Pétalos de vida
III
En el futuro
3 meses después de la muerte de los Guerreros Z
Montaña Paoz.
Se daba a Gohan por muerto, pero el muchacho de recién cumplidos once años, se encontraba echado sobre una cama en la sala de su casa. La preocupación de su madre es tanta que no se aparta ni un segundo de él; no quiere cocinar, tampoco comer, y al momento de dormir se queda de rodillas a un lado de su hijo, con la cabeza recargada en las sabanas. Milk no deja de llorar creyendo que su retoño fallecerá, solo es cuestión de tiempo para que suceda, a este paso, no cree que pueda aguantar tantos daños. Tuvo suerte de poder escapar de la batalla antes de acabar muerto a manos de los androides.
Después de los largos meses transcurridos, bajo el frío y la penumbra de la tenue claridad de fuera, el muchacho despierta, débil, pero lo hace, nombrando a la madre que se dormía en sus piernas.
—Mamá. —se sentó en la cama lo más enderezado posible, sin embargo le dolían los músculos y sus extremidades.
—¡Gohan! —Exclamó la madre llena de felicidad, abrazándolo sin pensarlo dos veces—. ¡Gracias al cielo que estas bien! ¡Creí que ibas a morir! Soy una tonta al pensar eso. ¡Perdóname, hijo!
Escandalosa la mujer lo abrazó con más fuerza, luego de que acabó de darle todo su afecto se levantó, nuevamente animada para cocinar. El gran Ox-satan sonreía de nuevo; después de tanto tiempo viendo a su hija deprimida, y ahora le haya dado un respingón de emoción, era lo mejor que pudo haber pasado en todos estos fatídicos meses, maldecidos de muertes de muchas otras personas en las capitales y lugares rotundos en la tierra.
—Los androides no pueden estar haciendo esto. ¡Hay que hacer algo! —musitó el joven apenas despertado y acabado de almorzar, perdido en sus pensamientos y en el enojo que le provocaba saber sobre la desena de muertes que se llevaban a cabo, y él allí, sentado y disfrutando de un almuerzo, tal despreocupado. Quería hacer justicia, a escondidas de su madre.
—¡Por supuesto que no! ¡Tú no vas a hacer nada con esos androides! Tienes que descansar. —Pese a los alaridos de la madre refunfuñona, dejo de lado sus comentario anti heroicos y se dirigió a su abuelo.
—¿No quedo ningún sobreviviente en la batalla? —le cuestionó, tratando de recordar, pero lo único que regresa a su cabeza es el camino a casa, de la batalla a la montaña Paoz; ahora recuerda que huyó como un cobarde, preso del miedo que le provocan esas criaturas destructoras.
—No lo sé Gohan, cuando llegaste no nos contaste nada de los demás.
Con esa respuesta de su abuelo, se apresuró a levantarse de su silla con los dientes apretados, buscar una chaqueta abrigada y salir lo antes posible al campo de batalla. No se detuvo, ni si quiera con los gritos de su madre, que desde la puerta de la casa le ordenaba volver, contrario a ello Gohan aceleró la velocidad, haciéndosele apenas audible la voz de su madre.
El viento que le golpeaba en la cara era helado, este era un invierno frío y arrasador, las nubes no dejaban que el sol calentase la tierra, además de ser nubes grises, entristeciendo los paisajes, dándole un aire de desánimo al planeta y a todos los que en él habitan. Más a lo lejos vio humo, diferenciado del melancólico cielo grisáceo, muy cerca había una ciudad destruida, pero más cerca estaba el lugar donde lucharon con esos engendros del demonio. Entonces descendió, tiritando de frío, lo mejor era caminar para explorar mejor la zona, evitando así congelarse y morir por ello. En el lugar de su exploración se encontró con algunos árboles destruidos, otros simplemente rajados y pocos en pie, y más adelante solo escombros, grandes rocas descolocadas que se movían cada vez que pisaba sobre ellas, mientras con la vista intentaba localizar a sus compañeros.
Deseaba no haberlos encontrado cuando al fin vio los cuerpos descompuestos, putrefactos, carcomidos y congelado por la mezcla entre las lluvias y la helada. Le repugnaba, de vez en cuando tocía disgustado de apenas olfatear el hedor que desprendían los cadáveres. Sin importar la intolerancia decidió encontrar a todos y asegurarse de quienes habían muerto.
—Ten…—iba diciendo los nombres de los caídos—, Krilin, Yamcha, Chaoz… señor Piccolo. —cuando se encontró con el último muerto, las lágrimas no se retuvieron, el dolor de perder a su maestro por segunda vez era un tormento. Ahora ya no lo podría revivir, no sin la ayuda de Goku, ni tampoco ningún namekiano que sea el dios de la tierra, no hay esferas del dragón, por lo consiguiente no hay deseos, ya ninguno podrá revivir. El mundo se pudre, así como los guerreros yacientes sobre los escombros de las montañas, producto y evidencia de una feroz batalla catastrófica.
Sigue buscando más a fondo y se da cuenta de que falta un guerrero, el saiyajin prodigio, el único de los guerreros Z que logró una increíble transformación, el último de su raza. La ausencia de Vegeta lo inquieta, no de nervios, miedo o incertidumbre, sino que, al notar su ausencia en el lugar, sabía que de alguna u otra forma seguía con vida. Confiaba plenamente en ese saiyajin, además de Piccolo, claro está. Sin embargo, otra duda se le planta en la cabeza: ¿y si intento enfrentar a los androides por su cuenta? ¿Qué tal si una de las muertes ocurridas en la ciudad fue la de él? Conoce a Vegeta lo suficiente como para saber que posee un gran espíritu de pelea, el más grande de todos.
En un instante, un ruido fuerte lo devuelve a la realidad, un ruido devastador que se escucha no muy lejos. Es la capital del oeste, la más cercana del lugar y la que probablemente es atacada por esas bestias sanguinarias. Piensa que debe hacer algo por el bien de los demás, no lo duda dos veces, ignora lo que hace unos minutos le había dicho su madre y prende vuelo en dirección a la ciudad.
—Lo siento, si no hago algo ahora acabaremos muertos de todas formas.
Se acercaba cada vez más a su destino, procurando mantener la guardia y prevenirse de cualquier ataque, evitar que cualquier androide lo localice. No debe armar revuelo, así que corre por la ciudad, entre las calles, intentando llegar a la Corporación Cápsula para asegurarse de que por lo menos, la familia que reside en la gran mansión, sigan con vida.
Al parecer las explosiones eran de la siguiente capital, la cual está casi pegada a la del oeste, allí logra visualizar en el cielo a las dos figuras ya familiares de sus enemigos. Androide Diecisiete y Dieciocho, jugando a lo de siempre con todo el planeta, a su antojo, como si la tierra fuese su patio de juegos.
Por un momento Gohan se paraliza, pero reacciona y reanuda su veloz paso en dirección a la mansión.
No puede creer como esta se encuentra destruida, algunas de las paredes apenas se sostienen, cubiertas de la manta blanca que les entrega las nubes grises en el cielo. Se adentra en lo que antes era un hogar, tiene que averiguar si Bulma y los demás siguen con vida. Infortunadamente no encuentra señal alguna, dándose por vencido, sin esperanzas de encontrar a alguien vivo. Tal vez se esconden, así que decide gritar.
—¡Bulma! ¿Hay alguien aquí?
A su grito nadie responde, ni un solo sonido, solo se escucha el sepulcral silencio, ni siquiera el viento le sopla. En aquel momento, le da un respingón en todo el cuerpo cuando por detrás de él se escucha el ruido de rocas moverse, chocando una con otra. El ruido se detiene, y no hay respuesta, no escucha pasos, no hay nada.
—¿Quién eres? —indagó una voz conocida, ronca y casi demostrando pánico.
—S-Soy Gohan. —se limita a decir el muchacho que no sabe con quién intercambia palabras, pretendiendo girarse y visualizar al sujeto.
—¿G-Gohan?
La intriga del supuesto desconocido se incrementa, saliendo de atrás de una columna, con la guardia aun en alto. Gohan al fin se da cuenta de con quien conversa y las esperanzas resurgen, gracias a ese último guerrero en pie, el saiyajin más poderoso y el único de su raza extinta. Quiere correr y abrazarlo, pero no puede pues conoce al hombre y sabe que no es de simpatizar, ni mucho menos demostrar afecto.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Vegeta, acercándose al nuevo invitado—, creí que habías muerto en aquella batalla.
—N-No… yo pude escapar, pero… —sollozó—. Los demás no pudieron, todos están muertos: Krilin, Yamcha, el señor Piccolo…
Las piernas le temblaron, arrodillándose en el suelo, tallándose los ojos para borrar esas lagrimas que no dejaban de brotar, esfumando el dolor de las pérdidas a través de sus ojos hinchados. Sabe que importune a su desgracia, no espera nada del saiyajin que no deja de mirarlo con constancia sin hacer nada, durante largos segundos que duran hasta que Vegeta rompe esa mudez.
—Vamos adentro, hace frío aquí afuera. —caminó con suma tranquilidad, hasta la puerta de acero oculta más debajo de los escombros a lo largo de una profunda escalera, camuflada por la nieve, encubierta de cualquier amenaza que pueda azotar a la zona.
Llegan a paso lento hasta lo que es el sótano-bunker, con el muchacho a cuestas de sus lamentos. Cabe decir que pese a su dolor, desconoce el que le reina al príncipe, tal vez un sufrimiento mucho más grande.
La puerta pesada rechina alevosamente, se cierra con fuerza y el calor les devuelve la temperatura al cuerpo. El muchacho observa el lugar, en las condiciones que el príncipe saiyajin vive, sobresaltándose al momento de escuchar un pequeño balbuceo cerca.
—¡Trunks! —emocionado, corre directo al pequeño de cabello azul, cargándolo y rodearlo con sus brazos en un rotundo abrazo.
Vegeta caminó hasta la ventana, el lugar donde suele estar desde que se escabulle en ese lugar. Vigila con prestigio las afueras, cuan tigre al asecho, solo que, en vez de intentar atacar, se mantiene alerta, y es que mirar por esa ventana lo mantiene seguro. Lo hace estando Gohan, sin importarle su beneficiosa presencia, sus juegos con Trunks. El muchacho nota esa actitud, la forma de mirar con preocupación.
—Vegeta —interrumpió al silencio—. ¿Dónde está Bulma? ¿Ella está en otro lado en la casa? No sé, trabajando.
Sus bocas callan, nuevamente, ese inquieto lugar sin sonido alguno, vuelve a ser. El príncipe no responde absolutamente nada, agachando la mirada, cerrando los puños, tragándose la angustia que le da recordar ese trágico pasado, no muy lejano, sino que lo recuerda, cada día, como si hubiera sido ayer.
—No está trabajando, Gohan —musitó— Rogaría por que estuviera haciéndolo.
—E-Entonces, Bulma…
No podía mover la lengua, las palabras no salían de sus cuerdas, la angustia cada vez era más grande, abriéndole un hueco en el pecho, cada día más profundo.
De no poder contestar, se le ocurrió guiarlo hasta las improvisadas tumbas, ya cubiertas por la nieve, pero no esa estaca en forma de cruz, vista con completa sencillez en el patio trasero de lo que queda de la Corporación Capsula. No solo el guerrero prodigio carga con esa angustia, ahora Gohan lo hace, lo demuestra, hincándose sobre sus rodillas, golpeando a la tierra cubierta de blanco, lamentándose desconsoladamente, mientras el príncipe le da las espaldas, aguantándose el dolor, tragándose su propio sufrimiento para no derramar ni una sola lagrima.
De nuevo en el sótano-bunker. Los dos afligidos guerreros, sentados en cada punta de la pequeña mesa de metal, sosteniendo una taza de café, sin decir nada, más que suspirar. Vegeta se sujeta la cabeza, con una mano en su frente, sus dedos enredados en el inicio de su cabellera negra, pensando, envenenado, embrujado, perseguido por la culpa, rebobinando en su cabeza, una y otra vez, la voz de su esposa, como un audio interminable.
—¡No vayas! Tienes que quedarte con nosotros.
Sabe que nunca se lo podrá perdonar, pero también recuerda esa inicial promesa que dictó el mismo día que la terrícola lo abandonó.
¿Realmente cumplirá su promesa? ¿O la romperá, así como lo hizo con Bulma? De lo único que él está seguro, es de que no volverá a cometer el mismo error.
Continuará...
Nota
¡Buenas, mis amores!
Espero que tengan una linda noche, y también que les haya gustado este capítulo, dije que actualizaría pronto, y ahora tendré que avanzar unos cuantos capítulos para no quedar atrasada.
Después de todo la escuela si es un problema, mínimo por ahora pero si se me dificultarán las cosas con el tiempo.
Este fanfic es más como un songfic, solo que no es corto y me inspiró en el momento. Les recalco que pensaba dejar Pétalos de vida como un One-Shot, pero me arriesgué y noté que les gustó... esto es gracias a ustedes, como siempre :3
La canción en que me inspiré (Ben Cocks - So Cold.) Los invito a escucharla.
¡Gracias por leer! d(^-^)b
