Pétalos de vida
II
No podía dormir ni una noche, tranquilo, no sin estar pensando en los riesgos que corría. Siempre se levantaba temprano, demasiado de hecho, a las cuatro de la madrugada, para mirar por esa pequeña y única ventana del sótano, alta e incrustada entre el techo y la pared.
Apenas dormía, las horas de descanso eran mínimas, debía atender a su pequeño hijo mientras que a la vez estaba alerta a cualquier sonido, grito externo o explosión. Sabe de más que no puede sentir la energía de los androides, aunque no es excusa según él, prefiriendo prevenir cualquier riesgo, atormentado por su error, ese error que le costó la vida de su amada.
—¡No vayas! Tienes que quedarte con nosotros—
Son las últimas palabras de su esposa que le retumbaban en la cabeza.
Después de horas alerta y observando el panorama de la apocalíptica, gris y fría ciudad, se sienta en ese sofá viejo, se cruza de brazos y mira a un punto fijo, pero no lo mira, sino a la nada, al infinito, perdido en sus memorias, pensamientos; él es diferente, se siente acorralado en su error, en sus errores, y mil veces se pregunta si todo esto es el precio por su vida anterior a esta, en la que destruía por placer; tal vez estaba aprendiendo una valiosa lección, una que era peor que cualquier tortura en la faz del universo. Se arrepiente de ser el que fue, ya no quiere ser el mismo si quiera, no cuando sabe que está solo y desolado al lado de un chiquillo que nada puede hacer por ayudarlo, más que solo llorar e interrumpir su descanso por las noches.
Se relaja aun sentado, se lleva una mano al entre ceño y se aprieta el tabique; no quiere angustiarse recordando esa imagen, esa última imagen de su primera y última mujer. ¿Pero cómo evitarlo? Gracias a ella ha podido cambiar, ha aumentado su poder, ha tenido un heredero, ha logrado amar. Son tantas cosas, y él nunca le dijo Gracias. Sin embargo le agradece en el silencio de su mente vacía y tan llena a la vez; vacía por sentirse innecesariamente solo, y tan llena de preguntas, cuestiones, arrepentimiento, dolor, odio y deshonor. Su orgullo se ha quebrado, tal y como un cristal al romperse; su corazón está destrozado, como si se tratara de un desamor, con la diferencia de que esta vez, el amante es la muerte.
Las lágrimas se asoman por sus cuencas, y los gritos de su hijo lo saca de su tortura. El pequeño esta hambriento, el padre se ve obligado a buscar en las alacenas del sótano-bunker mientras suspira para ahorrarse los lamentos.
Es saiyajin, su estómago abarca grandes cantidades de alimento, y con la falta de recursos no sabe qué hacer. Hace ya días no come como se debe, apenas sobrevive de las migajas que encuentra y su hijo a puros biberones de leche tibia que lo alivian del apetito y lo resguarda del frío invernal.
Las alacenas están vacías, no hay más que latas sin etiqueta y polvo. Se desespera sabiendo que su hijo sufre de hambre.
Cuanto ha cambiado todo; de ser una familia rica y sin necesidades, a ser unos supervivientes que ya no tienen que comer.
Sujeta al crío entre sus brazos, lo abriga con las mantas y lo arrulla para calmarlo. De repente, el sujeto es bendecido de paciencia, vuelve a sentar en el sofá, intentando acallar al niño, sin darse por vencido, dispuesto a lograrlo.
—Buscaré algo para comer, pero primero debes dejar de llorar —balbucea, con sus ojos cerrados, es paciente, débil e indeciso. Pero entonces el silencio reina en todo el lugar: el niño ha dejado de llorar después de escuchar la voz de quien lo sostiene. Le sonríe y cierra los ojos, como si entendiera lo que Vegeta le acababa de decir.
El príncipe se sorprende, luego sonríe y espera a que se duerma para dejarlo en la cama y marcharse, con la intención de encontrar lo que tanto necesita. Y aún que después de casi una semana sin salir del sombrío lugar, apenas iluminado por una luz tenue y la claridad de fuera que entra por la ventana, la comida no es lo único que precisa; las heridas de esa infortunada batalla aun no sanan; es normal de un saiyajin que en poco tiempo los rasguños poco profundos comiencen a cicatrizar, pero ni eso, las heridas están intactas: ni mal, ni bien. Siempre las desinfecta como Bulma lo hacía, y no daba resultado, por más cuidadoso que era.
Ya dormido, el padre sale nuevamente al exterior y lo primero que mira a través de la estructura destruida, es al patio trasero donde la tierra sigue removida y mojada, rodeada de una capa blanca de nieve, así como el resto del lugar.
Se aventura entre lo que queda, observa las ruinas con cuidado, evitando romper algo, intentando llegar a la cocina, o al menos a la que fue alguna vez. La estufa no funciona, ni tampoco hay gas, las luces están fundidas, las alacenas quemadas por fuera, pero no por dentro. Con suerte encuentra gran cantidad de alimentos, y en la nevera alguna que otra cosa que aún sirve; seguramente el intenso frío del ambiente ha conservado las cosas refrigeradas. Se siente tan afortunado y a la vez tan miserable. Y pensar que alguna vez tuvo que asesinar a mendigos de otros planetas, que estaban en la misma situación en la que él actualmente se encuentra.
Toma una caja de cartón y lleva todo lo de la alacena, toma únicamente lo que necesita de la nevera y regresa al sótano-bunker. Allí donde cree ser un cobarde, una rata oculta en las penumbras de lo que queda de su vida. Pero no tiene más remedio que aceptar esto, no tiene otra opción: si quisiera enfrentarse a los androides moriría con facilidad, dejando programada la muerte de su hijo; si quisiera intentar ir más lejos y moverse por el planeta sería un suicidio, pues el par de hermanos no miran donde atacan, y con sus defensas bajas y su cuerpo debilitado, no resistiría ni un solo golpe. ¿Qué otra opción podría haber? No queda nada, solo esperar a que las cosas pasen, a que el tiempo dicte lo que debe de hacerse.
Ahora está más tranquilo, su hijo ya tiene el estómago llego, mientras él aprovecha que el pequeño esta sereno, para deleitarse con carne bien cocida y condimentada, y una barra de pan, algo sencillo pero apetitoso; no puede darse lujos ni tampoco alimentarse de más, debe pensar en el día siguiente, y los demás días. Sin embargo, hoy se dio el minúsculo lujo de comer un poco más que el resto de días; seguramente que si alguien lo viese comer como lo hace, estaría siendo regañado, llamado un maleducado sin modales en la mesa, pues come como salvaje, golpeándose el pecho de vez en cuando para dejar que la comida baje. No se preocupa, por lo menos su apetito ha cesado, y lo alegra tanto, lo satisface, no tiene a nadie que lo reproche, aunque él quisiese que hubiera alguien, que los gritos que él tanto recuerda, volvieran a molestarlo como lo hacía antes. La cabeza de nuevo le trabaja, piensa y piensa sin parar, desanimado. Admite dentro de sí que, si ella estuviese de vuelta de alguna forma, la abrazaría, no la soltaría jamás.
El niño balbucea buscando la atención de su padre, pero este no le responde, ni lo mira, hasta lograr regresar al saiyajin a la tierra, sacarlo de su cabecita loca. Vegeta lo observa, sentado desde la incómoda silla de madera a un lado de la cama, lo escucha y no entiende, ya que claro, el chiquillo no sabe hablar.
Suspira, deja de lado los fragmentos quebrados de su orgullo y se acerca a la cama, aparentando ser tímido, le cuesta relacionarse con alguien, más con el niño que vio nacer, el que es sangre de su sangre. Se avergüenza de su antipatía, preguntándose algo más absurdo al resto de preguntas que tiene: ¿cómo es que no puede congeniar con un niño de apenas un año de edad, y que además es parte de él? No lo entiende, pero lo intenta. Cuando ve que Trunks le extiende sus brazos, pidiéndole en silencio que lo cargue, Vegeta lo hace y lo sujeta con cuidado, poniendo las manos por debajo de sus brazos, analizándolo completo, nunca lo había hecho antes.
Es un niño escandaloso, pero su mirada expresa más que solo unas cejas fruncidas por herencia del príncipe, sino que refleja una vida llena de esperanza, amistad y triunfo, como si todo lo que hace falta se encontrara dentro de él. Llegó entonces a la conclusión de que tal vez, al ser parte saiyajin, algún día ese niño se convertiría en un verdadero guerrero, en un ejemplo a seguir, y entonces Vegeta le enseñaría todo lo que debería saber, aprender… le contaría algún día sobre su madre y sobre el error que termino por asesinarla, para que el futuro luchador no cometiera la misma equivocación que su padre.
Se sentía tan afortunado de tenerlo en sus brazos, él que siempre había insinuado ser el guerrero que algún día conquistaría el universo y que termino por tener una chispa interior, una chispa diferente a la que poseía su raza; él era diferente, lo sabía desde el momento en que la "vulgar mujer terrícola" lo flechó, le concedió un hijo y Vegeta se convirtió un verdadero padre para él, lo vio nacer, compartió momentos memorables junto a la terrícola, junto a su hijo…
En el presente
4 años antes de la llegada de los androides
Apenas llegaban del planeta Namek, Bulma y sus amigos, con la ausencia de Goku. Creen por mucho perder las esperanzas sobre su retorno a la tierra, lo dan por muerto. Todos están preocupados luego de que Kaio-sama les diera la trágica noticia: el planeta Namek dejo de existir. Los namekus están angustiados por ello, mientras los otros guerreros se entristecen al saber que ni Goku, ni Krilin volverán a la tierra, ni tampoco a la vida.
Entonces, a aquel hombre que se recarga en el tronco de un árbol bajo la sombra, se le ocurre una idea muy ocurrente que nadie había pensado.
—¿Y por qué no transfieren sus almas aquí? Así podrán revivirlos.
Todos recobran la ilusión, festejan ante tal idea que parece tener demasiado sentido. La mujer de cabello azul brincaba, es la que más se fascinó, porque sabía que en poco tiempo todo retomará su camino.
—Y tu nombre, pequeño. ¿Es Vegeta, verdad? —preguntó tan casual, su alegría era tanta que ni siquiera le importaba el saber que hablaba con un saiyajin tan fuerte, como lo es el príncipe.
—¿M-Me dijo pequeño? —se preguntó a sí mismo, sorprendido por la insinuación de la terrícola, casi ofendido, pero su sorpresa le ganaba a cualquier disgusto.
—¿Por qué no vienes? Si no tienes a un lugar a donde ir… —a ello el saiyajin desvió la mirada— Te serviré mucha comida, me imagino que comes igual que Goku ¿o me equivoco? —la postura de la mujer se afirmó, tomando confianza, demasiada, hasta su risa parecía simpática—. Pero no permitiré que te enamores de mí, aunque me encuentres muy atractiva.
—¡Gag! Que mujer tan vulgar —cascó más anonadado de lo normal, nunca se había topado con una mujer así—. Y como grita.
Después de un largo viaje en esa nave tan lenta, donde el saiyajin esperaba apenas paciente para llega, aterrizaron cómodamente en el jardín de la Corporación Capsula, esa circular mansión tan estrafalaria, donde tanto namekianos como saiyajin quedaron sorprendidos ante tanta grandeza. Vegeta creía estar acostumbrado a cosas similares en otros planetas, pero esto le llamaba la atención viniendo de terrícolas, a los que creía bastante inútiles.
Observaba con atención cada detalle, pero su acción se vio interrumpida por un nuevo importuno: una mujer similar a Bulma, tan confianzuda y despreocupada, vestida casual pero a la vez fina y femenina.
—Bienvenidos, esta es su casa. Me imagino que tú debes ser el novio de Bulma, eres encantador y se ve que estas a la moda. —alardeó la señora, con una voz encantadora y tan simpática como la de su hija.
—¿A… la moda?
La pregunta le duro segundos en la cabeza, ya que los intereses del saiyajin eran otros. Quería salir de ese lugar, cuanto antes, para no sentirse rodeado de ridículos. Para otro de sus desconciertos, Vegeta vio una gran nave, por lo que deducía, debía de ser espacial. Se acercó para analizarla más a fondo, curioseando como un niño pequeño, mirando el panel de control y el gran espacio dentro de la nave.
El viejo encargado de este proyecto le dijo que se trataba de una nave espacial, como lo supuso, una de las más avanzadas que había creado hasta ahora. También le dijo el más minúsculo detalle de mísera importancia: no sabía dónde poner las bocinas.
Salir de este embrollo realmente sería algo complicado. Y sacarse a esa rubia de encima sería aún más difícil de lo que imaginaba.
Terrícolas; unas criaturas extrañas y vulgares…
Continuará...
Nota.
¡Siiiii! ¡Buenas noches, lectores, mis amores! Espero que tengan una linda noche. Yo estoy feliz, por mucho, puesto de que al fin tengo mi computadora, mi hermosa máquina de trabajo, donde tenía encanutados todos los capítulos :'v por eso me era imposible actualizar... ¡Pero aquí estoy de vuelta, y como prometí estaré de regreso con mucho! ya habrán tres actualizaciones más, muy pronto.
En una parte me molesta mi país y en otra lo amo, pero en fin, qué se le va hacer... :'3
Sobre este capítulo... solo quiero refrescar la mente de muchos, con una de mis partes favoritas del Vegebul... el resto es parte del futuro, de mis inventos :'v xD Solo espeor que les haya gustado.
¡Espero con muchas ansias sus reviews!
¡Que tengan una bonita noche!
