bellas Artes. ¿Te atreverías a dibujar dragones?
No, no es una insinuación de nada, ésto va en serio."
Gabriella alzó una ceja, antes de responder afirmativamente. No se correspondía en nada con lo que esperaba de un primer mensaje de una página donde se ofrecían citas compensadas, pero no se iba a quejar, sobre todo después de lo que se había comentado en aquella peculiar reunión.
Y se terminó por hoy. No sé cuando podré actualizar mis otros fics, de modo que pido paciencia. De momento, creo que ya sabéis lo que toca ahora que habéis llegado hasta aquí, ¿no?
