Pétalos de vida
VII
Por fin despertaba, con un dolor intenso proveniente de su brazo derecho; no sentía absolutamente nada, además estaba vendado y con una mascarilla de oxígeno. En el suelo, plegado por todas partes, había gran cantidad de gazas y algodones que emanaban un olor fuerte a azufre, mezclado con ese embriagante aroma alcohol, fusionado entre un blanco apenas visible y un rojo muy oscuro. Junto a su cama, donde él estaba recostado, pudo observar más de esas gazas y vendrás, mientras que su cama se embadurnaba de un rojo suave.
Ya curioso decidió sentarse en la cama, aclarar su vista y observar mejor el escenario de ese oscuro lugar. Notó su gran herida, el gran daño que esta vez le habían provocado los androides; no quiso tocar, ni tampoco quitarse las vendas; estaba muy débil como para soportar el dolor o para atormentarse con algo tan grave como aquello. Simplemente suspiró angustiado, con el entre ceño arrugado a más no poder; si estaba furioso con todo lo que habían causado, ya no habían palabras para describir el rencor que sentía.
Se sentó en su cama, puso los pies sobre el suelo y pudo sentir una extraña calidez a su alrededor. Miró a su derecha y desde aquella única ventana divisó una luz que le provocó ceguera, una que hace años no aparecía; nunca antes, durante un largo lapso, había visto emerger una luz tan bonita como la que lo estaba cubriendo, dándole calidez. Entonces, decidió salir fuera; se puso su chaqueta y subió las escaleras de metal; aún le extrañaba no encontrar ni a Gohan ni a Trunks dentro del sótano.
Medida iba subiendo, la luz se intensificaba, achicando sus ojos, hasta llegar al exterior. Ya nada era igual. Lo que antes era un paisaje gris, con hectáreas y hectáreas de espacio cubierto por la nieve, se había transformado en algo completamente diferente; el cielo era azul, un azul tan claro y puro como la primera vez que había llegado a la tierra; el césped se veía tan verde, apareciendo debajo de la nieve que comenzaba a derretirse lentamente. Los animales aparecían, las aves cantaban y parte del jardín de la corporación capsula, ese que siempre cuidaba Bulma y su madre, volvía a tomar color. El árbol de sakura, el más bonito de la propiedad, adornaba el bello paisaje con sus pétalos rosa, y las rosas con sus pétalos rojos. La brisa soplaba con sutil suavidad, brindando un aire cálido a costa del brillante sol. Y desde lejos, podía escuchar gritos y golpes; inmediatamente identificó a una gran distancia a Gohan y Trunks, entrenando con deliberación, entusiasmo y esfuerzo, al borde de lo que parecía ser una mesa de campo, donde de un lado habían gran cantidad de platos vacíos y sucios, y del otro, comida por manducar.
Todo aquello le trajo nostalgia; la vida en la tierra parecía resurgir, las cosas volvían a tomar su color. ¿Acaso los androides habían desaparecido? ¿Era un milagro? Inició una lenta caminata hacía los dos guerreros, al llegar se sentó en la banca de madera y observó atento al dúo distraído y enfocado en su pelea. Cuando decidieron detenerse para tomar un descanso, saltaron de la sorpresa al encontrar al príncipe sentado a un lado de la mesa, preparado para probar cualquier delicia que ofrecía el pequeño banquete.
—Señor Vegeta. ¿Se encuentra mejor? —indagó el adulto entre suspiros necesitados.
—Claro, sino no estaría aquí. —respondió bromista, llevándose a la boca un sándwich, reflejando tranquilidad en su voz, a pesar de su terrible desgracia.
Trunks miró a su padre con la mirada gacha, y también a aquella manga colgante de la chaqueta que demostraba no haber nada. Volvió la culpa después de lo ocurrido, y se apenó, olvidando la idea de sentarse junto a su padre. Sin embargo, Vegeta se percató de la actitud temerosa y desconfiada de su hijo; tragó y lo observó con detalle, clavando en él una mirada severa que el infante notó inmediatamente. Pero no era el caso, esa era la mirada típica del saiyajin.
—Trunks —vociferó el príncipe, firme— Ven aquí.
El pequeño avanzó apesadumbrado, sentándose en la banca y observando de soslayo a quien lo llamaba y a aquella herida tan grande, donde se ausentaba su brazo.
—¿Qué te pasa? —Dijo esta vez con suavidad, depositando una mano sobre el hombro del pequeño, quien raudamente sintió más confianza.
—Lo siento…—musitó—. L-Lo que paso fue por mi culpa. Yo no debí escapar a enfrentarlos, porque son mucho más fuertes. Lamento no haber hecho caso.
—Gohan, déjame un momento a solas con mi hijo, por favor —y Gohan solo asintió con una sonrisa, alejándose rápidamente, desapareciendo entre la ciudad a vuelo veloz—. Trunks, tú no tienes la culpa. Estas cosas pasan y no hay vuelta atrás. Esto que ocurrió es una lección que debes aprender, y la vida ya te ha reprendido lo suficiente para ser tan pequeño. A mí me tocó mi reprenda, un castigo terrible, pero entendí que… —guardó silencio unos minutos, y continuó—. Yo no voy a castigarte por esto.
—¿Y qué fue lo que entendiste, papá?
—Eso, es algo que no quiero recordar. Simplemente todos cambiamos, es todo.
Los dos miraron a la nada, sentados uno al lado del otro, sumergidos en un silencio incomodo, hasta que el chiquillo comenzó a columpiar sus pies, miro al cielo y suspiro diciendo: « ¿Qué hubiera pensado mamá al respecto? »
La mente de Vegeta optó por ponerse en blanco, con los ojos bien abiertos, expectante al paisaje y a todos los recuerdos que este albergaba. Entonces, la suave brisa volvió a soplar, al cantar de las aves, soltando los pétalos del árbol de sakura. Los ojos se le cristalizaron, las fracciones de su rostro se relajaron, y sus labios apenas pudieron moverse.
—Yo también quisiera saberlo —susurró desorientado, mirando a la nada, con su hijo a su lado, atento a él y a ese susurro que milagrosamente pudo escuchar. Y resurgió el silencio; sin embargo, en esta ocasión no fue tan incómodo; Trunks sintió gran alivio en su corazón, se acercó más a su padre y sonrió como nunca antes lo había hacho cuando se percató del aferro de Vegeta, que lo abrazo por el hombro, igual de sonriente que él.
—Quiero ser como tú, papá. —miró nuevamente a su padre a los ojos, con entusiasmo e ilusión.
—¡No, Trunks! —el gesto amable y la tranquilidad de su voz habían desaparecido en esa protesta firme, y aun así, un mohín alborozado del príncipe se reafirmó—. Tú serás mucho mejor que eso.
Y se miraron segundos, ambos con admiración al otro, retomando una posición firme sobre el asiento y, dispuestos a comer, prepararon la mesa con todos los alimentos que aún quedaban. Para más fortuna, Gohan llegaba de inspeccionar la ciudad, agotado de no haber descansado de su entrenamiento con Trunks; se sentaron juntos, y con la mesa lista para disfrutar de los pequeños pero apetitosos manjares, se sirvieron, agradeciendo tener todos esos deliciosos y humildes alimentos.
(…)
Con Trunks dormido en brazo, voló lejos de aquel lugar donde habían estado toda la tarde, para refugiarse de la lluvia que se aproximaba. El día había sido perfecto, pero no duraría eternamente. Aún no existía la paz en la tierra, y las cosas bonitas debían aprovecharse en el momento correcto.
Ya tendrían que volver a la misma rutina.
Al llegar al refugio, Trunks quedó cálida y cuidadosamente arropado por su padre. Gohan había tomado un camino distinto, en dirección a la montaña Paoz. Y la lluvia que se aproximaba, se anunció con fuertes truenos y relámpagos, mojando el suelo con el manto húmedo y fuerte de grandes gotones de agua. Por suerte, dentro de la pequeña pero espaciosa albergue, no había riesgos de que aquella terrible tormenta pudiera entrar.
Ya era tarde, y aun así, Vegeta se quedó parado a un lado de la misma ventana de siempre, observando con nostalgia y angustia el exterior, más oscuro que cualquier otra noche. Su anhelo: que aquel radiante sol, el cielo celeste, y los animales y plantas que adornaban con belleza el paisaje, volvieran al día siguiente. Por más difícil que pudiera ser, quería una vez, después de cinco años, conmemorar el aniversario de muerte de Bulma en un día que no fuera tan monótono. Y luego observó aquel terrible lugar de su cuerpo, que palpitaba causándole dolor; su hombro derecho. ¿Habría valido la pena haber perdido parte de si por su hijo? Pensamientos casi putrefactos del pasado volvieron a consumirlo, pero por un periodo de tiempo bastante corto. Pensar que el príncipe de los saiyajin se arriesgaría tanto por un niño «mocoso, débil, insolente, e irrespetuoso»
Agitó su cabeza, ido del dolor. Se sentó en su cama, tocando su frente y apretándose las sienes, gruñendo y, buscando con la mirada, algún medicamento de todos los que estaban en el suelo que lo aliviara; de lo contrario enloquecería; nunca antes lo había irritado el dolor; qué más podía esperar. Por suerte, encontró morfina, la droga que necesitaba, pura en un simple y pequeño frasco de vidrio. Se dirigió al baño lentamente, sin quitar su mano de sus sienes; con temor y lentitud quitó las vendas que envolvía con fuerza su herida y cuando terminó de desenrollar se espantó; no esperaba esa reacción de sí mismo con tantas cosas vividas en su pasado. Pero eran otros cuerpos; este era su cuerpo; divisó una gran marca, con puntos a medio cicatrizar, en un tono morado y rojo oscuro, con un olor entre asqueroso y alcohólico. No esperó más, ni tampoco decidió seguir observando aquello, simplemente vació la mitad del frasco sobre aquel corte y de inmediato sintió invadirlo el placer del alivio, de que su hombro y su cabeza ya no pedían clemencia, ni tampoco lo irritaban.
Se recargó sobre la puerta de baño detrás de él, se deslizó hasta el suelo entre suspiros y con apenas fuerza miró de reojo al niño dormido. Lo observó con desprecio al principio, pero luego calmó su retorcida mente macabra y volvió a suspirar. Cerró sus ojos y permaneció allí sentado, limitándose a dormir en aquel lugar.
¿Qué si había valido la pena? Había valido cada segundo, cada golpe y cada insulto. Por algo aquel niño había aparecido; se había engendrado de dos seres inigualables. Y si, aquel niño sería mejor que cualquier guerrero, que cualquier terrícola y cualquier saiyajin. Sería mejor que el príncipe de la raza más poderosa del universo.
Al llegar a casa, fue recibido por su madre con los brazos abiertos; luego lo guío, como cada día que llegaba de visita, dentro de la casa; le sirvió de cenar, y luego le ofreció una cálida cama donde dormir. Sin embargo, apenas podía dormir; más bien se quedaba a recordar viejos tiempo; todos sus amigos; el señor Piccolo, y aquellos entrenamientos que terminaban forzando ese extraño pero fervoroso lazo amistoso que los mantenía unidos, hasta que la muerte los separó.
No podía sentirse cómodo sabiendo que fuera había muchas vidas luchando cada día por sobrevivir; y él, siempre descansando, o entrenando. ¿Qué más iba a hacer? No tenía ni una oportunidad contra esos fenómenos. Además, a su madre y su abuelo, la única familia que le quedaba, debía aprovecharlos mientras estuvieran con vida, porque por más que intentara no imaginarlo, sabía perfectamente que nada podía ser eterno.
Los años se alargaban, la vida escaseaba, pero los días celestes volvían como vuelve la primavera después de un duro invierno. El tiempo sellaba los recuerdos, el trabajo se volvía un peso más, y los monstruos continuaban asustando a los niños, a los adultos. La esperanza renacía, manifestado en esos ojos azules que tanta inspiración brindan. La hora del gran viaje se aproximaba, y las muertes continuaban sin cesar.
Un pétalo más cae, y otro vuelve a salir.
Trunks, ya un adolescente lleno de carisma, deseos de vivir y un gran espíritu de pelea, entrenaba en el exterior, en las montañas del norte junto a Gohan, un hombre serio, pero que conserva esa gentileza de años, marcada en su forma de ser, heredado de su difunto padre.
Se daban patadas, puñetazos y cabezazos, pero ninguno de los movimientos ejecutados eran acertados; Gohan, todo un súper saiyajin prodigio, tal vez tan poderoso como el mismo príncipe de los saiyajin, el mismo que dejó de entrenar hace años por motivos que Gohan desconoce. Y Trunks, un muchacho, a solo pequeños pasos de alcanzarlos; lamentablemente nunca agenció aquella trasformación de melena dorada. Y a pesar del desgano que le daba no conseguirlo, sabía bien que era parte de la sangre saiyajin, siendo cada entrenamiento insatisfactorio, insuficiente, desastroso, pero honorable al ser rival de Gohan, un modelo a seguir.
—¡Lo has hecho excelente esta vez, Trunks! —exclamó el adulto, para el consuelo del peli azul, que agitado se arrodillaba al borde de un acantilado, sudando y agotado.
—No digas eso, Gohan —suspiró—. Aún no puedo dar lo mejor de mí.
—Claro que sí, cada vez que entrenas llegas a tu limite, y aunque no lo creas lo superas. Solo debes seguir entrenando y veras que tendrás increíbles resultados como recompensa.
—P-…Pero, no es suficiente —golpeó con fuerza la piedra sobre la que estaba apoyado, demostrando la furia que en él se acumulaba—. Tengo que ser tan poderosos como usted, y mi padre. ¡Todavía no es suficiente!
—Trunks —lentamente descendió hasta el encuentro del joven, extendiendo su mano—. No te sobre exijas, no pretendas correr todavía. Te queda mucho que aprender.
El más joven levantó la mirada, echando un vistazo al rostro de su maestro que le dedicaba una sonrisa plena, con confianza. Tomó su mano y se levantó, sacudiendo su ropa sucia del polvo de los escombros de las montañas.
—Vamos de vuelva a la corporación capsula. Probablemente estés hambriento.
—S-…Si —asintió, y voló detrás de Gohan, desapareciendo en el cielo con gran velocidad.
Al llegar a la guarida, buscaron a Vegeta; primero en el taller exterior, una gran construcción en forma de granero, pero en lugar de madre era metal sólido, capaz de encapsularse; después, lo buscaron en el taller más pequeño, dentro de una estable construcción de la corporación capsula que por mucho tiempo se mantuvo en pie; y por último, la oficina, ese lugar que era un desorden de papeles, planos y herramientas. En este último lo encontraron, sentado en un cajón metálico, ajustando con llaves y destornilladores aquella prótesis de titanio sólido, con soldaduras excesivamente trabajadas, día y noche, la cual tenía de reemplazo como brazo derecho.
Ladearse por ese camino tan absurdo de ponerse un brazo técnicamente robótico, le molestó a más no poder; sus enemigos eran parte de ser robot, y si bien, solo su brazo era reemplazado con mecánica, se sentía uno de ellos. A pesar de eso, el saiyajin tenía la indudable necesidad de aprender más allá de lo que ya sabía; encontrar el abandonado laboratorio del Dr. Gero fue lo mejor que le hubiera pasado. Podría decirse que el príncipe estaba tan obsesionado por las leyes de la ciencia y la robótica como lo estaba su esposa; tanta delicadeza y dedicación ponía sobre su trabajo que era imposible detenerse. Tal vez esa era la razón por la que había abandonado el entrenamiento, además de que, el único método que admiraba para entrenar estaba destruido; la máquina de gravedad había terminado siendo obsoleto, imposible de reparar. Y, tomando en cuenta su nuevo brazo y sus límites de poder, las ganas de entrenar habían quedado en el abandono. Vegeta no se daba cuenta, ni siquiera recordaba cuando había sido la última vez que ejercitó su cuerpo; ya tendría tiempo de retomar ese hobby.
—Señor Vegeta, disculpe la demora. El entrenamiento se nos alargó un poco —rió el mayor, rascándose la nuca, demostrando un gesto un tanto familiar, pero típico de él.
—¿No hubo rastro de los androides? —dijo sin mirarlos, concentrado en su trabajo, en un tono frío y distraído.
—No, Vegeta. Solo fue un afortunado entrenamiento sin interrupciones.
—Interesante —se limitó a responder—. Luego iré con ustedes, ahora tengo mucho trabajo que hacer.
—Siempre tienes trabajo —murmuró Trunks, saliendo de la habitación con el ceño fruncido, ofuscado por la situación. Instintivamente esperaba que su padre le preguntara algo al respecto de sus avances, pero nunca llegaba ese momento.
Vegeta levantó la mirada y la desvió hacía su hijo que se marchaba a paso lento. Gohan solo estuvo expectante a la escena, mientras evaluaba la conversación; tal vez el trabajo si se estaba volviendo un problema.
—Gohan —cascó el saiyajin—. ¿Qué vas a hacer ahora?
—Quizás visite a mi madre; quiero pasar unos días en la montaña Paoz —informó—. ¿Precisa algo?
—Para nada. Será mejor que tomes esos días. Yo me encargaré de entrenar a mi hijo por mi cuenta —espetó, dejando las herramientas que usaba dentro de la misma caja donde estaba sentado—. También necesito entrenar.
—Está bien, entonces los veré en tres días.
El dúo salió del alberque, dirigiéndose al exterior. Gohan estaba listo para marcharse, pero antes hizo una parada en el mismo lugar campestre que tenía la corporación capsula, donde siempre solía estar Trunks cuando estaba aburrido.
—Trunks —nombró Gohan—. Tengo que irme, regresaré en tres días.
—¿¡Tres días!? —sorprendido se levantó del montículo de escombros donde estaba sentado—. ¡P-… Pero! El entrenamiento se atrasará.
—Tranquilo Trunks —ambos miraron a Vegeta—. Tu padre quiere hablar sobre eso contigo.
Sin decir más, Gohan le dio una palmada en la espalda a Trunks y se marchó como lo tenía previsto. Mientras tanto, Vegeta se acercaba a paso decisivo, con los brazos cruzados y una mirada fulminante, una que hacía años que no moldeaba su rostro. Al encontrarse cara a cara con su hijo, colocó sus brazos a ambos lados de su cuerpo, con la mirada pegada en los ojos azules que tanto le recordaban a su esposa; se puso en pose de pelea, y Trunks quedó boquiabierto de la emoción que le causaba predecir lo que continuaría.
—¿Qué esperas? Quiero ver que tan fuerte eres ahora —sonrió—. Solo espero que ni tu ni Gohan me decepcione, ¿quedó claro?
—¡Claro que sí, papá!
Todo surgió tan rápido, al punto de que Vegeta no esperara los aproximados movimientos; sin duda había subestimado a su hijo. Trunks lo estaba sorprendiendo de manera desmesurada; incluso sus ojos se abrieron con resalto por el improvisto, intentando mantenerse al margen de todos los puñetazos que su hijo propinaba sin acertar a ningún golpe, confirmando que el príncipe conservaba sus técnicas bien enseradas. No obstante, tratar de defenderse era difícil; no tuvo de otra que usar su transformación que desprendió un aura dorada.
—Estaba esperando que hicieras eso, papá.
—Entonces prepárate.
Ya no era uno el que estaba entusiasmado, sino que también Vegeta, quien no sintió el deseo de detenerse. La sangre fluía como un río de fuertes corrientes por sus venas, devolviendo el ánimo y las ganas de luchar. Y no importaba cuan fuerte fueran las patadas, las palizas, su nuevo brazo derecho de titanio soportaba más de lo imaginado, dándole la confianza de enfrentar a su rival sin temor.
Un pétalo más cae, y otro vuelve a salir. Los guerreros se preparaban, el viaje se aproximaba, la vida resurgía y los deseos se materializaban.
Nada podía salir mal… nada.
Continuará...
Nota
¡Buenas, mis amores! Me tardé en actualizar, pero bueno, creo que algunos "muchos" estamos con el problema de los estudios. Además de que mi teclado funciona cuando lo desea ù-ú
Más me tardaré en actualizar otras cosas, pero bueno, vine inspirada para un capítulo de este fic. No se crean que abandonaré, para nada, pero a veces tengo inspiración para dedicar a Amnesia, otras veces dedicado a 365 momentos saiyajin, otras a Presente (Casi nunca :'v) Pero en fin, solo espero que les guste este capítulo. Pongo mucho amor escribiéndolos. Solo quiero que me dejen su review, ¡LOS AMO! Son geniales, me encantan, me fascinan *-*
No sé que haría sin ustedes :3 ¡Buenas noches!
