Bueno, después de la "locura" que ha sido Navidad, vuelvo a mi ritmo de subida. Y digo locura porque no he pasado una temporada tan mala en bastante tiempo, de hecho puede que incluso me llegue a repercutir en mis subidas.

He sido diagnosticada con un cuadro de ansiedad y depresión, de hecho apenas si tengo ganas de sentarme aquí a escribir, pero me obligo a ello tanto por tener algo que hacer, como por vosotros, que no quiero dejaros colgados. Espero que valoréis el hecho de que, si bien lo único que quiero ahora mismo es meterme en la cama y no salir de ahí, me haya sentado delante del ordenador y me esté haciendo teclear. Confío en que, haciéndome seguir una rutina y con la ayuda necesaria, podré salir de esto.


Nathaniel se frotó sus ojos ambarinos mientras que intentaba ignorar el mensaje que aún brillaba en la pantalla de su teléfono móvil. Sabía que era imposible, pero a pesar de que tenía los ojos cubiertos con sus propias manos, creía ver aquella notificación parpadeando en la oscuridad, brillando a través de sus párpados. Era algo bastante llamativo el que un simple mensaje pudiera alterarle de ese modo, pero no podía evitarlo.

El motivo de la ansiedad que estaba comenzando a sufrir era por el remitente de aquel mensaje: ni más ni menos que su padre, que le decía que ese fin de semana, concretamente el sábado, su hermana iba a ir con su pareja a cenar, por lo que esperaba que él también acudiera.

Nathaniel no tenía una relación muy buena con su padre, de hecho se podría decir que prefería no verle. No podía olvidar el hecho de que, durante su adolescencia, aquel hombre se dedicó a pagar con él sus frustraciones laborales, siendo lo más estricto posible con su hijo, llegando incluso al maltrato físico. Nathaniel había soportado todo aquello en silencio, mientras que tenía sus miras en la edad de dieciocho años, momento en el que legalmente sería considerado como adulto y podría vivir solo. Mientras esperaba la fecha, se dedicó a trabajar a tiempo parcial para conseguir unos ahorros con los que poder independizarse, pues no estaba seguro de que su padre fuera a estar por la labor de pagarle un piso.

En cuanto pasó su cumpleaños número dieciocho se marchó a un pequeño apartamento, coincidiendo precisamente con el comienzo de sus estudios de medicina, y desde que empezó a vivir alejado de su familia notó que su calidad de vida iba mejorando poco a poco. Pero por mucho que intentara mantenerse lo más distanciado posible, pues temía en cierto modo a su padre, las reuniones que se efectuaban cada x tiempo le forzaban a tener que verse con ellos. Casi siempre eran debidas a su hermana, que o bien quería anunciar que había modelado para una revista o lucir su nueva conquista.

Tomó el móvil, sabiendo que estaba desatendiendo el informe médico que debería estar rellenando, pero en esos momentos no le importaba demasiado. Sabía que era un poco ridículo que una persona con casi treinta años estuviera teniendo una reacción que perfectamente podía tacharse de infantil, mas no podía controlarse. En ese aspecto, por mucho que hubieran pasado los años, seguía siendo un adolescente.

Abrió la aplicación de mensajería, mientras que buscaba el contacto de Armin. Si bien sus gustos eran diferentes como tales, lo cierto era que desde el último año de instituto se habían ido convirtiendo en buenos amigos, siendo ese uno de los pocos de aquella época con los que seguía manteniendo el contacto. No quería ir con todos sus problemas a su amigo, pero no podía evitarlo; al menos era una forma de desahogo.


Armin se paseaba de un lado a otro de su estudio, mientras que sus ojos iban desde la consola donde había dejado una partida a medias hasta la puerta de entrada del piso, sin decidirse ni por una ni por la otra.

Había quedado con la chica de la página de contactos en el edificio donde su empresa tenía el estudio principal de desarrollo. Normalmente él prefería trabajar desde casa, pues no era muy amigo de salir de la misma a no ser que fuera totalmente necesario, pero tampoco quería intimidar a la chica haciéndole ir a su vivienda en la primera toma de contacto que tuvieran.

Debía admitir que lo que estaba haciendo era un poco arriesgado, pero ¿qué sería la vida sin una pequeña dosis de emoción? Al menos así la acercaba un poco a lo que eran los videojuegos.

Su móvil emitió un pequeño pitido al mismo tiempo que alguien pulsaba el timbre de la puerta. Decidiendo dejar el mensaje o lo que hubiera recibido para más tarde, se dispuso a abrir, encontrándose con la joven a la que había contactado en el umbral. Por su aspecto daba la impresión de haber salido hacía poco de clases, pues tenía algo de pintura en el jersey crema que llevaba, además de que cargaba con una mochila de la que sobresalían unos lienzos enrollados.

—¿Gabriella? —hubiera preferido saludarla de otra manera, pero tampoco tenía demasiada confianza con ella. No olvidaba que, a fin de cuentas, esa chica se estaba ofreciendo en una página de citas compensadas, por lo que aquel encuentro tenía en cierto modo un tinte de extrañeza.

—¿ZeldaPeach? —respondió ella, haciendo que, a pesar de sus esfuerzos, a Armin se le escapara una leve sonrisa al recordar el nombre que se puso para poder contactar con alguna de esas chicas y, de paso, no dar demasiada información de si mismo. Conocía lo suficientemente bien el funcionamiento de las cookies y de las bases de datos como para ser consciente de que, si se daba de alta en la página con su nombre real, esa información sobre él quedaría dando vueltas en la web por mucho que él la borrase. Y no quería que la competencia encontrara eso y lo usara para difamarle; el desarrollo de juegos era un mundo competitivo por el simple hecho de que en Francia no había la misma demanda que en Asia, por lo que destrozar a los rivales siempre era un buen aliciente.

—El mismo —contestó, haciéndose a un lado para que la chica pasara al interior, indicándoselo con un gesto.

Gabriella entró en la estancia con paso lento, dejando que sus ojos recorrieran las paredes llenas de bocetos, las mesas que seguramente ocuparían otros trabajadores, pero que a esas horas de la tarde estaban vacías, y por las cristaleras que componían una de las paredes, a través de las cuales se podía ver la ciudad bañada por la luz del atardecer.

—¿Quieres algo? —Armin no sabía si era mejor abordarla o tratar de hacerla sentir cómoda, por lo que ante la duda mejor quedar bien —Sólo tengo bebidas energéticas, pero...

Gabriella dejó la mochila en el suelo, mientras observaba al moreno. No respondió, se limitó a sacar de su mochila un cuaderno de bocetos, que dejó sobre una de las mesas.

—Vayamos directamente al grano, por favor —su tono de voz era educado, lo que en cierto modo suavizaba sus palabras —He tenido un día muy largo en la universidad, por lo que no siento deseos de perder el tiempo. Me preguntó si sabía dibujar dragones y, como más vale una prueba que mil palabras, he traído algunos bocetos.

Con sus dedos empujó un poco el bloc hacia el hombre, sin molestarse en abrirla. Armin tomó el objeto con cierta curiosidad, abriéndolo por la primera página. Lo que vio lo dejó algo sorprendido: era un dragón, sí, pero uno de esos que parecían más un peluche que una criatura que pudiera arrasar con una aldea entera y luego cenarse a sus habitantes.

—¿Esto es lo que has hecho? —si bien intentó sonar medianamente amable, la risa se le estaba escapando. Sólo de imaginarse metiendo semejante diseño en su próximo juego era vergonzoso. Sin embargo, Gabriella no parecía verse afectada en absoluto, pues se limitó a suspirar brevemente.

—No sabía qué modelo de dragón debería hacer, así que hice varios. Empecé por el dragón "cuqui" porque es el más fácil, pero luego hice más —mientras ella hablaba, Armin pasó a la siguiente página, donde lo que encontró sí iba más con lo que estaba buscando. Aquel dibujo era el de un enorme dragón de cuatro patas, muy al estilo europeo. La siguiente ilustración que encontró plasmaba uno de tipo asiático, con su clásico cuerpo de serpiente. Debía admitir que la chica dibujaba bien, pero quería ver de qué era capaz. No es que fuera desconfiado, es que simplemente no se iba a arriesgar con algo en lo que iba a invertir su dinero. Siempre ponía a prueba a aquellos que querían trabajar con él, y esa chica no sería una excepción.

—Me gustaría pedirte una cosa, si es que es posible —dijo con calma, mientras la chica seguía observándole. Se percató de que tenía una pequeña mancha de pintura en el pómulo que contrastaba con el tono de su piel —No es nada, sólo una pequeña prueba que suelo hacerle a las personas con las que me planteo trabajar...


Kentin volvía a estar en el salón de su casa, aburrido. Odiaba los periodos en los que le tocaba descansar, pues se aburría con tanto tiempo disponible y sin nada con lo que llenarlo. A veces se iba con Evan a algunos locales, pero su amigo últimamente parecía muy entretenido con la universitaria que se había agenciado, por lo que tampoco tenía muchos planes de salir. Kentin lo conocía lo suficiente como para saber que, hasta que no se la llevara a la cama, no pararía. Puede que, una vez que se acostara con ella, Evan perdiera el interés y volviera a querer salir a buscar a otra, aunque lo dudaba; sabía que normalmente su amigo solía estar con la chica de turno un pequeño tiempo antes de ir a por la siguiente.

Recordó lo que le había dicho días atrás, eso de que había una página donde podía conseguir citas con universitarias. ¿Y si lo probaba? A fin de cuentas, si Evan lo hacía, no debía estar tan mal. Desde que entró en la escuela militar cuando no era más que un crío, había sido aconsejado por él, y casi siempre para bien. Ahora no iba a ser una excepción, claro.

Sacó su móvil, buscando en internet la página que él le había comentado. Hacerse un perfil no le llevó mucho, ni tampoco empezar a buscar: la interfaz era sencilla, mostrando la información base de las chicas: estudios, zona por la que solían encontrarse, y preferencias concretas. Pasó foto tras foto, hasta que encontró una que pareció agradarle: una chica pelirroja con gafas. No es que fuera alguien reseñable, pues a fin de cuentas no era más que otra cara en un mercado de rostros, pero había algo en ella que le llamó la atención: le recordaba, en cierto modo, a él antes de irse a la academia militar, cuando no era más que un chaval esmirriado con unas enormes gafas al que todo el mundo lo trataba mal.

No lo dudó a la hora de escribirle un mensaje a aquella chica.


Gabriella depositó la tarjeta gráfica ante ella, mientras miraba por encima del hombro a su acompañante, que observaba el dibujo con expresión complacida. Le había pedido que usara aquella tableta para dibujar en un ordenador el segundo diseño de dragón que había hecho, y la chica parecía tener buena mano, pues se había manejado con soltura en aquella lid. No es que fuera algo extraordinario, pues en la carrera tenían asignaturas donde les enseñaban a hacer diseños virtuales, pero prefería quedarse callada con tal de seguir disfrutando de aquella expresión. Adoraba que apreciaran su trabajo.

—Te daré dos mil al mes a cambio de que te pases por aquí dos veces por semana y diseñes —sentenció el hombre, haciendo que una sonrisa curvara los labios de la chica.

—Hecho —fue la respuesta.

Estaba tan sorprendido y encantado con el talento que había descubierto que no se dio cuenta de que tenía varios mensajes sin leer en su móvil, todos enviados por Nathaniel.


Por hoy, listo. Sé que hay chicas que salen más que otras, pero es que desde un principio tenía planteado que las chicas fueran teniendo momentos donde cobraban más importancia, para luego dejar paso a otras, porque llevar a tantas a la vez es un lío.

Ya sólo queda un chico por aparecer, además de que Nathaniel tiene que entrar en el mundillo, pero eso más adelante. Aviso ya de que en los siguientes caps quiero centrarme más en los chicos que en las chicas, que ya va siendo hora de que tengan algo de protagonismo.